No llores, mujer

No llores, mujer

Fueron años de desconcierto, las drogas suplían la esperanza y el enojo. El festival Rock y Ruedas – burdo equivalente de pan y circo – fue implementado como émulo artesanal de Woodstock, avalado por un gobierno ante el patíbulo y por ello destinado al fracaso.

En los jardines del Parlamento en Berna, yo musitaba aquella tonada de Bob Marley sin saber que el barrio de Trenchtown era la cuna del reggae o bien a bien qué significaba Rastafari, omisiones propias de nuestra generación, tan crédula y tan maleable. Habían depuesto al emperador Selassie y nos preguntábamos qué enigmática relación cabía entre este personaje  y nuestros himnos de juventud.

Más acorde con mi destino, en el primer respiro que me dejaron la Bioquímica y la Fisiología, lo investigué. Pero no fue hasta hace pocos meses que lo puse todo en perspectiva (1).

En 1930, el regente de la provincia de Harar, aupado por el mensaje mítico de su madre (“de tu vientre nacerá un hijo único, descendiente de Salomón…”) se erigió en Emperador, Rey de Reyes, León Supremo del paupérrimo territorio de Etiopía.

Había nacido el verano de 1892, en una casa de lodo y zarzales, hijo legítimo del gobernador Ras Makkonen. Aliado del emperador Menelik II, catapultó a su vástago hacia la corte de Addis Abeba, donde éste desposó a la sobrina del heredero. Apto conspirador, el joven Lij Ras Tafari Makkonen denunció que su rival se había convertido al Islam y por ello no tenía derecho a ocupar el trono imperial. Con la cautela de un ratón pero las fauces de un león – como se decía de sus envites – encarceló al hijo de Menelik y se adjudicó el cetro, rebautizándose Haile Selassie, que significa “la fuerza de la Trinidad”. Fue el soberano absoluto de Etiopía hasta 1974, salvo por un breve lapso en que el ejército de Mussolini lo envió al exilio.

Proclamó su investidura en línea directa con Menelik I, quién la leyenda sitúa como el hijo del Rey Salomón y la Reina de Sheba, tal como lo asentara la irrefutable constitución de 1955. Día y noche protegido por una cohorte de guardaespaldas, además de leones y chitas domesticados por chambelanes, deambulaba en silencio ostentoso en medio de una multitud de adeptos que lo reverenciaban a cada paso.

En un país acostumbrado a la humildad y el servilismo, donde la autoridad era acatada sin chistar, su Graciosa Majestad abolió la esclavitud y desterró a los colonialistas. Proclamó  el primer estado independiente de África cuyo eco resonó tan estruendoso en Soweto como en las Indias Occidentales, y con la inercia que da la Historia, fundó la Organización de la Unidad Africana cuya sede aún hoy es Addis Abeba.

Durante su opulento reinado, decretó la “hora de las designaciones” (de 9 a 10 AM), periodo marcado por un intenso nerviosismo donde eran depuestos o ratificados sus dignatarios con mano despótica. A ella seguía,  en la Sala de Audiencias de 10 a 11, la “hora del cajero” durante la cual se repartían sobres con dinero (siempre menor al concedido) para todos aquellos que mediante ruegos e influencias accedían a su gracia.

Para los países pudientes, el dinero es un bien de cambio que permite acceder al mercado, comprar viandas o parcelas, invertir o consumir en distintas escalas. Pero en un país pobre, el dinero es un matorral magnífico, siempre floreciente, que te separa del resto. Uno deja de oler el hedor de la miseria, se distingue de los parias, adquiere nacionalidad y privilegio. El dinero otorga alas, para volar, para erguirse como ave del paraíso; un sujeto bendecido al que todos envidian y admiran. Tal era el favor que su Misericordiosa Alteza imponía en unos cuantos miserables.

Por último, a mediodía, antes de retirarse a comer y finalizar su atribulado día, el León de Judea pasaba a la “hora de Corte Suprema de Apelaciones” donde se investía con un manto negro e impartía justicia sin interdicción. Los veredictos emitidos en estos minutos eran inapelables y la sentencia de muerte ejecutada de inmediato.

