El dolor lo hacía escribir sin descanso. Durante las horas nocturnas revisaba los acordes, introducía el tono simbólico y las figuras del violín como un obsequio a la frescura de esa jovencita que se había marchitado prematuramente. La chica, una hermosa adolescente hija de los Gropius, había contraído parálisis infantil (quizá poliomielitis o Guillain-Barré) durante un viaje a Venecia en Semana Santa.

Su belleza radiante cautivaba a quien la conocía, al grado que Elias Canetti retrata así en sus memorias la suerte de trofeo que exhibía su madre Alma en los círculos intelectuales de Viena, poco antes del Anschluss:

Hermosa, ¿no es así? Esta es mi hija Manon. De Gropius. Es de una clase en sí misma. No te importa que lo diga, ¿o sí? De tal palo tal astilla. ¿Alguna vez viste a Gropius? Un hombre grande, guapo. El verdadero ario. El único hombre racialmente adecuado para mí. Todos los demás que me cortejaron eran pequeños judíos. Como Mahler. El hecho es que yo me inclino por los dos tipos. Vete ahora, mi gatita. No distraigas a Franz, si está escribiendo poesía…”.

Este despliegue muestra la infatuación que rodeaba a la musa que motivó el concierto para violín, un réquiem a la medida de aquel ángel arrebatador ( https://www.youtube.com/watch?v=oqSSHwFEn_8 ).

Tras una larga convalecencia y los intentos vanos de su madre por encontrarle un pretendiente que la sacara de su desgracia, Manon hizo falla respiratoria y murió el Lunes de Pascua del siguiente año.

Alban Berg se encerró en su villa de Carinthia y produjo febrilmente en seis semanas el concierto póstumo. Para darle brío, incorporó una armonización del coral funerario de Bach, “Es ist genug…” (¡Es suficiente!) BWV 60.

El mundo cambiaba de prisa y sus obras ya habían sido condenadas como “arte degenerado” (Entartete Kunst) en Alemania. Poco faltaría para que el ascenso nacional-socialista hiciera lo propio en Austria. El Führer amenazaba conquistar su tierra natal.

Sin estudios formales, el compositor – reconocido con el tiempo como un creador que fusionó la música atonal y la dodecatónica con el romanticismo, precursor también del expresionismo – había sido fiel a su origen pese al rechazo oficial. Cuando Arnold Schoenberg, quien fuera su influencia decisiva, regresó a Berlín, él se quedó a trabajar en Viena, absorbiendo de su mentor la versatilidad que suplió el vacío tras la muerte de su padre. Gracias a este impulso creativo, Berg se supo rodear de los artistas más prominentes de su época, entre ellos el arquitecto Adolf Loos y el pintor Oskar Kokoschka.

Su irritante perfeccionismo lo rezagaba. Prefería escribir de un golpe, titubeante, cuando la inspiración lo llenaba de exaltación y las armonías llegaban como un chubasco atronador en su aislamiento.

Debutó bajo la mirada aprobatoria de Schoenberg con la Sonata para piano opus 1 de 1907, a la que siguieron cuatro canciones (1909) y el cuarteto para cuerdas (1910), inspirados en el legado romántico de Mahler y Wagner.

Por fin, al distanciarse del maestro, se aventuró a integrar los elementos atonales con textos extraídos de postales eróticas, las Altenberg Lieder, que causaron un enorme revuelo y la crítica más severa en su presentación.

Sin capitular, Berg exploraba nuevos senderos de lirismo: cuando presenció la obra Woyzeck del médico, dramaturgo y revolucionario Georg Büchner (1813 – 1837), decidió ponerle música. El drama se centra en un obrero que apuñala a su amante impelido por el delirio y la suspicacia. Recelosa, su hija bastarda lo rechaza y Woyzeck huye. La tragedia culmina en la escena donde un policía, dirigiéndose al público, exclama: “Un buen crimen, una asesinato en forma, un crimen tan hermoso como uno pueda imaginar, algo que no hemos visto en años“.  El tema resultaba fascinante, pero hubo de posponerlo por la irrupción de la Gran Guerra. Maltrecho, frágil de salud, trabajó en el Ministerio de Guerra como burócrata, ajeno al patriotismo reinante.

Disuelto el imperio, se concentró en resumir las 25 escenas del libreto en tres actos, sin perder la esencia de las implicaciones sociales del drama. Tituló su ópera Wozzeck y la completó en 1921. Su anhelo era que la obra simbolizara los avatares del destino humano de modo que la virtió de una extrema atonalidad mezclada con formas tradicionales (pasacaglia y sonata), extractos de música popular y un intenso cromaticismo. La estrenó después de 137 ensayos el 14 de diciembre de 1925 en la Ópera Estatal de Berlín; a la sazón dedicada a la viuda de Gustav Mahler, la veleidosa Alma. Acorde a la ideología que se infiltraba en Austria, fue calificada de “bolchevismo cultural” y recibió una aceptación cargada de ambivalencia.

Berg no desistió. Esta vez se consagró a la música de cámara y compuso un concierto en honor del cincuenta aniversario de Schoenberg. Un romance clandestino con la esposa de un empresario checo suscitó a su vez la Suite Lírica para cuarteto de cuerdas (quizá su composición más interpretada) donde matiza los acordes para simular la intimidad que se escondía del mundo.

La pasión por el esplendor operístico lo llevó a buscar una nueva fuente de inspiración en la obra “Büchse der Pandora” (La caja de Pandora) del dramaturgo alemán Frank Wedekind. Musicalmente compleja y con tinte expresionista, su ópera Lulú rompía con la vanguardia estilística. Escrita en su totalidad bajo el sistema de 12 tonos acuñado por Schoenberg, la pieza quedó inconclusa por la anexión al Tercer Reich y con ello, el veto de todos los ingresos provenientes de su vilipendiada música.

Cobijado por su mujer, Helene Bahowski, Alban se aisló aún más, fuera del ámbito cultural que caía subyugado al nazismo. Mientras completaba su célebre concierto para Manon Alma Gropius, el compositor desarrolló un forúnculo mal cuidado tras el piquete de un insecto en su casa de campo. La lesión lo trajo de vuelta a Viena, complicada por el intento fallido de Helene de cauterizarla con unas tijeras.

Los antibacterianos verían la luz apenas al finalizar la guerra y Alban Berg, herido de muerte, falleció de septicemia durante la nochebuena de 1935 sin haber escuchado la oblación fúnebre que le inspiró aquella jovencita angelical.

Su famosa Lulú, sujeta a una larguísima disputa con los herederos de Helene, se escenificó por fin en la ópera de San Francisco en 1989, como testimonio de todas las voces incomprendidas en esa vorágine del siglo XX.

 

 

 

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