Intimidad

Intimidad

Semana a semana, abro esta puerta de cristal apoyándome en la rutina. Repaso la agenda con acierto e incauto el idioma de mis enfermos, que son la razón de bosquejar historias y darles lugar en este alud de significados y síntomas que integran lo sublime.

Me viene a contar que se levantó esa mañana sin convicción. Es un hombre adusto, visiblemente deprimido, que carga en sus ojeras muchas muertes. Le he dicho – en tono defensivo, incluso fóbico – que puedo escucharle el corazón, pero sé poco del alma humana. Él parece obviar mi resistencia, tomándolo como una metáfora para insistir en sus desvaríos.

Mi oficina es fría, así que lo detengo con la mano en alto para encender el calentador eléctrico. Aprovecho para tomar un respiro y salir del espacio que me atenaza, para recomponerme.

Nos conocemos hace años, Héctor con su arritmia, yo con mi dedicación a cuestas. Viste con elegancia, pero puedo notar como sus trajes – a la par que la edad – han adquirido una opacidad que empata con su desánimo. Examino con atención flotante sus entradas, los dientes enmohecidos por tabaco, las arrugas del cuello que se extienden sobre el nudo de su corbata añeja, las manos ásperas y vehementes.

Admito para mis adentros que esta noche estoy evasivo, preferiría que se fuera, que encontrase otro interlocutor mejor dispuesto.

Pero Héctor no ceja, se acomoda en la silla y pasa por alto mi silencio reticente.

  • La dejé, Román. No pude más con sus reclamos y el olor a sardinas por la noche.

La combinación de esta apertura me resulta tan reprensible como un crimen. Estoy a punto de espetar mi disgusto, cuando se ablanda y sigue.

  • Ella se merece un hombre mejor, que la atienda, que la mime. Debo haber perdido el rumbo hace años, cuando salí al mundo y me descubrí infeliz e ingrato.

Lo observo con fingida paciencia; su voz desgarrando este soliloquio me resulta fastidiosa, pero acepto que se trata de una catarsis y no atino a interrumpirlo. Héctor desvía la mirada hacia las luces que parpadean a mis espaldas, rememorando.

  • Como recordarás, Sofía me enseñó a pintar, a disfrutar el arte. Mi incultura fue el pretexto para amarme… o quizá debo decir, para rescatarme de mí mismo. También está cansada – lo comprendo -, ha olvidado la ternura, y somos como dos cisnes que se alejan.

Es verdad, Héctor fue siempre un individuo que evitaba los placeres triviales, a despecho de quienes lo convocaban, inmerso en su trabajo de profesor universitario. Se forjó un prestigio razonable (que es como decir mediocre) porque escribió varios ensayos y críticas literarias que derivó de su tesis doctoral. No volvió a cruzar por los parajes de la inventiva y acabó por decepcionar a sus mentores. La inteligencia lo salvó del tedio, pero se hizo infecundo y, peor aún, engreído en su abyección. El divorcio no fue sorpresa para nadie; su ex mujer estaba harta del sigilo y la complacencia. Entiendo que ella rehízo su vida, mientras él seguía pululando en las aulas universitarias con audiencias cada vez más exiguas.

Fue entonces que lo conocí; había notado un “salto en el pecho” que atribuía a sus desvelos y su obstinado tabaquismo. En eso tenía algo de razón, aunque su deseo de morir lo ensombrecía todo. Mi primera consulta fue al grano, pero descubrí a un sujeto mancillado y su tormento me conmovió, quizá porque vi en su cara acuosa mi propio reflejo en el río. Héctor parecía debatirse entre el delirio y la pereza, calado por una herida narcisista imposible de sellar.

No suelo congeniar con mis pacientes, pero él tenía algo femenino que me atrajo y me repugnaba a un tiempo. Además de tomarle la presión y auscultar con atención sus extrasístoles, aceptaba convidarle un té para que me relatara sus periplos por los horizontes de la literatura.

