La conocí en la librería del barrio. Yo buscaba un libro de Langston Hughes y ella, desde su corta estatura, oteaba hacia el estante superior, obstruyendo el pasillo.
– La puedo ayudar?
Sorprendida, volteó a verme con sus pequeños ojos grises, disipando la desconfianza.
– Debe estar allá arriba, joven – me dijo, en tono amable. – Kübler, Kübler-Ross – agregó, como apenada.
– Recuerdo el libro – afirmé con cierta petulancia, y le extraje una sonrisa. – Déjeme ver…
La mujer, vestida con sencillez, apartó su bolsa y dio un paso atrás, obsequiosa.
– Aquí tiene – dije, extendiendo el libro “On death and dying”, una edición de pasta dura, reeditada.
Lo tomó casi con veneración, para acariciar las pastas con ambas manos. Me parece que ahí descubrí sus lágrimas – que habría de contener muchas veces – ahora vertidas con una gratitud que sobrepasaba mi gesto.
Cuando llegamos a la caja, me alcanzó mi hija, que venía a regatearme tres novelas de adolescentes y un diario cuando el acuerdo había sido “un libro nada más”.
La anciana y yo conversábamos distraídos, de modo que acabé comprando más de lo anticipado. Los tres caminamos hasta el parque donde Emilia, visiblemente conmovida, me alargó su dirección en una nota y nos invitó a tomar el té la semana siguiente.
Su hija mayor, compañera en los años de viudez, yacía esperando la muerte, invadida de metástasis. Ella había intentado todos los recursos que una madre puede esgrimir con afecto ante tal desdicha, pero Patricia se mostraba irascible y rechazaba sus cuidados.
Cierto es que su yerno y los hijos estaban presentes, siempre atentos a sus necesidades físicas, pero Emilia intuía que había una brecha que zanjar.
Con sus precarias destrezas en el internet, averiguó que había foros y literatura para entender la agonía, y así dio con la psiquiatra de origen suizo que describió las cinco etapas del duelo al morir.
La llamé diez días después para concertar la cita. Su voz en el teléfono era de aflicción.
– Te esperaba, Vincent. Has tardado en llamar.
Me invadió la culpa, sospechoso de que Patricia hubiese muerto en esa breve ausencia. Pero el reproche provenía de que Emilia era puntillosa, y tomaba los compromisos con mucha seriedad.
Patricia seguía agónica y ella había releído el volumen hasta casi recitarlo de memoria.
Ante la porcelana y el humeante Darjeeling, hablamos de su historia, el éxodo desde Polonia, la llegada a la isla y el recelo de sus contemporáneos, hasta que encontró un hombre decente y opaco que la cuidó sin reparos. Patricia fue su segunda hija, tras un embarazo de riesgo, en tiempos cuando el té, los consejos y el reposo eran la forma de prevenir partos prematuros.
Fueron pocas tardes, pero su conversación , fluida y exquisita en detalles, hacía las veces de un remanso en el trance que nos conjugaba. Su hija se fue extenuando y con ella, la memoria y la serenidad de mi anfitriona; como si la maternidad hubiese sido su vigor y su hado.
Me describió como las etapas de Kübler-Ross se fueron cumpliendo sin orden, y Patricia no se reconcilió con su madre, mucho menos con la pérdida inminente y el desgarramiento que producía dejar a sus hijos.
Creo que Emilia lo tomó con bastante serenidad, aunque la tragedia se ancló en su cerebro marchito y empezó por olvidar lo inmediato y lo trivial. Poco a poco, en cuestión de semanas, se despersonalizó: empezó a balbucear en yiddish y al fin se fugó en sus recuerdos, donde la nieve y los juegos infantiles la pertrechaban.
Le brindamos una ceremonia frugal pero atendida por sus últimos amores. Esa tarde, el cementerio de Golders Green refulgía con el sol de invierno, bajo una cortina tenue de aguanieve. Mientras nos reuníamos, cabizbajos e interpelándonos con sonrisas vagas, me pregunté si la muerte – inevitable -nos conminaba a todos, sin falsos heroísmos.

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