Al Dr. Jorge Moreno Aranda,
con gratitud y cariño

Es un día habitual en el hospital de Veteranos. Sopla un viento rasante desde el Schuylkill que congela el alma. Bocanadas de vaho anuncian su acceso al edificio. Se pregunta qué arbitrio hizo que se construyera el hospital junto a un cementerio, cuya periferia hay que recorrer antes de tropezar con el sufrimiento de los vivos.

  • Tal vez somos más bien zombies, exiliados y sin ataduras; cadáveres que deambulan sin rumbo después de atestiguar tanto odio y desesperanza – piensa, apretando la mandíbula al trasponer el umbral.

A esta temprana hora, la sala de pacientes psiquiátricos está rebosante y las secretarias insisten a los médicos para que reduzcan el tiempo de cada entrevista.

Rick pasa con desgano frente a las máquinas de golosinas, pregunta algo al guardia y sigue sin inmutarse hasta la sala de Urología. Un letrero a su derecha lo dice todo: STDs – signs & symptoms.

Su último “deployment” en Tikrit lo acercó a las fauces del infierno. El avance de Daech, la población en ruinas, aquella desolación y bajeza humanas. Cuando conoció a Saniya no reparó en su condición errante, en su obsequiosidad o su aspecto. Necesitaba un pecho sobre el qué llorar, unos brazos que le imprimieran candor de nuevo, un cuerpo en donde hundirse y perder conciencia del estrago.

Le pagó diligentemente esas cuatro noches, bebió aguardiente hasta inmolarse y cuando despertó por fin, obnubilado y yermo, quedaba su aroma y el ruido distante de los misiles ante el calor envolvente, ajeno como su rabia.

Esta mañana camina un tanto repuesto, de vuelta a casa; aún con el desgarro emocional y sus crímenes a cuestas. Arde su cuerpo con cada micción, como un escarnio, como un castigo.

– Haremos un cultivo de tu descarga uretral – le dice el médico sin emoción alguna, con una calma burocrática que lo irrita aún más.

Tendrá que esperar dos horas afuera de la clínica, en el reducido espacio para fumadores; insuficiente para todos esos viejos en silla de ruedas y muletas, enfundados en harapos, que visitan asiduamente el nosocomio.

La descripción de las enfermedades venéreas data del papiro de Ebers y del Viejo Testamento, donde se habla del “asunto que fluye” y que “…el hombre debe lavar su semilla y apartarse de la mujer por siete días” (Levítico 15: 2 – 33). Pero fueron los célebres médicos de la Antigüedad (Hipócrates, Celso y Galeno) quienes acuñaron el término “gonorrhoea” (literalmente: flujo de semilla) y Soranus de Éfeso, quien describió la enfermedad (1).

El primer tratado en forma de los padecimientos urogenitales lo debemos al gran médico Avicena (980 – 1037) quien en su Canon (al-Qānūm fī’ţ-Ţibb) recomendaba irrigaciones para los efluvios de la uretra; hallazgo eventualmente matizado por Maimónides (1135 – 1204) cuyos aforismos describen con elocuencia que se trata de “un fluido que escapa sin erección o sentido de placer, espeso, y que procede de los amoríos y los excesos”.
Quizá por ello el prejuicio en contra del libertinaje se atribuyó a los franceses, y de ahí la designación de morbus gallicus, peste de Burdeos o mal de Poitiers. A cambio, la cultura popular parisina devolvió el cumplido, señalando a la sífilis como el “escozor napolitano”.

Desde la Edad Media (las enfermedades venéreas se describieron genéricamente por Bethancourt de Rouen en 1527), los italianos culparon a los portugueses, los portugueses a los españoles, los alemanes a los polacos y los victorianos a las prostitutas. Tal como ahora se estigmatiza a los subsaharianos, a los homosexuales y a los inmigrantes como responsables de todos los flagelos de la humanidad.

Se considera que la sífilis (término acuñado por Fracastoro en el siglo XV) fue traída al Nuevo Mundo por los marinos de Cristóbal Colón, pues por aquellas fechas causaba estragos en el sitio de Nápoles (1495). Por increíble que parezca, el tratamiento del lúes al debutar el siglo XX era sustancialmente el mismo; a saber, infusiones de ocho partes de diversos compuestos herbicidas con una parte de mercurio. De ahí el dicho que prevalecía hasta la Gran Guerra: “Una noche con Venus y dos años con Mercurio“.

Para darse una idea, la famosa novela “Candide” de Voltaire retrata a un personaje, el doctor Pangloss, “cubierto de escaras, los ojos medio muertos, la punta de la nariz carcomida, boca tumefacta, dientes ennegrecidos; hablando con la garganta y presa de una violenta tos”. Descripción que podría aplicarse tanto al remedio como a la enfermedad.
Hacia finales del siglo XVIII, un tercio de los pacientes del reputado Hospital Saint Bartholomew’s en Londres padecían enfermedades venéreas que sólo gracias al Dr. Philip Ricord (1838) podían distinguirse semiológicamente.

El despunte de la modernidad trajo consigo la identificación de Neisserias y Treponemas, además de pruebas serológicas para el diagnóstico (August von Wassermann, 1906). A contramano y de la mano del insigne Paul Ehlrich (1910) llegó la  arsfenamina, a la sazón patentada como Salvarsán (o compuesto 606, por el número de intentos experimentales que le precedieron) (2). Esta peculiar sal de arsénico permitió salvar millones de vidas durante la Primera Guerra Mundial y fue el único tratamiento efectivo contra la sífilis hasta el advenimiento de los antibióticos.

Hace apenas un año, el Centro de Control de Enfermedades (CDC) de Atlanta actualizó las indicaciones para tratar los padecimientos transmitidos sexualmente (3). Como descubrió Rick en su visita al VA Hospital, la blenorragia debe tratarse idealmente con una dosis única intramuscular de ceftriaxona seguida de azitromicina o doxiciclina, debido a los altos índices de co-infección con Chlamydia, previa confirmación por amplificación de ácidos nucleicos en orina o secreción uretral. La terapia con penicilina benzatínica, tan popular a mediados del siglo pasado, no se recomienda por la resistencia detectada en numerosos casos.

Hoy las infecciones por papilomavirus (HPV), hepatitis C y ante todo, el SIDA, ocupan un orden primordial y constituyen la peste contemporánea, silenciosa y mortífera como los fantasmas del pasado.

Nuestro enfermo sale al amparo del endeble sol de otoño, pisotea la colilla sin importarle la mirada de desaprobación del vigilante, y se apresta a tomar el autobús a ninguna parte. Esta noche se refugiará en una taberna para ahogar su soledad y quizá mañana, si el ardor ya no lo desvela, merodeará las calles en pos de compañía.

Referencias.

1. Waugh MA. History of Clinical Developments in Sexually Transmitted Diseases. In: Holmes KK, Mardh P–A, Sparling PF, Wiesner PJ, eds. Sexually Transmitted Diseases. New York: McGraw-Hill; 1990: 3,4,40.
2. Taludkar J. The history of sexually transmitted diseases. Int J Med Health Sci. July 2012, Vol 1; Issue 3; 83 – 88.
3. Workowski KA et al. Sexually transmitted diseases treatment guidelines, 2015. MMWR Recomm Rep 2015. June 5; 64:

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