En especial, era docto en letras irlandesas y tenía un conocimiento arrebatador de Joyce y Beckett. A veces traía una botella de Bushmills al pardear el día y me esperaba leyendo mientras yo terminaba la consulta. Había seducido a mi secretaria con halagos y el ocasional ramo de flores para que su presencia no sobrara; un gesto incómodo que me obligaba a recibirlo (aunque sabía bien que yo tampoco tenía adonde llegar).

Cuando me notaba más irónico, se excusaba con algún contratiempo y dejaba a medias la conversación, suspendida en un manto de culpa.

En tales circunstancias, me embargaba después una apremiante modestia y le pedía a mi asistente que lo llamara para disculparme y ofrecerle una nueva cita en cuanto mi agenda lo permitiera. Así se fue llenando mi librero de volúmenes que atesoro: Tristram Shandy, The Book of Evidence, Molloy, Belfast Diary, The Granta Book of the Irish Short Story, James Joyce´s Ireland y una colección magnífica de Yeats anotada por Richard Finneran.

En torno a estos obsequios, Héctor se fue haciendo más entrañable y necesario. Dejé de cobrarle, por supuesto, dada su asiduidad y lo poco que yo invertía en su cuidado estrictamente médico. Me hice parte de su familia sin reparar en ello, intuía sus desencantos, sabía cuando había dejado de escribir y se refugiaba en la música para huir del ruido.

Ante todo, noté como se fue encorvando con los años, como perdía todas las batallas; acaso porque había abandonado los pertrechos y se negó a blandir armas cuya destreza se le escapaba. Creo que en reciprocidad yo dejé de oir el chasquido de su corazón y sus retumbos. Repetí la misma receta durante un lustro, ocasionalmente añadiendo un analgésico, vitaminas o la imperdonable aspirina. Me hice literato y abandoné inadvertidamente mi interés por la enfermedad o sus subterfugios. A últimas fechas, estoy sumido en los meandros de una novela que me quita el sueño y no alcanzo a desenmarañar.

En esta visita, Héctor me mira con recelo, sale sin despedirse y arroja sobre mi escritorio una copia subrayada del “Homage to Barcelona” de Colm Tóibín, consciente de mis afinidades por la ciudad condal. No sé si volverá, supongo que hemos cruzado el precipicio.

 

 

 

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El ruido del tiempo

El ruido del tiempo

A medida que perdía el oído, envidiaba la creatividad de Beethoven, quien supo articular melodías ajeno al silencio del universo. Ella dejó de llamarlo y comentarle los sucesos del día. Pasaba de largo, simplemente. En sus ojos se adivinaba una cierta indiferencia, que suplantaba la resignación de otros tiempos.

Se refugió en la lectura. Las ventiscas rusas, los páramos de Europa, la seca melancolía del suroeste americano. Tolstoi, Goethe, Faulkner…lo que cayera en sus manos.

Esa mañana trataba de descifrar el clarinete que serpentea tras la viola de Max Bruch cuando sintió el colapso.

En un instante lo dedujo todo: no vería más a su hijo ausente; obviaría las campanadas que bosquejan los domingos, el pausado discurrir del río mezcla de lluvia y memoria, cualquier amanecer, la marcha del reloj en su rincón favorito, la sonrisa tenue de las aves, y la soledad compartida de los condenados y los viejos.

Cayó como un fardo, sin emitir sonido. El pulso se había evaporado cuando lo encontraron. Sostuvo el libro en un garra, con tanta fuerza que requirió de dos paramédicos para desprenderlo.

Su mujer, bastante hecha a la idea, lo hojeó por un momento y ajustó el separador.

– Faltaba poco – dijo para sí. Y se aprestó a llamar a la familia.

El ejemplar permaneció olvidado en la mesa del vestíbulo hasta que Julián lo descubrió, atraído por su nombre y el perfil en la portada.

