Entremés literario

Entremés literario

En estos días de semana larga – como solía decir mi abuelo – gravito entre dos libros (1,2) aunque otros tantos me apuran desde el buró.

El primero es un recuento del ascenso y derrama del poder corporativo que, entre otras guerras subrepticias, abrió las venas de América Latina. Relata la historia de los hermanos Dulles, nombre que hasta hace poco evocaba sólo el aeropuerto de la capital norteamericana.

John Foster y Allen Welsh aprendieron a codearse con la ambición y el regateo político de la entreguerra. Por un lado, la oportunidad que emergió con el desmoronamiento de los imperios europeos y la acumulación de capitales, y por otro, la visión para abrir mercados y seducir millonarios (o sus esposas) para amasar sus fortunas.

El legado de la intervención de Estados Unidos en la soberanía de innumerables países fue el epítome del periodo de la guerra fría, orquestado por los hermanos Dulles y sus largos tentáculos financieros.

La designación del primero como Secretario de Estado y del segundo como director de la CIA durante el mandato de Dwight Eisenhower fue un suceso sin precedentes en la historia política de nuestros vecinos.

El mayor, John Foster, solidificó el intervencionismo desde su firma de abogados Sullivan & Cromwell, cancerbero jurídico que negociaba para empresas transnacionales como la Holland America Line, Cotton Oil Company, Merck, United Fruit Company, Standard Oil, J.M. Steel o Krupp siempre para obtener ventajas mercantiles y sin miramientos para derrocar gobiernos o sindicatos que se opusieran a su sombra avasalladora. Miembro prominente del partido Republicano, el mayor de los Dulles fue determinante en el posicionamiento de la derecha religiosa (hoy representada por el Tea Party) y sus influencias.

El menor, Allen, se enriqueció como abogado corporativo en la misma firma, abriendo negocios turbios en el difícil periodo de los préstamos para resarcirse de la Gran Guerra. Pero su formación decisiva ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial, donde formó parte del puñado de agentes que dirigían la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS), embrión de la CIA. Fue responsable de la invasión a Playa Girón (Bahía de Cochinos para los exiliados cubanos y sus patrocinadores) y protector a ultranza de los secretos de espionaje interno que merodearon el magnicidio de Kennedy.

Una de las misiones que urdieron a su llegada al poder en 1953 fue la de derrocar al gobierno democrático de Irán (no dejen de ver las consonancias con la situación geopolítica actual).

Foster se refería al primer ministro persa como el “loco de Mossadegh”, convencido de que suprimirlo era un trabajo divino en la Tierra. El Dr. Mohammad Mossadegh era un incorruptible burócrata que trabajaba de manera gratuita para su gobierno, dispuesto ante todo a nacionalizar el petróleo iraní, y a quien los hermanos Dulles veían como un obstáculo para sus intereses expansionistas. Debemos recordar que los brazos de cualquier imperio siempre han estado engalanados con las joyas de sus ambiciones mercantiles.

Así, inventaron la amenaza comunista y diseñaron una estrategia de penetración cuyo nombre en clave fue “Operación Ajax”, aprobada a la par por el servicio de inteligencia británico. Presintiendo lo peor, el primer ministro iraní envió una carta de apoyo al presidente norteamericano en Mayo de 1953, solicitando que se liberaran veinticinco millones de dólares prometidos por un banco de exportación para el desarrollo agrícola de su país. Eisenhower no respondió sino hasta un mes después, cuando ya había aprobado el plan encubierto para derrocar a Mossadegh. Con lujo de desprecio, el responsable de operaciones de la CIA en Medio Oriente, Kermit Roosevelt, entró clandestinamente en Irán, auxiliado por la vasta red de espías británicos y los infames hermanos Rashidian, para eliminar al primer ministro unas semanas más tarde.

Al año siguiente, la compañía British Petroleum regresó cómodamente a Irán para hacerse del 40% de la producción petrolera. El agente Roosevelt permaneció cercano al Shah mientras los hermanos Rashidian hicieron un buen número de negocios lucrativos, incluyendo la venta exorbitante de aviones F-14 al gobierno monárquico.

