En mi país, qué tristeza, la pobreza…

En mi país, qué tristeza, la pobreza…

El féretro es de poliestireno, cortado con precisión y simetría; engarzado con aldabas de aluminio y plástico a cada lado. Entre las flores de variados tallos que lo adornan, circulan al azar las gallinas y los perros. Una gran lona amarilla – de las habituales en los mercados – nos protege del sol inclemente mientras llegan los deudos y los curiosos.
Ella está ahí, ausente, disipada en su dolor inefable, tratando de aferrarse a algo que no la mate. Inclina la cabeza y deja caer los ojos en la tierra, como horadando un sentido hasta el infierno.
Decenas de niños con mejillas despulidas por el sol y el frío corretean entre los asistentes, se arrebatan las patas de pollo y juegan a empellones sin comprender que el aire se crispa en su derredor.
Una cruz de cantera con fechas labradas precipitadamente en cincel revela la corta edad del cadáver, a quien nadie osa descubrir. Mientras sale la procesión, la han recargado suavemente contra las ofrendas.
El ataúd permanece seco, apenas trocado por haces de luz matutina, listones engrapados en la tapa para darle un toque de elegancia en ese mundo donde la higiene escasea y el hambre se comparte.
Al fondo observo mujeres atareadas en cocinar arroz o hervir aves y pellejos. Es una tarea solidaria donde se van incorporando las que emergen del poblado, mientras los hombres se desplazan como hormigas a través del gentío para proveer incontables botellas de gaseosa (Coca-Cola, Jarritos, Mirinda, etc.), una y otra vez; fluidos multicolores para el abatimiento. La propiedad se ha convertido en un centro de acopio.

Quienes reclaman mi atención y, por supuesto, la idolatría de los pequeños, son algunas abuelas que acceden arrastrando los pies o ancladas en bastones otrora pulidos de algún cedro. Visten rebozos roídos y cubren sus rodillas combas con largos vestidos en tonos sepia o azul. Miran atentamente con sus ojos grises y gastados, son las que juzgan y observan, quienes guardan los espectros y calculan los pecados.
Más tarde acude por la orilla un hombre ataviado con corbata; lo veo a la distancia secándose el sudor de la frente cual emisario de una metáfora bíblica. Es, en efecto, el ministro de esta congregación. Mantiene un aire remoto como si viniera de otro orden de cosas, ajeno a la redención y al acto que lo convoca.
Entra sin inmutarse y se dirige al estrado improvisado, frente a la casa de concreto a mal terminar. Los dolientes callan y esperan su mensaje con veneración. A todas luces es un ritual ensayado repetidas veces, con esa anticipación que alguna vez vi en las arengas de Mussolini, Hitler o los ayatolas; absolutamente dueños de la atención de sus huestes.
Antes que él, un hombre adusto, casi susurrante, toma la palabra. La hermandad ha callado; algunos sujetan misales contra el pecho o bajo el brazo. El ambiente se ha espesado con sumisión y avidez. Poco a poco, el conjuro surte efecto, todos cantan, incluso los más pequeños que vociferan al unísono para seguir el ritmo y la letanía.
Al escucharlos, sus notas evocan corridos, redovas o boleros, pero el tema es invariablemente el mismo: apelaciones al Señor, desdén por las miserias de la existencia y afán por las recompensas que aguardan en aquella otra eternidad. Los himnos han sido elegidos con cuidado y el ministro parece complacido, mientras ubica los textos antes de cada entonación.
En estos rincones de la depauperización y el abandono social, la religión es una fuerza cohesiva insospechada. Lo mismo que en las calles polvorientas de Palestina o los senderos boscosos en penumbra de Sri Lanka. Los hombres desisten del alcohol y celan a la familia, lejos de la evasión que induce la falta de empleo; las mujeres encuentran sentido en procurar la argamasa social: crianza, comida, el telar de relaciones familiares y comunitarias. No hay quejas, todo este sufrimiento al servicio de una causa común: la salvación.

