Ahora todas sus pérdidas convergen. Hace frío y ya no lo siente. Aquella casa familiar que remató por falta de trabajo, los dos años de cárcel por un fraude que le atribuyeron como espectador inocente.
Cuando parecía exonerado, y su nombre fue borrado de las listas negras; cuando cayeron las muecas de sospecha y recuperó la mirada, sobrevino ese dolor inhóspito en el vientre, la paradójica sensación de plenitud.
Buscó a su colega, un gastroenterólogo reputado por su minuciosidad y pericia.
– No es dolor, pero lo percibo como algo que me ocupa – dijo, siempre proclive a la metáfora.
La gastroscopía fue enteramente limpia, salvo por la sospecha de que, en efecto, algo protruía hacia la luz, inefable. La tomografía, con sus rebanadas de crudeza (“corte a corte, soy mis órganos”), demostró lo esperado: un tumor que cabalgaba en el páncreas. El futuro se quedó agarrado de esa masa.
Regresó a su apartamento e intentó poner las prioridades en orden. Se lo comunicaría a sus hijos, no para ignorar el extrañamiento, sino por falta de interlocutores, advirtiéndoles que “está bajo control” para evitar su lástima. Su alma retorcida sería incapaz de tolerar la piedad.
Muchos años atrás, la misantropía lo hizo dedicarse a investigar, y se encerró lejos de la suspicacia y la envidia, con la que hubo que transigir para hacerse médico. Incapaz de amar, se casó con la estudiante más destacada de arquitectura. Lució con ella su arrogancia hasta que se acabó el encanto y lo desechó, harta de estar “mal acompañada”.
– ¡Qué vindicativo es el cáncer! – pensó, recordando ese último adiós.
Siempre hubo algo de insatisfactorio en su elección de carrera: los modelos animales no alcanzaban a ofrecer respuestas y las pruebas in vitro – desafiando su pasión y entrega – servían para construir peldaños, pero el edificio seguía en ruinas.
Inició una relación con una alumna de doctorado, que se desgastó por la diferencia de edad y su oblicuo sentido del humor. Ella siguió su camino con un dejo de aprecio; el recuerdo de su sonrisa y su frescura todavía lo espabilan del sopor cada mañana.
Solo, arrobado en su narcisismo, se dedicó a enseñar y dirigir tesis doctorales. El salario magro le permitía viajar dos veces al año, aprovechando presentaciones en congresos y conferencias cada vez más banales. Vendió su coche y su casa para pagar deudas en dólares, equipo de laboratorio obsoleto e inversiones aventuradas con desatino.
– La soledad es mala compañera – se repitió con sorna. – Escrutar el atardecer desde el abismo.
Sentado en una banca frente a la Unidad de Investigación, tomó la decisión de su vida. Se sometería al Whipple y dejaría que las complicaciones y las metástasis hicieran lo suyo. No habría que engañarse, la malignidad se sorbe mejor con cinismo. A falta de recursos, la asistencia pública y el consejo de los clínicos resultaba irrebatible. La cirugía duró nueve horas, aderezada con cinco paquetes globulares, un paro que se revirtió con desfibrilador y una intubación tan prolongada que le dejó como herida perenne la traqueomalacia y una voz mortecina como un presagio.
Las visitas a Terapia Intensiva se podían contar con los dedos; aliento a señas, apretones furtivos, inmensas horas de expectativa y modorra. El escrutinio de las enfermeras, los cambios de drenajes, el goteo incesante de los frascos alineados en todo su horizonte, la luz indiscernible, el abandono.
Vino el alta y con ella la certeza de la muerte. Podía descifrar en las miradas de auspicio de sus cuidadores como todo estaba escrito. Les sonrió de vuelta, y se guardó para sí el desengaño.
– La medicina es la empresa más cándida del espíritu humano – se dijo, mientras lo empujaban hacia la salida.
Los días de convalecencia fueron nutridos de lectura. Retomó a Schopenhauer y Nietzsche antes que nada, aunque olvidaba comer y dejó de atender el teléfono. Pedía a su enfermero que lo sacara al balcón y se desvanecía en Sibelius por horas interminables frente al bullicio de la ciudad distante.
Poco a poco se incorporó y volvió a la Universidad, sólo para renunciar a su cátedra. Un compañero le sugirió atención psiquiátrica y lo miró con desdén, sin responderle. Sacó sus ahorros del banco y los destinó cuidadosamente a sus acreedores.
“Querida Aurora, te preguntarás porqué apelo a ti entre todos. Debo admitir que no supe conservar a nadie y que ante tantos duelos, sólo me atrevo a confesarte a ti que terminé de luchar contra mí mismo. Pese al mito de Sísifo, me quedan pocos recursos y he decidido echar mano de la única propiedad que resta. No dejo nada. He cubierto a cabalidad mis deudas y mis injurias. Dile por favor a nuestros hijos que no los quise menos por estar ausente. Y para ti, mi gratitud y una sincera disculpa. Héctor”.
Es nochebuena y el viento ha dejado de golpear la ventana desvencijada. Un aroma de carne recién horneada se cuela por los entresijos, y la vida – más allá de las pequeñas tragedias – sigue sin inmutarse.

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