El conspirador

El conspirador

Se acabó un año cargado de tempestades. Los recientes atentados de París y San Bernardino indican que la cotidianidad está en vilo. Denunciar el equipaje abandonado, exigir la venta libre de armas, sospechar de todo ciudadano árabe (imagino al poeta Gibran, al gran médico Avicena, a los premios Nobel Yousafzai, Mahfouz o Pamuk); y con ello justificar el odio.

De eso se trata el discurso de los políticos, que se derrama por contagio irreflexivo a las masas: ojo por ojo. Una cadena interminable de violencia, que corta el aire, que enrarece el cielo, que separa y fragmenta.

En medio de toda esa suspicacia y demagogia, al amparo de los bombardeos y la intrigas de espionaje, el conspirador hace su nido.

Despierta al alba y atisba con hostilidad desde las rendijas. Ha matado a su padre pero simbólicamente lo venera. Trata con desdén y autoritarismo a los suyos, pero es devoto y jamás empieza el día sin repetir sus oraciones. Lo ritual es determinante para contener su enojo. Se viste con recato porque abomina su cuerpo y sus deleites, en eso es implacable; ha reprimido a cal y canto los abusos o las ansiedades de su infancia. Elude los espejos, aunque no puede evitar acomodarse de reojo de tanto en cuanto.

Después de un desayuno frugal, sale a maquinar la estrategia con sus hermanos de sangre. Se reúnen al abrigo de su religiosidad, otra vez imbuidos por la ceremonia y la convicción de dictar sentencia contra los que no profesan su culto, los paganos, los otros.

Los recibe el guía espiritual, quien los conoce desde niños y los ha instrumentado con ideas y pertrechos, desde armas blancas hasta fusiles de asalto, todo en nombre de la liberación piadosa.

Hacen un círculo para orar por su destino común. Se han identificado por discrepancia con los infieles y todas las anécdotas recrean esa paranoia. Se discute cómo las sociedades blasfemas exhiben la desnudez, renuncian a la castidad y a la decencia, imponen leyes obscenas o abjuran de sus hijos y ancianos. Las miradas de coraje convergen, se alimentan uno a otro de repudio y arrojo.

Cuando comenzó todo esto, eran apenas unos cuantos. La miseria y la falta de oportunidades, el abandono de los padres – que nunca regresaron  de la tierra prometida – catalizaron su cólera. Llegaron tímidos y confundidos, pero el clérigo les dio una voz, un refrendo a su orfandad, alimento espiritual y comida sin precio para su hambre perpetua.

Gradualmente absorbieron el mensaje, que se hizo inteligible por conformidad con el mandato divino y el respeto que suscitaban entre los no elegidos. La cofradía solidificó su certeza: empezaron a hablar en el mismo tono, vestir con  pudibundez y aceptar las reverencias de los otros. Caminaban por sus barrios ungidos de una revelación, todas las bendiciones legitimaban su causa.

Aquello que se ha rechazado sistemáticamente en el interior, se proyecta con audacia hacia el enemigo común. Por ello debe ser exterminado, minado, excluido del cosmos. Dios recompensará con creces a quien corte de raíz la podredumbre.

Como por arte de magia, los impulsos infantiles (esos de censura y discriminación) se materializan en el deseo de hacer daño, de amasar la rabia y dirigirla con precisión hacia quien ensucia el mundo. No hay dicotomía: la erradicación del mal debe hacerse con firmeza, sin titubeos.

Pensado de forma dialéctica, no se interpone ningún juicio de valor. El propósito podrá resarcir cualquier estrago, cualquier crimen. Los conspiradores saben que su misión está trazada, lo que se demande de ellos se cumplirá a cabalidad; lo individual dejó hace mucho de tener importancia, es el cometido lo que rige, la continuidad y sumisión al ordenamiento hierático.

