Cae la segunda nevada de la temporada. La escarcha adorna el borde de la ventana que descubre el jardín en penumbra. Los nudos de ambas manos se crispan en torno a la taza de café. Se ha tomado un descanso, huyendo del quirófano y el olor a sangre.

No pudo salvar a su paciente – hemorragia subaracnoidea que se complicó hora tras hora – y mira desangelado las ramas secas que se van poblando de cristales.

Conoce la mecánica: lo llamará la Jefatura de Cirugía en tono amable pero acusatorio, después el Comité de Ética emitirá su veredicto y por último, sus estadísticas acusarán un descenso en credibilidad y eficiencia.

– Así son las cosas – se repite entre dientes, haciendo acopio de entereza para enfrentar a los familiares.

Cuando ingresó a la Facultad, cubierto de una nube de promesas, se hablaba del cometido, la devoción, y se subrayaba el desinterés en la práctica de la Medicina. Ritos de paso y pruebas de resistencia aparte, el juramento hipocrático coronaba tal esfuerzo y auguraba una vida de recompensas afectivas y prestigio.

Por supuesto que habría dinero y comodidades, pero entendido como un mal necesario ante la renunciación y la entrega al sacerdocio. Las lisonjas y los destellos curriculares lo amparaban todo. Caminaba como ungido por un aura de ingenuidad y sabiduría; los caminos abiertos, las raíces firmes y las alas prestas. El tiempo se encargó de desmentirlo.

Primero fue la competencia. Despuntó como una rivalidad entre hermanos, aquel que estudiaba más recibía los honores, pero no necesariamente era el más diestro con los lazos y puntadas. Años de afán y sacrificio separaron a los débiles y oportunistas. Quedaron los indomables, trazados por el látigo de la persistencia y la tiranía de su determinación. Pero la habilidad se transformó en malicia y la rivalidad en desconfianza. Cada vez más solos, terminaron la residencia y se dieron la espalda para siempre.

El desencuentro parecía justificado a la luz de los intereses creados y la formación de una familia, que requería enfoque y abandono. Pero en el fondo estaba la huella de la envidia, la traición, los resentimientos acumulados por las injusticias de los maestros, las cirugías fallidas, las curaciones de castigo y las guardias no remuneradas. Una sombra cabalgaba al lado de cada hidalgo triunfante.

Al fin, el entrenamiento ejerció su inercia. Debutaba la cirugía estereotáxica, la integración de imágenes, las técnicas de hibridación y con ese bagaje se arrojó de lleno en la neurocirugía. Pasó las pruebas más exigentes y eligió un centro de batalla, donde operaría sin reposo. Se convirtió en un guerrero, al tiempo que fue perdiendo el cabello y el sentido del humor. Su rigidez combinaba en acento con su dureza de espíritu y su frialdad antes los retos más minuciosos. Aprendió a vencer la muerte. Es más, a mofarse de ella en su cara con engreimiento y plenitud. Lo seguían los discípulos, lo bendecían los enfermos y las mujeres le tendían los brazos con arrobamiento.

Entonces llegó la dictadura de la epidemiología. Gradualmente se deslizó en los hospitales, requerida por las investigaciones: los trabajos de observación o de talento dejaron de tener vigencia, se acumulaban los errores y no había un recuento confiable de los resultados de las intervenciones.

Al comienzo fue una oficina marginal y los maestros en Salud Pública eran vistos con desdén, invasores estrafalarios en el concierto de los privilegiados. Pero subrepticiamente se metieron en las aulas, presentaron sus diatribas en las discusiones de casos, orquestaron sus diseños y erigieron la estadística como Atenea, suprema entre los mortales.

La voz de los pacientes y el concilio con sus médicos dejó de hacerse relevante. Los números impusieron su ley y todo cuanto tocaba, escuchaba u horadaba a un enfermo debía plegarse a la evidencia y a los desenlaces. Surgieron las guías, las validaciones y los terceros pagadores, porque había que administrar todo ese cúmulo inefable que antes se denominaba “salud”.

Los doctores devinieron en proveedores y los pacientes en clientes, acorde a las oscilaciones del mercado. Un buen proveedor recibiría prebendas, descuentos y otros estímulos materiales en la medida en que sus clientes se mostraran satisfechos.

Los nuevos reglamentos trajeron abogados, demandas para constreñir las decisiones y suspicacia ante todo. Las subespecialidades clínicas se hicieron indeseables, fue preferible hacer investigación o esconderse en las atalayas antes que interactuar y arriesgar la celebridad.

Vimos a los cirujanos mendigar en los umbrales de las compañías de seguros, clamar a gritos la desigualdad y el rezago de sus pagos. A los pediatras e internistas someterse a los esquemas de reembolso, tanto como despotricar por la indiferencia y la mezquindad. Y a los demás especialistas, lanza en ristre, acometer en todos los orificios y puertos de los enfermos para justificar sus actuaciones.

Vino así la verdadera crisis. Cada cliente se vindicó como una muesca en las campanas de Gauss o como un sujeto en el índice de eficacia terapéutica. La industria farmacéutica tomó las riendas de las cuadrigas desbocadas y puso orden con sus flamantes estándares, buenas prácticas y eventos adversos.

Presas de la vorágine de costos, los hospitales accedieron a todo el proceso normativo. Los centros de asistencia pública a la burocracia enervante y constrictiva, manipulada por los titiriteros de las administraciones y los estadígrafos. Las clínicas privadas por el balance del costo-beneficio, abultando los insumos y los servicios para satisfacer al empuje del mercado. Así, la Medicina se hizo dependiente de todas estos vendavales macroeconómicos al grado de que nadie salió ileso.

El cinismo de lo políticamente correcto se introdujo para atenuar el malestar en la cultura, herida de muerte por el recelo y la avaricia. En los pasillos se habla de ética, atención esmerada, proveedores con credenciales, apego a las políticas sanitarias y a los esquemas universales. En tanto, los enfermos caminan solos, desconfiados, sin voces que escuchen o manos que consuelen. El desenlace manda, todos los actores son instrumentales.

Nuestro añoso galeno se incorpora. Abatido pero digno, camina despacio y vierte el café restante en el baño contiguo. Ha caído la noche y con ella su velo de silencio en el Health Science Center. Anodino entre el camillero y la mujer de limpieza que pasan a su lado, deja una sombra efímera en los consultorios vacíos. Se recompone a la vista de la viuda que gime rodeada por sus hijos: habrá que comenzar de nuevo.

 

 

 

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