Es invierno; desafiando el tráfico y la neurosis citadina, me sumerjo en el larghetto del concierto para violín de Beethoven, que la Kopatchinskaja interpreta con frescura y agilidad. Recuerdo cómo a mi padre le entusiasmaba el brío del tercer movimiento, apasionado y menos lánguido. En mi memoria, esos acordes se vertían con la luz dominical, entretejidos por las hojas del periódico y el aroma a café. Supongo que ahí permanece el ímpetu de Oistrakh, Kreisler o Heifetz en aquellos elepés que se perdieron tras alguna inundación.
Más allá de mi pecera aislante, observo las muecas de ansiedad de mis conciudadanos, presurosos para abordar el autobús. Hombres y mujeres al azar, que sortean el frío y la aglomeración entre bocinazos e insultos. Un hombre tropieza y pasan a su lado otros tres que le ganan el ascenso, hasta que puede incorporarse.
– La ley de la jungla urbana – insinúo en voz alta, sin escucharme.
Han quedado varios cuerpos apretujados en la salidas de este último vehículo, y arranca llevando brazos y bolsos en vilo. Temo lo peor, pero apelo a la suerte que los cobija todos los días. Abstraído, vuelvo a mis cavilaciones.
El genio de Bonn escribió el concierto (opus 61) en menos de dos meses al final de 1806, por encargo de Franz Clement, director artístico del teatro de Viena (donde se estrenara, apenas 15 años antes, La Flauta Mágica). El debut estaba planeado para el programa prenavideño del 23 de diciembre.
Aquel fue un periodo de intensa actividad creadora de Beethoven; compuso febrilmente el concierto número 4 para piano (opus 58), los cuartetos Rasumovsky (opus 59), la cuarta sinfonía (opus 60) y la obertura Coriolan (opus 62) con pocas semanas de diferencia.
La obra se estrenó con mínima preparación y el propio Clement había leído el manuscrito acaso un par de veces antes de interpretarlo en su homenaje. El público austriaco lo recibió con frialdad.
No fue sino hasta 1844, casi dos décadas después de la muerte del compositor, que el virtuoso Joseph Joachim de 12 años lo presentó bajo la batuta de Félix Mendelssohn con una merecida aclamación.
El manuscrito original se conserva en la Biblioteca Nacional de Austria y contiene, en el primer y tercer movimientos, numerosas alteraciones y ajustes que el maestro (y después su discípulo Carl Cerny, con notas de metrónomo) apostilló de puño y letra. Parece escrito a la carrera, como si se tratara de una improvisación enmendada para darle coherencia armónica. Hay trazos que reflejan algunos pasajes de conciertos de Clement; se ha sugerido que el compositor se esforzó por halagar a su violinista. Otras modificaciones, atravesadas con lápiz, están destinadas a la versión pianística de la obra.
La dinámica interpretativa sugería un tono atenuado, acorde con el espíritu de la época. En 1806, Austria acusaba el malestar de un desgarramiento, tras la derrota de Austerlitz a manos de Napoleón, y el tratado de Viena que le costó la cesión de Hungría, Rumanía y Yugoslavia, además de la disolución de facto del Sagrado Imperio Romano en aquel verano.
Para Ludwig fue un año aciago, pese al creciente reconocimiento musical. Su sordera (que hoy atribuimos a enfermedad de Paget y no, como se fantaseaba otrora, a sífilis terciaria) se agudizaba; y además había roto su compromiso marital con Josephine Deym, alumna y compañera íntima por varios años, dada la oposición de su familia.
No sorprende entonces que Beethoven procurase una dinámica suavizada. Para el larghetto escribió “sempre perdendosi” (desvaneciéndose) después del pianissimo en las primeras barras, señalando un tinte meditativo y proclive a la subjetividad. En contraste, la tradición ha seguido un sonido rico con vibrato exaltado, que matiza la obra. Debemos reconocer que Beethoven buscaba la introspección, no el preciosismo.

Su capacidad auditiva siguió en declive, adosada por la decepción que causó el rechazo de convertirse en compositor del imperio. Estuvo a punto de dejar Viena, decepcionado de la nobleza, pero un grupo de potentados logró convencerlo de que se quedara por un salario anual de 1,400 florines. Con toda esta sensación de encierro y falta de incentivos, se agravó su aislamiento al grado que sus últimas composiciones estuvieron destinadas para una audiencia cada vez más sofisticada y reducida. Consciente de este imperativo, escribió: “Mis obras tardías no son para ustedes, sino para una época venidera”.

En 1815 dejó de ofrecer recitales de piano y para 1818 sólo se comunicaba por escrito.

Dejaba dos romances y diez sonatas para violín y piano (entre las más conocidas, Kreutzer y Cockrow), si bien un solo concierto, prodigioso, que sobrevuela su inmortalidad.

Como se sabe, fue un extraordinario pianista con grandes dotes de improvisación, pero sus habilidades como violinista se han documentado poco. Su padre lo instruyó tanto en pianoforte como violín, pero su hipoacusia no le ayudó a corregir los tonos y nunca dedicó tiempo a perfeccionar la técnica adquirida de niño.

Al momento de estrenarse, el violín había alcanzado su forma tal como la conocemos, bajo la influencia de lauderos reputados como François Xavier Tourte. Los arcos que este artesano fabricaba (y que se vendieron en toda Europa) producían un sonido más intenso y se recomendaban para los movimientos del cantábile, como el larghetto de Beethoven. También los violines habían refinado su forma y brillantez; puentes más altos y delgados, cuellos estilizados que facilitaban las tesituras agudas.

El concierto abre con cinco notas repetidas de timbales seguidas del sutil tema del oboe en la siguiente barra. Este inicio melódico era algo que Beethoven no había empleado, aunque tal repunte rítmico le brinda unidad a toda la pieza. El solista es atraído, después de un introducción orquestal con dos barras de octavas que insinúan -casi como improvisación – que se prepara el primer tema con un registro exaltado. Después vendrá el corno para reiterar los ecos de los timbales. La recapitulación del primer tema cierra el movimiento en fortísimo, con reminiscencias tonales de su tercer concierto para piano.
El segundo movimiento – que nos ocupa – se despliega con las cuerdas atenuadas en pianissimo, seguida de una sencilla romanza con dos tiempos de coda. Aquí el solista traza figuraciones ornamentales sobre el tema que repiten, sin cambios, los cornos y el clarinete. Enseguida, el fagot reitera el tema mientras el violín lo embellece con pinceladas diversas. La orquesta se suma con una afirmación del tema en forte, para dar lugar a las cadenzas que abrazan la instrumentación y los arabescos del violín solo, como mágico protagonista delante de la orquesta que lo acoge.

Aquí, atrapado por el mundanal ruido, pienso en la música, su dulzura y su sosiego. Y admiro en silencio  el virtuosismo de un hombre sordo, exiliado de la sociedad, que rescató con su febril pluma – manchando y enmendando hoja tras hoja – los destellos de la eternidad.

 

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s