Por eso cuesta tanto trabajo entender que se trate de jóvenes, hombres y mujeres integrados a la vida social. Son buenos vecinos y amables, sacan la basura y recogen a sus hijos en la escuela. Mantienen limpios sus hogares y predican con el ejemplo. Es más, son píos y discretos, baluartes de su comunidad.

Su transformación en militantes, fanáticos o terroristas – como nos dignemos designarlos – no es producto del azar o la locura, no salen de las cloacas e infestan el paraíso. Son los otros, los que transitan en la sombra, los que miramos con recelo porque los desconocemos y consideramos forasteros.

Quizá somos nosotros mismos.

Nos radicalizamos por pacto y denuedo. No permitiremos que los otros, esos extraños dispongan de nuestros bienes y privilegios. Primero muertos que subyugados. Los parias serán ellos, así tengamos que recurrir a la tortura y al asesinato. La ley del Talión es la única justicia admisible.

El conspirador regresa temprano a su casa. La mesa está puesta. Su mujer, tan dócil como desconfiada, le sirve la cena. Espera a que termine de comer para pedirle, con enfado, que merece las mismas prebendas que sus amigas.

– ¿Cuándo serás jefe? – impreca. -¿A quién tienes que matar para lograrlo?

 

 

Memoria de un ángel

Memoria de un ángel

El dolor lo hacía escribir sin descanso. Durante las horas nocturnas revisaba los acordes, introducía el tono simbólico y las figuras del violín como un obsequio a la frescura de esa jovencita que se había marchitado prematuramente. La chica, una hermosa adolescente hija de los Gropius, había contraído parálisis infantil (quizá poliomielitis o Guillain-Barré) durante un viaje a Venecia en Semana Santa.

Su belleza radiante cautivaba a quien la conocía, al grado que Elias Canetti retrata así en sus memorias la suerte de trofeo que exhibía su madre Alma en los círculos intelectuales de Viena, poco antes del Anschluss:

Hermosa, ¿no es así? Esta es mi hija Manon. De Gropius. Es de una clase en sí misma. No te importa que lo diga, ¿o sí? De tal palo tal astilla. ¿Alguna vez viste a Gropius? Un hombre grande, guapo. El verdadero ario. El único hombre racialmente adecuado para mí. Todos los demás que me cortejaron eran pequeños judíos. Como Mahler. El hecho es que yo me inclino por los dos tipos. Vete ahora, mi gatita. No distraigas a Franz, si está escribiendo poesía…”.

Este despliegue muestra la infatuación que rodeaba a la musa que motivó el concierto para violín, un réquiem a la medida de aquel ángel arrebatador ( https://www.youtube.com/watch?v=oqSSHwFEn_8 ).

Tras una larga convalecencia y los intentos vanos de su madre por encontrarle un pretendiente que la sacara de su desgracia, Manon hizo falla respiratoria y murió el Lunes de Pascua del siguiente año.

Alban Berg se encerró en su villa de Carinthia y produjo febrilmente en seis semanas el concierto póstumo. Para darle brío, incorporó una armonización del coral funerario de Bach, “Es ist genug…” (¡Es suficiente!) BWV 60.

El mundo cambiaba de prisa y sus obras ya habían sido condenadas como “arte degenerado” (Entartete Kunst) en Alemania. Poco faltaría para que el ascenso nacional-socialista hiciera lo propio en Austria. El Führer amenazaba conquistar su tierra natal.

Sin estudios formales, el compositor – reconocido con el tiempo como un creador que fusionó la música atonal y la dodecatónica con el romanticismo, precursor también del expresionismo – había sido fiel a su origen pese al rechazo oficial. Cuando Arnold Schoenberg, quien fuera su influencia decisiva, regresó a Berlín, él se quedó a trabajar en Viena, absorbiendo de su mentor la versatilidad que suplió el vacío tras la muerte de su padre. Gracias a este impulso creativo, Berg se supo rodear de los artistas más prominentes de su época, entre ellos el arquitecto Adolf Loos y el pintor Oskar Kokoschka.

