El reciente atentado en la discoteca Pulse de Orlando donde fueron acribilladas decenas de personas, pone de manifiesto el odio como punto de partida de las relaciones humanas.

En efecto, hace más de un siglo, Sigmund Freud advirtió que “el odio precede al amor en la formación del sujeto”. El argumento que esgrimió es que el infante requiere distinguirse de la madre para continuar su subsistencia y si bien la sensación de desamparo es fundamental como germen de angustia, también lo es la implantación del deseo como significante de lo que se tiene y se pierde.

Me refiero explícitamente al pecho materno como fuente de sustento, tan anhelado como imperativo en las primeras etapas del desarrollo; pero que obligadamente tiene que dar lugar al rechazo y a la distancia física – luego afectiva – que precede a la individuación.

Aquí el acento. Para que un ser humano se haga sujeto de deseo, e invoque su unicidad frente al otro que provee y contiene, es indispensable que haya un rechazo, un desamor, una decepción, un distanciamiento que por sí mismo estructura.

Es decir, sin la distancia del objeto deseado (pecho/leche, madre/ternura) es impensable un ser individuado, un alguien separado de los demás con su propio carácter, su personalidad; en fin, su lugar en el mundo. Nos hacemos hombres y mujeres a expensas de poner distancia, rechazar a quien nos retiene, saliendo del abrazo que protege pero a la vez atenaza.

Puede parecer excesivo, pero este movimiento emocional requiere una dosis de violencia. En ese tenor, los pequeños suelen decir “ya no te quiero” repetidamente a la madre cuando no cumple sus demandas. Está claro que una mujer que puede con tal repudio, brinda la oportunidad de que el hijo se haga cargo de su enojo y lo resignifique como inconsecuente: “puedo odiar a mamá pero no por ello me abandona”.

Esta última premisa es determinante. La posibilidad que un individuo se otorga para desestimar a quien provee sustento y protección, establece gradualmente la confianza en sus propios recursos para nutrirse y zarpar hacia el mundo sin temor de ser aniquilado.

Insisto, puede sonar exagerado, pero en la lectura inconsciente matar al otro es equivalente a renunciar a su amor, un proceso que debe hacerse con mucha cautela. Por supuesto, si los padres pueden tolerar el devaneo, ese ir y venir del hijo que quiere separarse pero no encuentra acomodo; si pueden dejarlo ir poco a poco sin desampararlo; darle alas pero cerciorase de que las aprenda a usar en vuelos cada vez más azarosos, estarán brindándole los elementos para crecer sin miedo.

Por eso la mirada del padre y la templanza de la madre son dos componentes esenciales para la confianza en uno mismo. Cuando faltan o fallan, la experiencia de autonomía se vive como si nos arrojaran a un abismo, incierto y sombrío.

Ahora bien, ¿qué hacer con ese odio, esa violencia que exige la emancipación de cada sujeto?

Evidentemente hay gradaciones. En numerosos hogares – y cabe afirmar que la educación va de la mano con la consonancia afectiva – la violencia de la separación es inaudita. Los hijos son lanzados al mundo como petardos, rechazados en cuanto exigen más o crecen sus expectativas, odiados porque irrumpen en la pareja y depauperan la economía familiar ya de suyo restringida.

Si a eso agregamos la falta de espacio, la ausencia de distracciones y la necesidad que cae sobre la familia para proveer sustento a más bocas, el panorama es muy poco amable. El destete se vive con gran ambivalencia, no hay comedimiento para incorporar a la progenie en sociedad (la escuela no es garantía de un futuro solvente) y se exige que los hijos contribuyan a la economía lo antes posible; no que se vayan o se independicen, porque eso amenaza a los que se quedan.

En ese entorno, las familias apelotonadas (en México se les llama “muégano” en referencia al dulce de maíz inflado con miel) no permiten la escisión o la individuación, lo cual contrae un montante agregado de violencia. Rabia por quedarme, rabia y culpa por quererme ir.

Así, podemos explicarnos que muchos de los atentados que circulan en la prensa escrita y virtual son producto de sujetos resentidos, que han experimentado el odio de forma constante en su hogar o su comunidad, que son rechazados o excluidos, que se sienten extraños y nunca se asimilan a la sociedad que podría acogerlos.

Este último ejemplo nos trae a un hijo de migrantes afganos, residente de Florida, cuyos padres huyeron de la guerra sectaria de un país invadido por los tanques soviéticos, habituado a la violencia hogareña, que golpeaba y violaba a su mujer, profundamente contrariado con su destino y su inserción en una sociedad competitiva que lo discrimina por su origen árabe, su ambivalencia sexual y su machismo.

Cualquier día se arma con rifles automáticos (a la venta libre si uno carece de antecedentes penales), se erige en simpatizante del odio sectario y se apresta a reivindicar sus adhesiones ideológicas y homofóbicas contra un puñado de inocentes que bailan en la noche veraniega.

La homofobia, la violencia de género y el odio racial tienen el mismo sustrato. No hay complots ni mensajes subrepticios de ejércitos clandestinos. Tampoco es “terrorismo doméstico”, whatever that means. Es simplemente la abominación, materializada en un individuo, que una madrugada cualquiera hace implosión y se desata contra un blanco preconcebido.

En sociedades más gregarias y más incivilizadas, el odio se ejerce como una oleada tribal donde el enemigo debe ser destruido para salvaguardar la propia subsistencia. Piensen por un momento en lo regresiva que es tal premisa, común a los hooligans rusos e ingleses, la Mara Salvatrucha, los cárteles de la droga en cualquier latitud y tantos otros grupos criminales.

Nadie está exento, de modo que resulta harto adecuado congregar el racismo y la animadversión cuando se trata de vindicar los atentados (las Torres Gemelas, la discoteca Bataclán): todos unidos contra el monstruo, contra todo lo que representa; el rencor nos amalgama y nos legitima.

Como puede deducirse, no es un problema circunstancial; tampoco se mitigará si se distribuyen armas en la población civil o si se impide que los extraños transgredan las fronteras nacionales. El odio nos antecede como especie, nos instaura como sujetos, nos señala y nos individualiza.

Acaso la única vacuna contra tales sentimientos y su puesta en escena es la contención, la educación a todos los niveles, la reflexión como venero de diversidad y la profusión de oportunidades. Obligaciones de todo gobierno, es cierto, pero tan ajenas a la humanidad como el perdón y la tolerancia.

 

 

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