Se anuncia a trompicones la primavera. Tal cual, me permito una digresión, esta mañana lanzaré mis redes al insondable océano de la literatura.

Por razones académicas (y personales) regreso a Praga. La ciudad de las cien torres, la del sueño barroco, la de Carlos IV y su icónico puente, Josef K, Jan Hus, Neruda, Smetana y Mozart; el corazón de Europa y la joya del Vlatva (pronto aprendí que puede resultar insultante llamarle Moldau o Moldavia).

Anticipando el viaje, un buen amigo me recomendó una lectura que ha resultado tan instructiva como fascinante (1).

Pocas ciudades tienen ese encanto, que trasciende lo turístico y lo histórico. El perfil literario de Praga es, sin prejuicios, único. Pensemos por un momento en los claroscuros de Iván Klíma, con su amor y basura, santos o ángeles caídos (2, 3). Los poemas del barrio menor (Malá Strana) y canciones cósmicas de Jan Nepomuk Neruda (4), de quien nuestro Pablo -chileno y premio Nobel – tomó su pseudónimo. Por supuesto, Franz Kafka, el galardonado Seifert, Milán Kundera, Rilke y Johannes Urzidil, éste último con el célebre tríptico de Praga, que describe en detalle sus rincones (5). En “There goes Kafka” de 1965 transcribe la famosa frase del atribulado escritor tras la publicación de “La metamorfosis”: – ¿Qué tienes que decir de las cosas horrendas que pasan en esta casa?

Retomo pues el libro que motivó tales reflexiones y engalanará mi periplo.

1942 fue un año crucial para el destino del mundo. Esa generación está a punto de extinguirse (los más jóvenes tienen 74 años) y la memoria tiene que resonar en quienes lo hemos aprendido en palabras o imágenes.

El carnicero de Praga, brazo derecho de Himmler, la tal Bestia Rubia gobernaba los territorios ocupados de Bohemia y Moravia, bajo el eufemismo de “beneficiarse de la protección” del Tercer Reich. Sus políticas de coerción, sumisión y aniquilación fungían como el ejemplo de dominio que Hitler vociferaba en su entorno. Reinhard Heydrich, “el hombre más peligroso del régimen nazi”, SS Obergruppenführer del Protectorado alardeaba de ser temido por toda la población, además de haber germanizado gradualmente a aquellos habitantes con tintes arios. Tras su participación decisiva en los progroms de la Kristallnacht, la Operación Himmler (que pretextó la invasión de Polonia) y la Solución Final – donde se fumó un habano deleitándose tras el acuerdo de Wannsee -, fue asignado a imponer el puño criminal desde la capital checa.

Como emperador, Heydrich ocupaba el castillo de Hradčany, desde cuyos balcones observaba con desdén a sus súbditos, recelosos de la Gestapo y la policía colaboracionista. Una lluvia fina caía en las calles, sombrías por el pulular de los hombres de gabardinas negras, mientras sus habitantes escuchaban los lejanos ecos de la guerra que se prolongaba hacia el este. La vida cotidiana sumida en tinieblas, como si el tiempo se hubiese detenido y los gobiernos sojuzgados por el poderío nazi asomaran decapitados al futuro. Nadie osaba suponer que Europa vería la luz más allá de los estandartes negros y rojos, cruzados de oprobio.

Estoy ahí de nuevo, deambulando entre las lápidas teñidas de musgo del viejo cementerio judío, que los alemanes no profanaron acaso por superstición y temor al Golem. De nuevo en la catedral de St. Vitus, escuchando los acordes in crescendo de las sonatas místicas de Biber. Otra vez frente a la casa de Kafka, recordando con melancolía algunos pasajes de su “Carta al padre”.
Ante todo, me inclino ceremoniosamente frente a la iglesia de San Carlos Borromeo donde los mártires de la ocupación checa resistieron durante siete horas una andanada de tropas de asalto nazis, antes de inmolarse en nombre de la libertad.

En aquella fecha memorable, a unos días del equinoccio y tres semanas después del atentado fallido contra el sádico Heydrich, la ciudad de Praga quedó en suspenso. Un hado milagroso cumplió la sentencia de la bestia: el médico Gerhardt – llegado de Berlín para operar a Heydrich – se rehusó a emplear sulfonamida y el verdugo murió de septicemia, en el torbellino de persecuciones que se desataron para vengarlo. La penicilina, merced a Sir Alexander Fleming, quedaba sólo en manos de los ingleses.
Una carta de amor que insinuaba secretos, bastó para que la Gestapo rastreara la conspiración al apacible pueblo de Lídice, situado a escasos kilómetros al noroeste de Praga.

El 10 de junio de 1942 todos los hombres de Lídice mayores de quince años fueron acribillados, mientras las mujeres y niños (salvo unos cuantos rubios, considerados aptos para la “germanización”) fueron trasladados al campo de extermino de Chelmno. Con bulldozers y suficiente saña, las casas, plazas, calles y símbolos del pueblo fueron arrasados hasta su total devastación. No quedó un farol o un retrete en pie. Hitler declaró a los cuatro vientos que ése era el castigo ejemplar a todos quienes desafiaran al imperio. La respuesta no se hizo esperar, la comunidad de naciones decidió resucitar a Lídice: cada país bautizó una plaza, una municipalidad o un pueblo con ese nombre emblemático, víctima de la rabia homicida.

Hace ocho años vivo en San Jerónimo Lídice. Desde aquí emprendo el viaje ansiado a Staré Mésto, al barrio de Žižkov, al Kamenný Most. Cada vez que doy mi dirección o paso por la placa conmemorativa de mi barrio, dejo testimonio de los paracaidistas checos y Anna Maruskacova, la enamorada que con su ternura, sin saberlo, guió el odio del Tercer Reich a la orilla del tártaro. Abismo del que nunca más podemos permitir que vuelvan tales asesinos para mancillar a la humanidad.

Referencias.

  1. Laurent Binet. HHhH (que significa Himmlers Him heisst Heydrich,“el cerebro de Himmler se llama Heydrich”). Le livre de poche, Paris 2011.
  2. Ivan Klíma. Waiting for the dark, waiting for the light. Grove Press, New York 1995.
  3. Ivan Klíma. The spirit of Prague. Granta Books, London 1998 (libro que compré en Shakespeare a synové, a unos pasos del puente de Carlos).
  4. Jan Neruda. Prague tales from the Little Quarter. Vitalis, Praha 2006.
  5. Johannes Urdizil. Le tryptique de Prague. Éditions Desjonquères, Paris 1992.
  6. En 1947, los diecisiete niños ofrecidos en prenda a las familias alemanas fueron restituidos con lo que quedaba de sus parientes sacrificados. Se sentaron los cimientos de una nueva Lídice, cerca de donde había estado su sede original y se construyó un hermoso pueblo con donaciones procedentes de todo el mundo. Lamentablemente tendrían que pasar cuarenta y dos años más antes de que los checos pudieran sacudirse el yugo sovietico.
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