Cuando cesan los cantos, el hombre se ajusta el traje deslucido y coloca con autoridad su biblia sobre el atril. Alza la voz justo para inundar el recinto abierto, en un calculado ejercicio de proselitismo. Tras un breve preámbulo, glosa la parábola del resurrecto, que introduce con aquello de: “Si hubieses estado aquí, Lázaro no habría muerto“. Los siguientes minutos se traducen en una suerte de acrobacia retórica para desembarazarse de esta premisa cargada de culpa y mostrar que lo relevante es el desenlace. Debo reconocer que el ministro sabe desenredar las contradicciones inherentes a su propio discurso y salir airoso cuando no hay explicación  inmaterial para la injusticia o la muerte de un niño.

Mientras atiendo la ceremonia, pienso en la desigualdad, el abuso y el cinismo de décadas de gobernantes que se cierne sobre esta buena gente. Medito acerca del vínculo que nuestra cultura ha trazado con los difuntos: el color del zempasúchitl para señalarles el camino, las viandas para sosegarlos, las calaveras de azúcar para dulcificarlos; todo el ritual para confraternizar, seducir y acaso exorcizar a “la huesuda”. Por ello, tal sincretismo místico – que confunde a los extranjeros – ha dejado de asombrarnos; estamos de paso, rezan los vivos. Tras el telón del sacrificio, más allá del sufrimiento corpóreo, todo es goce; sin deudas, sin ataduras. Lo ultraterreno cobra vida, la promesa de una permanencia exenta de penurias, donde no habrá que sudar ni llorar para obtener consuelo o sustento.

Aquí donde la miseria y la infección se confunden, donde morir es un acto dolorosamente esperado, quizá  porque en la patria (concepto teñido de ambigüedades) se han erosionado los montes y las oportunidades, se han secado los arroyos y la esperanza, y no queda, en fin, nada más halagüeño que la muerte.

PS. El título alude a la canción “Adagio en mi país” del insigne Alfredo Zitarrosa (1936 – 1989)

 

Alegoría

Alegoría

A les tietes Montse i Encarnaciò
que em varen conduir
venturosament entre la mort i l’amor

