A medida que perdía el oído, envidiaba la creatividad de Beethoven, quien supo articular melodías ajeno al silencio del universo. Ella dejó de llamarlo y comentarle los sucesos del día. Pasaba de largo, simplemente. En sus ojos se adivinaba una cierta indiferencia, que suplantaba la resignación de otros tiempos.

Se refugió en la lectura. Las ventiscas rusas, los páramos de Europa, la seca melancolía del suroeste americano. Tolstoi, Goethe, Faulkner…lo que cayera en sus manos.

Esa mañana trataba de descifrar el clarinete que serpentea tras la viola de Max Bruch cuando sintió el colapso.

En un instante lo dedujo todo: no vería más a su hijo ausente; obviaría las campanadas que bosquejan los domingos, el pausado discurrir del río mezcla de lluvia y memoria, cualquier amanecer, la marcha del reloj en su rincón favorito, la sonrisa tenue de las aves, y la soledad compartida de los condenados y los viejos.

Cayó como un fardo, sin emitir sonido. El pulso se había evaporado cuando lo encontraron. Sostuvo el libro en un garra, con tanta fuerza que requirió de dos paramédicos para desprenderlo.

Su mujer, bastante hecha a la idea, lo hojeó por un momento y ajustó el separador.

– Faltaba poco – dijo para sí. Y se aprestó a llamar a la familia.

El ejemplar permaneció olvidado en la mesa del vestíbulo hasta que Julián lo descubrió, atraído por su nombre y el perfil en la portada.

Las páginas se abrían solas, un embrujo sin duda desde la primera estrofa. Música contenida, ritmo de suyo, como si el escritor deliberadamente matizara al personaje a través de su obra.

Dimitri Dimitrievich, cacofonía sólo digna de un compositor.

Un niño frágil, evasivo, que encontró en el piano un remedio para atenuar el fragor que lo ensordecía. La autoridad de una madre, irrevocable, capaz de penetrar todos los resguardos. Y después, la penumbra.

Con el poder afianzado, los revolucionarios se tornan amargos, paranoicos y carnívoros. Una verdad que trasciende fronteras y latitudes, que acalla sin piedad a todo humilde intérprete de la música celestial. En aquella oscuridad, se suponía que los compositores deben calentar al proletariado como el carbón y la leña, constantes y sin desviaciones.

Lenin publicó en tono de advertencia “la enfermedad infantil del izquierdismo” en 1920, y su espectro cayó sobre Shostakovich como un telón sucio e inamovible. Un arma maleable adscrita al interés del pueblo pero empleada a placer por la autarquía y su burocracia.

– Esa voz desentona; arias disonantes que remedan el carácter histérico de la burguesía – vaticinaba Pravda, para sentenciar la crítica despiadada de su ópera. Veredicto y condena en un plumazo.

Los romances son idilios sólo cuando han terminado; y su amor desventurado por la patria y la autoridad se atomizó ese invierno. Uno debe amar sin miedo, sin estorbos, sin pensar en el mañana, y después, enterrar el remordimiento.

El “ingeniero del alma” – según la jerga estalinista – había defraudado su función para incurrir en semitonos, cadencias estridentes y, peor aún, veleidad hacia los halagos del imperialismo. Sus chillidos serían acallados, definitivamente, por el bien del pueblo.

– Aunque me corten las manos, yo seguiré escribiendo música con un lápiz en la boca – había dicho desafiante, pero sotto voce, temeroso de ser escuchado.

El fracaso de la política económica se sentía en todos los ámbitos de la vida soviética, y resonaba en las teclas ahogadas de su piano. ¿Para quién escribiría ahora? ¿qué acordes mudos lo salvarían de la hoguera? La música para complacer a las masas se había vuelto impenetrable.

Con su negativa de recibirlo en Nueva York, Stravinsky lo había resumido todo: “Lamento no poder unirme a quienes dan la bienvenida a los artistas soviéticos que vienen a este país. Pero mis convicciones éticas y estéticas se oponen a tal gesto”.

Basta una denuncia, una lisonja equívoca hacia Stalin para caer en el ostracismo, para sumergirse en el ruido incesante de las máquinas y los cencerros; para que las armonías se quiebren con el hielo en la tundra más árida, bajo la sombra perpetua de la ignominia y el terror.

Pero Dimitri supo, pese a todo, sortear las delaciones y la envidia, reconocerse tras el discurso oficial – aún en su propia afonía de títere -, esperar la decadencia y la muerte sin dejar de cantar; acaso un susurro, sin perder el aliento.

Más aún, entendió que la música no puede mentir, se resiste al cinismo. Una vez interpretada con pureza se adueña de sí misma, cobra vida: se torna estentórea y perenne.

Su integridad moral puesta a prueba constantemente; como la salud, que pertrechaba con collares de ajo durante sus viajes en tren de Moscú a “San Leninsburgo”, atestados de tifo y parásitos; como la justicia, que defendió frente a la indolencia oficial hacia Babi Yar, ante el arresto de Joseph Brodsky o alzándose contra la pretendida rehabilitación del tirano.

El arte es un murmullo que trasciende el ruido del tiempo, que lo mitiga, que lo reduce a ritmo temperado y recurrente. El arte es para todos – afirma el autor – sin artilugios demagógicos, sin precio, sin medida. El compositor lo amalgama, el escritor lo devela y el artista plástico lo recrea; más allá de los colores, los arpeggios y el soneto, el arte se derrama en un rumor líquido, eterno, que destila en todas las sustancias.

Los pulgares escinden el libro, en tanto Julián medita acerca de sus adherencias. La descalificación y la dudosa tenacidad que profesaba en sus prédicas. Inflexible, imbatible, más hombre que nadie, pero en el fondo atemorizado de ser desigual, de no encajar en la militancia. Los textos repetidos casi de memoria, el ruido de sus palabras como dardos, saetas amenazadoras y rígidas.

– Ustedes, los enemigos del proletariado… – comenzaba cada arenga, con aquel efecto atronador e intimidante.

Los sauces ondean a la distancia mientras rememora. Estuvo preso por unas horas, y es con vergüenza que hilvana la imagen de los que fueron golpeados y los que cambiaron de piel para trocarse en informantes. A él, apenas lo sacudieron. Quizá porque les resultaba inocuo con su aspecto de niño. Tal vez los otros lo protegieron con sus cuerpos y su temple. Eran épocas donde la tortura abundaba y se hablaba de desaparecidos que paradójicamente engullía el silencio.

Al final, su elocuencia se desvaneció y los fantasmas poblaron los senderos. Pudo más la necesidad que la convicción mesiánica de cambiar el nombre de las cosas o el espíritu del heroísmo. La historia se hizo para transitarla, no para trascenderla.

De un golpe sordo, Julián cierra el libro de cualquier manera. El sol ha caído y se deja acompañar por el crepúsculo. Las notas del segundo concierto para Cello de Shostakovich inundan el ambiente y él vuelve a ser quien ha podido ser para ocupar este vacío.

PS. La prodigiosa novela de Julian Barnes, The noise of time, publicada en 2016 por Penguin Random House, es el sustrato de esta apología.

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