Las páginas se abrían solas, un embrujo sin duda desde la primera estrofa. Música contenida, ritmo de suyo, como si el escritor deliberadamente matizara al personaje a través de su obra.

Dimitri Dimitrievich, cacofonía sólo digna de un compositor.

Un niño frágil, evasivo, que encontró en el piano un remedio para atenuar el fragor que lo ensordecía. La autoridad de una madre, irrevocable, capaz de penetrar todos los resguardos. Y después, la penumbra.

Con el poder afianzado, los revolucionarios se tornan amargos, paranoicos y carnívoros. Una verdad que trasciende fronteras y latitudes, que acalla sin piedad a todo humilde intérprete de la música celestial. En aquella oscuridad, se suponía que los compositores deben calentar al proletariado como el carbón y la leña, constantes y sin desviaciones.

Lenin publicó en tono de advertencia “la enfermedad infantil del izquierdismo” en 1920, y su espectro cayó sobre Shostakovich como un telón sucio e inamovible. Un arma maleable adscrita al interés del pueblo pero empleada a placer por la autarquía y su burocracia.

– Esa voz desentona; arias disonantes que remedan el carácter histérico de la burguesía – vaticinaba Pravda, para sentenciar la crítica despiadada de su ópera. Veredicto y condena en un plumazo.

Los romances son idilios sólo cuando han terminado; y su amor desventurado por la patria y la autoridad se atomizó ese invierno. Uno debe amar sin miedo, sin estorbos, sin pensar en el mañana, y después, enterrar el remordimiento.

El “ingeniero del alma” – según la jerga estalinista – había defraudado su función para incurrir en semitonos, cadencias estridentes y, peor aún, veleidad hacia los halagos del imperialismo. Sus chillidos serían acallados, definitivamente, por el bien del pueblo.

– Aunque me corten las manos, yo seguiré escribiendo música con un lápiz en la boca – había dicho desafiante, pero sotto voce, temeroso de ser escuchado.

El fracaso de la política económica se sentía en todos los ámbitos de la vida soviética, y resonaba en las teclas ahogadas de su piano. ¿Para quién escribiría ahora? ¿qué acordes mudos lo salvarían de la hoguera? La música para complacer a las masas se había vuelto impenetrable.

Con su negativa de recibirlo en Nueva York, Stravinsky lo había resumido todo: “Lamento no poder unirme a quienes dan la bienvenida a los artistas soviéticos que vienen a este país. Pero mis convicciones éticas y estéticas se oponen a tal gesto”.

Basta una denuncia, una lisonja equívoca hacia Stalin para caer en el ostracismo, para sumergirse en el ruido incesante de las máquinas y los cencerros; para que las armonías se quiebren con el hielo en la tundra más árida, bajo la sombra perpetua de la ignominia y el terror.

Pero Dimitri supo, pese a todo, sortear las delaciones y la envidia, reconocerse tras el discurso oficial – aún en su propia afonía de títere -, esperar la decadencia y la muerte sin dejar de cantar; acaso un susurro, sin perder el aliento.

Más aún, entendió que la música no puede mentir, se resiste al cinismo. Una vez interpretada con pureza se adueña de sí misma, cobra vida: se torna estentórea y perenne.

Su integridad moral puesta a prueba constantemente; como la salud, que pertrechaba con collares de ajo durante sus viajes en tren de Moscú a “San Leninsburgo”, atestados de tifo y parásitos; como la justicia, que defendió frente a la indolencia oficial hacia Babi Yar, ante el arresto de Joseph Brodsky o alzándose contra la pretendida rehabilitación del tirano.

El arte es un murmullo que trasciende el ruido del tiempo, que lo mitiga, que lo reduce a ritmo temperado y recurrente. El arte es para todos – afirma el autor – sin artilugios demagógicos, sin precio, sin medida. El compositor lo amalgama, el escritor lo devela y el artista plástico lo recrea; más allá de los colores, los arpeggios y el soneto, el arte se derrama en un rumor líquido, eterno, que destila en todas las sustancias.