Su irritante perfeccionismo lo rezagaba. Prefería escribir de un golpe, titubeante, cuando la inspiración lo llenaba de exaltación y las armonías llegaban como un chubasco atronador en su aislamiento.

Debutó bajo la mirada aprobatoria de Schoenberg con la Sonata para piano opus 1 de 1907, a la que siguieron cuatro canciones (1909) y el cuarteto para cuerdas (1910), inspirados en el legado romántico de Mahler y Wagner.

Por fin, al distanciarse del maestro, se aventuró a integrar los elementos atonales con textos extraídos de postales eróticas, las Altenberg Lieder, que causaron un enorme revuelo y la crítica más severa en su presentación.

Sin capitular, Berg exploraba nuevos senderos de lirismo: cuando presenció la obra Woyzeck del médico, dramaturgo y revolucionario Georg Büchner (1813 – 1837), decidió ponerle música. El drama se centra en un obrero que apuñala a su amante impelido por el delirio y la suspicacia. Recelosa, su hija bastarda lo rechaza y Woyzeck huye. La tragedia culmina en la escena donde un policía, dirigiéndose al público, exclama: “Un buen crimen, una asesinato en forma, un crimen tan hermoso como uno pueda imaginar, algo que no hemos visto en años“.  El tema resultaba fascinante, pero hubo de posponerlo por la irrupción de la Gran Guerra. Maltrecho, frágil de salud, trabajó en el Ministerio de Guerra como burócrata, ajeno al patriotismo reinante.

Disuelto el imperio, se concentró en resumir las 25 escenas del libreto en tres actos, sin perder la esencia de las implicaciones sociales del drama. Tituló su ópera Wozzeck y la completó en 1921. Su anhelo era que la obra simbolizara los avatares del destino humano de modo que la virtió de una extrema atonalidad mezclada con formas tradicionales (pasacaglia y sonata), extractos de música popular y un intenso cromaticismo. La estrenó después de 137 ensayos el 14 de diciembre de 1925 en la Ópera Estatal de Berlín; a la sazón dedicada a la viuda de Gustav Mahler, la veleidosa Alma. Acorde a la ideología que se infiltraba en Austria, fue calificada de “bolchevismo cultural” y recibió una aceptación cargada de ambivalencia.

Berg no desistió. Esta vez se consagró a la música de cámara y compuso un concierto en honor del cincuenta aniversario de Schoenberg. Un romance clandestino con la esposa de un empresario checo suscitó a su vez la Suite Lírica para cuarteto de cuerdas (quizá su composición más interpretada) donde matiza los acordes para simular la intimidad que se escondía del mundo.

La pasión por el esplendor operístico lo llevó a buscar una nueva fuente de inspiración en la obra “Büchse der Pandora” (La caja de Pandora) del dramaturgo alemán Frank Wedekind. Musicalmente compleja y con tinte expresionista, su ópera Lulú rompía con la vanguardia estilística. Escrita en su totalidad bajo el sistema de 12 tonos acuñado por Schoenberg, la pieza quedó inconclusa por la anexión al Tercer Reich y con ello, el veto de todos los ingresos provenientes de su vilipendiada música.

Cobijado por su mujer, Helene Bahowski, Alban se aisló aún más, fuera del ámbito cultural que caía subyugado al nazismo. Mientras completaba su célebre concierto para Manon Alma Gropius, el compositor desarrolló un forúnculo mal cuidado tras el piquete de un insecto en su casa de campo. La lesión lo trajo de vuelta a Viena, complicada por el intento fallido de Helene de cauterizarla con unas tijeras.

Los antibacterianos verían la luz apenas al finalizar la guerra y Alban Berg, herido de muerte, falleció de septicemia durante la nochebuena de 1935 sin haber escuchado la oblación fúnebre que le inspiró aquella jovencita angelical.

Su famosa Lulú, sujeta a una larguísima disputa con los herederos de Helene, se escenificó por fin en la ópera de San Francisco en 1989, como testimonio de todas las voces incomprendidas en esa vorágine del siglo XX.