Otra aventura atribuible a los Dulles fue la intervención en Guatemala para derrocar al presidente Jacobo Arbenz en 1954. Como Mossadegh, Arbenz veía en la nacionalización de las industrias extranjeras un elemento crucial para recuperar la soberanía y elevar el nivel de vida de sus conciudadanos. En tal sentido, la United Fruit Company era el mayor obstáculo para sus reformas. La compañía en cuestión controlaba latifundios inmensos en Guatemala, que había decidido no cultivar, para mantener en escasez y a precios manipulables la producción frutícola. El presidente guatemalteco expropió un cuarto de millón de hectáreas de tierras no cultivadas para distribuirlas en parcelas a los campesinos y trabajadores; tierras que el propio John Foster Dulles había adquirido en 1936 a costos irrisorios de manos del dictador Jorge Ubico. El arreglo era tan leonino que eximía a la United Fruit Co. de pagar impuestos por 99 años.

De nuevo, el gobierno norteamericano exhibió este desplante como una amenaza comunista en su traspatio y tras descartar el asesinato de Arbenz (para evitar convertirlo en un mártir), los Dulles formularon la “Operación Triunfo” que llevó a un ejército mercenario para deponer al presidente e implantar una junta militar.

Tras el golpe de 1953, Irán sufrió 26 años de un régimen autoritario apoyado por Estados Unidos hasta que la revolución shiíta lo reemplazó por una dictadura teocrática. En Guatemala, el resultado fue la masacre de miles de campesinos y trabajadores a expensas de imponer una autocracia de corte fascista y un retroceso milenario en su desarrollo industrial y agrícola.

El relato, acentuando los aspectos más siniestros de tan perversa – y para otros, supongo, exitosa- fraternidad, abunda en una serie de fechorías y acciones encubiertas. Pero se lee como novela, para darle crédito al autor, y me parece una lectura indispensable para quien quiera conocer la historia contemporánea del Tercer Mundo y sus entrañables vínculos con el poder económico que moldea al orbe en la actualidad.

Naturalmente, ustedes se preguntarán: “¿Y después de esta narración tan escalofriante, de qué se trata el otro libro?”

Fruto de otra amable recomendación, es un recuento luminoso del oscuro verano de 1816. En esos días de Junio, los poetas Percy Bysshe Shelly y George Gordon Byron (este último acompañado de su confidente y amante, el Dr. John William Polidori) se reunieron en Villa Donati (Ginebra) con Mary Wollstonecraft y su hermana Claire para concebir la más célebre pesadilla romántica. En esos días, donde las nubes de ceniza del volcán Tandora opacaban los cielos de Europa, nuestros personajes concibieron ni más ni menos que al monstruo de Frankenstein y al Vampiro que verían la luz en sendas novelas unos años después, para tormento y asombro de muchas generaciones.

El recuento del poeta colombiano se lee entreverado con su propia búsqueda por desentrañar la identidad de sus caracteres y despertar el morbo detrás de la creación fantasiosa. Nos lleva entre sombras a los aposentos y las seducciones que convergen en Villa Donati, donde nos deja asomarnos apenas tras las cortinas para espiar al engendro y a sus deleitados creadores. La arrogancia de Byron, la candidez de Mary y la dócil notoriedad de Shelley preceden a la mitología, en el mejor espíritu del romanticismo.

Ospina es un cronista encantador, que no deja huecos en sus referencias a la literatura universal (incluidos por supuesto Borges y García Márquez) para llevarnos de la mano hasta esas noches de desvelo y pasión literaria.

Si tienen un momento de serenidad o de empeño en esta semana,  antes de sumergirse en las fastidiadas aguas de la rutina, paladeen este entremés – o cualquier otro – para aderezar la vida y sus fabulaciones.

 

Referencias.

 

  1. Stephen Kinzer. The brothers: John Foster Dulles, Allen Dulles and their secret world war. Times Books, New York 2013.
  2. William Ospina Buitrago. El año del verano que nunca llegó. Literatura Random House, Madrid 2015.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Decrepitud

Decrepitud

 

Hace una semana, un paciente con algo de sobrepeso e hipertenso – por lo demás bastante sano – decidió recuperar su juventud. Compró un “treadmill” (caminadora) a todo lujo, le inscribió sus coordenadas y empezó a trotar. Sus sesenta años de sedentarismo no se mostraron indiferentes: notó un dolor pertinaz en la cadera, una “lápida” dentro de la espalda y, a poco, un halo de telarañas en un ojo.

Tras administrar algún analgésico y sugerirle menos entusiasmo y moderación en sus aspiraciones regresivas, lo envié a oftalmología. En esa consulta se hizo evidente lo esperado. Su trote, aunado al azar, había causado un desprendimiento de vítreo. El halo periférico que observaba, – y que desaparecía al cerrar los ojos – como un fantasma, lo seguía por horas interminables para rendirse con él y amanecer fulgurante al otro día.

