Perder el sextante

Give you delusions of grandeur and evil eye

Give you the idea that you’re too good to die

Then they bury you from your head to your feet

From the disease of conceit.

Bob Dylan (1989)

 arrogant doctor

El sol asoma tímidamente entre el neblumo a pocos grados sobre cero. Desde mi consultorio, aprecio la perspectiva, no sólo de las montañas, sino de tres décadas de interrogar pacientes, escuchar sus vicisitudes y temores, acaso hacer lo mejor que puedo para mitigarlos.

Este último me cuenta cómo ha pasado por un médico internista y un nefrólogo por un dolor “que pulsa”. Localizado en la región lumbar, lo hace despertar con rigidez y fatiga, sin fiebre u otros síntomas. Ya recibió antibióticos y antiespasmódicos, trae consigo un ultrasonido renal y se desistió del rumbo cuando le programaron una tomografía con contraste que excede su presupuesto.

En ambos casos, mi sospecha se confirma: no hubo tiempo suficiente, el interrogatorio se basó en apreciaciones superficiales y la exploración física fue de prisa y sin interés. No hay peor sombra en la clínica que la enfermedad del engreimiento.

Cuando un médico asume que lo “ha visto todo” y pasa por alto la frescura y disposición para la escucha que merece todo paciente, transgrede el umbral de la iatrogenia. Deja de observar, pierde la paciencia que se requiere para descifrar, para articular diferencias, y para hilvanar un diagnóstico que anticipa su debida confirmación.

Por supuesto, la “buena fe” no sirve – ni de excusa – cuando no se respalda con disponibilidad y conocimientos. La medicina es un arte cuando se esgrime con finura y sofisticación, pero en ausencia de habilidades y rigor metodológico, se convierte en un pegote, por muy arrogante o experimentado que sea su ejecutor.

Con el advenimiento de la era tecnológica, los doctores estamos compelidos (a veces constreñidos) a surcar la red virtual para indagar acerca de signos ocultos, enfermedades que desconocemos o tratamientos que escapan a nuestro bagaje. La avalancha de revistas, libros, notas de congresos y comunicaciones rápidas que se producen mensualmente, la mayoría en inglés, con una buena contribución de artículos en chino, español y francés, hace imposible estar al día.

Más aún, a medida que envejecemos, nuestros intereses se restringen y nuestras capacidades se ralentizan, lo que se traduce en un desconocimiento de facto. Acudimos a reuniones científicas pero carecemos del sentido de asombro que nos causaba un hallazgo o un cambio de rumbo al despuntar en nuestra especialidad. Mucha agua ha transcurrido bajo el puente para que nos deslumbre cualquier destello.

Pero hacernos viejos no justifica que dejemos de precisar o interesarnos por la narrativa del padecimiento. Cada paciente cuenta una historia diferente. Que en el andamiaje nosológico termine por asimilarse a otros relatos, que coincida semiológicamente con aquello que hemos tratado hasta la saciedad o que ya no represente en principio un reto, no valida la falta de atención.

Siempre (o casi siempre, para no caer en tautologías) que recibo un enfermo – conocido o no – lo saludo cordialmente, le ofrezco mi tiempo, lo miro a los ojos y me reclino a escuchar y orientar su crónica procurando interrumpir sólo para dar un giro de precisión o clarificación a sus malestares o sospechas. Lo siguiente es acoplar una semblanza personal y familiar lo más meticulosa posible, sin derrapar en términos médicos que distraigan su atención (y que con frecuencia sólo sirven cometidos narcisistas). Por último, antes de pasar a mi sala de exploración, rastreo qué órganos o funciones han sido afectadas por su dolencia y reviso los exámenes o imágenes que me aporta como garante de su evolución. Tengo a la mano recursos como el oxímetro de pulso, las tiras reactivas y otros artilugios que alargan mis sentidos o los hacen más exactos. Hipótesis, análisis y prueba de nulidad. Nada menos.

A quien no haya ejercitado la práctica clínica, esta rutina le puede parecer ingenua y aburrida. Pero es el único aval de que se ha establecido una relación de confianza, guiada por el interés de restituir el bienestar del enfermo en sus términos, respetando su predicamento y haciendo caso omiso de los numerosos distractores que perturban el vínculo terapéutico. Me refiero a lo pecuniario, lo egocentrista, lo banal e incluso lo sexual, desafortunada y ordinariamente.

Sin pecar de purista, en un país donde las leyes distan de ser acatadas, la consulta médica puede trastocarse en una fuente despreciable de gratificaciones. Por un lado, el médico con su poder tácito puede conducir al paciente por derroteros que no buscan su bienestar sino la complacencia con sus necesidades o su prestigio. En contraparte – y con mucho inconscientemente – el enfermo puede seducir al galeno para que llene sus expectativas y use la sintomatología para obtener ganancia secundaria.

Todo nexo humano está sujeto a las veleidades e impulsos que caracterizan nuestro deseo inconsciente. Mucho más si está en juego la fragilidad, la salud o la vida misma.

Hace ya varios lustros que juramos no hacer daño. Prometimos además no anteponer nuestros intereses a los del paciente. Desdeñamos el enriquecimiento ilícito, la abulia y la indiferencia. Aseguramos que seguiríamos el ejemplo de nuestro maestros, con denuedo y humildad. Dejaríamos que el prestigio nos bañara sin envilecernos. Ante todo, que trataríamos de que la soberbia no nos cegara o que nos moviera a inclinaciones perversas.

Veo con desilusión que tales juramentos son cada día más precarios. Que las empresas de seguros, asistencia, imagen y medicamentos han tomado el control. Que tenemos cada día menos confianza en nuestras destrezas y sentido común. Que a cuento de las normas, criterios e iniciativas por consenso, preferimos no comulgar con el lenguaje del enfermo sino con el status quo.

De acuerdo, la medicina no es una ocupación romántica, para ensoñar e inventar soluciones. Se apoya en la ciencia, la evaluación estadística y la eficiencia de resultados.¡Ah! Pero surgió para y por los seres humanos, como tal debe mantenerse humanitaria y en un sentido más amplio, humanista.

De otra suerte, tendremos un poder deslindado de la templanza, de la confirmación de pares, que se sanciona a sí mismo y que deglute – de la cola hacia delante – cada vez que se ejerce.

Ningún enfermo tiene porqué sufrir más de lo que su padecimiento le depara. Estamos para hacer el bien; y cuando eso no es posible, nuestra obligación moral es consultar a quien más sabe, aceptar nuestra insuficiencia y recular antes de causarle más perjuicios.

 

 

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