 

 

 

‘Tis the season

‘Tis the season

Ahora todas sus pérdidas convergen. Hace frío y ya no lo siente. Aquella casa familiar que remató por falta de trabajo, los dos años de cárcel por un fraude que le atribuyeron como espectador inocente.
Cuando parecía exonerado, y su nombre fue borrado de las listas negras; cuando cayeron las muecas de sospecha y recuperó la mirada, sobrevino ese dolor inhóspito en el vientre, la paradójica sensación de plenitud.
Buscó a su colega, un gastroenterólogo reputado por su minuciosidad y pericia.
– No es dolor, pero lo percibo como algo que me ocupa – dijo, siempre proclive a la metáfora.
La gastroscopía fue enteramente limpia, salvo por la sospecha de que, en efecto, algo protruía hacia la luz, inefable. La tomografía, con sus rebanadas de crudeza (“corte a corte, soy mis órganos”), demostró lo esperado: un tumor que cabalgaba en el páncreas. El futuro se quedó agarrado de esa masa.
Regresó a su apartamento e intentó poner las prioridades en orden. Se lo comunicaría a sus hijos, no para ignorar el extrañamiento, sino por falta de interlocutores, advirtiéndoles que “está bajo control” para evitar su lástima. Su alma retorcida sería incapaz de tolerar la piedad.
Muchos años atrás, la misantropía lo hizo dedicarse a investigar, y se encerró lejos de la suspicacia y la envidia, con la que hubo que transigir para hacerse médico. Incapaz de amar, se casó con la estudiante más destacada de arquitectura. Lució con ella su arrogancia hasta que se acabó el encanto y lo desechó, harta de estar “mal acompañada”.
– ¡Qué vindicativo es el cáncer! – pensó, recordando ese último adiós.
Siempre hubo algo de insatisfactorio en su elección de carrera: los modelos animales no alcanzaban a ofrecer respuestas y las pruebas in vitro – desafiando su pasión y entrega – servían para construir peldaños, pero el edificio seguía en ruinas.
Inició una relación con una alumna de doctorado, que se desgastó por la diferencia de edad y su oblicuo sentido del humor. Ella siguió su camino con un dejo de aprecio; el recuerdo de su sonrisa y su frescura todavía lo espabilan del sopor cada mañana.
Solo, arrobado en su narcisismo, se dedicó a enseñar y dirigir tesis doctorales. El salario magro le permitía viajar dos veces al año, aprovechando presentaciones en congresos y conferencias cada vez más banales. Vendió su coche y su casa para pagar deudas en dólares, equipo de laboratorio obsoleto e inversiones aventuradas con desatino.
– La soledad es mala compañera – se repitió con sorna. – Escrutar el atardecer desde el abismo.
Sentado en una banca frente a la Unidad de Investigación, tomó la decisión de su vida. Se sometería al Whipple y dejaría que las complicaciones y las metástasis hicieran lo suyo. No habría que engañarse, la malignidad se sorbe mejor con cinismo. A falta de recursos, la asistencia pública y el consejo de los clínicos resultaba irrebatible. La cirugía duró nueve horas, aderezada con cinco paquetes globulares, un paro que se revirtió con desfibrilador y una intubación tan prolongada que le dejó como herida perenne la traqueomalacia y una voz mortecina como un presagio.
Las visitas a Terapia Intensiva se podían contar con los dedos; aliento a señas, apretones furtivos, inmensas horas de expectativa y modorra. El escrutinio de las enfermeras, los cambios de drenajes, el goteo incesante de los frascos alineados en todo su horizonte, la luz indiscernible, el abandono.
Vino el alta y con ella la certeza de la muerte. Podía descifrar en las miradas de auspicio de sus cuidadores como todo estaba escrito. Les sonrió de vuelta, y se guardó para sí el desengaño.
– La medicina es la empresa más cándida del espíritu humano – se dijo, mientras lo empujaban hacia la salida.
Los días de convalecencia fueron nutridos de lectura. Retomó a Schopenhauer y Nietzsche antes que nada, aunque olvidaba comer y dejó de atender el teléfono. Pedía a su enfermero que lo sacara al balcón y se desvanecía en Sibelius por horas interminables frente al bullicio de la ciudad distante.
Poco a poco se incorporó y volvió a la Universidad, sólo para renunciar a su cátedra. Un compañero le sugirió atención psiquiátrica y lo miró con desdén, sin responderle. Sacó sus ahorros del banco y los destinó cuidadosamente a sus acreedores.
“Querida Aurora, te preguntarás porqué apelo a ti entre todos. Debo admitir que no supe conservar a nadie y que ante tantos duelos, sólo me atrevo a confesarte a ti que terminé de luchar contra mí mismo. Pese al mito de Sísifo, me quedan pocos recursos y he decidido echar mano de la única propiedad que resta. No dejo nada. He cubierto a cabalidad mis deudas y mis injurias. Dile por favor a nuestros hijos que no los quise menos por estar ausente. Y para ti, mi gratitud y una sincera disculpa. Héctor”.
Es nochebuena y el viento ha dejado de golpear la ventana desvencijada. Un aroma de carne recién horneada se cuela por los entresijos, y la vida – más allá de las pequeñas tragedias – sigue sin inmutarse.