Los pulgares escinden el libro, en tanto Julián medita acerca de sus adherencias. La descalificación y la dudosa tenacidad que profesaba en sus prédicas. Inflexible, imbatible, más hombre que nadie, pero en el fondo atemorizado de ser desigual, de no encajar en la militancia. Los textos repetidos casi de memoria, el ruido de sus palabras como dardos, saetas amenazadoras y rígidas.

– Ustedes, los enemigos del proletariado… – comenzaba cada arenga, con aquel efecto atronador e intimidante.

Los sauces ondean a la distancia mientras rememora. Estuvo preso por unas horas, y es con vergüenza que hilvana la imagen de los que fueron golpeados y los que cambiaron de piel para trocarse en informantes. A él, apenas lo sacudieron. Quizá porque les resultaba inocuo con su aspecto de niño. Tal vez los otros lo protegieron con sus cuerpos y su temple. Eran épocas donde la tortura abundaba y se hablaba de desaparecidos que paradójicamente engullía el silencio.

Al final, su elocuencia se desvaneció y los fantasmas poblaron los senderos. Pudo más la necesidad que la convicción mesiánica de cambiar el nombre de las cosas o el espíritu del heroísmo. La historia se hizo para transitarla, no para trascenderla.

De un golpe sordo, Julián cierra el libro de cualquier manera. El sol ha caído y se deja acompañar por el crepúsculo. Las notas del segundo concierto para Cello de Shostakovich inundan el ambiente y él vuelve a ser quien ha podido ser para ocupar este vacío.

PS. La prodigiosa novela de Julian Barnes, The noise of time, publicada en 2016 por Penguin Random House, es el sustrato de esta apología.

Vive la différence

Vive la différence

El reciente atentado en la discoteca Pulse de Orlando donde fueron acribilladas decenas de personas, pone de manifiesto el odio como punto de partida de las relaciones humanas.

En efecto, hace más de un siglo, Sigmund Freud advirtió que “el odio precede al amor en la formación del sujeto”. El argumento que esgrimió es que el infante requiere distinguirse de la madre para continuar su subsistencia y si bien la sensación de desamparo es fundamental como germen de angustia, también lo es la implantación del deseo como significante de lo que se tiene y se pierde.

Me refiero explícitamente al pecho materno como fuente de sustento, tan anhelado como imperativo en las primeras etapas del desarrollo; pero que obligadamente tiene que dar lugar al rechazo y a la distancia física – luego afectiva – que precede a la individuación.

Aquí el acento. Para que un ser humano se haga sujeto de deseo, e invoque su unicidad frente al otro que provee y contiene, es indispensable que haya un rechazo, un desamor, una decepción, un distanciamiento que por sí mismo estructura.

Es decir, sin la distancia del objeto deseado (pecho/leche, madre/ternura) es impensable un ser individuado, un alguien separado de los demás con su propio carácter, su personalidad; en fin, su lugar en el mundo. Nos hacemos hombres y mujeres a expensas de poner distancia, rechazar a quien nos retiene, saliendo del abrazo que protege pero a la vez atenaza.

Puede parecer excesivo, pero este movimiento emocional requiere una dosis de violencia. En ese tenor, los pequeños suelen decir “ya no te quiero” repetidamente a la madre cuando no cumple sus demandas. Está claro que una mujer que puede con tal repudio, brinda la oportunidad de que el hijo se haga cargo de su enojo y lo resignifique como inconsecuente: “puedo odiar a mamá pero no por ello me abandona”.

Esta última premisa es determinante. La posibilidad que un individuo se otorga para desestimar a quien provee sustento y protección, establece gradualmente la confianza en sus propios recursos para nutrirse y zarpar hacia el mundo sin temor de ser aniquilado.

