Semana a semana, abro esta puerta de cristal apoyándome en la rutina. Repaso la agenda con acierto e incauto el idioma de mis enfermos, que son la razón de bosquejar historias y darles lugar en este alud de significados y síntomas que integran lo sublime.

Me viene a contar que se levantó esa mañana sin convicción. Es un hombre adusto, visiblemente deprimido, que carga en sus ojeras muchas muertes. Le he dicho – en tono defensivo, incluso fóbico – que puedo escucharle el corazón, pero sé poco del alma humana. Él parece obviar mi resistencia, tomándolo como una metáfora para insistir en sus desvaríos.

Mi oficina es fría, así que lo detengo con la mano en alto para encender el calentador eléctrico. Aprovecho para tomar un respiro y salir del espacio que me atenaza, para recomponerme.

Nos conocemos hace años, Héctor con su arritmia, yo con mi dedicación a cuestas. Viste con elegancia, pero puedo notar como sus trajes – a la par que la edad – han adquirido una opacidad que empata con su desánimo. Examino con atención flotante sus entradas, los dientes enmohecidos por tabaco, las arrugas del cuello que se extienden sobre el nudo de su corbata añeja, las manos ásperas y vehementes.

Admito para mis adentros que esta noche estoy evasivo, preferiría que se fuera, que encontrase otro interlocutor mejor dispuesto.

Pero Héctor no ceja, se acomoda en la silla y pasa por alto mi silencio reticente.

  • La dejé, Román. No pude más con sus reclamos y el olor a sardinas por la noche.

La combinación de esta apertura me resulta tan reprensible como un crimen. Estoy a punto de espetar mi disgusto, cuando se ablanda y sigue.

  • Ella se merece un hombre mejor, que la atienda, que la mime. Debo haber perdido el rumbo hace años, cuando salí al mundo y me descubrí infeliz e ingrato.

Lo observo con fingida paciencia; su voz desgarrando este soliloquio me resulta fastidiosa, pero acepto que se trata de una catarsis y no atino a interrumpirlo. Héctor desvía la mirada hacia las luces que parpadean a mis espaldas, rememorando.

  • Como recordarás, Sofía me enseñó a pintar, a disfrutar el arte. Mi incultura fue el pretexto para amarme… o quizá debo decir, para rescatarme de mí mismo. También está cansada – lo comprendo -, ha olvidado la ternura, y somos como dos cisnes que se alejan.

Es verdad, Héctor fue siempre un individuo que evitaba los placeres triviales, a despecho de quienes lo convocaban, inmerso en su trabajo de profesor universitario. Se forjó un prestigio razonable (que es como decir mediocre) porque escribió varios ensayos y críticas literarias que derivó de su tesis doctoral. No volvió a cruzar por los parajes de la inventiva y acabó por decepcionar a sus mentores. La inteligencia lo salvó del tedio, pero se hizo infecundo y, peor aún, engreído en su abyección. El divorcio no fue sorpresa para nadie; su ex mujer estaba harta del sigilo y la complacencia. Entiendo que ella rehízo su vida, mientras él seguía pululando en las aulas universitarias con audiencias cada vez más exiguas.

Fue entonces que lo conocí; había notado un “salto en el pecho” que atribuía a sus desvelos y su obstinado tabaquismo. En eso tenía algo de razón, aunque su deseo de morir lo ensombrecía todo. Mi primera consulta fue al grano, pero descubrí a un sujeto mancillado y su tormento me conmovió, quizá porque vi en su cara acuosa mi propio reflejo en el río. Héctor parecía debatirse entre el delirio y la pereza, calado por una herida narcisista imposible de sellar.

No suelo congeniar con mis pacientes, pero él tenía algo femenino que me atrajo y me repugnaba a un tiempo. Además de tomarle la presión y auscultar con atención sus extrasístoles, aceptaba convidarle un té para que me relatara sus periplos por los horizontes de la literatura.

En especial, era docto en letras irlandesas y tenía un conocimiento arrebatador de Joyce y Beckett. A veces traía una botella de Bushmills al pardear el día y me esperaba leyendo mientras yo terminaba la consulta. Había seducido a mi secretaria con halagos y el ocasional ramo de flores para que su presencia no sobrara; un gesto incómodo que me obligaba a recibirlo (aunque sabía bien que yo tampoco tenía adonde llegar).

Cuando me notaba más irónico, se excusaba con algún contratiempo y dejaba a medias la conversación, suspendida en un manto de culpa.

En tales circunstancias, me embargaba después una apremiante modestia y le pedía a mi asistente que lo llamara para disculparme y ofrecerle una nueva cita en cuanto mi agenda lo permitiera. Así se fue llenando mi librero de volúmenes que atesoro: Tristram Shandy, The Book of Evidence, Molloy, Belfast Diary, The Granta Book of the Irish Short Story, James Joyce´s Ireland y una colección magnífica de Yeats anotada por Richard Finneran.

En torno a estos obsequios, Héctor se fue haciendo más entrañable y necesario. Dejé de cobrarle, por supuesto, dada su asiduidad y lo poco que yo invertía en su cuidado estrictamente médico. Me hice parte de su familia sin reparar en ello, intuía sus desencantos, sabía cuando había dejado de escribir y se refugiaba en la música para huir del ruido.

Ante todo, noté como se fue encorvando con los años, como perdía todas las batallas; acaso porque había abandonado los pertrechos y se negó a blandir armas cuya destreza se le escapaba. Creo que en reciprocidad yo dejé de oir el chasquido de su corazón y sus retumbos. Repetí la misma receta durante un lustro, ocasionalmente añadiendo un analgésico, vitaminas o la imperdonable aspirina. Me hice literato y abandoné inadvertidamente mi interés por la enfermedad o sus subterfugios. A últimas fechas, estoy sumido en los meandros de una novela que me quita el sueño y no alcanzo a desenmarañar.

En esta visita, Héctor me mira con recelo, sale sin despedirse y arroja sobre mi escritorio una copia subrayada del “Homage to Barcelona” de Colm Tóibín, consciente de mis afinidades por la ciudad condal. No sé si volverá, supongo que hemos cruzado el precipicio.

 

 

 

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