Me despido del Vltava y sus puentes, que anclan la ciudad dormida con delicadeza para dar paso a sus aguas; es un ancho trazo, constante e irrepetible: desde cualquier ángulo constato que eso la delinea. Una nieve apenas perceptible desciende sobre las calles sumidas en neblina y sopor.

Es domingo y nuestro conductor corre por las avenidas con ligereza, casi no mueve el volante para adelantar a los morosos. Mi vaso de café se enfría rápidamente y ya no me apetece. Paso sin saber cómo acertamos por la calle que me albergó la primera vez; el estadio vacío, el parque con los sauces, la pendiente sinuosa hacia el centro. Lo he reconocido de inmediato y me invade una sensación de familiaridad, que pronto se esfuma.

El aire de la terminal aérea está suspendido en una atmósfera gélida y desplazo mi equipaje impelido por ambivalencias. Otra vez el clima sórdido de los pasajeros volteados al anonimato, en pos de sus destinos, su rutina, su insignificancia.

En el avión, un individuo alto, moreno, como un príncipe árabe, resulta ser el piloto. Habla con soltura en checo, sin duda un migrante de segunda generación que conoció la libertad racial con la Revolución de Terciopelo. En el asiento distante, en la misma fila, una mujer espigada, que dejó atrás su mejor primavera, revisa sin cesar su móvil; pierna cruzada, un sencillo peinado rubio que esconde sus arrugas. Ahora veo que acomoda fotos de modelos en lencería, su gesto es de envidia más que de autoridad. Estamos a punto de partir a ningún lado, todos somos habitantes exiliados de Praga. Serán las últimas instrucciones en este idioma dulce y melancólico que nos invita a volver.

Prontos a despegar, me distraigo pensando en lo que no sabré compartir. En esta breve estancia leí la mejor guía de la ciudad (Prague Pictures de John Banville), un fresco de cultura y de historia, hasta el punto de conmoverme su estilo y su claridad descriptiva.

Johannes Kepler y Tycho Brahe coincidieron aquí, entre rivalidades, por muy poco. El segundo le rogó que no antepusiera la visión copernicana a su legado y Kepler, que tuvo que soportar la pérdida de esposa e hijos, encarnó sus figuras geométricas (no exentas de misticismo) pero no abjuró de su visión heliocéntrica, todo bajo la mirada protectora y paranoica del emperador Rodolfo. Época de magia y charlatanería en la corte del castillo, mientras abajo, en el Ghetto judío, el Golem era amasado bajo las invocaciones del rabino Loew para proteger a sus congéneres de la persecución y la intolerancia religiosas. Las bestias humanas siempre hemos usado a dios como excusa para desatar masacres o reclamar territorios. Niños jugando a reinventar la muerte en nombre del gran Otro.

En esas páginas encontré un fiel retrato de los ciudadanos que no se asoman (salvo en el metro y los tranvías) a la impaciencia obscena de los visitantes. Son la otra cara del espejo de los artesanos y juglares aburridos del puente de Carlos, de los meseros mal encarados y cortantes, de las estatuas disfrazadas y los retratistas de lo intrascendente, de los incontables guías de turistas y vendedores de mentiras…

Banville escribe también que las mujeres centroeuropeas tienen esa sombra bajo los ojos que les confiere un aire de intriga y sensualidad. No coincido. En todo caso, algunas, relativamente pocas, se deslizan con un talante gallardo, ajeno, que las hace enigmáticas y apetecibles. Se saben observadas y chocan la mirada con sospecha, furtivamente, como quien detiene una flecha en pleno vuelo. Todos somos extranjeros en esta ciudad de ensueños, nadie se queda. Es como si el río, interminablemente, nos arrastrara en su torrente con un fardo de nostalgia.

He recorrido hasta el cansancio los rincones menos concurridos de Praga, pero esta vez, turista disoluto, me ha seducido el Vltava. Sólo él susurra desde sus márgenes los secretos que esta ciudad entrañable guarda, y que no están en los bares, en los lugares icónicos o comunes, en las atiborradas plazas. Yacen en la vergüenza de su gente, culpable de tantas derrotas, de la sumisión a los invasores (ahora blandiendo dólares y yenes) y tímida para esconder las cicatrices, de un tono oscuro, pétreo, que el río no ha podido limpiar a su paso.

