El féretro es de poliestireno, cortado con precisión y simetría; engarzado con aldabas de aluminio y plástico a cada lado. Entre las flores de variados tallos que lo adornan, circulan al azar las gallinas y los perros. Una gran lona amarilla – de las habituales en los mercados – nos protege del sol inclemente mientras llegan los deudos y los curiosos.
Ella está ahí, ausente, disipada en su dolor inefable, tratando de aferrarse a algo que no la mate. Inclina la cabeza y deja caer los ojos en la tierra, como horadando un sentido hasta el infierno.
Decenas de niños con mejillas despulidas por el sol y el frío corretean entre los asistentes, se arrebatan las patas de pollo y juegan a empellones sin comprender que el aire se crispa en su derredor.
Una cruz de cantera con fechas labradas precipitadamente en cincel revela la corta edad del cadáver, a quien nadie osa descubrir. Mientras sale la procesión, la han recargado suavemente contra las ofrendas.
El ataúd permanece seco, apenas trocado por haces de luz matutina, listones engrapados en la tapa para darle un toque de elegancia en ese mundo donde la higiene escasea y el hambre se comparte.
Al fondo observo mujeres atareadas en cocinar arroz o hervir aves y pellejos. Es una tarea solidaria donde se van incorporando las que emergen del poblado, mientras los hombres se desplazan como hormigas a través del gentío para proveer incontables botellas de gaseosa (Coca-Cola, Jarritos, Mirinda, etc.), una y otra vez; fluidos multicolores para el abatimiento. La propiedad se ha convertido en un centro de acopio.

Quienes reclaman mi atención y, por supuesto, la idolatría de los pequeños, son algunas abuelas que acceden arrastrando los pies o ancladas en bastones otrora pulidos de algún cedro. Visten rebozos roídos y cubren sus rodillas combas con largos vestidos en tonos sepia o azul. Miran atentamente con sus ojos grises y gastados, son las que juzgan y observan, quienes guardan los espectros y calculan los pecados.
Más tarde acude por la orilla un hombre ataviado con corbata; lo veo a la distancia secándose el sudor de la frente cual emisario de una metáfora bíblica. Es, en efecto, el ministro de esta congregación. Mantiene un aire remoto como si viniera de otro orden de cosas, ajeno a la redención y al acto que lo convoca.
Entra sin inmutarse y se dirige al estrado improvisado, frente a la casa de concreto a mal terminar. Los dolientes callan y esperan su mensaje con veneración. A todas luces es un ritual ensayado repetidas veces, con esa anticipación que alguna vez vi en las arengas de Mussolini, Hitler o los ayatolas; absolutamente dueños de la atención de sus huestes.
Antes que él, un hombre adusto, casi susurrante, toma la palabra. La hermandad ha callado; algunos sujetan misales contra el pecho o bajo el brazo. El ambiente se ha espesado con sumisión y avidez. Poco a poco, el conjuro surte efecto, todos cantan, incluso los más pequeños que vociferan al unísono para seguir el ritmo y la letanía.
Al escucharlos, sus notas evocan corridos, redovas o boleros, pero el tema es invariablemente el mismo: apelaciones al Señor, desdén por las miserias de la existencia y afán por las recompensas que aguardan en aquella otra eternidad. Los himnos han sido elegidos con cuidado y el ministro parece complacido, mientras ubica los textos antes de cada entonación.
En estos rincones de la depauperización y el abandono social, la religión es una fuerza cohesiva insospechada. Lo mismo que en las calles polvorientas de Palestina o los senderos boscosos en penumbra de Sri Lanka. Los hombres desisten del alcohol y celan a la familia, lejos de la evasión que induce la falta de empleo; las mujeres encuentran sentido en procurar la argamasa social: crianza, comida, el telar de relaciones familiares y comunitarias. No hay quejas, todo este sufrimiento al servicio de una causa común: la salvación.

Cuando cesan los cantos, el hombre se ajusta el traje deslucido y coloca con autoridad su biblia sobre el atril. Alza la voz justo para inundar el recinto abierto, en un calculado ejercicio de proselitismo. Tras un breve preámbulo, glosa la parábola del resurrecto, que introduce con aquello de: “Si hubieses estado aquí, Lázaro no habría muerto“. Los siguientes minutos se traducen en una suerte de acrobacia retórica para desembarazarse de esta premisa cargada de culpa y mostrar que lo relevante es el desenlace. Debo reconocer que el ministro sabe desenredar las contradicciones inherentes a su propio discurso y salir airoso cuando no hay explicación  inmaterial para la injusticia o la muerte de un niño.

Mientras atiendo la ceremonia, pienso en la desigualdad, el abuso y el cinismo de décadas de gobernantes que se cierne sobre esta buena gente. Medito acerca del vínculo que nuestra cultura ha trazado con los difuntos: el color del zempasúchitl para señalarles el camino, las viandas para sosegarlos, las calaveras de azúcar para dulcificarlos; todo el ritual para confraternizar, seducir y acaso exorcizar a “la huesuda”. Por ello, tal sincretismo místico – que confunde a los extranjeros – ha dejado de asombrarnos; estamos de paso, rezan los vivos. Tras el telón del sacrificio, más allá del sufrimiento corpóreo, todo es goce; sin deudas, sin ataduras. Lo ultraterreno cobra vida, la promesa de una permanencia exenta de penurias, donde no habrá que sudar ni llorar para obtener consuelo o sustento.

Aquí donde la miseria y la infección se confunden, donde morir es un acto dolorosamente esperado, quizá  porque en la patria (concepto teñido de ambigüedades) se han erosionado los montes y las oportunidades, se han secado los arroyos y la esperanza, y no queda, en fin, nada más halagüeño que la muerte.

PS. El título alude a la canción “Adagio en mi país” del insigne Alfredo Zitarrosa (1936 – 1989)

 

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