Como tantos de mi generación, fui un adolescente difícil. Mis padres deben haber pasado muy malos ratos, pero en su candidez, estuvieron atentos e impotentes hasta que amainó la tempestad.
El cabello me caía sobre los hombros ocultando como una cortina el acné y la vergüenza. Comía mal, fumaba como un “chacuaco” (años después investigué el significado) y en mi arrogancia, desdeñaba a todos aquellos que osaban orientarme o criticarme. ¡Cuánto miedo a crecer se esconde en la rebeldía! En fin, eso y bastante desenfreno definen el proceso de adolecer.
Vestíamos con pantalones ajustados de mezclilla, los “jeans” – tan pródigos en la actualidad – eran dominio de obreros y estibadores. Repudiábamos las corbatas, la elegancia, la vida pública y el pasado, como todo inconforme que se precie de encarar el devenir en un salto hacia el vacío. Vencíamos la timidez tras aquella euforia y petulancia que hoy nos hace sonreír en el recuerdo; por supuesto la única forma de acercarse a una mujer sin tartamudear o sonrojarse.
En la vorágine de los estupefacientes que siguieron al aciago otoño del ’68, nos invadió el miedo de perder las alas para siempre. Muchos Ícaros nunca regresaron del abismo. Quienes nos salvamos, estaremos en deuda con las tías, las abuelas, los psicoterapeutas o los amigos “fresas” – como solíamos denostar – que nos mostraron otros caminos más prometedores, alejados de la rabia y la turbación que nos hervía en las venas.
En mi caso, la luz tenue cayó por serendipia. Ante la disyuntiva de seguir amenazado por la demencia y el estrago, se me ocurrió proponer una salida aventurada: “Quiero estudiar literatura en Barcelona”.
Mi madre, cuyas raíces seguían teñidas de cuatro barras de sangre, se embelesó. Pero fue mi padre, a regañadientes, quien facilitó la huida, consciente de que ningún otro amor podría redimirme.
No sólo eso. Para mi sorpresa, estaba ahí para abordar el avión que me llevó en sentido inverso hacia el exilio. Cataluña entonces vivía bajo el yugo de la iglesia y el franquismo, pero era un país limpio, sembrado de jóvenes ingenuos e imbuidos de futuro.
El entrañable primo Xavier me recibió, titubeante pero ilusionado de tener un camarada a quien mostrarle el horizonte, y me regaló “de entrada” una entrada al Gran Premio de Montjuich. Fue toda una revelación: caminamos entre aquellos bólidos admirando las insignias, los motores, el brillo y la ostentación de la mecánica. Él seguro de sí mismo, aficionado a las carreras; yo, deslumbrado por un mundo ignoto donde no cabían la melancolía y el suicidio.
En aquellos días, los letreros de las calles, las clases en la Universidad Central, las películas y los eventos públicos se escenificaban en castellano, que claramente era el idioma del vasallaje y la represión. La lengua autóctona era sólo nuestra, clandestina, íntima: el idioma de las tertulias y los encuentros sexuales, el de las plegarias y la poesía, el de las confesiones y las declaraciones de amor.
Antes de dejarme en manos del destino, aún vacilante de mis talentos, mi padre me acompañó a ver una película de John Huston en un pequeño cine del Paseo de Gracia, el único que proyectaba filmes en su versión original.
Debe haber impreso una huella indeleble en mi alma atribulada, porque casi medio siglo después puedo recordar diversas escenas cargadas de afecto que me conmovieron. En ellas, un bachiller del París del medioevo cruzaba los senderos de Europa que pululaban de peste bubónica. Su misión era alcanzar el mar, como un premio a la proeza académica recién lograda. En ese viaje descubre su virilidad, pone a prueba su inteligencia y derrota a todos los demonios que confronta, sin espadas, solo con la fuerza de su candor y su palabra.
Se hace hombre a trompicones, aterrorizado de la tragedia que se yergue a su paso. Reniega de la iglesia y el oscurantismo, como una metáfora refulgente del Renacimiento expresada en un hombre señero que se arroja a la esperanza.
Cuando por fin se acerca al océano, al caer la noche, y puede escuchar tras las dunas el atronar de las olas, nuestro personaje encuentra a una mujer, bellísima, que le roba los ojos y lo seduce.
En su arrebato, después de verter en ella todo su brío y su deseo, escucha el llamado de las armas y regresa. El mar, acogedor y rugiente, se queda esperándolo, como una madre que podría ahogarlo en su inmensidad y su abandono.
En esos pocos años de mi devaneo con la filosofía, me rescaté y fui rescatado. Las voces de las tinieblas y la confusión se disiparon; volví para hacerme médico y tomar la tierra (que no el cielo) por asalto.
Hoy, con cada día transcurrido, mis enfermos me recuerdan que cualquier tramo ha valido la pena; su gratitud es la mejor lección de modestia y cometido.
Si bien plagada de avatares, la vida es eso: una travesía entre el amor y la muerte.

Volver de la guerra

Volver de la guerra

Al Dr. Jorge Moreno Aranda,
con gratitud y cariño

Es un día habitual en el hospital de Veteranos. Sopla un viento rasante desde el Schuylkill que congela el alma. Bocanadas de vaho anuncian su acceso al edificio. Se pregunta qué arbitrio hizo que se construyera el hospital junto a un cementerio, cuya periferia hay que recorrer antes de tropezar con el sufrimiento de los vivos.

  • Tal vez somos más bien zombies, exiliados y sin ataduras; cadáveres que deambulan sin rumbo después de atestiguar tanto odio y desesperanza – piensa, apretando la mandíbula al trasponer el umbral.

A esta temprana hora, la sala de pacientes psiquiátricos está rebosante y las secretarias insisten a los médicos para que reduzcan el tiempo de cada entrevista.

Rick pasa con desgano frente a las máquinas de golosinas, pregunta algo al guardia y sigue sin inmutarse hasta la sala de Urología. Un letrero a su derecha lo dice todo: STDs – signs & symptoms.

Su último “deployment” en Tikrit lo acercó a las fauces del infierno. El avance de Daech, la población en ruinas, aquella desolación y bajeza humanas. Cuando conoció a Saniya no reparó en su condición errante, en su obsequiosidad o su aspecto. Necesitaba un pecho sobre el qué llorar, unos brazos que le imprimieran candor de nuevo, un cuerpo en donde hundirse y perder conciencia del estrago.

Le pagó diligentemente esas cuatro noches, bebió aguardiente hasta inmolarse y cuando despertó por fin, obnubilado y yermo, quedaba su aroma y el ruido distante de los misiles ante el calor envolvente, ajeno como su rabia.

