De golpe ante el relieve brutal de esa herida en el vientre o surcando el pecho. Reconocerse a contramano en el espejo.

Eva llora incontenible, por sacudidas; jamás pensó que extrañaría su curva, el pezón marchito. Abel en cambio contempla a otro, huesudo y viejo. Toda su lozanía se la tragó este espectro que lo mira.

Ha quedado atrás el diagnóstico, la congoja frente al “todo saldrá bien”, que sintieron como una palmada insulsa y envuelta en miedo.

Para ella ha sido un calvario. Ningún antecedente la perseguía, no hay razón que justifique esta mutilación. Una mañana cualquiera, bañándose y contenta por su ascenso en el trabajo, se notó el bulto. Lo repasó varias veces hasta definirlo en el territorio exacto; ovoide, monstruoso. El entorno cayó hecho añicos, sacudiendo el silencio y el agua jabonosa que se escapaba por la coladera. Se contuvo, pero sintió cómo la fatalidad le atenazaba la garganta. Por varios segundos no pudo respirar y saltó fuera de la ducha, empapada de plasma, de un líquido viscoso y frío. Se sentó en el retrete y trató de ubicarse. Volvió a recorrer el seno y esta vez lo advirtió ajeno, como si ya no le perteneciera, como si hubiese abjurado de su cuerpo entero.

Para Abel el asunto resultó una cuesta interminable. Durante meses fue el desconcierto del malestar y la diarrea intermitente. Antibióticos, pruebas absurdas de materia fecal, cambios de dieta y reproches por su “estrés”. La inapetencia en todo cuanto solía disfrutar, los retortijones que lo invadían de vergüenza y zozobra. “Colon irritable, ya pasará”. Se sometió a una dieta sosa y probó diversos ansiolíticos. Después de una jornada particularmente tensa, se levantó en la madrugada urgido por un espasmo. Esta vez lo abominable llenó su perspectiva: sangre y un dolor estrujante, que se prolongó con el tenesmo, secuestrando la noche y los sueños.

Luego vinieron los médicos, las ratificaciones, la alienante distancia entre lo objetivo y lo subjetivo. De pronto la dimensión personal se hizo única, capaz de borrar las correspondencias y las necesidades ajenas. Los gestos, palabras y muestras de afecto de los otros pasaban como una película muda, en estroboscopio. Trac, trac.

Los días de resolver problemas, acomodar citas y programar la amputación. Romper con el orden y las estructuras, el desvarío.

Además, esa fastidiosa tendencia – por más comprensible – de las recomendaciones.

  • Mi tía se operó con X y no tienes idea lo bien que le fue.
  • No estoy muy seguro de que ese cirujano siga tan apto como cuando trató a mi madre. Piénsalo bien.
  • ¿Porqué no vas con el mío? Es un oncólogo muy humano y competente.
  • El Dr. Y se entrenó en la Mayo. De Rochester, por supuesto…

Entretanto, el tiempo corre y la masa crece, ominosa.

Eva se despereza con dificultad. Tuvo una noche entrecortada de pesadillas. Su terapeuta insiste en que son los temores de muerte, pero tanta obviedad le parece tonta, no alcanza para someter la angustia. Se descubre seca, sin ganas de verter más lágrimas. Hace días que no se toca el pecho; lo desprecia, no sabe donde acomodar su distorsión. Se baña presa de aturdimiento, por momentos se recupera, con el masaje del jabón y la familiaridad de su talle. Es otra, se despide, pero acalla los gemidos. Toma la toalla con delicadeza y se seca el torso, advierte apenas esa sensualidad de antaño, las gotas sobre sus senos desnudos y prontos al ultraje. Esta tarde se opera.

En otra galaxia, Abel camina sin rumbo. Es el último día antes de ingresar al hospital. Ha decidido recorrer las calles, detenerse a tomar un café y fumar uno de los puros que recibió en Navidad. Las cornisas y los árboles están cubiertos de una escarcha pétrea, que enfría su derredor. Pasan los transeúntes ignotos de su tragedia. Una pareja abrazada se besa con las narices rojas, exhalando juventud y desenfado. Al verlos, arroja la envidia al suelo, como la ceniza. Está consciente de que este parásito maligno, que medra inexorable, es de su propio cuño: enojo y desidia. Nada más.

Salen de la anestesia como si emergieran de un lago, adosados de algas y lodo. La bocanada de aire los vuelve a la luz. Una cara desconocida, que sonríe con bobería, eclipsa las lámparas cegadoras. Duele todo: respirar, tragar saliva, impulsar el peso muerto de los brazos; más que nada, toser o carraspear. La voz no sale, está ahogada en esta confusión de espacio y tiempo.

Los días siguientes son devastadores. Analgesia que se sufre por insuficiente, horas fragmentadas por interrupciones de extraños, partir la realidad con manos crispadas. La inconsistente deferencia y esa percepción que aplasta, de hueco, de pérdida.

Sumida en una languidez extrema, Eva mira al vacío, tratando de encontrar significado a la batalla. No se ha visto la herida, pero se siente mutilada, desgarrada. Por mucha compresión que se le impone, ella siente lástima…y soledad. Es la primera mujer sobre la tierra, expulsada del paraíso; la que sufre – aquí y ahora – esa descarnada amputación de su feminidad.

Abel ostenta su colostomía con pudor y repudio. Cada vez que limpian esa bolsa de excremento que protruye del abdomen, se vive sucio, ajeno, distante de sí mismo. En tal paraje esquizoide hace esfuerzos por restablecer algún sentido; por gravitar en el presente e imprimirle sustancia al futuro.

Ha pasado lo ordinario, el necesario cercenamiento que había que padecer para reclamar la vida. En adelante, se yergue el verdadero reto. Ambos, contrapuestos a su imagen, toman aliento para acudir a la primera sesión de quimioterapia.

Eva sabe que además navegará en las nubes etéreas de la radiación, que queman sin ruido, indiscriminadamente, tanto la muerte como toda pureza remanente. Abel a su vez carga sus bolsas de mierda como un fardo siniestro, por más ligereza o consuelo que se imponga. Vivirá lo indispensable, pero no podrá hacer el amor, nadar sin cubrirse, bañarse en el club como solía hacerlo… Serán sobrevivientes, sí, pero deformes, execrables para quienes conservan sus alas y siguen volando.

Esta mañana tibia, que al fin anuncia la primavera, se contemplan largamente. La ventura los parió de nuevo: pájaros ciegos, bestias desdentadas, hombre y mujer ateridos, acaso arrojados de bruces a la esperanza.

 

 

 

 

 

 

 

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