Lo fortuito

Lo fortuito

Cae la segunda nevada de la temporada. La escarcha adorna el borde de la ventana que descubre el jardín en penumbra. Los nudos de ambas manos se crispan en torno a la taza de café. Se ha tomado un descanso, huyendo del quirófano y el olor a sangre.

No pudo salvar a su paciente – hemorragia subaracnoidea que se complicó hora tras hora – y mira desangelado las ramas secas que se van poblando de cristales.

Conoce la mecánica: lo llamará la Jefatura de Cirugía en tono amable pero acusatorio, después el Comité de Ética emitirá su veredicto y por último, sus estadísticas acusarán un descenso en credibilidad y eficiencia.

– Así son las cosas – se repite entre dientes, haciendo acopio de entereza para enfrentar a los familiares.

Cuando ingresó a la Facultad, cubierto de una nube de promesas, se hablaba del cometido, la devoción, y se subrayaba el desinterés en la práctica de la Medicina. Ritos de paso y pruebas de resistencia aparte, el juramento hipocrático coronaba tal esfuerzo y auguraba una vida de recompensas afectivas y prestigio.

Por supuesto que habría dinero y comodidades, pero entendido como un mal necesario ante la renunciación y la entrega al sacerdocio. Las lisonjas y los destellos curriculares lo amparaban todo. Caminaba como ungido por un aura de ingenuidad y sabiduría; los caminos abiertos, las raíces firmes y las alas prestas. El tiempo se encargó de desmentirlo.

Primero fue la competencia. Despuntó como una rivalidad entre hermanos, aquel que estudiaba más recibía los honores, pero no necesariamente era el más diestro con los lazos y puntadas. Años de afán y sacrificio separaron a los débiles y oportunistas. Quedaron los indomables, trazados por el látigo de la persistencia y la tiranía de su determinación. Pero la habilidad se transformó en malicia y la rivalidad en desconfianza. Cada vez más solos, terminaron la residencia y se dieron la espalda para siempre.

El desencuentro parecía justificado a la luz de los intereses creados y la formación de una familia, que requería enfoque y abandono. Pero en el fondo estaba la huella de la envidia, la traición, los resentimientos acumulados por las injusticias de los maestros, las cirugías fallidas, las curaciones de castigo y las guardias no remuneradas. Una sombra cabalgaba al lado de cada hidalgo triunfante.