Esta mañana camina un tanto repuesto, de vuelta a casa; aún con el desgarro emocional y sus crímenes a cuestas. Arde su cuerpo con cada micción, como un escarnio, como un castigo.

– Haremos un cultivo de tu descarga uretral – le dice el médico sin emoción alguna, con una calma burocrática que lo irrita aún más.

Tendrá que esperar dos horas afuera de la clínica, en el reducido espacio para fumadores; insuficiente para todos esos viejos en silla de ruedas y muletas, enfundados en harapos, que visitan asiduamente el nosocomio.

La descripción de las enfermedades venéreas data del papiro de Ebers y del Viejo Testamento, donde se habla del “asunto que fluye” y que “…el hombre debe lavar su semilla y apartarse de la mujer por siete días” (Levítico 15: 2 – 33). Pero fueron los célebres médicos de la Antigüedad (Hipócrates, Celso y Galeno) quienes acuñaron el término “gonorrhoea” (literalmente: flujo de semilla) y Soranus de Éfeso, quien describió la enfermedad (1).

El primer tratado en forma de los padecimientos urogenitales lo debemos al gran médico Avicena (980 – 1037) quien en su Canon (al-Qānūm fī’ţ-Ţibb) recomendaba irrigaciones para los efluvios de la uretra; hallazgo eventualmente matizado por Maimónides (1135 – 1204) cuyos aforismos describen con elocuencia que se trata de “un fluido que escapa sin erección o sentido de placer, espeso, y que procede de los amoríos y los excesos”.
Quizá por ello el prejuicio en contra del libertinaje se atribuyó a los franceses, y de ahí la designación de morbus gallicus, peste de Burdeos o mal de Poitiers. A cambio, la cultura popular parisina devolvió el cumplido, señalando a la sífilis como el “escozor napolitano”.

Desde la Edad Media (las enfermedades venéreas se describieron genéricamente por Bethancourt de Rouen en 1527), los italianos culparon a los portugueses, los portugueses a los españoles, los alemanes a los polacos y los victorianos a las prostitutas. Tal como ahora se estigmatiza a los subsaharianos, a los homosexuales y a los inmigrantes como responsables de todos los flagelos de la humanidad.

Se considera que la sífilis (término acuñado por Fracastoro en el siglo XV) fue traída al Nuevo Mundo por los marinos de Cristóbal Colón, pues por aquellas fechas causaba estragos en el sitio de Nápoles (1495). Por increíble que parezca, el tratamiento del lúes al debutar el siglo XX era sustancialmente el mismo; a saber, infusiones de ocho partes de diversos compuestos herbicidas con una parte de mercurio. De ahí el dicho que prevalecía hasta la Gran Guerra: “Una noche con Venus y dos años con Mercurio“.

Para darse una idea, la famosa novela “Candide” de Voltaire retrata a un personaje, el doctor Pangloss, “cubierto de escaras, los ojos medio muertos, la punta de la nariz carcomida, boca tumefacta, dientes ennegrecidos; hablando con la garganta y presa de una violenta tos”. Descripción que podría aplicarse tanto al remedio como a la enfermedad.
Hacia finales del siglo XVIII, un tercio de los pacientes del reputado Hospital Saint Bartholomew’s en Londres padecían enfermedades venéreas que sólo gracias al Dr. Philip Ricord (1838) podían distinguirse semiológicamente.

El despunte de la modernidad trajo consigo la identificación de Neisserias y Treponemas, además de pruebas serológicas para el diagnóstico (August von Wassermann, 1906). A contramano y de la mano del insigne Paul Ehlrich (1910) llegó la  arsfenamina, a la sazón patentada como Salvarsán (o compuesto 606, por el número de intentos experimentales que le precedieron) (2). Esta peculiar sal de arsénico permitió salvar millones de vidas durante la Primera Guerra Mundial y fue el único tratamiento efectivo contra la sífilis hasta el advenimiento de los antibióticos.

Hace apenas un año, el Centro de Control de Enfermedades (CDC) de Atlanta actualizó las indicaciones para tratar los padecimientos transmitidos sexualmente (3). Como descubrió Rick en su visita al VA Hospital, la blenorragia debe tratarse idealmente con una dosis única intramuscular de ceftriaxona seguida de azitromicina o doxiciclina, debido a los altos índices de co-infección con Chlamydia, previa confirmación por amplificación de ácidos nucleicos en orina o secreción uretral. La terapia con penicilina benzatínica, tan popular a mediados del siglo pasado, no se recomienda por la resistencia detectada en numerosos casos.

