Los límites del poder

Los límites del poder

Contrario a lo que preconizaba Hipócrates, el éxito en la profesión médica reviste una cierta dosis de narcisismo. Con ese ingrediente se superan las exigencias del estudio (inserciones anatómicas, fórmulas bioquímicas, mecanismo moleculares, patología, nosología, semiología y otros muchos escollos). Más tarde, la militarización que supone el entrenamiento clínico, con sus vejaciones y sacudidas, noches interminables, pruebas de templanza y tolerancia.

El índice de deserción es testimonio de que se trata de una carrera de entereza y convicción, donde la promesa de un ejercicio independiente con retribuciones afectivas o económicas no se vislumbra sino pasados muchos años de experiencia.

En ese sentido no sorprende que muchos médicos se encaminen por las sendas menos escabrosas de la investigación o la administración. Al fin y al cabo, muchos y variados ámbitos de la vida requieren curación.

Encima de tantas exigencias, tenemos que mantener el temple y la sonrisa frente a los pacientes. Dejar a un lado las demandas personales o familiares, aceptar salarios magros durante los años de formación y refrenar nuestras debilidades.

No es tarea fácil, pues requiere de un temperamento que sabe ver más allá de lo inmediato y acepta la premisa de que se trata de cuidar a los otros, contra viento y marea.

Cuando por fin el árbol muestra tímidamente los primeros frutos, han pasado vendavales, fracasos y en buena medida abandono de los seres queridos, cansados de tantas promesas. Los matrimonios fallidos, los hijos desorientados y la infidelidad son escaras comunes a nuestra profesión.

  • Nos “casamos” con la celosa mujer que es la Medicina – decía un viejo maestro. – Exige más todos los días y si la descuidas, pierdes el camino en la vaguedad de tu ceguera.

Así proferido, suena como una metáfora edípica, pero contiene la verdad de que el ejercicio de la práctica clínica es una tarea constante, que no admite claudicaciones ni medias tintas. Renovación de credenciales, estudio sistemático, disponibilidad y afabilidad, por si fuera poco.

Hace unos días recibí a una paciente recién llegada de provincia. Venía en busca de un diagnóstico – como todos; de una palabra, de una puerta iluminada.

Me relató visiblemente contrariada que había visto antes a un médico que “la desnudó”. Dado que su padecimiento no tiene implicaciones ginecológicas, me resultó inquietante que mi colega hubiese explorado a la enferma sin su consentimiento, bajo el pretexto de que “requería asegurarse de que todo estuviera bien”.

Sus manos le resultaron obscenas, intrusivas y no sólo limitadas al tacto clínico, que dicho sea de paso, se pretende que sea neutro, sin insinuaciones.

Naturalmente, tal pretensión sólo se cumple si el interesado lo está en las dolencias de la paciente y no, como en este lamentable caso, en sus excrecencias o sinuosidades.

Uno puede obviar muchas palabras cuando se pasa del interrogatorio a las maniobras de exploración – por prisa, rutina o distracción -; pero lo inaceptable es que omita anticiparle a un(a) paciente que va a profanar su intimidad o su pudor para indagar qué le aflige.

  • Voy a revisar sus senos, ¿me permite? – implica más que un enunciado de cortesía. Con ello se establece una prerrogativa de mutuo acuerdo y de alerta ante cualquier transgresión.

No se trata solamente de un imperativo categórico, en la dimensión de lo moral o de apego a los principios de beneficencia. Nuestros enfermos no llegan a consulta buscando cualidades físicas o seductoras.

En la mayoría de los casos, nuestra reputación nos precede, para bien o para mal. Si hemos sido atinados, mesurados en los honorarios, conocedores y decentes (qué difícil atributo, cuando debería ser inherente a todo ser humano), nos recomendarán a sus familiares o amigos. Los propios colegas sabrán de nuestra conducta profesional, y verificarán si cuentan con nuestra pericia para ayudarles a zanjar brechas que no están a su alcance.

Por ello un desliz, una alusión sexual o una manipulación pecunaria son tan nocivos para el prestigio. Pasan como sombras, ángeles marchitos, pero se quedan como manchas indelebles.

De otro lado, la herida narcisista que produce el envejecimiento con su merma de facultades y fuga inevitable de pacientes, se ahonda con la pérdida del atractivo físico e intelectual. Ante tales circunstancias, la actuación (acting out) es una salida fácil, mas no justificable.