Insisto, puede sonar exagerado, pero en la lectura inconsciente matar al otro es equivalente a renunciar a su amor, un proceso que debe hacerse con mucha cautela. Por supuesto, si los padres pueden tolerar el devaneo, ese ir y venir del hijo que quiere separarse pero no encuentra acomodo; si pueden dejarlo ir poco a poco sin desampararlo; darle alas pero cerciorase de que las aprenda a usar en vuelos cada vez más azarosos, estarán brindándole los elementos para crecer sin miedo.

Por eso la mirada del padre y la templanza de la madre son dos componentes esenciales para la confianza en uno mismo. Cuando faltan o fallan, la experiencia de autonomía se vive como si nos arrojaran a un abismo, incierto y sombrío.

Ahora bien, ¿qué hacer con ese odio, esa violencia que exige la emancipación de cada sujeto?

Evidentemente hay gradaciones. En numerosos hogares – y cabe afirmar que la educación va de la mano con la consonancia afectiva – la violencia de la separación es inaudita. Los hijos son lanzados al mundo como petardos, rechazados en cuanto exigen más o crecen sus expectativas, odiados porque irrumpen en la pareja y depauperan la economía familiar ya de suyo restringida.

Si a eso agregamos la falta de espacio, la ausencia de distracciones y la necesidad que cae sobre la familia para proveer sustento a más bocas, el panorama es muy poco amable. El destete se vive con gran ambivalencia, no hay comedimiento para incorporar a la progenie en sociedad (la escuela no es garantía de un futuro solvente) y se exige que los hijos contribuyan a la economía lo antes posible; no que se vayan o se independicen, porque eso amenaza a los que se quedan.

En ese entorno, las familias apelotonadas (en México se les llama “muégano” en referencia al dulce de maíz inflado con miel) no permiten la escisión o la individuación, lo cual contrae un montante agregado de violencia. Rabia por quedarme, rabia y culpa por quererme ir.

Así, podemos explicarnos que muchos de los atentados que circulan en la prensa escrita y virtual son producto de sujetos resentidos, que han experimentado el odio de forma constante en su hogar o su comunidad, que son rechazados o excluidos, que se sienten extraños y nunca se asimilan a la sociedad que podría acogerlos.

Este último ejemplo nos trae a un hijo de migrantes afganos, residente de Florida, cuyos padres huyeron de la guerra sectaria de un país invadido por los tanques soviéticos, habituado a la violencia hogareña, que golpeaba y violaba a su mujer, profundamente contrariado con su destino y su inserción en una sociedad competitiva que lo discrimina por su origen árabe, su ambivalencia sexual y su machismo.

Cualquier día se arma con rifles automáticos (a la venta libre si uno carece de antecedentes penales), se erige en simpatizante del odio sectario y se apresta a reivindicar sus adhesiones ideológicas y homofóbicas contra un puñado de inocentes que bailan en la noche veraniega.

La homofobia, la violencia de género y el odio racial tienen el mismo sustrato. No hay complots ni mensajes subrepticios de ejércitos clandestinos. Tampoco es “terrorismo doméstico”, whatever that means. Es simplemente la abominación, materializada en un individuo, que una madrugada cualquiera hace implosión y se desata contra un blanco preconcebido.

En sociedades más gregarias y más incivilizadas, el odio se ejerce como una oleada tribal donde el enemigo debe ser destruido para salvaguardar la propia subsistencia. Piensen por un momento en lo regresiva que es tal premisa, común a los hooligans rusos e ingleses, la Mara Salvatrucha, los cárteles de la droga en cualquier latitud y tantos otros grupos criminales.

Nadie está exento, de modo que resulta harto adecuado congregar el racismo y la animadversión cuando se trata de vindicar los atentados (las Torres Gemelas, la discoteca Bataclán): todos unidos contra el monstruo, contra todo lo que representa; el rencor nos amalgama y nos legitima.

Como puede deducirse, no es un problema circunstancial; tampoco se mitigará si se distribuyen armas en la población civil o si se impide que los extraños transgredan las fronteras nacionales. El odio nos antecede como especie, nos instaura como sujetos, nos señala y nos individualiza.