Hoy las infecciones por papilomavirus (HPV), hepatitis C y ante todo, el SIDA, ocupan un orden primordial y constituyen la peste contemporánea, silenciosa y mortífera como los fantasmas del pasado.

Nuestro enfermo sale al amparo del endeble sol de otoño, pisotea la colilla sin importarle la mirada de desaprobación del vigilante, y se apresta a tomar el autobús a ninguna parte. Esta noche se refugiará en una taberna para ahogar su soledad y quizá mañana, si el ardor ya no lo desvela, merodeará las calles en pos de compañía.

Referencias.

1. Waugh MA. History of Clinical Developments in Sexually Transmitted Diseases. In: Holmes KK, Mardh P–A, Sparling PF, Wiesner PJ, eds. Sexually Transmitted Diseases. New York: McGraw-Hill; 1990: 3,4,40.
2. Taludkar J. The history of sexually transmitted diseases. Int J Med Health Sci. July 2012, Vol 1; Issue 3; 83 – 88.
3. Workowski KA et al. Sexually transmitted diseases treatment guidelines, 2015. MMWR Recomm Rep 2015. June 5; 64:

Diálogo para dos almas que se rebelan

Diálogo para dos almas que se rebelan

La tarde parece brumosa, con ese bochorno que trae el inicio del verano. Deambula por el parque con un libro de bolsillo en mano, presumiendo su cultura y su desparpajo. Es un hombre viejo, curtido de arrugas morenas que perlan el cuello y la frente. Ahora usa sombrero a regañadientes, porque le incomoda o le distancia de las nubes y las jacarandas. Es sábado, así que puede recusar de la corbata y las agujetas, mientras mira de lejos a las mujeres jóvenes que pasean a su progenie con deleite y ropa ligera. En ese sentido se declara un esteta, acaso nostálgico de sus arrebatos de seductor. Hoy, la soledad y la vejez le otorgan su propio lugar en el mundo, a escasos minutos del crepúsculo.

– No hay queja – se dice –; me queda este anonimato, la coda del allegro y los retazos que he dejado como pedruscos a mi paso.

Ángela lo espera en una banca bajo el sauce llorón, arrojando migajas a los patos glotones y vocingleros. El tintineo de un carrito de helados y los gritos de la chiquillada preceden este encuentro.

Se detiene antes de bajar la cuesta para contemplarla. Es una mujer delgada, que ha perdido apenas su gallardía al encorvarse; aún se tiñe el pelo de oscuro y mantiene una sonrisa espléndida, enmarcada en pequeñas arrugas, sensuales y asimétricas, junto a la boca. En este momento está de espaldas, pero puede adivinar cómo azuza a las aves, parlotea como una niña o goza con la aventura de cada cita.

Se conocieron hace años, cuando amarse fue imposible: los hijos pequeños, la construcción de sendas divergentes, el temor a lastimar o perder el rumbo. Ella se quedó en el acantilado, y Raúl no volteó más porque las lágrimas le empañaban el paisaje.

Coincidieron alguna vez en reuniones de contemporáneos, que sabían de su melancolía pero la habían olvidado. Ahí, al amparo de la tertulia y la turbación del licor, se besaron subrepticiamente, como quien toca el pasado a través de un espejo que se vence. Según recuerda, no se miraron. Fue una suerte de despedida y caída en el precipicio; algo se había despertado de aquel letargo.

Décadas después, soñó con ella y se atrevió a confesarlo en una carta sin remitente. Tras muchos titubeos, volvieron a verse, a besarse y a tocarse como antaño lo anhelaron; cuando otros vientos encontrados lo impedían.

Rastrearon los espacios, desafiaron el tiempo y la vergüenza. Así, por fin hicieron el amor con ternura inusitada, bañados en penumbra y olores nuevos; ella desconfiando de su desnudez y él de su vigor, sin confesarlo.