  • No bastan las arrugas y las canas, el menguado chorro y la urgencia que delata la tozudez de mi próstata, la fealdad como una constante en los reflejos…ahora resulta que mis ojos me traicionan.

Lo escucho, sin contradecir su descontento, hay algo de lugar común en la diatriba. Con certeza, es una fisura en la autoestima. Se acaba el tiempo, con ello la fuerza y la lucidez, y se corrompe el cuerpo. Hora tras hora aparecen lunares rojos, efélides y excoriaciones, el pellejo se descama y se tiñe. Las bolsas bajo los párpados se sombrean y pierde encanto la mirada. Los objetos se distancian y las voces se hacen tenues. Un eco ronco  -minado por ardores y otros efluvios digestivos – suplanta cada día al trino acompasado de nuestras palabras. El paso se hace torpe y acomedido, las coyunturas crujen, los órganos internos se desbordan. Peor aún, el sueño se torna ligero, admite rumiaciones y querellas a horas vaga. Los viajes de advierten largos o prohibidos,  y se introduce, como un reptil amorfo, la pereza.

– Cada minuto cuenta – le digo, tratando de quitarle gravedad a su disgusto.

Me mira con escepticismo y se incorpora, con una sonrisa que redondea mi ingenuidad y su condescendencia.

El envejecimiento es catabolismo tisular, fragmentación de cromosomas, inminencia de mutaciones, marcas de desgaste, arrugas, canas, flaccidez. También nostalgia, perspectiva y miedos. Como en un antiguo campo de batalla, los contemporáneos caen fulminados a cada lado, mientras avanzamos fusil en ristre hacia la muerte. Tiene algo de romántico esta versión, lo admito, porque además se conjuga imperceptiblemente con una cierta sabiduría y desengaño, que hace la vida menos tempestuosa.

Conviene recordar aquí el proverbial libro del Dr. Agronin (1) donde describe en viñetas de diversos ancianos cómo se asoman a su deterioro físico y mental urgidos por el atardecer, la ternura o la incomprensión.

Mi paciente, que se fue sin renovar su cita, me deja sumido en una maraña de reflexiones. He visto pasar los lustros desde las ventanas higiénicas de los nosocomios. Mi sala de espera ha sido con mucho el vestíbulo de mi cotidianidad. Escuchar historias, quejas y ecos de esperanza ha sido buena parte de mi tránsito por el mundo, a veces matizado con el sobresalto de una urgencia o el dolor de perder una contienda.

Esta tarde se asoma tímidamente el sol – una vez más, a quince minutos del despeñe – mientras hago un recuento de esas mínimas tragedias. El mapa de mi cuerpo muestra las heridas de escaramuzas libradas por los desfiladeros de la existencia. Una cicatriz en el flanco donde un tumor amenazó con horadarme, un dedo inmóvil tras una fractura conminuta, la huella neurópatica que dejó un herpes producto de un divorcio.

Creo que estoy debutando en la vejez con bastante dignidad y sin demasiadas quejas. Me gusta despertar temprano, bañarme y ataviarme con pulcritud, enderezar el cuello y la corbata, comer con frugalidad y beber por el terso gusto del deleite y la embriaguez sin aspavientos. Hago ejercicio para mantener los músculos afinados y leo o escribo tanto como puedo para tonificar esas neuronas que van flaqueando.

Le he apostado a la juventud, pero mi inteligencia me ha ratificado que el tiempo aja más la envoltura que el anhelo, y que en tal contradicción, más vale aceptar que la realidad discurre lentamente hacia el océano y no río arriba.

Así, me quedo con esa incandescencia que nos enseñó Borges: Amamos lo que no conocemos, / lo ya perdido. / El barrio que fue las orillas. / Los antiguos, que no pueden defraudarnos / porque son mito y esplendor. / Los  idiomas que apenas desciframos […] / Las cambiantes formas de la memoria,  / que está hecha de olvido.

Bibliografía.

Marc E. Agronin. How we age. A doctor´s journey into the heart of growing old. De Capo Lifelong Books, New York 2011.

Jorge Luis Borges. Obra poética. Alianza Editorial, Madrid 1998.