Acaso la única vacuna contra tales sentimientos y su puesta en escena es la contención, la educación a todos los niveles, la reflexión como venero de diversidad y la profusión de oportunidades. Obligaciones de todo gobierno, es cierto, pero tan ajenas a la humanidad como el perdón y la tolerancia.

 

 

Alí, boma ye!

Alí, boma ye!

Obviamos el parpadeo del televisor cuando cayó el gigante, derrotado para siempre por el imponente campeón. Mi hermano imitaba los pasos de Cassius en medio de la sala y lanzaba golpes al aire, repitiendo entre risas: “Stings like a bee!”. La escena se repitió varias veces para llenar el espacio televisivo que había sido cercenado antes de dos minutos del primer round.

Festejábamos como tantos niños del mundo la insolencia y el atletismo de aquel extraordinario boxeador, que saltaba en el ring como si fuera peso welter y golpeaba con la fuerza  de los completos. Pese a nuestra bisoña afición boxística, nunca habíamos atestiguado nada igual. Los documentales de Joe Louis, Rocky Marciano, Max Schmelling e incluso Floyd Patterson no daban cuenta de alguien tan ágil, tan elusivo y a la vez, tan contundente. Se iniciaba una era donde el box nos llevaría de la mano por cinco continentes, siguiendo a ese ídolo que ratificaba su corona ante los detractores y los escépticos.

Lo vimos derrotar sin misericordia a George Chuvalo, Henry Cooper, Brian London, Ernie Terrell y con un despliegue mágico, al gato Cleveland Williams, considerado el peleador con puños de hierro más amenazante de aquellos años. Para entonces, Clay había abrazado la “Nación del Islam” que políticamente refrendaba a Malcolm X y la supremacía negra. El establishment blanco conservador no permaneció impávido ante este nuevo desafío: declaró al arrogante campeón inelegible para la WBA y pavimentó el camino para arrebatarle su título. El pretexto fue su negativa a enlistarse para la guerra de Vietnam, habiendo reclasificado su obligación militar de 1-Y (virtualmente exento) a 1-A (obligado de inmediato) por el centro de reclutamiento de Louisville, Kentucky, su ciudad natal. Cuando se le notificó esta decisión arbitraria, Muhammad externó en tono altanero ante la prensa: “I ain’t got nothing against no Viet Cong,; no Viet Cong never called me nigger”.

Tras defender el cinturón contra Zora Folley en marzo de 1967, su título de campeón fue revocado y su licencia de boxeador suspendida por la comisión de box y el estado de Nueva York. Se le aplicó una multa de diez mil dólares y lo sentenciaron a cinco años de prisión.

“¿Cómo voy a matar a esa pobre gente?” – dijo célebremente – “¡Sólo llévenme a la cárcel!”

Mientras se procesaba la apelación, Ali dejó de pelear durante sus mejores años (de los 25 a los 29) hasta que el tribunal Supremo de Justicia, por decisión unánime, revirtió el fallo y le permitió recuperar su licencia de boxeo en octubre de 1970.

Visiblemente reducido en su poderío, más gordo, Alí enfrentó al argentino Óscar Bonavena en una pelea lenta y sin lucimiento que terminó en nocaut técnico tras quince asaltos.

Mi hermano y yo habíamos visto pasar ese lustro con desgano, ajenos al deporte, atemorizados por los eventos que culminaron con la masacre de Tlatelolco y la imagen simiesca del presidente en turno inaugurando las Olimpiadas a espaldas de su pueblo.

Bob Beamon y su salto de lince, la perfección aérea de una gimnasta checa que desafíó a los invasores rusos, los puños en alto de los corredores norteamericanos y el desgaste físico de un humilde sargento del ejército mexicano para acariciar el oro fueron los momentos memorables de esa justa, cuando la sangre y las lágrimas recorrían las calles de este abatido país.