¡Qué placer verla emborracharse de afecto, ingerido con la tersura del vino tinto y la piel erotizada! Saborear el mismo bocado como niños, vertidos en la saliva o en los dedos entrelazados. Besarla sin descanso, tomar aire de sus exhalaciones y suspiros. Tocar su espalda húmeda y reconocer a palmos ese territorio inexplorado.

Compartieron versos añejados en páginas donde alguna vez cupo la sorpresa; canciones reeditadas por nombres y caras insignificantes, pero aún así conmovedoras y frescas para la intimidad. Retomaron el resplandor de los barrios, la mesa a la que debieron sentarse y el menú que esperó varios lustros para descifrarse. También el rincón de aquella estancia donde se agolpa el invierno y cuelgan recuerdos y cuadros deslucidos. La ventana abierta de madrugada y el rumor de hojas que anticipa la lluvia cuando mengua el día.

Esta tarde viene a anunciarle que su cáncer se ha propagado, que esa fatiga de las últimas semanas es orgánica, que no quiere visitar a nadie ni pelear hasta el deshaucio. Que ha bastado su presencia y el cariño para exorcizar cualquier demonio, que su silencio y su mirada inundan todo el horizonte. Que no hay porqué zarpar a ninguna tierra ignota, que la vida en verdad nunca estuvo en otra parte.

Musitando un viejo bolero, Raúl da vuelta a la banca y entrecierra los ojos, deslumbrado por la luz tangencial que la sortea. Aparta la silla de ruedas para ver sus pies, inmóviles, que aguardan sus caricias. Los ojos nublados no miran a ningún lado, se pierden en la indiferencia obtusa que arrastra la ceguera.

Pero ella sabe bien que está ahí, conteniendo el saludo, atento a sus gestos desde que se acercaba con sigilo, jugando a la travesura y al denuedo.

– Ven, bonito, siéntate a mi lado.

En ese instante, disipa su languidez. No hay nada que temer; Ángela está aquí y toda pena se pierde cual brisa vespertina en su regazo.

La ciudad está enferma

La ciudad está enferma

No bien han transcurrido cinco semanas de la implementación del programa de contingencia ambiental (“Too Little, too late” como se dice en inglés), seguimos sufriendo niveles de contaminación escalofriantes.

La recién bautizada urbe ha crecido exponencialmente desde la mitad del siglo pasado. Tal expansión se debe a la falta de planeación urbanística, al centralismo burocrático y ante todo, a la desigualdad de oportunidades merced al catastrófico desarrollo agrícola, fruto de décadas de expoliación, que han hecho de la masa citadina un monstruo que se replica sin orden alguno.

Llegan todos los días decenas de miles de coterráneos que han visto morir sus sueños junto con las sequías, los robos de caciques y la falta de incentivos para la agricultura. Las parcelas se han adjudicado entre sobornos y mentiras tantas veces que remedan la superficie de Siberia.

Quienes no tienen las agallas o la necesidad de saltar el muro de acero que nos separa del Imperio, acaso aquellos que no se atreven o no le llegan al precio para cruzar el desierto de Arizona a riesgo de ser acribillados o consumidos por el sol, buscan el asentamiento irregular en las márgenes de esta megalópolis hambrienta.

Desde mi ventana, las siluetas de los cerros que conforman el valle otrora translúcido, se adivinan entre el denso neblumo. Hay casuchas grises por doquier, que han engullido las iglesias, los parques, las efímeras áreas verdes, las faldas de los montes y las callejuelas. Hace años dejó de existir el tren (conocido como FFCC de Cuernavaca) que bordeaba la ciudad con su silbato nocturno. En sus orillas se acomodaron por décadas casas de cartón y madera que fueron arrasadas por la ciclopista. Ahora los vecinos que quedaron, quizá más seguros que sus predecesores, recorren ese artificio de cemento entre perros, desechos y bicicletas, cuando el aire lo permite.

Por supuesto, somos hormigas que se tropiezan unas con otras, guijarros que han desecado el agua y aplastado el césped, moradores del concreto y el ruido.

Alguna vez este valle tuvo agua limpia, manantiales y riachuelos que descendían por cañadas hasta presas naturales. Verdor en primavera y lluvias torrenciales en verano, ambos bienvenidos bajo un clima estable, sin grandes oscilaciones. Pero como solía decir Abel Quezada, “espérense, llegaron sus pobladores”.