 

Au revoir

Au revoir

Me despido del Vltava y sus puentes, que anclan la ciudad dormida con delicadeza para dar paso a sus aguas; es un ancho trazo, constante e irrepetible: desde cualquier ángulo constato que eso la delinea. Una nieve apenas perceptible desciende sobre las calles sumidas en neblina y sopor.

Es domingo y nuestro conductor corre por las avenidas con ligereza, casi no mueve el volante para adelantar a los morosos. Mi vaso de café se enfría rápidamente y ya no me apetece. Paso sin saber cómo acertamos por la calle que me albergó la primera vez; el estadio vacío, el parque con los sauces, la pendiente sinuosa hacia el centro. Lo he reconocido de inmediato y me invade una sensación de familiaridad, que pronto se esfuma.

El aire de la terminal aérea está suspendido en una atmósfera gélida y desplazo mi equipaje impelido por ambivalencias. Otra vez el clima sórdido de los pasajeros volteados al anonimato, en pos de sus destinos, su rutina, su insignificancia.

En el avión, un individuo alto, moreno, como un príncipe árabe, resulta ser el piloto. Habla con soltura en checo, sin duda un migrante de segunda generación que conoció la libertad racial con la Revolución de Terciopelo. En el asiento distante, en la misma fila, una mujer espigada, que dejó atrás su mejor primavera, revisa sin cesar su móvil; pierna cruzada, un sencillo peinado rubio que esconde sus arrugas. Ahora veo que acomoda fotos de modelos en lencería, su gesto es de envidia más que de autoridad. Estamos a punto de partir a ningún lado, todos somos habitantes exiliados de Praga. Serán las últimas instrucciones en este idioma dulce y melancólico que nos invita a volver.

Prontos a despegar, me distraigo pensando en lo que no sabré compartir. En esta breve estancia leí la mejor guía de la ciudad (Prague Pictures de John Banville), un fresco de cultura y de historia, hasta el punto de conmoverme su estilo y su claridad descriptiva.

Johannes Kepler y Tycho Brahe coincidieron aquí, entre rivalidades, por muy poco. El segundo le rogó que no antepusiera la visión copernicana a su legado y Kepler, que tuvo que soportar la pérdida de esposa e hijos, encarnó sus figuras geométricas (no exentas de misticismo) pero no abjuró de su visión heliocéntrica, todo bajo la mirada protectora y paranoica del emperador Rodolfo. Época de magia y charlatanería en la corte del castillo, mientras abajo, en el Ghetto judío, el Golem era amasado bajo las invocaciones del rabino Loew para proteger a sus congéneres de la persecución y la intolerancia religiosas. Las bestias humanas siempre hemos usado a dios como excusa para desatar masacres o reclamar territorios. Niños jugando a reinventar la muerte en nombre del gran Otro.

En esas páginas encontré un fiel retrato de los ciudadanos que no se asoman (salvo en el metro y los tranvías) a la impaciencia obscena de los visitantes. Son la otra cara del espejo de los artesanos y juglares aburridos del puente de Carlos, de los meseros mal encarados y cortantes, de las estatuas disfrazadas y los retratistas de lo intrascendente, de los incontables guías de turistas y vendedores de mentiras…

Banville escribe también que las mujeres centroeuropeas tienen esa sombra bajo los ojos que les confiere un aire de intriga y sensualidad. No coincido. En todo caso, algunas, relativamente pocas, se deslizan con un talante gallardo, ajeno, que las hace enigmáticas y apetecibles. Se saben observadas y chocan la mirada con sospecha, furtivamente, como quien detiene una flecha en pleno vuelo. Todos somos extranjeros en esta ciudad de ensueños, nadie se queda. Es como si el río, interminablemente, nos arrastrara en su torrente con un fardo de nostalgia.

He recorrido hasta el cansancio los rincones menos concurridos de Praga, pero esta vez, turista disoluto, me ha seducido el Vltava. Sólo él susurra desde sus márgenes los secretos que esta ciudad entrañable guarda, y que no están en los bares, en los lugares icónicos o comunes, en las atiborradas plazas. Yacen en la vergüenza de su gente, culpable de tantas derrotas, de la sumisión a los invasores (ahora blandiendo dólares y yenes) y tímida para esconder las cicatrices, de un tono oscuro, pétreo, que el río no ha podido limpiar a su paso.

Para quedarme con ese sabor de expatriado, tan prevaleciente en mi entorno, leo a Iván Klíma. Relata que renunció en 1970 a su cátedra de la Universidad de Michigan (había huido de la represión que siguió a la Primavera, con mayúscula) para hacerse recogedor de basura – invalidado de escribir por subversivo – porque aquí “podía discurrir y hablar fluidamente”; despojo de río al fin y al cabo.