Los rumores de un agravio se diseminan como agua sucia, entran por las alcantarillas y rezuman en voces de los enemigos, los suspicaces y los pares por igual. No hay refugio ni olvido. Dejan de acudir los pacientes, temerosos de ser víctimas o quizá imbuidos por el morbo que genera la perversidad ajena. En fin…

Ante esta doliente mujer, me reservo comentario alguno. Nadie tiene derecho a recriminar a un colega – por muchos juicios de valor que se atraviesen por la frente – sin una evaluación ética, idealmente emitida por un comité independiente, donde no se mezclen intereses o sesgos profesionales. Como tal escenario supone muchas dificultades prácticas, en ausencia de pruebas testimoniales, debemos creerle a nuestros pacientes.

El dictamen es simple: conducirse con cautela antes de abrir la boca o propagar el incendio.

Mi paciente merece todo el crédito; se sintió ultrajada, incluso abusada sexualmente, pero más allá de despertar mi suspicacia y compensarla tratándola con sensibilidad y profesionalismo, no me está permitido enjuiciar a nadie ni difamarlo. Tomaré nota en silencio, sí, y mantendré los sentidos en alerta; dado que me fue divulgado su nombre, lo tendré presente y en negritas.

Pero no me permitiré indiscreción alguna. No lo conozco, pero el mundo es un pañuelo -dicen – y si se diera el caso, me acercaría con prudencia y le recomendaría psicoterapia, hacer un balance de su trayectoria, tratar de entender qué está corrompiendo su espíritu o, llanamente, pedirle que deje en paz a sus pacientes.

Entretanto, me abstengo. Doy fe ante la enferma que se puede hacer clínica sin conculcar las fronteras del respeto elemental a su fragilidad e individualidad. La escucho, le pido permiso para revisarla y me limito a aquello que considero pertinente o susceptible de explicar sus síntomas.

No hay límites precisos, pero no es el decoro ni la perspicacia quienes dictan la distancia. Es el valor que todo ser humano tiene en su integridad, hombre o mujer, sano o herido, neurótico o lúcido; ninguna persona tiene porqué ser sometida ni vejada, mucho menos si solicita ayuda y se desnuda – literal o figurativamente – para exponer su tormento.

 

 

 

 

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Voces íntimas

Voces íntimas

Es invierno; desafiando el tráfico y la neurosis citadina, me sumerjo en el larghetto del concierto para violín de Beethoven, que la Kopatchinskaja interpreta con frescura y agilidad. Recuerdo cómo a mi padre le entusiasmaba el brío del tercer movimiento, apasionado y menos lánguido. En mi memoria, esos acordes se vertían con la luz dominical, entretejidos por las hojas del periódico y el aroma a café. Supongo que ahí permanece el ímpetu de Oistrakh, Kreisler o Heifetz en aquellos elepés que se perdieron tras alguna inundación.
Más allá de mi pecera aislante, observo las muecas de ansiedad de mis conciudadanos, presurosos para abordar el autobús. Hombres y mujeres al azar, que sortean el frío y la aglomeración entre bocinazos e insultos. Un hombre tropieza y pasan a su lado otros tres que le ganan el ascenso, hasta que puede incorporarse.
– La ley de la jungla urbana – insinúo en voz alta, sin escucharme.
Han quedado varios cuerpos apretujados en la salidas de este último vehículo, y arranca llevando brazos y bolsos en vilo. Temo lo peor, pero apelo a la suerte que los cobija todos los días. Abstraído, vuelvo a mis cavilaciones.
El genio de Bonn escribió el concierto (opus 61) en menos de dos meses al final de 1806, por encargo de Franz Clement, director artístico del teatro de Viena (donde se estrenara, apenas 15 años antes, La Flauta Mágica). El debut estaba planeado para el programa prenavideño del 23 de diciembre.
Aquel fue un periodo de intensa actividad creadora de Beethoven; compuso febrilmente el concierto número 4 para piano (opus 58), los cuartetos Rasumovsky (opus 59), la cuarta sinfonía (opus 60) y la obertura Coriolan (opus 62) con pocas semanas de diferencia.
La obra se estrenó con mínima preparación y el propio Clement había leído el manuscrito acaso un par de veces antes de interpretarlo en su homenaje. El público austriaco lo recibió con frialdad.
No fue sino hasta 1844, casi dos décadas después de la muerte del compositor, que el virtuoso Joseph Joachim de 12 años lo presentó bajo la batuta de Félix Mendelssohn con una merecida aclamación.
El manuscrito original se conserva en la Biblioteca Nacional de Austria y contiene, en el primer y tercer movimientos, numerosas alteraciones y ajustes que el maestro (y después su discípulo Carl Cerny, con notas de metrónomo) apostilló de puño y letra. Parece escrito a la carrera, como si se tratara de una improvisación enmendada para darle coherencia armónica. Hay trazos que reflejan algunos pasajes de conciertos de Clement; se ha sugerido que el compositor se esforzó por halagar a su violinista. Otras modificaciones, atravesadas con lápiz, están destinadas a la versión pianística de la obra.
La dinámica interpretativa sugería un tono atenuado, acorde con el espíritu de la época. En 1806, Austria acusaba el malestar de un desgarramiento, tras la derrota de Austerlitz a manos de Napoleón, y el tratado de Viena que le costó la cesión de Hungría, Rumanía y Yugoslavia, además de la disolución de facto del Sagrado Imperio Romano en aquel verano.
Para Ludwig fue un año aciago, pese al creciente reconocimiento musical. Su sordera (que hoy atribuimos a enfermedad de Paget y no, como se fantaseaba otrora, a sífilis terciaria) se agudizaba; y además había roto su compromiso marital con Josephine Deym, alumna y compañera íntima por varios años, dada la oposición de su familia.
No sorprende entonces que Beethoven procurase una dinámica suavizada. Para el larghetto escribió “sempre perdendosi” (desvaneciéndose) después del pianissimo en las primeras barras, señalando un tinte meditativo y proclive a la subjetividad. En contraste, la tradición ha seguido un sonido rico con vibrato exaltado, que matiza la obra. Debemos reconocer que Beethoven buscaba la introspección, no el preciosismo.

