A les tietes Montse i Encarnaciò
que em varen conduir
venturosament entre la mort i l’amor

Como tantos de mi generación, fui un adolescente difícil. Mis padres deben haber pasado muy malos ratos, pero en su candidez, estuvieron atentos e impotentes hasta que amainó la tempestad.
El cabello me caía sobre los hombros ocultando como una cortina el acné y la vergüenza. Comía mal, fumaba como un “chacuaco” (años después investigué el significado) y en mi arrogancia, desdeñaba a todos aquellos que osaban orientarme o criticarme. ¡Cuánto miedo a crecer se esconde en la rebeldía! En fin, eso y bastante desenfreno definen el proceso de adolecer.
Vestíamos con pantalones ajustados de mezclilla, los “jeans” – tan pródigos en la actualidad – eran dominio de obreros y estibadores. Repudiábamos las corbatas, la elegancia, la vida pública y el pasado, como todo inconforme que se precie de encarar el devenir en un salto hacia el vacío. Vencíamos la timidez tras aquella euforia y petulancia que hoy nos hace sonreír en el recuerdo; por supuesto la única forma de acercarse a una mujer sin tartamudear o sonrojarse.
En la vorágine de los estupefacientes que siguieron al aciago otoño del ’68, nos invadió el miedo de perder las alas para siempre. Muchos Ícaros nunca regresaron del abismo. Quienes nos salvamos, estaremos en deuda con las tías, las abuelas, los psicoterapeutas o los amigos “fresas” – como solíamos denostar – que nos mostraron otros caminos más prometedores, alejados de la rabia y la turbación que nos hervía en las venas.
En mi caso, la luz tenue cayó por serendipia. Ante la disyuntiva de seguir amenazado por la demencia y el estrago, se me ocurrió proponer una salida aventurada: “Quiero estudiar literatura en Barcelona”.
Mi madre, cuyas raíces seguían teñidas de cuatro barras de sangre, se embelesó. Pero fue mi padre, a regañadientes, quien facilitó la huida, consciente de que ningún otro amor podría redimirme.
No sólo eso. Para mi sorpresa, estaba ahí para abordar el avión que me llevó en sentido inverso hacia el exilio. Cataluña entonces vivía bajo el yugo de la iglesia y el franquismo, pero era un país limpio, sembrado de jóvenes ingenuos e imbuidos de futuro.
El entrañable primo Xavier me recibió, titubeante pero ilusionado de tener un camarada a quien mostrarle el horizonte, y me regaló “de entrada” una entrada al Gran Premio de Montjuich. Fue toda una revelación: caminamos entre aquellos bólidos admirando las insignias, los motores, el brillo y la ostentación de la mecánica. Él seguro de sí mismo, aficionado a las carreras; yo, deslumbrado por un mundo ignoto donde no cabían la melancolía y el suicidio.
En aquellos días, los letreros de las calles, las clases en la Universidad Central, las películas y los eventos públicos se escenificaban en castellano, que claramente era el idioma del vasallaje y la represión. La lengua autóctona era sólo nuestra, clandestina, íntima: el idioma de las tertulias y los encuentros sexuales, el de las plegarias y la poesía, el de las confesiones y las declaraciones de amor.
Antes de dejarme en manos del destino, aún vacilante de mis talentos, mi padre me acompañó a ver una película de John Huston en un pequeño cine del Paseo de Gracia, el único que proyectaba filmes en su versión original.
Debe haber impreso una huella indeleble en mi alma atribulada, porque casi medio siglo después puedo recordar diversas escenas cargadas de afecto que me conmovieron. En ellas, un bachiller del París del medioevo cruzaba los senderos de Europa que pululaban de peste bubónica. Su misión era alcanzar el mar, como un premio a la proeza académica recién lograda. En ese viaje descubre su virilidad, pone a prueba su inteligencia y derrota a todos los demonios que confronta, sin espadas, solo con la fuerza de su candor y su palabra.
Se hace hombre a trompicones, aterrorizado de la tragedia que se yergue a su paso. Reniega de la iglesia y el oscurantismo, como una metáfora refulgente del Renacimiento expresada en un hombre señero que se arroja a la esperanza.
Cuando por fin se acerca al océano, al caer la noche, y puede escuchar tras las dunas el atronar de las olas, nuestro personaje encuentra a una mujer, bellísima, que le roba los ojos y lo seduce.
En su arrebato, después de verter en ella todo su brío y su deseo, escucha el llamado de las armas y regresa. El mar, acogedor y rugiente, se queda esperándolo, como una madre que podría ahogarlo en su inmensidad y su abandono.
En esos pocos años de mi devaneo con la filosofía, me rescaté y fui rescatado. Las voces de las tinieblas y la confusión se disiparon; volví para hacerme médico y tomar la tierra (que no el cielo) por asalto.
Hoy, con cada día transcurrido, mis enfermos me recuerdan que cualquier tramo ha valido la pena; su gratitud es la mejor lección de modestia y cometido.
Si bien plagada de avatares, la vida es eso: una travesía entre el amor y la muerte.

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