Parece mentira que en pleno siglo XXI, entreverados con discusiones en torno a la  eutanasia y el suicidio asistido, poco se estudie acerca del morir en la escuelas de Medicina. Es un exceso de escrúpulo, explicable por restricciones morales pero injustificable por razones éticas, aunque suene contradictorio.

Alabamos la vida, el triunfo del médico sobre la enfermedad, la alianza sagrada con el paciente; pero nos desviamos del tema cuando se trata de confrontar nuestros temores y afectos escindidos frente al deceso.

Autores como Sherwin Nuland (1), Atul Gawande (2), y en nuestro medio, Ruy Pérez Tamayo (3) y Arnoldo Kraus (4) han abordado el tema con destreza; pero nunca es suficiente, porque la muerte de un paciente desequilibra, mata a su vez una veta narcisista en el médico y se vive, paradójicamente, como un fracaso.

–  ¡Hombre! Si es el orden natural de la cosas – podrían afirmar los abuelos, para quienes fallecer en casa, rodeados de seres queridos y satisfechos al despedirse, dejando sus cuentas y deudas en orden, era lo esperable. Hace 100 años, nueve de cada 10 fallecimientos ocurrían en condiciones elegidas por el enfermo o su familia, idealmente en una habitación, ventilada con afectos. Hoy, sólo uno de cada ocho muertes acontecen fuera del hospital en las sociedades industrializadas. La existencia se ha medicalizado a tal grado que los pacientes ya no tienen más opción que debatirse entre la aplicación de medidas extremas o acceder a un quirófano para no volver jamás.

En otro tiempo, los médicos recién graduados enfrentábamos la muerte (a nivel personal, no institucional) durante el año de servicio social. Ese lapso de revelaciones que preparaba nuestra liberación al mundo y anticipaba nuestros expectativas más altas. Las más de las veces la defunción ocurría de manera aislada, confrontados con la falta de recursos técnicos y con escaso conocimiento del proceso de agonía y ulterior duelo que se derramaba en todos aquellos que participábamos.

Recuerdo con todo detalle esa niña con falla cardiaca congénita a quien cargué exánime en brazos a la mitad de la noche entre los caseríos de Temixco; la niebla que nos rodeaba mientras escalábamos una ladera cubierta de basura y ladridos continuos. El llanto de la madre a mis espaldas, la luz parpadeante de la choza donde habitó, el humo del anafre y la culpa rasgando la memoria.

También vi morir a Jovita, con su hepatocarcinoma a cuestas, que me regaló con ingenuidad y sentido del humor antes de caer fulminada por una hematemesis. Los arroyos sucios del pueblo se desviaron para atenazar su tumba; escasa, flanqueada por una cruz de hierro y atados de cempasúchil. No había imágenes ni biopsias; en mi mano se quedó grabado el borde irregular y pétreo de su hígado.

Aquella enferma de rabia, mordida por un cachorrillo en Miacatlán, al borde del barranco, que llegó al hospital profiriendo insultos y sujetada por dos enfermeros, en una escena dantesca propia del medioevo. En un día de asueto, estando de guardia, me tocó testificar su muerte. Era yo lo suficientemente audaz y consciente de mi lugar en la historia mínima de esos senderos, como para practicar una autopsia, trasladar su cerebro por muchos y agrestes kilómetros para disecarlo y teñirlo con fluoresceína. No se trataba del cadáver, sino del riesgo de contagio y la responsabilidad de un médico joven, un tanto iluso, ante la muerte y sus espectros.

Tras estas aventuras, que todos atesoramos como anécdotas, vienen los exámenes, las entrevistas, la ansiedad y la paciencia. Llega la carta anhelada, con ese volumen que invita a abrirla sin cuidado; la entrada triunfal al coliseo, los laureles codiciados de la residencia.

La muerte, ahora sí, se hace cotidiana. Nadie nos prepara para tal eventualidad, pero ciertamente la institución, los médicos de base o los camaradas en la trinchera cobijan y la hacen menos trágica.

El enfermo de leucemia, aplásico e infectado, que muere entre resuellos. El paciente abatido por el relámpago de un infarto, cuyo monitor exhibe toda suerte de caligrafías, antes de caer en asistolia. El insuficiente renal, rebosando esputo “asalmonado” – como solíamos designarlo – mientras rotábamos torniquetes e infundíamos diuréticos sin éxito. El aneurisma roto en eclosión de sangre, interminable, inextinguible. Muertes lentas, apremiantes o súbitas. Decesos inesperados y otros tantos deseados, éstos para mitigar el sufrimiento, para abreviar la agonía.

Bebíamos hasta quedar exhaustos, tras una semana de batallas que templaban nuestra incipiente madurez y la ciencia que acumulábamos a golpes. Discutíamos cada caso perdido, con pesadumbre y rabia, ante las miradas atónitas de nuestras jóvenes esposas, que nos permitían alcoholizarnos para hacer catarsis y emprender de nuevo el vuelo.

La muerte como un hecho categórico y tácito; como un artefacto del discurrir clínico; como un tropiezo que amerita rehacerse y dejarlo atrás…a otra cosa, mariposa.

¿Porqué detenerse a filosofar si la profesión exige salvar obstáculos y mantenerse erguido? ¿Para qué sondear afectos y decepciones si es parte del quehacer, irremediable?

Claramente una actitud negadora, por muy necesaria que se presuponga. Cabe preguntarse si puede ser de otro modo, si tal impermeabilidad emocional es indispensable para transitar entre aullidos y fantasmas. No nos enseñan, lo aprendemos a contramano, con el embate de las olas y la redención de los naufragios.

Por fin, un día cualquiera, sin prisa, nos sentamos a meditar. Caduceo en mano, admitimos que en efecto cargamos cicatrices, que hay muertos que nos siguen e imprecan por la noche, que no fuimos tan arrojados y que hemos dejado algo de piel en la contienda.

La sombra en el espejo no es la de un guerrero derrotado; esa imagen es patética y no refleja la verdad. Somos acaso mujeres y hombres que han sabido sostener el venablo que nos confiaron, que tomamos alguna vez el cielo por asalto y que, tras aquellas recurrentes embestidas, salimos bastante airosos. Pero de tanto en cuanto, en la intimidad de las hojas marchitas, debemos reconocer que el destino nos tumbó o nos apartó de en medio.

Referencias.

 

  1. Sherwin Nuland. How we die: reflections on life’s final chapter. Alfred Knopf, New York 1993.
  2. Atul Gawande. Being mortal. Medicine and what matters in the end. Henry Holt and company, New York 2014.
  3. Ruy Pérez Tamayo. El médico y la muerte. Ponencia en la Facultad de Medicina, Universidad Nacional Autónoma de México. http://www.facmed.unam.mx/eventos/seam2k1/Ponencia_Agosto.pdf
  4. Arnoldo Kraus. Cuando la muerte se aproxima. Editorial Almadía, Oaxaca 2012.

 

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