Selassie fue un viajero incansable y derrochador, que sabía seducir a presidentes y ministros con su parafernalia y sus garantías. Tanto, que fue elegido “Persona del Año” por la revista Time en 1936, ambiguo honor que comparte con Hitler (1938), Stalin (1942) y el ayatollah Khomeini (1979).

Tras el intento de sedición orquestado por los hermanos Neway y la elite de la Guardia Imperial en 1960, mientras Selassie visitaba Brasil, la vida en Palacio nunca volvió más a su equilibrio y confianza. El monarca se encerró en sus aposentos, reticente de todos cuantos le rodeaban. Para garantizar su seguridad, atrajo una horda de paisanos voraces e iletrados, pero leales hasta la muerte, que le informaban de cualquier movimiento sospechoso. Con minucioso escrúpulo, Su Alteza Magnánima estableció “la hora de la policía y el ejército”, cuyas actividades represivas distinguieron el ocaso de su Imperio.

Cuando la gente se siente perseguida, inventa un lenguaje informal, sin diccionarios, con una gramática y sintaxis espontáneas, cuyas reglas obedecen al sigilo y a la paranoia. Además del idioma oficial, el Amhárico, el pueblo etíope aprendió a hurtadillas este idioma alterno, el de la intimidad, el que podía salvar sus vidas frente a los sicarios del emperador.

Pero todo árbol viejo cae por su propio peso. En 1974 Selassie fue derrocado por un golpe de Estado militar marxista. Para ello se conjugaron varios ingredientes: la disputa territorial con Somalia, teñida por la voracidad geopolítica de las grandes potencias; el debilitamiento político de la armada, desnutrida y sujeta a salarios de miseria; pero ante todo, la hambruna resultante de la sequía del invierno de 1973, donde murieron cerca de un cuarto de millón de ciudadanos.

La guerra y la muerte siguieron la estela del gobernante depuesto. Desde lejos, ondeando sus tres colores y las rastas impregnadas de mariguana, su culto se extendió por el Caribe. Sus discursos se hicieron canciones al ritmo de percusiones y guitarras eléctricas. Con el pretexto de la resistencia ante la invasión fascista, Selassie fue entronizado como dios verdadero y adalid contra “Babilonia” (el colonialismo europeo). El movimiento de liberación en Jamaica, encabezado por su apóstol Marcus Garvey, lo erigió como el “Cristo negro” al reconquistar su país (liberado por las fuerzas aliadas en la Segunda Guerra Mundial).

A los ojos de los Rastafaris – cuya estirpe deriva del nombre original de nuestro personaje -, Etiopía se convirtió en el legítimo Zion, atrayendo cerca de 2500 nativos de Jamaica y otras islas a fundar una villa de libertad cerca de Addis Abeba. La vista oficial de Selassie a Kingston en 1966 se recuerda como la llegada del Mesías ante su fervoroso pueblo.

Los derroteros humanos siguen vertientes insospechadas. No mujer, no llores: la miseria es un impulso creador y los dioses acuden de tanto en cuanto para enjugar tus lágrimas.

Referencias.

  1. Para los interesados en ahondar en el tema, recomiendo el libro “King of Kings: The triumph and tragedy of Emperor Haile Selassie I of Ethiopia” de Asfa-Wossen Asserate, publicado por Haus Publishing en Septiembre 2015.

 

 

 

 

 

 

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Ante el pensamiento mágico

Ante el pensamiento mágico

El verano en esta ciudad es bastante grato. Con la suspensión de labores escolares, el tráfico se aligera y el cielo opaco de la jungla de asfalto se tiñe de humedad y de nubes torvas. Llueve por las tardes y verdean los jardines, yermos durante el resto del año.

Bajo esta égida, al calor del café vespertino, las lecturas dejan las repisas y los rincones olvidados, cobran vida y se amontonan. En ese tenor y gracias a un programa de radio, he adquirido el ensayo “La vida íntima de los encendedores”, cuya prosa es una delicia y que recomiendo a quien se atreva a explorar porqué sus objetos preciados lo miran de reojo o si el espíritu de la Tierra sufre por tantos excesos.

Con menos erudición, a mí me ha servido para ilustrar la inserción del pensamiento mágico en la salud y la enfermedad. Coincido en que tal forma de discurrir, tan atinente a nuestra subjetividad, no se limita a una mentalidad infantil ni es privativa del salvajismo “prelógico”. Precede al lenguaje y se sirve de él para nombrar las cosas u objetos a los que – por identificación – les atribuimos ánima, los creemos vivos.