Las historias del Golem, de Carlos y de las ocupaciones me circundan. Es como un torbellino, como esos pequeños rizos que teje el río para acurrucarse hacia Malá Strana. Pero debo denunciar que es deprimente, en un país con ese vasto legado cultural, que pocos lean o se preocupen por resignificar las memorias. Las tres K aquí tienen una connotación distintiva: Kundera, el que les dio la espalda para siempre; Klíma, que volvió para escupirles en cara su censura; y Kafka, que es como el Che, un ícono ridiculizado en cafés, panfletos y horrendas baratijas.

Ayer acudí ceremoniosamente a la cripta en la iglesia de San Cirilo y San Metodio donde los siete paracaidistas resistieron a ochocientos soldados nazis durante varias horas, tras el atentado que mató a Heydrich y le demostró al Tercer Reich que podía ser desafiado y vencido. Es un lugar triste, más por el descuido y lo sombrío, que por el motivo. Hay algo de la supresión comunista que todavía impide que los checos se sientan dueños de su Historia. El heroísmo que evocan sus próceres es opaco, como si en el carácter de este pueblo los honores debieran hacerse a puerta cerrada, sin aspavientos o derroches. Aquí se celebra una misa cada 18 de junio desde 1989 (¡a cincuenta y siete años del sitio!) antes proscrita por las autoridades soviéticas, recelosas del patriotismo. Eso es todo. Las cinco o seis personas que acudimos, miramos los escaparates y los bustos de los mártires sin sorpresa. Es difícil decir si nos une la misma veneración. Deposito una moneda en el dintel del busto de Jan Kubiš, quien arrojó la granada que hirió (y después ahogó con septicemia) al carnicero. Su valentía trasciende todas las edades, aquí se inmoló para no caer preso.

Aún meditabundo, almuerzo oteando el descenso del agua turbia desde lo alto de la Casa que Baila entre Resslova y Rašinovo. Por supuesto, trozos de pato aterciopelados con vino local (la uva autóctona que pruebo es Rulandské modré), mientras me dejo flotar por las orillas del Vltava hasta sus galerías, pequeños negocios, viejos muros y alamedas.

Camino hasta el agotamiento, indago títulos en las librerías y restaurantes, urdiendo cómo traducir este idioma de múltiples acentos y seseos. Veo a la gente seguir a la gente, sin sentido; como si los adoquines estuviesen dispuestos para descifrarlos: políglotas y análogos, indiferentes a su rumbo y orden. Hace frío o ventisca; una escasa protesta que tiene algo que ver con el feminismo – ignoro si para denunciarlo o ensalzarlo – estorba el paso de los turistas en Na prikopé. El museo del comunismo ha desparecido entre tiendas de marca: Desigual, Ecco…desigual eco del pasado.

Para terminar, me embriago de Bach en el Rudolfinum; variaciones del destino, podría decir, emitidas con la devoción y la memoria exacta de Angela Hewitt vestida de luces (rojo y negro – el vértigo de Stendhal – con encajes) tras haber engullido un plato rebosante de jazz en un tugurio subterráneo de Staré Město. Notas lánguidas de Bill Evans y Herbie Hancock con aroma a Pilsen.

Algo más que mi tiempo y mi deleite se queda en Praga. No me atrevo a hurtarle nada. Es una pequeña herida, sangre que cuando cae se diluye – mansamente – en su río.

Allá, en el caudal, como una rama seca que resiste a hundirse, navega el sueño de volver, sin prometerlo.

La muerte no es un fracaso

La muerte no es un fracaso

Parece mentira que en pleno siglo XXI, entreverados con discusiones en torno a la  eutanasia y el suicidio asistido, poco se estudie acerca del morir en la escuelas de Medicina. Es un exceso de escrúpulo, explicable por restricciones morales pero injustificable por razones éticas, aunque suene contradictorio.

Alabamos la vida, el triunfo del médico sobre la enfermedad, la alianza sagrada con el paciente; pero nos desviamos del tema cuando se trata de confrontar nuestros temores y afectos escindidos frente al deceso.

Autores como Sherwin Nuland (1), Atul Gawande (2), y en nuestro medio, Ruy Pérez Tamayo (3) y Arnoldo Kraus (4) han abordado el tema con destreza; pero nunca es suficiente, porque la muerte de un paciente desequilibra, mata a su vez una veta narcisista en el médico y se vive, paradójicamente, como un fracaso.