Su capacidad auditiva siguió en declive, adosada por la decepción que causó el rechazo de convertirse en compositor del imperio. Estuvo a punto de dejar Viena, decepcionado de la nobleza, pero un grupo de potentados logró convencerlo de que se quedara por un salario anual de 1,400 florines. Con toda esta sensación de encierro y falta de incentivos, se agravó su aislamiento al grado que sus últimas composiciones estuvieron destinadas para una audiencia cada vez más sofisticada y reducida. Consciente de este imperativo, escribió: “Mis obras tardías no son para ustedes, sino para una época venidera”.

En 1815 dejó de ofrecer recitales de piano y para 1818 sólo se comunicaba por escrito.

Dejaba dos romances y diez sonatas para violín y piano (entre las más conocidas, Kreutzer y Cockrow), si bien un solo concierto, prodigioso, que sobrevuela su inmortalidad.

Como se sabe, fue un extraordinario pianista con grandes dotes de improvisación, pero sus habilidades como violinista se han documentado poco. Su padre lo instruyó tanto en pianoforte como violín, pero su hipoacusia no le ayudó a corregir los tonos y nunca dedicó tiempo a perfeccionar la técnica adquirida de niño.

Al momento de estrenarse, el violín había alcanzado su forma tal como la conocemos, bajo la influencia de lauderos reputados como François Xavier Tourte. Los arcos que este artesano fabricaba (y que se vendieron en toda Europa) producían un sonido más intenso y se recomendaban para los movimientos del cantábile, como el larghetto de Beethoven. También los violines habían refinado su forma y brillantez; puentes más altos y delgados, cuellos estilizados que facilitaban las tesituras agudas.

El concierto abre con cinco notas repetidas de timbales seguidas del sutil tema del oboe en la siguiente barra. Este inicio melódico era algo que Beethoven no había empleado, aunque tal repunte rítmico le brinda unidad a toda la pieza. El solista es atraído, después de un introducción orquestal con dos barras de octavas que insinúan -casi como improvisación – que se prepara el primer tema con un registro exaltado. Después vendrá el corno para reiterar los ecos de los timbales. La recapitulación del primer tema cierra el movimiento en fortísimo, con reminiscencias tonales de su tercer concierto para piano.
El segundo movimiento – que nos ocupa – se despliega con las cuerdas atenuadas en pianissimo, seguida de una sencilla romanza con dos tiempos de coda. Aquí el solista traza figuraciones ornamentales sobre el tema que repiten, sin cambios, los cornos y el clarinete. Enseguida, el fagot reitera el tema mientras el violín lo embellece con pinceladas diversas. La orquesta se suma con una afirmación del tema en forte, para dar lugar a las cadenzas que abrazan la instrumentación y los arabescos del violín solo, como mágico protagonista delante de la orquesta que lo acoge.

Aquí, atrapado por el mundanal ruido, pienso en la música, su dulzura y su sosiego. Y admiro en silencio  el virtuosismo de un hombre sordo, exiliado de la sociedad, que rescató con su febril pluma – manchando y enmendando hoja tras hoja – los destellos de la eternidad.

 

Chatarra y circo

Chatarra y circo

Una brisa fresca se abate sobre mi ciudad, y disipa el smog que enturbia la mañana. Tras la resaca del diluvio comercial que trajo el supertazón, los ánimos en repunte y la sensación de que un año más se desgrana, volvemos a concentrarnos en el trabajo.