Desde esta perspectiva, la neblina se aclara. Se trata de una creencia, una ilusión que satisface un deseo. Para decirlo de una manera llana, es un acto de fe, que se resiste a cualquier verificación material. Existe porque se cree en él, y ese arbitrio basta para darle vigencia.

Así como el niño considera que debe acariciar sus juguetes cuando caen, de forma análoga como su madre mitiga su dolor al golpearse, los antiguos habitantes del Neolítico veían en los truenos o las inundaciones la manifestación del enojo de la Naturaleza. Gradualmente, estos meteoros tuvieron que encararse con ciertos rituales, cuando la semejanza antropomórfica (por asociación totémica) hizo que se los adscribieran poderes selectivos o personalidades que permitían dar cuenta de sus caprichos. Saturno representa la furia y el temperamento explosivo del Olimpo. Prometeo es castigado por su soberbia al robar el fuego de los dioses, lo más arcano de la divinidad. Y así sucesivamente.

Se requirió por cierto de una sofisticación gradual en el lenguaje simbólico para que progresáramos desde los rituales cavernarios o el sacrificio de doncellas vírgenes hasta una elaboración tal como la detentan la mitología griega o romana, la escatología o las religiones monoteístas.

Pero se trata del mismo hilo conductor. El mundo debe explicarse, debe responder a ciertas pautas discernibles. Las deidades son hombres y mujeres etéreos, pero veleidosos como los mortales, que obran por encima de nuestros deseos y expectativas, que controlan azarosamente los destinos de todos los que sufrimos dolor o padecemos enfermedades. Nos guían sencillamente frente al asombro que nos producen, dada nuestra vulnerabilidad, las incertidumbres que acarrean la existencia y la muerte.

En este sentido es bastante comprensible que sean figuras míticas las portadoras o detentadores de lo inefable: ángeles, duendes, demonios, hadas o fantasmas. Finalmente son los espíritus de ancestros o desconocidos que adquieren albedrío y vida propia para insuflarnos de significado. Habitan alrededor de nuestras eventualidades, tiran cosas o abren puertas en casa para darse a conocer, nos hablan a través de espiritistas o médiums; son como delirios, siempre presentes aunque volátiles.

De estas ideas recurrentes y hasta obsesivas deriva la convicción de que existen remedios mágicos, antídotos suficientes para curar enfermedades con etiologías y fisiopatogenias totalmente divergentes; en una palabra, panaceas.

A lo largo de tres décadas de atender enfermos con padecimientos raros (predominantemente inflamatorios) he visto desfilar toda clase de supersticiones y atavismos. En buena medida se trata de pócimas o fármacos a los que se atribuyen efectos desproporcionados, sin conocimiento alguno de su farmacocinesia, pero imbuidos por quien los aporta de un pretendido poder absoluto (y misterioso) para ajustarse al trastorno en pugna.

Acaso lo más sorprendente es que se apliquen sin distinción al padecimiento de cada individuo que lo trae a cuenta, como si se desentendieran de mecanismos biológicos y bastara sólo el deseo o la buena voluntad de los emplazados para cumplir con su beneficio.

Lo que está en juego es una atribución, un fetichismo que irradia del temor de la enfermedad, de la creencia de que se puede resolver con un empeño a voluntad, que zanja todo mal y toda vacilación. En suma, se trata de retomar el control de lo ominoso, de lo inesperado (uncanny en inglés). Lo divino al alcance de la mano.

Me permito nombrar unos cuantos remedios ad hoc, sin una jerarquía precisa, para dar cuenta de lo que entrañan y la peculiar convicción que detentan para implementarlos. Lo dramático es que sin una investigación juiciosa, se pongan en uso en los consultorios y los hospitales para satisfacer una ilusión y no pocas veces, un propósito mezquino.