–  ¡Hombre! Si es el orden natural de la cosas – podrían afirmar los abuelos, para quienes fallecer en casa, rodeados de seres queridos y satisfechos al despedirse, dejando sus cuentas y deudas en orden, era lo esperable. Hace 100 años, nueve de cada 10 fallecimientos ocurrían en condiciones elegidas por el enfermo o su familia, idealmente en una habitación, ventilada con afectos. Hoy, sólo uno de cada ocho muertes acontecen fuera del hospital en las sociedades industrializadas. La existencia se ha medicalizado a tal grado que los pacientes ya no tienen más opción que debatirse entre la aplicación de medidas extremas o acceder a un quirófano para no volver jamás.

En otro tiempo, los médicos recién graduados enfrentábamos la muerte (a nivel personal, no institucional) durante el año de servicio social. Ese lapso de revelaciones que preparaba nuestra liberación al mundo y anticipaba nuestros expectativas más altas. Las más de las veces la defunción ocurría de manera aislada, confrontados con la falta de recursos técnicos y con escaso conocimiento del proceso de agonía y ulterior duelo que se derramaba en todos aquellos que participábamos.

Recuerdo con todo detalle esa niña con falla cardiaca congénita a quien cargué exánime en brazos a la mitad de la noche entre los caseríos de Temixco; la niebla que nos rodeaba mientras escalábamos una ladera cubierta de basura y ladridos continuos. El llanto de la madre a mis espaldas, la luz parpadeante de la choza donde habitó, el humo del anafre y la culpa rasgando la memoria.

También vi morir a Jovita, con su hepatocarcinoma a cuestas, que me regaló con ingenuidad y sentido del humor antes de caer fulminada por una hematemesis. Los arroyos sucios del pueblo se desviaron para atenazar su tumba; escasa, flanqueada por una cruz de hierro y atados de cempasúchil. No había imágenes ni biopsias; en mi mano se quedó grabado el borde irregular y pétreo de su hígado.

Aquella enferma de rabia, mordida por un cachorrillo en Miacatlán, al borde del barranco, que llegó al hospital profiriendo insultos y sujetada por dos enfermeros, en una escena dantesca propia del medioevo. En un día de asueto, estando de guardia, me tocó testificar su muerte. Era yo lo suficientemente audaz y consciente de mi lugar en la historia mínima de esos senderos, como para practicar una autopsia, trasladar su cerebro por muchos y agrestes kilómetros para disecarlo y teñirlo con fluoresceína. No se trataba del cadáver, sino del riesgo de contagio y la responsabilidad de un médico joven, un tanto iluso, ante la muerte y sus espectros.

Tras estas aventuras, que todos atesoramos como anécdotas, vienen los exámenes, las entrevistas, la ansiedad y la paciencia. Llega la carta anhelada, con ese volumen que invita a abrirla sin cuidado; la entrada triunfal al coliseo, los laureles codiciados de la residencia.

La muerte, ahora sí, se hace cotidiana. Nadie nos prepara para tal eventualidad, pero ciertamente la institución, los médicos de base o los camaradas en la trinchera cobijan y la hacen menos trágica.

El enfermo de leucemia, aplásico e infectado, que muere entre resuellos. El paciente abatido por el relámpago de un infarto, cuyo monitor exhibe toda suerte de caligrafías, antes de caer en asistolia. El insuficiente renal, rebosando esputo “asalmonado” – como solíamos designarlo – mientras rotábamos torniquetes e infundíamos diuréticos sin éxito. El aneurisma roto en eclosión de sangre, interminable, inextinguible. Muertes lentas, apremiantes o súbitas. Decesos inesperados y otros tantos deseados, éstos para mitigar el sufrimiento, para abreviar la agonía.

Bebíamos hasta quedar exhaustos, tras una semana de batallas que templaban nuestra incipiente madurez y la ciencia que acumulábamos a golpes. Discutíamos cada caso perdido, con pesadumbre y rabia, ante las miradas atónitas de nuestras jóvenes esposas, que nos permitían alcoholizarnos para hacer catarsis y emprender de nuevo el vuelo.

La muerte como un hecho categórico y tácito; como un artefacto del discurrir clínico; como un tropiezo que amerita rehacerse y dejarlo atrás…a otra cosa, mariposa.