Primero reclamaron el suelo, después los árboles y el musgo, el viento y el rocío, al fin el silencio y las madrugadas. Tendieron redes y alambradas; túneles para horadar la piedra, donde surcan trenes silbando y contaminando interminablemente; puentes y pisos sobre pisos; avenidas y grúas recurrentes, centro comerciales allí donde no hay dinero ni comercio.

Por si fuera poco, la erosión de las laderas y el arbitrio de sus metástasis han acabado con todo resquicio de naturaleza. El célebre Desierto de los Leones es, en efecto, un pulmón enfisematoso y seco.

Hace unos días, interpelado por un conductor de Uber (ahora tan omnipresente e imprescindible), recordaba mi pertenencia al barrio. Crecí en una calle poco transitada de Coyoacán cuya esquina principal mostraba en secuencia los siguientes establecimientos: una fonda económica – aquel trozo de acera se lavaba a cubetadas religiosamente todas las mañanas – , una carnicería donde se fiaba en riguroso orden y sin discriminación, una recaudería con vitrina de dulces que se renovaban cada semana, una tintorería que emanaba vapores hacia los transeúntes, y por fin, una barbería con cilindro de colores descompuesto y dos sillones negros habitualmente vacíos.

Mi hermano y yo éramos fieles visitantes de esos rincones. Alguna vez para constatar en una carrera que el dueño de la miscelánea no era el mismo que aparecía tocando el piano por televisión (¡en blanco y negro, por favor!). Otras, para apelar el corte de cabello que mamá había consensado con el peluquero y que siempre resultaba demasiado corto para nuestro gusto.

  • ¡Regular, te dije! – pedíamos entre aullidos infantiles. – ¡Mi mamá no sabe de cortes masculinos!

El hombre emprendía su labor y supongo que negociaba un pelo aquí, otro tanto allá, para no perder al cliente ni la confianza de la pagadora.

La carnicería era un paseo esencial. Nos disputábamos el privilegio de acudir por el pollo y las milanesas, a sabiendas de que podíamos negociar un refresco o una golosina con la dueña (Doña Tere) e incluirla en la lista de pendientes. Ella llenaba su cuaderno en lápiz y con cierta sorna, anotaba nuestra transgresión, sabedora de que al fin de la quincena mi madre pagaría entre gruñidos.

Salvábamos la tintorería como si fuese la puerta del infierno; creo que sólo una vez recogí un pantalón entre resuellos de la plancha ardiente. Con el paso de los años, la cortina de acero verde se cerró para siempre y el viejo que atendía – adusto y concentrado entre vapores – dejó de medrar en nuestro hemisferio.

Pero el periplo más anhelado era el de la papelería. El pequeño local se llamaba Morelli, a la sazón nombre de un historiador veronés y un helado, porque jamás preguntamos por su origen emblemático.

La dueña, una mujer madura que había adaptado su cochera para el efecto, atendía todas las tardes con diligencia y un impecable delantal a cuadros. Además de aclarar las listas de la escuela, precisar los tipos de lápices y los colores, ofrecer las gomas más durables y los sacapuntas infalibles, nos deleitaba con unos mazapanes cubiertos de chocolate que eran el pecado capital y la razón principal para recorrer esas siete manzanas.

Asumo que fuimos felices a nuestra manera, porque nos deteníamos a patear el balón en el parque, a eludir a los perros que amenazaban tras las verjas, a fumar el primer cigarrillo o sencillamente a dejar pasar el día, sin miedo o explicaciones.

Esa ciudad se ha marchitado, se ahogó entre bocinazos y emisiones de carbono, padece una enfermedad crónica y me temo que incurable, que sus políticos y gobernantes han exacerbado con su codicia e incompetencia.

Mis hijos ya no conocieron el silencio, ni la seguridad de las aceras, menos aún la familiaridad y la confianza con la que mi generación creció en aquellos barrios hasta la adolescencia. Pero aclaro: no es culpa de los marginados que la han invadido, tampoco es fruto de la necesidad y la pobreza que busca abrigo y esperanza; la destruimos nosotros, permitiendo que los que nos gobiernan hurten, dilapiden y nos den la espalda.

Hasta que no tomemos las riendas de nuestro destino urbano, el cáncer que asola a la ciudad de México es de pésimo pronóstico.