No bien han transcurrido cinco semanas de la implementación del programa de contingencia ambiental (“Too Little, too late” como se dice en inglés), seguimos sufriendo niveles de contaminación escalofriantes.

La recién bautizada urbe ha crecido exponencialmente desde la mitad del siglo pasado. Tal expansión se debe a la falta de planeación urbanística, al centralismo burocrático y ante todo, a la desigualdad de oportunidades merced al catastrófico desarrollo agrícola, fruto de décadas de expoliación, que han hecho de la masa citadina un monstruo que se replica sin orden alguno.

Llegan todos los días decenas de miles de coterráneos que han visto morir sus sueños junto con las sequías, los robos de caciques y la falta de incentivos para la agricultura. Las parcelas se han adjudicado entre sobornos y mentiras tantas veces que remedan la superficie de Siberia.

Quienes no tienen las agallas o la necesidad de saltar el muro de acero que nos separa del Imperio, acaso aquellos que no se atreven o no le llegan al precio para cruzar el desierto de Arizona a riesgo de ser acribillados o consumidos por el sol, buscan el asentamiento irregular en las márgenes de esta megalópolis hambrienta.

Desde mi ventana, las siluetas de los cerros que conforman el valle otrora translúcido, se adivinan entre el denso neblumo. Hay casuchas grises por doquier, que han engullido las iglesias, los parques, las efímeras áreas verdes, las faldas de los montes y las callejuelas. Hace años dejó de existir el tren (conocido como FFCC de Cuernavaca) que bordeaba la ciudad con su silbato nocturno. En sus orillas se acomodaron por décadas casas de cartón y madera que fueron arrasadas por la ciclopista. Ahora los vecinos que quedaron, quizá más seguros que sus predecesores, recorren ese artificio de cemento entre perros, desechos y bicicletas, cuando el aire lo permite.

Por supuesto, somos hormigas que se tropiezan unas con otras, guijarros que han desecado el agua y aplastado el césped, moradores del concreto y el ruido.

Alguna vez este valle tuvo agua limpia, manantiales y riachuelos que descendían por cañadas hasta presas naturales. Verdor en primavera y lluvias torrenciales en verano, ambos bienvenidos bajo un clima estable, sin grandes oscilaciones. Pero como solía decir Abel Quezada, “espérense, llegaron sus pobladores”.

Primero reclamaron el suelo, después los árboles y el musgo, el viento y el rocío, al fin el silencio y las madrugadas. Tendieron redes y alambradas; túneles para horadar la piedra, donde surcan trenes silbando y contaminando interminablemente; puentes y pisos sobre pisos; avenidas y grúas recurrentes, centro comerciales allí donde no hay dinero ni comercio.

Por si fuera poco, la erosión de las laderas y el arbitrio de sus metástasis han acabado con todo resquicio de naturaleza. El célebre Desierto de los Leones es, en efecto, un pulmón enfisematoso y seco.

Hace unos días, interpelado por un conductor de Uber (ahora tan omnipresente e imprescindible), recordaba mi pertenencia al barrio. Crecí en una calle poco transitada de Coyoacán cuya esquina principal mostraba en secuencia los siguientes establecimientos: una fonda económica – aquel trozo de acera se lavaba a cubetadas religiosamente todas las mañanas – , una carnicería donde se fiaba en riguroso orden y sin discriminación, una recaudería con vitrina de dulces que se renovaban cada semana, una tintorería que emanaba vapores hacia los transeúntes, y por fin, una barbería con cilindro de colores descompuesto y dos sillones negros habitualmente vacíos.

Mi hermano y yo éramos fieles visitantes de esos rincones. Alguna vez para constatar en una carrera que el dueño de la miscelánea no era el mismo que aparecía tocando el piano por televisión (¡en blanco y negro, por favor!). Otras, para apelar el corte de cabello que mamá había consensado con el peluquero y que siempre resultaba demasiado corto para nuestro gusto.

  • ¡Regular, te dije! – pedíamos entre aullidos infantiles. – ¡Mi mamá no sabe de cortes masculinos!

El hombre emprendía su labor y supongo que negociaba un pelo aquí, otro tanto allá, para no perder al cliente ni la confianza de la pagadora.

La carnicería era un paseo esencial. Nos disputábamos el privilegio de acudir por el pollo y las milanesas, a sabiendas de que podíamos negociar un refresco o una golosina con la dueña (Doña Tere) e incluirla en la lista de pendientes. Ella llenaba su cuaderno en lápiz y con cierta sorna, anotaba nuestra transgresión, sabedora de que al fin de la quincena mi madre pagaría entre gruñidos.

Salvábamos la tintorería como si fuese la puerta del infierno; creo que sólo una vez recogí un pantalón entre resuellos de la plancha ardiente. Con el paso de los años, la cortina de acero verde se cerró para siempre y el viejo que atendía – adusto y concentrado entre vapores – dejó de medrar en nuestro hemisferio.

Pero el periplo más anhelado era el de la papelería. El pequeño local se llamaba Morelli, a la sazón nombre de un historiador veronés y un helado, porque jamás preguntamos por su origen emblemático.

La dueña, una mujer madura que había adaptado su cochera para el efecto, atendía todas las tardes con diligencia y un impecable delantal a cuadros. Además de aclarar las listas de la escuela, precisar los tipos de lápices y los colores, ofrecer las gomas más durables y los sacapuntas infalibles, nos deleitaba con unos mazapanes cubiertos de chocolate que eran el pecado capital y la razón principal para recorrer esas siete manzanas.

Asumo que fuimos felices a nuestra manera, porque nos deteníamos a patear el balón en el parque, a eludir a los perros que amenazaban tras las verjas, a fumar el primer cigarrillo o sencillamente a dejar pasar el día, sin miedo o explicaciones.

Esa ciudad se ha marchitado, se ahogó entre bocinazos y emisiones de carbono, padece una enfermedad crónica y me temo que incurable, que sus políticos y gobernantes han exacerbado con su codicia e incompetencia.

Mis hijos ya no conocieron el silencio, ni la seguridad de las aceras, menos aún la familiaridad y la confianza con la que mi generación creció en aquellos barrios hasta la adolescencia. Pero aclaro: no es culpa de los marginados que la han invadido, tampoco es fruto de la necesidad y la pobreza que busca abrigo y esperanza; la destruimos nosotros, permitiendo que los que nos gobiernan hurten, dilapiden y nos den la espalda.

Hasta que no tomemos las riendas de nuestro destino urbano, el cáncer que asola a la ciudad de México es de pésimo pronóstico.

 

 

 

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