Sobrevuelo el inmenso mar de arena de Sonora, y se abre hacia el sur la aridez montañosa que configura este país expoliado por sucesivos gobiernos.
A mi lado una pareja de ancianos mira al infinito, regresan de una visita, perdidos en traducción, como se suele decir. Ella tiene unas trenzas delgadas y largas que flanquean su espalda; él permanece en silencio, encorvado por la vida. Son embajadores de la pobreza que nos caracteriza, siempre hambrientos de esperanza, avergonzados del pasado a falta de un genuino esfuerzo por recobrarlo.
Abajo, las incontables parcelas de color gris, sepia y cobre separan los caminos rurales. No hay agua, los cauces de escuálidos ríos se muestran secos en la orografía equívoca hasta perderse como una línea obtusa allende el horizonte.
Hemos acabado con la fauna y la flora, ahora nos acribillamos unos a otros.
Cuando decidí ser médico, el idealismo me empujaba a vagar por estas tierras, curando enfermos sin recursos, aplicando vacunas o enseñado higiene básica ahí donde no había cultura ni linaje, mucho menos sentido del futuro. Los cerdos eran habitantes de los vestíbulos y los viejos de aquellas comunidades se sentaban a ver pasar el tiempo sin descanso.

Solíamos merodear en las laderas de la laguna de Tequesquitengo, que en aquellos años florecía cada Marzo y era un lugar seguro para los extraños y las aves. Las carreteras rurales eran transitables, salvo por retenes militares que buscaban guerrilleros venidos del paraíso. Trabajábamos sin horarios, sudando bajo el calor mercurial pero acogedor de la pequeña clínica. Las enfermeras saboreaban nuestra pasión y desenfreno, mientras conquistábamos el mundo con esa jovial gallardía de recién graduados.

Tuve la fortuna de entrenarme en un programa piloto que concibió la UNAM, primero gracias a la visión luminosa de Carlos Biro y después con el pragmatismo de José Laguna; ambos apostaron por una descendencia de médicos comprometidos con el campo y el desamparo. Pese a que la magia de los hospitales nos atrajo a muchos, esa impronta quedó sellada en nuestra vocación.

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