Los suplementos para “regenerar” el cartílago. Hace casi treinta años que surgió la noción de que la inmunoterapia oral podía alterar ciertos mecanismos destructivos en autoinmunidad por afinidad molecular. Los modelos experimentales en roedores sugerían que dar mielina per orem antes de producir encefalitis alérgica experimental tenía un efecto preventivo. Ello derivó en la creación de un modelo análogo en ratas con artritis experimental. Los hallazgos preliminares (dar de comer cólagena parecía evitar inflamación) fueron criticados y eventualmente descartados por falta de reproducibilidad, como sucede en muchísimas investigaciones que no trascienden. Eso no obstó para que algún vivales propusiera que si se da glucosamina y condroitina a pacientes con desgaste de cartílago articular (ambas substancias son componentes estructurales del mismo), se pueda detener y hasta regenerar su erosión. El elíxir de la eterna juventud en cápsulas, vale agregar. Hasta ahora ningún ensayo controlado, doble ciego, ha demostrado su utilidad para retrasar el desgaste del cartílago. Es decir, estamos ante una creencia, una suposición, que alimenta el efecto placebo y la codicia de sus mercaderes.

El factor de transferencia. A finales de los años setenta, cuando el serodiagnóstico (epitomizado por las “reacciones febriles”) dejó de ser útil dadas las técnicas de cultivo y la medición de componentes celulares distintivos de ciertas enfermedades, los llamados factores de crecimiento pasaron a ser moléculas con características bioquímicas y funciones definidas. Se sintetizaron en pocos años las primeras interleuquinas y se identificaron sus niveles normales o patológicos, así como sus respectivos blancos linfocitarios. Todo esto revolucionó la Medicina y muy particularmente, abrió la escotilla para que salieran a la luz los secretos de la Inmunología. Entretanto, los laboratorios buscaban conocer los efectos del crecimiento celular mediante los llamados “mitógenos” (en buena medida, proteínas derivadas de plantas con capacidad proliferativa). Era predecible suponer que las células mononucleares estimuladas por mitógenos, emiten al líquido sobrenadante multitud de proteínas (citocinas, factores de crecimiento, etc.) que tienen añaden a su vez un potencial estimulante. Tal es la premisa detrás del llamado “factor de transferencia”. Es decir, un estimulante por extensión, purificado de la efusión de células que proliferan y ultrafiltrado para conservar sus componentes ínfimos. Hasta aquí todos contentos. Lo que no es sostenible es que remedie por igual el herpes genital, la fibromialgia, el autismo, la infertilidad, las artritis juveniles, la esclerosis lateral amiotrófica, el síndrome de Wiskott-Aldrich o la fatiga crónica. Enfermedades cuya etiología y mecanismos patogénicos son totalmente desiguales, y así como en unos casos estimular el sistema inmune puede tener efectos benéficos, en otros puede resultar catastrófico (en Lupus o miastenia gravis, por ejemplo, donde también se ha preconizado su uso). Me sorprende que no se haya empleado en agammaglobulinemia de Bruton o en aplasias medulares, dadas sus proteicas virtudes. ¿La moderna panacea o por fin, el lapis philosophorum?

La medicina naturista. Por natural se entiende que no ha sido sintetizado o purificado mediante procedimientos químicos; que no ha sido manipulado, como los tubérculos, las flores o las semillas en su estado original. En respuesta a la medicina alopática, diversos exponentes de un retorno a lo bucólico han insistido en que nuestras enfermedades contemporáneas son producto de haber renunciado al estado natural. Si bien el reciente conocimiento de la microbiota autóctona ha alertado sobre la necesidad de cuidar nuestra alimentación y aún más, prescindir de antibióticos u otros fármacos innecesarios, no hay tal cosa como un complot para “enfermar a la humanidad”. La industria farmacéutica ha mostrado sin duda un carácter mercenario y avaro, pero eso no quiere decir que el avance científico, la vacunación masiva y el empleo racional de antimicrobianos hayan sido en medida alguna perjudiciales para el planeta. Percibo una tendencia animista en tal acusación, como si la explotación de los recursos naturales tuviera como único propósito la aniquilación de lo ingenuo y lo prístino. Por supuesto, existe la herbolaria, tekhné que deriva de la botánica con propósitos medicinales. Pero el uso de plantas y cocciones curativas tiene sus limites; no se puede suplantar la insulina con ginseng o eucalipto, ni revertir la psoriasis con tepezcohuite, o pretender que la equinácea evite la influenza. Los baños termales, las infusiones y las unturas tienen un lugar discreto en la mejoría de ciertos síntomas, pero están lejos de purificar el cuerpo, como se suele propugnar. No existe tal entelequia como la “pureza espiritual” y mucho menos del cuerpo, que está saturado y embebido de bacterias. Los gérmenes son con frecuencia nuestros mejores aliados y coexisten en nuestras cavidades para mantener el equilibrio microbiológico. Sin ese ecosistema de defensa, no subsistiríamos una sola invasión de patógenos. De modo que proponer una curación natural es insostenible. Ninguna esclerosis múltiple, cáncer de páncreas o peritonitis responde a remedios pretendidamente naturales (dado que muchas veces se trata de cápsulas extraídas y sintetizadas en laboratorios “naturistas”). Lo natural es la homeostasis, como lo es también la enfermedad, y habrá que distinguir si nuestras intervenciones alientan una o la otra.