Me sorprendieron los alaridos de embriaguez de mis vecinos, los incontables televisores encendidos por toda la ciudad: en restaurantes, habitaciones de hospital, puestos de periódicos, loncherías y paradas de autobuses. La fiebre que nulificaba el tráfico, las conversaciones y la cotidianidad. La gente que contestaba con desinterés – ojos sumidos en la pantalla – entre felinos y caballos que perseguían con gula el sueño del imperio. El festín estuvo coronado por anuncios comerciales de precio exorbitante (cinco millones de dólares por treinta segundos), la sensualidad de doncellas que bailaban a gritos en el intermedio, la orgía de cervezas y estandartes; en suma, el tiempo arrebatado por los artífices del circo y el regocijo.

Para quienes este despliegue de seducciones resultaba anticlimático, una sombra descendió alertándonos de la manipulación masiva. Budweiser, Pepsi, McDonald’s, Doritos, Mountain Dew, Honda…nuestros sentidos puestos al servicio del consumismo flagrante. Mientras más creativa la publicidad, más duradera la experiencia afectiva.

Y exhibieron la danza, y la música estridente, y la repetición absurda de jugadas, interrumpidas siempre por la presión mercantil. Lo menos relevante era el esfuerzo atlético, la dinámica del juego, las heridas que cada participante se llevará a casa con los bolsillos llenos de promesas para redimir su esclavitud. Gladiadores modernos al fin y al cabo, en receso hasta que el coliseo abra de nuevo sus tentáculos.

Con renovado interés, anoche leí un artículo del New York Review of Books que alude al negocio de la National Football League (1). Bien podría ser la UEFA, la Liga BBVA, la WTA o cualquier otro comercio deportivo.

La NFL agrupa treinta y dos franquicias opulentas, que con sus colisiones – como apunta el autor del artículo en cuestión – generan ingresos por once mil millones de dólares cada temporada, en su mayoría derivados de derechos de televisión (cabe señalar que es un deporte maquillado para la teleaudiencia). Su comisionado, célebre por sus fanfarronería, gana treinta y cinco millones de dólares anuales, que deben estimarse como “gastos de representación”. Los estadios, centros de entrenamiento y prebendas que reciben los ídolos de este deporte suman cifras descomunales.

En medio de tanta avaricia, los colegios y universidades se ostentan como un atenuante, porque sus deportistas compiten “por amor a la camiseta”, dado que no perciben salarios por su dedicación. Pero todos sabemos que estos centros de estudio son el trampolín y el filtro donde se seleccionan las estrellas del espectáculo profesional. La Universidad de Oregon, alma mater del penúltimo ganador del premio Heisman, Marcus Mariota (ahora con los “Titanes”), se conoce como la universidad de Nike, porque recibe insumos millonarios de esta empresa, fundada por uno de sus ex-alumnos. Naturalmente, a cambio de mostrarse en todas las pantallas y promocionar sus productos; de manera análoga a lo que hacen Under Armor, Adidas, Riddell (la marca de los emblemáticos cascos de toda la liga) y tantas otras empresas volcadas en el lucrativo intercambio de imágenes y golpes bajos.

Durante más de dos décadas, estas firmas comerciales ejercieron su autoridad para encubrir el fenómeno de la CTE (encefalopatía por contusión traumática) que, como es de esperarse, afecta a muchísimos jugadores que se ganan la vida como carneros (nombre singular de otro equipo), usando la cabeza para detener a los contrincantes o avanzar entre manotazos corpulentos. Hace unos días se informó que Ken Stabler (“La Serpiente”), galardonado jugador de los Raiders de Oakland, murió tras un devastador deterioro cognitivo, víctima de aquel padecimiento.

Pero las primas y los contratos gobiernan la existencia y, a pesar de los riesgos y la despersonalización que implica ser el paladín de las tacleadas, vestir el uniforme de un equipo deportivo es, hoy por hoy, uno de los quehaceres más deseables para la juventud del mundo. Sea a orillas del Mississippi, en Nigeria (cuna de jugadores de baloncesto) o en la dilapidada Sudamérica, donde salir de los tugurios de pobreza atrás de un balón es una codiciada garantía.

Ahí van los chicos en los centros comerciales vistiendo con orgullo las camisetas de su selección nacional, del mariscal de campo admirado, del beisbolista que vuela todas las bardas (metáfora del anhelo) o del corredor de fórmula uno que desafía las barreras del tiempo. Comemos y respiramos esa dicha efímera, que nos hace héroes por un día y parias al día siguiente, cuando la realidad asalta de nuevo, y los sátrapas del dinero nos dejan descansar, la televisión y la tableta a media luz.