¿Porqué detenerse a filosofar si la profesión exige salvar obstáculos y mantenerse erguido? ¿Para qué sondear afectos y decepciones si es parte del quehacer, irremediable?

Claramente una actitud negadora, por muy necesaria que se presuponga. Cabe preguntarse si puede ser de otro modo, si tal impermeabilidad emocional es indispensable para transitar entre aullidos y fantasmas. No nos enseñan, lo aprendemos a contramano, con el embate de las olas y la redención de los naufragios.

Por fin, un día cualquiera, sin prisa, nos sentamos a meditar. Caduceo en mano, admitimos que en efecto cargamos cicatrices, que hay muertos que nos siguen e imprecan por la noche, que no fuimos tan arrojados y que hemos dejado algo de piel en la contienda.

La sombra en el espejo no es la de un guerrero derrotado; esa imagen es patética y no refleja la verdad. Somos acaso mujeres y hombres que han sabido sostener el venablo que nos confiaron, que tomamos alguna vez el cielo por asalto y que, tras aquellas recurrentes embestidas, salimos bastante airosos. Pero de tanto en cuanto, en la intimidad de las hojas marchitas, debemos reconocer que el destino nos tumbó o nos apartó de en medio.

Referencias.

 

  1. Sherwin Nuland. How we die: reflections on life’s final chapter. Alfred Knopf, New York 1993.
  2. Atul Gawande. Being mortal. Medicine and what matters in the end. Henry Holt and company, New York 2014.
  3. Ruy Pérez Tamayo. El médico y la muerte. Ponencia en la Facultad de Medicina, Universidad Nacional Autónoma de México. http://www.facmed.unam.mx/eventos/seam2k1/Ponencia_Agosto.pdf
  4. Arnoldo Kraus. Cuando la muerte se aproxima. Editorial Almadía, Oaxaca 2012.

 

Lídice

Lídice

Se anuncia a trompicones la primavera. Tal cual, me permito una digresión, esta mañana lanzaré mis redes al insondable océano de la literatura.

Por razones académicas (y personales) regreso a Praga. La ciudad de las cien torres, la del sueño barroco, la de Carlos IV y su icónico puente, Josef K, Jan Hus, Neruda, Smetana y Mozart; el corazón de Europa y la joya del Vlatva (pronto aprendí que puede resultar insultante llamarle Moldau o Moldavia).

Anticipando el viaje, un buen amigo me recomendó una lectura que ha resultado tan instructiva como fascinante (1).

Pocas ciudades tienen ese encanto, que trasciende lo turístico y lo histórico. El perfil literario de Praga es, sin prejuicios, único. Pensemos por un momento en los claroscuros de Iván Klíma, con su amor y basura, santos o ángeles caídos (2, 3). Los poemas del barrio menor (Malá Strana) y canciones cósmicas de Jan Nepomuk Neruda (4), de quien nuestro Pablo -chileno y premio Nobel – tomó su pseudónimo. Por supuesto, Franz Kafka, el galardonado Seifert, Milán Kundera, Rilke y Johannes Urzidil, éste último con el célebre tríptico de Praga, que describe en detalle sus rincones (5). En “There goes Kafka” de 1965 transcribe la famosa frase del atribulado escritor tras la publicación de “La metamorfosis”: – ¿Qué tienes que decir de las cosas horrendas que pasan en esta casa?

Retomo pues el libro que motivó tales reflexiones y engalanará mi periplo.

1942 fue un año crucial para el destino del mundo. Esa generación está a punto de extinguirse (los más jóvenes tienen 74 años) y la memoria tiene que resonar en quienes lo hemos aprendido en palabras o imágenes.

El carnicero de Praga, brazo derecho de Himmler, la tal Bestia Rubia gobernaba los territorios ocupados de Bohemia y Moravia, bajo el eufemismo de “beneficiarse de la protección” del Tercer Reich. Sus políticas de coerción, sumisión y aniquilación fungían como el ejemplo de dominio que Hitler vociferaba en su entorno. Reinhard Heydrich, “el hombre más peligroso del régimen nazi”, SS Obergruppenführer del Protectorado alardeaba de ser temido por toda la población, además de haber germanizado gradualmente a aquellos habitantes con tintes arios. Tras su participación decisiva en los progroms de la Kristallnacht, la Operación Himmler (que pretextó la invasión de Polonia) y la Solución Final – donde se fumó un habano deleitándose tras el acuerdo de Wannsee -, fue asignado a imponer el puño criminal desde la capital checa.

