Hace una semana, un paciente con algo de sobrepeso e hipertenso – por lo demás bastante sano – decidió recuperar su juventud. Compró un “treadmill” (caminadora) a todo lujo, le inscribió sus coordenadas y empezó a trotar. Sus sesenta años de sedentarismo no se mostraron indiferentes: notó un dolor pertinaz en la cadera, una “lápida” dentro de la espalda y, a poco, un halo de telarañas en un ojo.

Tras administrar algún analgésico y sugerirle menos entusiasmo y moderación en sus aspiraciones regresivas, lo envié a oftalmología. En esa consulta se hizo evidente lo esperado. Su trote, aunado al azar, había causado un desprendimiento de vítreo. El halo periférico que observaba, – y que desaparecía al cerrar los ojos – como un fantasma, lo seguía por horas interminables para rendirse con él y amanecer fulgurante al otro día.

  • No bastan las arrugas y las canas, el menguado chorro y la urgencia que delata la tozudez de mi próstata, la fealdad como una constante en los reflejos…ahora resulta que mis ojos me traicionan.

Lo escucho, sin contradecir su descontento, hay algo de lugar común en la diatriba. Con certeza, es una fisura en la autoestima. Se acaba el tiempo, con ello la fuerza y la lucidez, y se corrompe el cuerpo. Hora tras hora aparecen lunares rojos, efélides y excoriaciones, el pellejo se descama y se tiñe. Las bolsas bajo los párpados se sombrean y pierde encanto la mirada. Los objetos se distancian y las voces se hacen tenues. Un eco ronco  -minado por ardores y otros efluvios digestivos – suplanta cada día al trino acompasado de nuestras palabras. El paso se hace torpe y acomedido, las coyunturas crujen, los órganos internos se desbordan. Peor aún, el sueño se torna ligero, admite rumiaciones y querellas a horas vaga. Los viajes de advierten largos o prohibidos,  y se introduce, como un reptil amorfo, la pereza.

– Cada minuto cuenta – le digo, tratando de quitarle gravedad a su disgusto.

Me mira con escepticismo y se incorpora, con una sonrisa que redondea mi ingenuidad y su condescendencia.

El envejecimiento es catabolismo tisular, fragmentación de cromosomas, inminencia de mutaciones, marcas de desgaste, arrugas, canas, flaccidez. También nostalgia, perspectiva y miedos. Como en un antiguo campo de batalla, los contemporáneos caen fulminados a cada lado, mientras avanzamos fusil en ristre hacia la muerte. Tiene algo de romántico esta versión, lo admito, porque además se conjuga imperceptiblemente con una cierta sabiduría y desengaño, que hace la vida menos tempestuosa.

Conviene recordar aquí el proverbial libro del Dr. Agronin (1) donde describe en viñetas de diversos ancianos cómo se asoman a su deterioro físico y mental urgidos por el atardecer, la ternura o la incomprensión.

Mi paciente, que se fue sin renovar su cita, me deja sumido en una maraña de reflexiones. He visto pasar los lustros desde las ventanas higiénicas de los nosocomios. Mi sala de espera ha sido con mucho el vestíbulo de mi cotidianidad. Escuchar historias, quejas y ecos de esperanza ha sido buena parte de mi tránsito por el mundo, a veces matizado con el sobresalto de una urgencia o el dolor de perder una contienda.

Esta tarde se asoma tímidamente el sol – una vez más, a quince minutos del despeñe – mientras hago un recuento de esas mínimas tragedias. El mapa de mi cuerpo muestra las heridas de escaramuzas libradas por los desfiladeros de la existencia. Una cicatriz en el flanco donde un tumor amenazó con horadarme, un dedo inmóvil tras una fractura conminuta, la huella neurópatica que dejó un herpes producto de un divorcio.

Creo que estoy debutando en la vejez con bastante dignidad y sin demasiadas quejas. Me gusta despertar temprano, bañarme y ataviarme con pulcritud, enderezar el cuello y la corbata, comer con frugalidad y beber por el terso gusto del deleite y la embriaguez sin aspavientos. Hago ejercicio para mantener los músculos afinados y leo o escribo tanto como puedo para tonificar esas neuronas que van flaqueando.

Le he apostado a la juventud, pero mi inteligencia me ha ratificado que el tiempo aja más la envoltura que el anhelo, y que en tal contradicción, más vale aceptar que la realidad discurre lentamente hacia el océano y no río arriba.

Así, me quedo con esa incandescencia que nos enseñó Borges: Amamos lo que no conocemos, / lo ya perdido. / El barrio que fue las orillas. / Los antiguos, que no pueden defraudarnos / porque son mito y esplendor. / Los  idiomas que apenas desciframos […] / Las cambiantes formas de la memoria,  / que está hecha de olvido.

Bibliografía.

Marc E. Agronin. How we age. A doctor´s journey into the heart of growing old. De Capo Lifelong Books, New York 2011.

Jorge Luis Borges. Obra poética. Alianza Editorial, Madrid 1998.

 

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