La Medicina no es una ficción, es una iniciativa humana de muchos siglos, que ha costado éxitos y fracasos por igual, como todo lo que caracteriza a nuestra especie. Es la suma de los esfuerzos intelectuales y técnicos de millones de mujeres y hombres con el único propósito de aliviar y hacer más amable la existencia. Como el animismo o la religión, no se trata de creer en ella; sino de constatar sus efectos, su ejercicio ético en la clínica, el fruto de sus investigaciones y revelaciones para todos, sin distinción de credo o pensamiento mágico.

Referencias.

  1. Ignacio Padilla. La vida íntima de los encendedores. Animismo en la sociedad ultramoderna. Páginas de Espuma, Madrid 2009.
  2. Barker Bausel. Snake oil science. Oxford University Press, New York 2009.
  3. Eugene Subbotsky. Magic and the mind: mechanisms, functions, and the development of magical thinking and behavior. Oxford University Press, London 2010.
  4. David Abram. The spell of the sensuous: perception and language in a more-than- human world. Vintage, New York 1997.

 

 

Caminante, no hay camino…

Caminante, no hay camino…

Viajar es uno de los deleites de nuestra época. Con el pretexto de especializarse, visitar al pariente o acudir a un Congreso, el mundo se ha vuelto alcanzable y propicio.

Mis primeras aventuras se dieron cuando emprendí la licenciatura en la Universidad de Barcelona, huyendo del arrebato que ofrecía un México desgarrado por la masacre de Tlatelolco. Nos habíamos perdido entre el miedo y la protesta ahogada, y volteamos hacia la oscuridad de la psicodelia en busca de sentido. Nadie ofrecía respuestas y en aquel entorno de vértigo, el recurso de alunizar en la España franquista, al augurio de las letras y las artes legendarias, parecía un salida airosa.

Antes que eso, mis recorridos habían sido periplos limitados al horizonte que se consumía, o bien a otro extraño país entronizado por su limpieza y su poderío, donde nada era mío, salvo el accidente de haber sido parido a destiempo. Como prolegómeno del emigrante que yacía en mí, me encontré ante el encanto de Sudámerica, con su música triste, sus pasiones callejeras, sus lagos impolutos y ciudades amagadas por las dictaduras.

Tras aquel exordio, puedo decir que me trasladé a la par con mi ingenuidad y un pasaporte donde no cabían mis cabellos y mis ilusiones, movido por la ambición de la tierra prometida.

Europa era un sueño desde cualquier perspectiva, pero muy especialmente asomado a la arquitectura y el arte. Me deslumbré con Gaudí, Picasso y Dalí en Catalunya, cuando había que contener el idioma y el albedrío debido a la represión. En esos años, uno podía acercarse a la sonrisa de la Gioconda sin tener que eludir hordas de fotógrafos u obstáculos fijos. Las torres disímiles de la Catedral de Chartres o las gárgolas de Notre Dame podían tocarse entre la neblina, tanto que se quedaba el gótico impregnado en los pulpejos. El Sena, como el Rin y el Támesis regían imponentes surcando sus ciudades, espejo de la melancolía en invierno o del desparpajo y los amoríos furtivos apenas despuntaba la primavera. Aprendí a matizar las estaciones con el color de la naturaleza: la impecable blancura de los almendros, el resplandor verde arrobando el verano, la languidez de las hojas ocres y azafranadas que anuncian el reposo del campo. En fin, me hice habitante de las raíces y los cienos.