Como emperador, Heydrich ocupaba el castillo de Hradčany, desde cuyos balcones observaba con desdén a sus súbditos, recelosos de la Gestapo y la policía colaboracionista. Una lluvia fina caía en las calles, sombrías por el pulular de los hombres de gabardinas negras, mientras sus habitantes escuchaban los lejanos ecos de la guerra que se prolongaba hacia el este. La vida cotidiana sumida en tinieblas, como si el tiempo se hubiese detenido y los gobiernos sojuzgados por el poderío nazi asomaran decapitados al futuro. Nadie osaba suponer que Europa vería la luz más allá de los estandartes negros y rojos, cruzados de oprobio.

Estoy ahí de nuevo, deambulando entre las lápidas teñidas de musgo del viejo cementerio judío, que los alemanes no profanaron acaso por superstición y temor al Golem. De nuevo en la catedral de St. Vitus, escuchando los acordes in crescendo de las sonatas místicas de Biber. Otra vez frente a la casa de Kafka, recordando con melancolía algunos pasajes de su “Carta al padre”.
Ante todo, me inclino ceremoniosamente frente a la iglesia de San Carlos Borromeo donde los mártires de la ocupación checa resistieron durante siete horas una andanada de tropas de asalto nazis, antes de inmolarse en nombre de la libertad.

En aquella fecha memorable, a unos días del equinoccio y tres semanas después del atentado fallido contra el sádico Heydrich, la ciudad de Praga quedó en suspenso. Un hado milagroso cumplió la sentencia de la bestia: el médico Gerhardt – llegado de Berlín para operar a Heydrich – se rehusó a emplear sulfonamida y el verdugo murió de septicemia, en el torbellino de persecuciones que se desataron para vengarlo. La penicilina, merced a Sir Alexander Fleming, quedaba sólo en manos de los ingleses.
Una carta de amor que insinuaba secretos, bastó para que la Gestapo rastreara la conspiración al apacible pueblo de Lídice, situado a escasos kilómetros al noroeste de Praga.

El 10 de junio de 1942 todos los hombres de Lídice mayores de quince años fueron acribillados, mientras las mujeres y niños (salvo unos cuantos rubios, considerados aptos para la “germanización”) fueron trasladados al campo de extermino de Chelmno. Con bulldozers y suficiente saña, las casas, plazas, calles y símbolos del pueblo fueron arrasados hasta su total devastación. No quedó un farol o un retrete en pie. Hitler declaró a los cuatro vientos que ése era el castigo ejemplar a todos quienes desafiaran al imperio. La respuesta no se hizo esperar, la comunidad de naciones decidió resucitar a Lídice: cada país bautizó una plaza, una municipalidad o un pueblo con ese nombre emblemático, víctima de la rabia homicida.

Hace ocho años vivo en San Jerónimo Lídice. Desde aquí emprendo el viaje ansiado a Staré Mésto, al barrio de Žižkov, al Kamenný Most. Cada vez que doy mi dirección o paso por la placa conmemorativa de mi barrio, dejo testimonio de los paracaidistas checos y Anna Maruskacova, la enamorada que con su ternura, sin saberlo, guió el odio del Tercer Reich a la orilla del tártaro. Abismo del que nunca más podemos permitir que vuelvan tales asesinos para mancillar a la humanidad.

Referencias.

  1. Laurent Binet. HHhH (que significa Himmlers Him heisst Heydrich,“el cerebro de Himmler se llama Heydrich”). Le livre de poche, Paris 2011.
  2. Ivan Klíma. Waiting for the dark, waiting for the light. Grove Press, New York 1995.
  3. Ivan Klíma. The spirit of Prague. Granta Books, London 1998 (libro que compré en Shakespeare a synové, a unos pasos del puente de Carlos).
  4. Jan Neruda. Prague tales from the Little Quarter. Vitalis, Praha 2006.
  5. Johannes Urdizil. Le tryptique de Prague. Éditions Desjonquères, Paris 1992.
  6. En 1947, los diecisiete niños ofrecidos en prenda a las familias alemanas fueron restituidos con lo que quedaba de sus parientes sacrificados. Se sentaron los cimientos de una nueva Lídice, cerca de donde había estado su sede original y se construyó un hermoso pueblo con donaciones procedentes de todo el mundo. Lamentablemente tendrían que pasar cuarenta y dos años más antes de que los checos pudieran sacudirse el yugo sovietico.