Por fin, tras el siguiente circo (el campeonato de futbol donde lució un Pelé restituido), las agencias deportivas anunciaron que Muhammad Alí había derrotado fuera del cuadrilátero la estulticia de su gobierno reaccionario y volvería para recuperar su campeonato.

Había vivido de donaciones de otros boxeadores (incluso su acérrimo rival, Joe Frazier), así como de presentaciones en actos públicos para denunciar la guerra de Vietnam y el oscurantismo de la sociedad WASP. Pero su larga ausencia en el boxeo había hecho mella en la agilidad y la destreza técnica que lo caracterizaron.

Cuatro años después de aquel hurto, Muhammad Ali fue designado contendiente al título que ostentaba Joe Frazier, “el más feo, el tonto del establishment blanco”.

La llamada “pelea del siglo” nos demostró con tristeza que nuestro héroe ya no era el mismo; pasó buena parte de esos quince rounds absorbiendo golpes en el cuerpo mientras se recostaba contra las cuerdas (la estrategia “rope-a-dope”) y negaba con la cabeza burlonamente hacia el público. Nos mirábamos con desconsuelo, parecía agotado y marchito, su actitud desafiante había dejado lugar a un hombre viejo (tenía 29 años) que era la sombra del campeón despojado.

Perdimos la confianza, aquello era prueba inequívoca de que el conservadurismo y el poder retrógrado habían ganado; que los desterrados y los pobres seguirían siendo mancillados por las dictaduras económicas y la manipulación mediática.

Quizá para recuperar el ánimo (y alentar a sus defraudados seguidores), Alí peleó contra seis contrincantes ese aciago 1972. Yo abandoné el país en busca de territorios más seguros y mis raíces catalanas, mientras los amigos se quedaban exiliados en el barrio, más atentos al futbol y la tempestad de psicofármacos que nublaba el horizonte. Ali sufrió una fractura de mandíbula a manos de Ken Norton y yo viré hacia las canciones de protesta y la poesía, aún más ajeno al pugilismo y sus decepciones.

A mi regreso, con cierto resabio de fracaso pero alentado a seguir mi vocación, me recuperaba de un accidente en casa cuando Muhammad retó al nuevo campeón, el formidable George Foreman, en Kinshasa. A su llegada a esa paupérrima capital, los niños corrían en torno a la caravana, gritando “Mátalo, Ali, mátalo”, un clamor que hacía eco en las juventudes de los países pobres de todo el mundo, y que podría traducirse como: “devuélvenos la dignidad, hazle saber a los ricos y a los colonizadores que no nos pueden derrotar; que sabemos erigirnos de cualquier ceniza”.

En aquella batalla épica, Ali demostró que podía contra cualquier enemigo. Se dejó golpear durante siete rounds en los que Foreman descargó toda su furia sin conseguir diezmarlo. Entretanto, asombrados de su entereza, nos mordíamos las uñas, sin acertar cómo nuestro ídolo seguía en pie. Una vez que desgastó al campeón y lo redujo a un gorila sudoroso, Ali se irguió en una suerte de David africano y noqueó a Foreman con una andanada de golpes precisos y sorprendentemente veloces. Saltamos presa de euforia; nos abrazábamos como si ese triunfo fuera la reivindicación de todos los parias y desclasados, los niños y los dolientes, los hambrientos y los renegados de todo el planeta.

Lo demás es leyenda; su declive, su Parkinson, su reconocimiento local y universal. La vida siguió dando tumbos, nos graduamos de la adolescencia y dejamos atrás aquella certeza de tomar el cielo por asalto.

Cada cual hizo su mejor esfuerzo, nos diversificamos y marcamos los árboles de nuestro camino con iniciales evanescentes y amoríos que se perdieron en la desmemoria. Pero vale reconocer que Muhammad Ali, el gran Cassius Marcellus Clay Jr., nos hizo apreciar el fervor, la fuerza, la rebeldía y como tal, fue un estandarte de toda una generación que se niega a morir o a caer vencida.

 

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