Para quedarme con ese sabor de expatriado, tan prevaleciente en mi entorno, leo a Iván Klíma. Relata que renunció en 1970 a su cátedra de la Universidad de Michigan (había huido de la represión que siguió a la Primavera, con mayúscula) para hacerse recogedor de basura – invalidado de escribir por subversivo – porque aquí “podía discurrir y hablar fluidamente”; despojo de río al fin y al cabo.

Las historias del Golem, de Carlos y de las ocupaciones me circundan. Es como un torbellino, como esos pequeños rizos que teje el río para acurrucarse hacia Malá Strana. Pero debo denunciar que es deprimente, en un país con ese vasto legado cultural, que pocos lean o se preocupen por resignificar las memorias. Las tres K aquí tienen una connotación distintiva: Kundera, el que les dio la espalda para siempre; Klíma, que volvió para escupirles en cara su censura; y Kafka, que es como el Che, un ícono ridiculizado en cafés, panfletos y horrendas baratijas.

Ayer acudí ceremoniosamente a la cripta en la iglesia de San Cirilo y San Metodio donde los siete paracaidistas resistieron a ochocientos soldados nazis durante varias horas, tras el atentado que mató a Heydrich y le demostró al Tercer Reich que podía ser desafiado y vencido. Es un lugar triste, más por el descuido y lo sombrío, que por el motivo. Hay algo de la supresión comunista que todavía impide que los checos se sientan dueños de su Historia. El heroísmo que evocan sus próceres es opaco, como si en el carácter de este pueblo los honores debieran hacerse a puerta cerrada, sin aspavientos o derroches. Aquí se celebra una misa cada 18 de junio desde 1989 (¡a cincuenta y siete años del sitio!) antes proscrita por las autoridades soviéticas, recelosas del patriotismo. Eso es todo. Las cinco o seis personas que acudimos, miramos los escaparates y los bustos de los mártires sin sorpresa. Es difícil decir si nos une la misma veneración. Deposito una moneda en el dintel del busto de Jan Kubiš, quien arrojó la granada que hirió (y después ahogó con septicemia) al carnicero. Su valentía trasciende todas las edades, aquí se inmoló para no caer preso.

Aún meditabundo, almuerzo oteando el descenso del agua turbia desde lo alto de la Casa que Baila entre Resslova y Rašinovo. Por supuesto, trozos de pato aterciopelados con vino local (la uva autóctona que pruebo es Rulandské modré), mientras me dejo flotar por las orillas del Vltava hasta sus galerías, pequeños negocios, viejos muros y alamedas.

Camino hasta el agotamiento, indago títulos en las librerías y restaurantes, urdiendo cómo traducir este idioma de múltiples acentos y seseos. Veo a la gente seguir a la gente, sin sentido; como si los adoquines estuviesen dispuestos para descifrarlos: políglotas y análogos, indiferentes a su rumbo y orden. Hace frío o ventisca; una escasa protesta que tiene algo que ver con el feminismo – ignoro si para denunciarlo o ensalzarlo – estorba el paso de los turistas en Na prikopé. El museo del comunismo ha desparecido entre tiendas de marca: Desigual, Ecco…desigual eco del pasado.

Para terminar, me embriago de Bach en el Rudolfinum; variaciones del destino, podría decir, emitidas con la devoción y la memoria exacta de Angela Hewitt vestida de luces (rojo y negro – el vértigo de Stendhal – con encajes) tras haber engullido un plato rebosante de jazz en un tugurio subterráneo de Staré Město. Notas lánguidas de Bill Evans y Herbie Hancock con aroma a Pilsen.

Algo más que mi tiempo y mi deleite se queda en Praga. No me atrevo a hurtarle nada. Es una pequeña herida, sangre que cuando cae se diluye – mansamente – en su río.

Allá, en el caudal, como una rama seca que resiste a hundirse, navega el sueño de volver, sin prometerlo.

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