Uno acarrea consigo su paisaje, y una vez que deja un lugar tras aquella estancia – sin importar cuan larga o corta -, se desprende de ese otro panorama como de un pellejo de serpiente, que se arrastra y se seca hasta olvidarse.

Regresé sin saber que había incorporado entre la piel y el tiempo. Renuncié a los amores marchitos, a la perspectiva del mar, a la poesía como única voz y, sin poder evitarlo, a la adolescencia. Todavía remolqué por algunos meses la añoranza y escribí odas cada vez menos referentes; como las cartas, que se fueron haciendo exiguas y remotas.

Me introduje – redimido de mi postración y mis heridas – en el piélago del cuerpo y sus bulevares. La fisiopatología me cautivó con un estruendo que perdura. Abandoné todo devaneo y me concentré en los secretos de la percepción y la materia. La iniquidad que distingue a este país me tomó por asalto y me entregué al servicio social con tanta indignación como denuedo. Pero había encontrado mi razón y mi sendero, del que nunca más me apartaría.

– La compañera más celosa, la más posesiva – había dicho un maestro de Nosología. – No te dejará ni un respiro, y si quieres abandonarla, regresará para cautivarte, como una hechicera. Ésa es la Medicina.

Más de una década para domesticarla y hacerla mía. Toda una vida para satisfacer sus demandas y veleidades.

Ella me hizo prometer que volvería al Viejo Mundo, para atravesar los umbrales donde Hodgkin, Laennec o Virchow habían aireado sus pensamientos. Recorrí esas aulas con reverencia, y me senté a estudiar en los jardines que asistían a sus homenajes y lucubraciones. Como tantos otros que me precedieron, pasé hambre y frío, lo suficiente para apreciar el esfuerzo y el temple que otorga la lejanía. Noté como las noches se alargaban y  con ello la vida nocturna en esas latitudes refulge: todos los caprichos salen a deambular entre farolas.

Mario Benedetti escribió con razón en su “Primavera con una esquina rota” que no se adquiere la ciudadanía por el mero hecho de exiliarse o ser acogido en una patria alterna. Su himno es forastero, los colores de su bandera carecen de brillo y los recuerdos están anclados en otra parte. Se procura el idioma, la residencia; incluso se arrogan los lugares comunes, pero el alma sigue ajena, reticente, anhelando lo oriundo y el olor del terruño.

Es inevitable. Conocí hombres y mujeres que en la escena pública eran paisanos, pero en el silencio de sus cocinas o sus plegarias retomaban su origen para paladearlo. Los más honestos, como Célio o Bernard, nunca abdicaron de sus cepas, y en la intimidad hablaban portugués o francés para sí mismos y sus apegos.

Existe no obstante el hijo pródigo, que sigue sus instintos, que hace camino al andar. O el desterrado, el que se refugia de la ignominia atravesando fronteras, porque no tiene alternativa. Ambos viajan con su pasado oprimiéndoles el pecho, como una asfixia que dirige sus pasos, robándoles el aire. Los hemos visto en la penumbra de las aceras, en los cruces de caminos, varados en los puertos y las carreteras.

Esta mañana hay en Europa, buscando cobijo, desconsolados, remolcando a sus hijos atónitos y hambrientos, cerca de dos millones de refugiados. La mayoría procedentes del Mediterráneo oriental o los estrechos del norte de África.

Se han ahogado, muerto de inanición o abatido en su marcha incesante para quedar sepultados por el frío, en cifras descomunales, ajenos a toda estadística o ceremonia. Los países ricos, alegando insuficiencia, les han cerrado las fronteras o revocado sus solicitudes de asilo (un millón trescientas cincuenta mil de éstas hasta el invierno pasado).

En tanto, los expatriados viven a la intemperie, en tiendas hechas de cartón o tela, hacinados en su indigencia; tiritando o mancillados por el sol, a merced de los maleantes y los embaucadores. Sus hijos desconocen el futuro, muchos ya no recuerdan su hogar ni el aroma de sus estepas; aprenden a robar y a mentir para subsistir este verano; acaso librarán el invierno, si encuentran asilo.

