Una brisa fresca se abate sobre mi ciudad, y disipa el smog que enturbia la mañana. Tras la resaca del diluvio comercial que trajo el supertazón, los ánimos en repunte y la sensación de que un año más se desgrana, volvemos a concentrarnos en el trabajo.

Me sorprendieron los alaridos de embriaguez de mis vecinos, los incontables televisores encendidos por toda la ciudad: en restaurantes, habitaciones de hospital, puestos de periódicos, loncherías y paradas de autobuses. La fiebre que nulificaba el tráfico, las conversaciones y la cotidianidad. La gente que contestaba con desinterés – ojos sumidos en la pantalla – entre felinos y caballos que perseguían con gula el sueño del imperio. El festín estuvo coronado por anuncios comerciales de precio exorbitante (cinco millones de dólares por treinta segundos), la sensualidad de doncellas que bailaban a gritos en el intermedio, la orgía de cervezas y estandartes; en suma, el tiempo arrebatado por los artífices del circo y el regocijo.

Para quienes este despliegue de seducciones resultaba anticlimático, una sombra descendió alertándonos de la manipulación masiva. Budweiser, Pepsi, McDonald’s, Doritos, Mountain Dew, Honda…nuestros sentidos puestos al servicio del consumismo flagrante. Mientras más creativa la publicidad, más duradera la experiencia afectiva.

Y exhibieron la danza, y la música estridente, y la repetición absurda de jugadas, interrumpidas siempre por la presión mercantil. Lo menos relevante era el esfuerzo atlético, la dinámica del juego, las heridas que cada participante se llevará a casa con los bolsillos llenos de promesas para redimir su esclavitud. Gladiadores modernos al fin y al cabo, en receso hasta que el coliseo abra de nuevo sus tentáculos.

Con renovado interés, anoche leí un artículo del New York Review of Books que alude al negocio de la National Football League (1). Bien podría ser la UEFA, la Liga BBVA, la WTA o cualquier otro comercio deportivo.

La NFL agrupa treinta y dos franquicias opulentas, que con sus colisiones – como apunta el autor del artículo en cuestión – generan ingresos por once mil millones de dólares cada temporada, en su mayoría derivados de derechos de televisión (cabe señalar que es un deporte maquillado para la teleaudiencia). Su comisionado, célebre por sus fanfarronería, gana treinta y cinco millones de dólares anuales, que deben estimarse como “gastos de representación”. Los estadios, centros de entrenamiento y prebendas que reciben los ídolos de este deporte suman cifras descomunales.

En medio de tanta avaricia, los colegios y universidades se ostentan como un atenuante, porque sus deportistas compiten “por amor a la camiseta”, dado que no perciben salarios por su dedicación. Pero todos sabemos que estos centros de estudio son el trampolín y el filtro donde se seleccionan las estrellas del espectáculo profesional. La Universidad de Oregon, alma mater del penúltimo ganador del premio Heisman, Marcus Mariota (ahora con los “Titanes”), se conoce como la universidad de Nike, porque recibe insumos millonarios de esta empresa, fundada por uno de sus ex-alumnos. Naturalmente, a cambio de mostrarse en todas las pantallas y promocionar sus productos; de manera análoga a lo que hacen Under Armor, Adidas, Riddell (la marca de los emblemáticos cascos de toda la liga) y tantas otras empresas volcadas en el lucrativo intercambio de imágenes y golpes bajos.

Durante más de dos décadas, estas firmas comerciales ejercieron su autoridad para encubrir el fenómeno de la CTE (encefalopatía por contusión traumática) que, como es de esperarse, afecta a muchísimos jugadores que se ganan la vida como carneros (nombre singular de otro equipo), usando la cabeza para detener a los contrincantes o avanzar entre manotazos corpulentos. Hace unos días se informó que Ken Stabler (“La Serpiente”), galardonado jugador de los Raiders de Oakland, murió tras un devastador deterioro cognitivo, víctima de aquel padecimiento.

Pero las primas y los contratos gobiernan la existencia y, a pesar de los riesgos y la despersonalización que implica ser el paladín de las tacleadas, vestir el uniforme de un equipo deportivo es, hoy por hoy, uno de los quehaceres más deseables para la juventud del mundo. Sea a orillas del Mississippi, en Nigeria (cuna de jugadores de baloncesto) o en la dilapidada Sudamérica, donde salir de los tugurios de pobreza atrás de un balón es una codiciada garantía.

Ahí van los chicos en los centros comerciales vistiendo con orgullo las camisetas de su selección nacional, del mariscal de campo admirado, del beisbolista que vuela todas las bardas (metáfora del anhelo) o del corredor de fórmula uno que desafía las barreras del tiempo. Comemos y respiramos esa dicha efímera, que nos hace héroes por un día y parias al día siguiente, cuando la realidad asalta de nuevo, y los sátrapas del dinero nos dejan descansar, la televisión y la tableta a media luz.

En este pequeño espacio de reflexión, escucho al paciente en turno relatarme sus molestias, su dolor, su exclusión de la sociedad. Procuro que nada me distraiga, es su tiempo y el mío; acaso podemos simular que nadie nos controla.

  1. El artículo mencionado está en:

http://www.nybooks.com/articles/2016/02/11/the-collision-sport-on-trial/

 

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