“Parece ser una ley general de la Naturaleza que

no podemos determinar la posición y la velocidad

con precisión arbitraria”

Werner Karl Heisenberg (1927)

Meditabundo, camina con lentitud hacia la Unidad de Cuidados Intensivos. No mira en su derredor, las figuras pasan anodinas; está sumergido en lucubraciones y desechando diagnósticos a cada paso. La percepción es que exprime sus conocimientos, y recurre como una baraja que se desgrana a los casos anecdóticos; habiendo “surfeado” el internet hasta el cansancio. Como una sombra, lo sigue por el pasillo la sensación de fracaso.

Acude a su mente el viejo adagio de los años de residente: “Cuando oigas trotar algo a tu espalda, piensa en caballos, no en cebras”. Pero no sonríe, la situación lo rebasa. En breve se enfrentará a un escuadrón de galenos, todos inquietos y asertivos, que aguardan una orden terminante. Han recorrido un laberinto de estudios e imágenes, como si se tratara de un árbol que despliega ramificaciones más tortuosas en cada trazo. Allá en el fondo, un cuerpo que no habla pero que respira y siente, se inclina ominosamente hacia el abismo.

Dos bastiones que subyacen al proceso diagnóstico son los principios de fisiopatología (qué dictan las funciones, sus mecanismos y sus alteraciones) y el acervo diferencial (qué síntomas y signos convergen o divergen en varias entidades nosológicas). Como puede inferirse, el proceso se somete indefectiblemente a la ley de probabilidades.

En muchos casos, la elaboración hipotética es relativamente lineal: un número de síntomas se traduce en signos clínicos discernibles, éstos a su vez pueden ser verificados por mediciones o modificaciones estructurales accesibles mediante imágenes. Así, se obtiene perentoriamente un cúmulo de resultados que coinciden con un síndrome o mejor aún, una enfermedad que tiene un tratamiento aceptado por verificación estadística e idealmente, asentado en consensos o normativas terapéuticas.

La incertidumbre dura quizá unos días si se requieren cultivos o exámenes cuya realización no está a la mano, pero eventualmente el médico aparece esgrimiendo la antorcha de lo verosímil y la tormenta pasa. Desde luego, mientras más experiencia y ratificación científica, más oportuno y atinado el desenlace.

Otro panorama muy distinto se yergue cuando poco tiene coherencia y la biología o el desatino dictan la sentencia. Suben o bajan las cifras, los marcadores pierden estabilidad y no hay cultivo o antígeno que muestre las fauces. Los elementos que sugieren un diagnóstico están deslindados de la sintomatología, los signos ominosos crecen o reinciden, y el paciente va perdiendo la batalla, como un ángel caído ante los ojos atónitos e imponentes de sus congéneres.

Una serie de datos en apariencia inconexos describe el escenario: Las cifras de albúmina caen (por desgaste), la función renal se entorpece (por la sobrecarga de proteínas en juego), se consumen los mecanismos de defensa, se elevan los triglicéridos (por inhibición inflamatoria de la lipasa de lipoproteínas), falla el hígado (hechicero bioquímico del cuerpo),  se alteran las pruebas de coagulación (por consumo o bloqueo de sus factores) y, arrastrado por tales fichas de dominó, el paciente cae abatido en un torbellino de intuiciones.

Es plausible que el consenso de pares sirva para encontrar avenidas de discernimiento y entonces, como avizora nuestro protagonista, lo inminente es sentarse a dialogar, deshojar margaritas y asestar un golpe decisivo, aunque sea el patólogo – y nadie más – el que despeje al final la bruma.

La Medicina no es una ciencia exacta y como tal, dista de responder a principios matemáticos, ecuaciones o silogismos.

En el complejísimo entramado de la vida nos topamos con organismos cuyo poder de replicación es exponencialmente superior al nuestro, y que están en todas partes, esperando para anidar en un hospedero indefenso o sensible. Contra ello, nuestros recursos (sistema inmune innato o adquirido, barreras epiteliales) son limitados, y la capacidad del cuerpo para tolerar los insultos ambientales está dictada por el bagaje genético, nuestra integridad física (ejercicio y nutrición) y, muy estrictamente, por la edad. Así que estamos en franca desventaja.

Como resulta obvio, las vacunas, los antibióticos y, ante todo, el mejoramiento de las condiciones higiénicas han inclinado la balanza a nuestro favor; pero nunca podremos ganar la guerra. El cuerpo humano es frágil aunque las trincheras sociales y económicas lo protejan.

Quizá la viñeta que reproduzco aquí transmita un mensaje pesimista. Lo cierto es que, de una forma o de otra, los doctores enfrentamos a diario esta incertidumbre, cargada en menor o mayor cuantía con afecto y zozobra. No podemos claudicar, porque las batallas prosiguen. Y en el esporádico remanso que da un triunfo terapéutico, cuando la muerte se gira de espaldas y se aleja – siempre amenazando con retornar –, desmontamos y miramos sin prisa el horizonte, solos ante la inmensidad de la naturaleza.

 

Algunas referencias para lo anecdótico.

  1. La ley de Sutton en Medicina en: David A. Rytand. Sutton’s or Dock’s law. New Engl J Med 1980; 302: 972. (Carta al Editor).

http://www.nejm.org/doi/pdf/10.1056/NEJM198004243021726

  1. M. Thorburn, “Occam’s razor“, Mind, 24, pp. 287–288, 1915.
  2. La cita mencionada en inglés es: “When you hear hoofbeats behind you, think horses, not zebras”.
  3. Willie Sutton with Edward Linn, Where the Money Was: The Memoirs of a Bank Robber (New York, New York: Broadway Books, 2004).
  4. Samuel Shem. The house of God. Berkley, 2010.
  5. La fórmula de Heisenberg, fundamental en la física cuántica, se lee:                 Δψp Δψq ≥ ℏ/2
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