La tarde parece brumosa, con ese bochorno que trae el inicio del verano. Deambula por el parque con un libro de bolsillo en mano, presumiendo su cultura y su desparpajo. Es un hombre viejo, curtido de arrugas morenas que perlan el cuello y la frente. Ahora usa sombrero a regañadientes, porque le incomoda o le distancia de las nubes y las jacarandas. Es sábado, así que puede recusar de la corbata y las agujetas, mientras mira de lejos a las mujeres jóvenes que pasean a su progenie con deleite y ropa ligera. En ese sentido se declara un esteta, acaso nostálgico de sus arrebatos de seductor. Hoy, la soledad y la vejez le otorgan su propio lugar en el mundo, a escasos minutos del crepúsculo.

– No hay queja – se dice –; me queda este anonimato, la coda del allegro y los retazos que he dejado como pedruscos a mi paso.

Ángela lo espera en una banca bajo el sauce llorón, arrojando migajas a los patos glotones y vocingleros. El tintineo de un carrito de helados y los gritos de la chiquillada preceden este encuentro.

Se detiene antes de bajar la cuesta para contemplarla. Es una mujer delgada, que ha perdido apenas su gallardía al encorvarse; aún se tiñe el pelo de oscuro y mantiene una sonrisa espléndida, enmarcada en pequeñas arrugas, sensuales y asimétricas, junto a la boca. En este momento está de espaldas, pero puede adivinar cómo azuza a las aves, parlotea como una niña o goza con la aventura de cada cita.

Se conocieron hace años, cuando amarse fue imposible: los hijos pequeños, la construcción de sendas divergentes, el temor a lastimar o perder el rumbo. Ella se quedó en el acantilado, y Raúl no volteó más porque las lágrimas le empañaban el paisaje.

Coincidieron alguna vez en reuniones de contemporáneos, que sabían de su melancolía pero la habían olvidado. Ahí, al amparo de la tertulia y la turbación del licor, se besaron subrepticiamente, como quien toca el pasado a través de un espejo que se vence. Según recuerda, no se miraron. Fue una suerte de despedida y caída en el precipicio; algo se había despertado de aquel letargo.

Décadas después, soñó con ella y se atrevió a confesarlo en una carta sin remitente. Tras muchos titubeos, volvieron a verse, a besarse y a tocarse como antaño lo anhelaron; cuando otros vientos encontrados lo impedían.

Rastrearon los espacios, desafiaron el tiempo y la vergüenza. Así, por fin hicieron el amor con ternura inusitada, bañados en penumbra y olores nuevos; ella desconfiando de su desnudez y él de su vigor, sin confesarlo.

¡Qué placer verla emborracharse de afecto, ingerido con la tersura del vino tinto y la piel erotizada! Saborear el mismo bocado como niños, vertidos en la saliva o en los dedos entrelazados. Besarla sin descanso, tomar aire de sus exhalaciones y suspiros. Tocar su espalda húmeda y reconocer a palmos ese territorio inexplorado.

Compartieron versos añejados en páginas donde alguna vez cupo la sorpresa; canciones reeditadas por nombres y caras insignificantes, pero aún así conmovedoras y frescas para la intimidad. Retomaron el resplandor de los barrios, la mesa a la que debieron sentarse y el menú que esperó varios lustros para descifrarse. También el rincón de aquella estancia donde se agolpa el invierno y cuelgan recuerdos y cuadros deslucidos. La ventana abierta de madrugada y el rumor de hojas que anticipa la lluvia cuando mengua el día.

Esta tarde viene a anunciarle que su cáncer se ha propagado, que esa fatiga de las últimas semanas es orgánica, que no quiere visitar a nadie ni pelear hasta el deshaucio. Que ha bastado su presencia y el cariño para exorcizar cualquier demonio, que su silencio y su mirada inundan todo el horizonte. Que no hay porqué zarpar a ninguna tierra ignota, que la vida en verdad nunca estuvo en otra parte.

Musitando un viejo bolero, Raúl da vuelta a la banca y entrecierra los ojos, deslumbrado por la luz tangencial que la sortea. Aparta la silla de ruedas para ver sus pies, inmóviles, que aguardan sus caricias. Los ojos nublados no miran a ningún lado, se pierden en la indiferencia obtusa que arrastra la ceguera.

Pero ella sabe bien que está ahí, conteniendo el saludo, atento a sus gestos desde que se acercaba con sigilo, jugando a la travesura y al denuedo.

– Ven, bonito, siéntate a mi lado.

En ese instante, disipa su languidez. No hay nada que temer; Ángela está aquí y toda pena se pierde cual brisa vespertina en su regazo.

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