Quienes por fortuna vivimos en lugares donde las amenazas son medibles, tenemos la obligación moral de escuchar esas voces, antes de que se ahoguen, antes de que sean acalladas para siempre. Piensen que al viajar, al derrochar, al voltear hacia otro lado, todos somos cómplices de negligencia.

 

La fuerza de la inercia

La fuerza de la inercia

El filósofo Baruch Spinoza solía argumentar que los cuerpos tienen estabilidad inherente, una cierta robustez. Se resisten al cambio o a la fragmentación con un modo distintivo de firmeza o cohesión, y tienden a persistir pese a las fuerzas que se oponen ante tal obstinación. Más aún, en su Ética, Spinoza reitera que los individuos seguimos esta misma tendencia: nos oponemos a modificar nuestros afectos, como “poderes de acción” que nos impulsan en un sentido o en otro.

Este preámbulo es necesario para discutir un dilema de la Medicina actual, pese a la supuesta adherencia de los doctores a los criterios por consenso o los metanálisis. A saber, la fuerza del acarreo, la falta de reflexión para instrumentar la terapia apropiada a cada caso y la consecuente aplicación de medidas terapéuticas que no sirven ningún propósito científicamente validado.

Me explico. Con el advenimiento de las tecnologías de comunicación, muchos libros de texto se han vuelto obsoletos, porque los conocimientos se transmiten mediante revistas (en papel o electrónicas) y la información basada en evidencias (que es decir, consensos estadísticos probados) están al alcance de cualquier lector.

Paralelamente, existe una abundancia de veredictos parciales, inconexos e incluso apócrifos, que circulan en las redes sociales como verdades a medias. El buen médico está obligado a reconocerlos, desacreditarlos con información científica y tras ello, educar con tenacidad a su paciente para que siga las mejores medidas tendientes a recuperar su salud.

La inercia en estos procesos clínicos es justamente lo contrario; es decir, dejarse arrastrar por nociones parciales, no documentadas o maltraídas por la fuerza de la costumbre o por la supuesta “sabiduría” de los maestros.

Durante décadas interminables, escuchamos en las aulas criterios personales que pasaban de boca en boca y se refrendaban como la palabra sagrada del Magister dixit. No cabía cuestionamiento alguno, esa era “la pura verdad”. Con esta información y lo medianamente aprendido en los libros de texto nos encaramábamos al barco de la especialidad, donde se ratificaba el fenómeno. Nuestros mentores eran ahora los residentes de mayor jerarquía, que filtraban a su vez las verdades y artificios que iban aprendiendo sobre la práctica. Desde luego, auxiliados por la información de las revistas periódicas que sorbíamos con avidez en las bibliotecas de nuestros hospitales y que era nuestra fuente de sentido crítico, bastante endeble por cierto, a la luz de aquel entrenamiento militarizado e incontestable.

Al cabo de este adoctrinamiento, quienes teníamos la fortuna de continuar una estancia clínica en el extranjero, sufríamos el síndrome de “allá en el rancho grande”. Así, regresábamos con otras nociones, acaso más novedosas, tal vez mejor articuladas, fruto de la experiencia y la confrontación con ideas originales, para reemplazar a nuestros maestros y erigirnos en los detentadores de la verdad reeditada.

Para ilustrarlo, me permito plantearles tres ejemplos que retomo de mis inquietudes diarias a fin de sustentar mi argumentación.

  1. El empleo de antibióticos en infecciones no complicadas. Una de las grandes lacras de la Medicina contemporánea son las resistencias bacterianas. El problema es exponencial y data de muchos años de utilizar antibióticos empíricos en pacientes que no están inmunocomprometidos o cuya infección no ha sido documentada por cultivos (1). Tal práctica ha dado lugar a los llamados “superbugs” que son gérmenes multirresistentes a diversos antimicrobianos y por ello causantes de infecciones que ponen en peligro la vida. El ejemplo típico son los MERSA (estafilococos resistentes a meticilina) o las enterobacterias ESBL (de espectro prolongado para beta-lactamasa). Estos agentes infecciosos son agresivos, difíciles de erradicar y con frecuencia promotores de septicemia. Pero lo inquietante es que son el resultado directo del uso indiscriminado de antibióticos por décadas. