La foto más reciente en su muro es decepcionante, aunque la esperaba. Gabriel había advertido que no estaba seguro, que decidiría antes de su viaje a Europa. Ahí está, desfigurada por las lágrimas, la imagen  del encuentro festivo que Lorena temía. Se sumerge entre las sábanas, abrazando un peluche, sin ganas de hablar con nadie pero deseosa de recibir las llamadas de Verónica y Diana, que seguramente están reuniendo fuerzas para digerir el chisme.

La fotografía tiene ya veintitrés “likes” a pocas horas de haberla subido. No quiere saber quienes, pero se retuerce de curiosidad.

– ¿Habrán aprobado sus amigas esta horrenda deslealtad?

Tan sólo hace tres días todas chateaban con emoción por la fiesta.

– Si a Gabriel se le hace tarde, yo pasó por ti – escribió Andrea.

– La muy hipócrita – piensa Lorena, y deja escapar un sollozo.

Suena su móvil, el tono revela que es Elsa; prefiere no alcanzarlo y dejar que el zumbido se agote. Unos minutos después, el tintineo anuncia a Diana. Se estira y alcanza el LG sobre el buró, ahora llora con más aflicción.

– Di-diana – atina, entre gimoteos.

En el otro extremo, Diana no sabe qué articular. Por fin, le dice:       – Abre de nuevo el chat, amiga. Queremos hablar contigo.

– Oquei – responde. – Enseguida les marco.

La escena anterior describe la naturaleza del trato a que nos hemos visto sometidos por la era virtual. Miradas especulares, mensajes fragmentarios, voces efímeras.

La pantalla es la compañera “real”. A través de ella se confiesan las verdades, se trazan vínculos y se forjan identidades que pueden maquillarse o reemplazarse según convenga. Facebook es el historial académico, personal o criminal de acuerdo al uso que pueda dársele.

Los sentimientos no se comunican en privado, cara a cara, se escriben, se aúnan a vídeos o paisajes; son pensamientos destinados a quien los lea de buen grado, pero sin genuino interlocutor. ¿Porqué habría de importar?; el aviso quedó ahí, etéreo, aguardando a quien lo aprehenda o lo apruebe. Después se perderá, colgado en el muro de lo momentáneo.

Si bien las redes sociales facilitan la divulgación de conocimiento y acercan las noticias, tanto como sirven propósitos mercantiles o para recuperar amistades que tropezaron en el tiempo, lo cierto es que nos hacen creer que tocamos lo intangible. Nadie está ahí y no obstante están todos los que se anhelan, potencialmente. Sus comentarios son la rémora que se anticipa; la marca de reciprocidad, la confirmación de que no estamos solos. Menuda falacia si necesitamos ser verificados en un shot o una idea prestada, si ya no nos otorgamos el espacio para escuchar, intercambiar guiños o adivinar las muecas. Si ver al otro es a destiempo, bajo el ángulo que inventa o enmarcado en el relato que pretende destacar. ¿Dónde quedaron los titubeos, las insinuaciones o los soliloquios? ¿Dónde las frases entrecortadas, la sonrisa de timidez, el brillo fugaz de los ojos?

Pareciera que la constatación prevalece sobre el diálogo y que usamos a los demás como prolongaciones narcisistas más que contrapartes emocionales. ¿A quién buscan las parejas que se pierden en sus celulares cuando cenan juntos? Cabe preguntarse qué brecha intentan vadear en la distancia que los une y los desune.

Lo mismo surgen amores que se rompen lazos, se forman grupos virtuales como espejismo de pertenencia y se agregan lealtades lejanas que nunca se conocerán.

Hace unos días leía que el adolescente norteamericano promedio revisa su cuenta de Facebook, Twitter o Instagram más de 115 veces por día. Desde luego, por encima de su interés en la cultura, los sucesos políticos, sus orígenes o los avatares de sus coterráneos.

A ese fenómeno se le denomina “lurking” (literalmente, estar al acecho) y refleja la incapacidad para conectarse de viva voz, la indisposición para estar en el lugar y en el tiempo actuales, puestos ante la realidad, por ambigua que resulte…o justo por ello.

La luz de la pantalla se enciende invariablemente tras repetir la contraseña, el mundo se abre y de pronto ya no interesa quién está enfrente o al lado, quién habla o escucha, quién sufre o reclama afecto. Allá, más allá de los dedos ágiles, pulsando teclas   irreales, están los personajes que repican y replican, los “otros”, los que validan.

Nuestra protagonista restablece los contactos. Se hunde en la marea donde todo pasa, nada queda. Sonríe tontamente con la broma que ha reenviado Silvia; poco a poco se enjuga las lágrimas y les muestra en el chat cómo le ha sobrepuesto unos cuernos a la instantánea de Gabriel. Afuera llueve, pero nadie se moja ni se interrumpe por el chisporroteo en los tejados.

 

 

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