Al fin, el entrenamiento ejerció su inercia. Debutaba la cirugía estereotáxica, la integración de imágenes, las técnicas de hibridación y con ese bagaje se arrojó de lleno en la neurocirugía. Pasó las pruebas más exigentes y eligió un centro de batalla, donde operaría sin reposo. Se convirtió en un guerrero, al tiempo que fue perdiendo el cabello y el sentido del humor. Su rigidez combinaba en acento con su dureza de espíritu y su frialdad antes los retos más minuciosos. Aprendió a vencer la muerte. Es más, a mofarse de ella en su cara con engreimiento y plenitud. Lo seguían los discípulos, lo bendecían los enfermos y las mujeres le tendían los brazos con arrobamiento.

Entonces llegó la dictadura de la epidemiología. Gradualmente se deslizó en los hospitales, requerida por las investigaciones: los trabajos de observación o de talento dejaron de tener vigencia, se acumulaban los errores y no había un recuento confiable de los resultados de las intervenciones.

Al comienzo fue una oficina marginal y los maestros en Salud Pública eran vistos con desdén, invasores estrafalarios en el concierto de los privilegiados. Pero subrepticiamente se metieron en las aulas, presentaron sus diatribas en las discusiones de casos, orquestaron sus diseños y erigieron la estadística como Atenea, suprema entre los mortales.

La voz de los pacientes y el concilio con sus médicos dejó de hacerse relevante. Los números impusieron su ley y todo cuanto tocaba, escuchaba u horadaba a un enfermo debía plegarse a la evidencia y a los desenlaces. Surgieron las guías, las validaciones y los terceros pagadores, porque había que administrar todo ese cúmulo inefable que antes se denominaba “salud”.

Los doctores devinieron en proveedores y los pacientes en clientes, acorde a las oscilaciones del mercado. Un buen proveedor recibiría prebendas, descuentos y otros estímulos materiales en la medida en que sus clientes se mostraran satisfechos.

Los nuevos reglamentos trajeron abogados, demandas para constreñir las decisiones y suspicacia ante todo. Las subespecialidades clínicas se hicieron indeseables, fue preferible hacer investigación o esconderse en las atalayas antes que interactuar y arriesgar la celebridad.

Vimos a los cirujanos mendigar en los umbrales de las compañías de seguros, clamar a gritos la desigualdad y el rezago de sus pagos. A los pediatras e internistas someterse a los esquemas de reembolso, tanto como despotricar por la indiferencia y la mezquindad. Y a los demás especialistas, lanza en ristre, acometer en todos los orificios y puertos de los enfermos para justificar sus actuaciones.

Vino así la verdadera crisis. Cada cliente se vindicó como una muesca en las campanas de Gauss o como un sujeto en el índice de eficacia terapéutica. La industria farmacéutica tomó las riendas de las cuadrigas desbocadas y puso orden con sus flamantes estándares, buenas prácticas y eventos adversos.

Presas de la vorágine de costos, los hospitales accedieron a todo el proceso normativo. Los centros de asistencia pública a la burocracia enervante y constrictiva, manipulada por los titiriteros de las administraciones y los estadígrafos. Las clínicas privadas por el balance del costo-beneficio, abultando los insumos y los servicios para satisfacer al empuje del mercado. Así, la Medicina se hizo dependiente de todas estos vendavales macroeconómicos al grado de que nadie salió ileso.

El cinismo de lo políticamente correcto se introdujo para atenuar el malestar en la cultura, herida de muerte por el recelo y la avaricia. En los pasillos se habla de ética, atención esmerada, proveedores con credenciales, apego a las políticas sanitarias y a los esquemas universales. En tanto, los enfermos caminan solos, desconfiados, sin voces que escuchen o manos que consuelen. El desenlace manda, todos los actores son instrumentales.

Nuestro añoso galeno se incorpora. Abatido pero digno, camina despacio y vierte el café restante en el baño contiguo. Ha caído la noche y con ella su velo de silencio en el Health Science Center. Anodino entre el camillero y la mujer de limpieza que pasan a su lado, deja una sombra efímera en los consultorios vacíos. Se recompone a la vista de la viuda que gime rodeada por sus hijos: habrá que comenzar de nuevo.