En este pequeño espacio de reflexión, escucho al paciente en turno relatarme sus molestias, su dolor, su exclusión de la sociedad. Procuro que nada me distraiga, es su tiempo y el mío; acaso podemos simular que nadie nos controla.

  1. El artículo mencionado está en:

http://www.nybooks.com/articles/2016/02/11/the-collision-sport-on-trial/

 

Por ventura

Por ventura

La conocí en la librería del barrio. Yo buscaba un libro de Langston Hughes y ella, desde su corta estatura, oteaba hacia el estante superior, obstruyendo el pasillo.
– La puedo ayudar?
Sorprendida, volteó a verme con sus pequeños ojos grises, disipando la desconfianza.
– Debe estar allá arriba, joven – me dijo, en tono amable. – Kübler, Kübler-Ross – agregó, como apenada.
– Recuerdo el libro – afirmé con cierta petulancia, y le extraje una sonrisa. – Déjeme ver…
La mujer, vestida con sencillez, apartó su bolsa y dio un paso atrás, obsequiosa.
– Aquí tiene – dije, extendiendo el libro “On death and dying”, una edición de pasta dura, reeditada.
Lo tomó casi con veneración, para acariciar las pastas con ambas manos. Me parece que ahí descubrí sus lágrimas – que habría de contener muchas veces – ahora vertidas con una gratitud que sobrepasaba mi gesto.
Cuando llegamos a la caja, me alcanzó mi hija, que venía a regatearme tres novelas de adolescentes y un diario cuando el acuerdo había sido “un libro nada más”.
La anciana y yo conversábamos distraídos, de modo que acabé comprando más de lo anticipado. Los tres caminamos hasta el parque donde Emilia, visiblemente conmovida, me alargó su dirección en una nota y nos invitó a tomar el té la semana siguiente.
Su hija mayor, compañera en los años de viudez, yacía esperando la muerte, invadida de metástasis. Ella había intentado todos los recursos que una madre puede esgrimir con afecto ante tal desdicha, pero Patricia se mostraba irascible y rechazaba sus cuidados.
Cierto es que su yerno y los hijos estaban presentes, siempre atentos a sus necesidades físicas, pero Emilia intuía que había una brecha que zanjar.
Con sus precarias destrezas en el internet, averiguó que había foros y literatura para entender la agonía, y así dio con la psiquiatra de origen suizo que describió las cinco etapas del duelo al morir.
La llamé diez días después para concertar la cita. Su voz en el teléfono era de aflicción.
– Te esperaba, Vincent. Has tardado en llamar.
Me invadió la culpa, sospechoso de que Patricia hubiese muerto en esa breve ausencia. Pero el reproche provenía de que Emilia era puntillosa, y tomaba los compromisos con mucha seriedad.
Patricia seguía agónica y ella había releído el volumen hasta casi recitarlo de memoria.
Ante la porcelana y el humeante Darjeeling, hablamos de su historia, el éxodo desde Polonia, la llegada a la isla y el recelo de sus contemporáneos, hasta que encontró un hombre decente y opaco que la cuidó sin reparos. Patricia fue su segunda hija, tras un embarazo de riesgo, en tiempos cuando el té, los consejos y el reposo eran la forma de prevenir partos prematuros.
Fueron pocas tardes, pero su conversación , fluida y exquisita en detalles, hacía las veces de un remanso en el trance que nos conjugaba. Su hija se fue extenuando y con ella, la memoria y la serenidad de mi anfitriona; como si la maternidad hubiese sido su vigor y su hado.
Me describió como las etapas de Kübler-Ross se fueron cumpliendo sin orden, y Patricia no se reconcilió con su madre, mucho menos con la pérdida inminente y el desgarramiento que producía dejar a sus hijos.
Creo que Emilia lo tomó con bastante serenidad, aunque la tragedia se ancló en su cerebro marchito y empezó por olvidar lo inmediato y lo trivial. Poco a poco, en cuestión de semanas, se despersonalizó: empezó a balbucear en yiddish y al fin se fugó en sus recuerdos, donde la nieve y los juegos infantiles la pertrechaban.
Le brindamos una ceremonia frugal pero atendida por sus últimos amores. Esa tarde, el cementerio de Golders Green refulgía con el sol de invierno, bajo una cortina tenue de aguanieve. Mientras nos reuníamos, cabizbajos e interpelándonos con sonrisas vagas, me pregunté si la muerte – inevitable -nos conminaba a todos, sin falsos heroísmos.