Obviamos el parpadeo del televisor cuando cayó el gigante, derrotado para siempre por el imponente campeón. Mi hermano imitaba los pasos de Cassius en medio de la sala y lanzaba golpes al aire, repitiendo entre risas: “Stings like a bee!”. La escena se repitió varias veces para llenar el espacio televisivo que había sido cercenado antes de dos minutos del primer round.

Festejábamos como tantos niños del mundo la insolencia y el atletismo de aquel extraordinario boxeador, que saltaba en el ring como si fuera peso welter y golpeaba con la fuerza  de los completos. Pese a nuestra bisoña afición boxística, nunca habíamos atestiguado nada igual. Los documentales de Joe Louis, Rocky Marciano, Max Schmelling e incluso Floyd Patterson no daban cuenta de alguien tan ágil, tan elusivo y a la vez, tan contundente. Se iniciaba una era donde el box nos llevaría de la mano por cinco continentes, siguiendo a ese ídolo que ratificaba su corona ante los detractores y los escépticos.

Lo vimos derrotar sin misericordia a George Chuvalo, Henry Cooper, Brian London, Ernie Terrell y con un despliegue mágico, al gato Cleveland Williams, considerado el peleador con puños de hierro más amenazante de aquellos años. Para entonces, Clay había abrazado la “Nación del Islam” que políticamente refrendaba a Malcolm X y la supremacía negra. El establishment blanco conservador no permaneció impávido ante este nuevo desafío: declaró al arrogante campeón inelegible para la WBA y pavimentó el camino para arrebatarle su título. El pretexto fue su negativa a enlistarse para la guerra de Vietnam, habiendo reclasificado su obligación militar de 1-Y (virtualmente exento) a 1-A (obligado de inmediato) por el centro de reclutamiento de Louisville, Kentucky, su ciudad natal. Cuando se le notificó esta decisión arbitraria, Muhammad externó en tono altanero ante la prensa: “I ain’t got nothing against no Viet Cong,; no Viet Cong never called me nigger”.

Tras defender el cinturón contra Zora Folley en marzo de 1967, su título de campeón fue revocado y su licencia de boxeador suspendida por la comisión de box y el estado de Nueva York. Se le aplicó una multa de diez mil dólares y lo sentenciaron a cinco años de prisión.

“¿Cómo voy a matar a esa pobre gente?” – dijo célebremente – “¡Sólo llévenme a la cárcel!”

Mientras se procesaba la apelación, Ali dejó de pelear durante sus mejores años (de los 25 a los 29) hasta que el tribunal Supremo de Justicia, por decisión unánime, revirtió el fallo y le permitió recuperar su licencia de boxeo en octubre de 1970.

Visiblemente reducido en su poderío, más gordo, Alí enfrentó al argentino Óscar Bonavena en una pelea lenta y sin lucimiento que terminó en nocaut técnico tras quince asaltos.

Mi hermano y yo habíamos visto pasar ese lustro con desgano, ajenos al deporte, atemorizados por los eventos que culminaron con la masacre de Tlatelolco y la imagen simiesca del presidente en turno inaugurando las Olimpiadas a espaldas de su pueblo.

Bob Beamon y su salto de lince, la perfección aérea de una gimnasta checa que desafíó a los invasores rusos, los puños en alto de los corredores norteamericanos y el desgaste físico de un humilde sargento del ejército mexicano para acariciar el oro fueron los momentos memorables de esa justa, cuando la sangre y las lágrimas recorrían las calles de este abatido país.

Por fin, tras el siguiente circo (el campeonato de futbol donde lució un Pelé restituido), las agencias deportivas anunciaron que Muhammad Alí había derrotado fuera del cuadrilátero la estulticia de su gobierno reaccionario y volvería para recuperar su campeonato.

Había vivido de donaciones de otros boxeadores (incluso su acérrimo rival, Joe Frazier), así como de presentaciones en actos públicos para denunciar la guerra de Vietnam y el oscurantismo de la sociedad WASP. Pero su larga ausencia en el boxeo había hecho mella en la agilidad y la destreza técnica que lo caracterizaron.

Cuatro años después de aquel hurto, Muhammad Ali fue designado contendiente al título que ostentaba Joe Frazier, “el más feo, el tonto del establishment blanco”.

La llamada “pelea del siglo” nos demostró con tristeza que nuestro héroe ya no era el mismo; pasó buena parte de esos quince rounds absorbiendo golpes en el cuerpo mientras se recostaba contra las cuerdas (la estrategia “rope-a-dope”) y negaba con la cabeza burlonamente hacia el público. Nos mirábamos con desconsuelo, parecía agotado y marchito, su actitud desafiante había dejado lugar a un hombre viejo (tenía 29 años) que era la sombra del campeón despojado.

Perdimos la confianza, aquello era prueba inequívoca de que el conservadurismo y el poder retrógrado habían ganado; que los desterrados y los pobres seguirían siendo mancillados por las dictaduras económicas y la manipulación mediática.

Quizá para recuperar el ánimo (y alentar a sus defraudados seguidores), Alí peleó contra seis contrincantes ese aciago 1972. Yo abandoné el país en busca de territorios más seguros y mis raíces catalanas, mientras los amigos se quedaban exiliados en el barrio, más atentos al futbol y la tempestad de psicofármacos que nublaba el horizonte. Ali sufrió una fractura de mandíbula a manos de Ken Norton y yo viré hacia las canciones de protesta y la poesía, aún más ajeno al pugilismo y sus decepciones.

A mi regreso, con cierto resabio de fracaso pero alentado a seguir mi vocación, me recuperaba de un accidente en casa cuando Muhammad retó al nuevo campeón, el formidable George Foreman, en Kinshasa. A su llegada a esa paupérrima capital, los niños corrían en torno a la caravana, gritando “Mátalo, Ali, mátalo”, un clamor que hacía eco en las juventudes de los países pobres de todo el mundo, y que podría traducirse como: “devuélvenos la dignidad, hazle saber a los ricos y a los colonizadores que no nos pueden derrotar; que sabemos erigirnos de cualquier ceniza”.

En aquella batalla épica, Ali demostró que podía contra cualquier enemigo. Se dejó golpear durante siete rounds en los que Foreman descargó toda su furia sin conseguir diezmarlo. Entretanto, asombrados de su entereza, nos mordíamos las uñas, sin acertar cómo nuestro ídolo seguía en pie. Una vez que desgastó al campeón y lo redujo a un gorila sudoroso, Ali se irguió en una suerte de David africano y noqueó a Foreman con una andanada de golpes precisos y sorprendentemente veloces. Saltamos presa de euforia; nos abrazábamos como si ese triunfo fuera la reivindicación de todos los parias y desclasados, los niños y los dolientes, los hambrientos y los renegados de todo el planeta.

Lo demás es leyenda; su declive, su Parkinson, su reconocimiento local y universal. La vida siguió dando tumbos, nos graduamos de la adolescencia y dejamos atrás aquella certeza de tomar el cielo por asalto.

Cada cual hizo su mejor esfuerzo, nos diversificamos y marcamos los árboles de nuestro camino con iniciales evanescentes y amoríos que se perdieron en la desmemoria. Pero vale reconocer que Muhammad Ali, el gran Cassius Marcellus Clay Jr., nos hizo apreciar el fervor, la fuerza, la rebeldía y como tal, fue un estandarte de toda una generación que se niega a morir o a caer vencida.

 

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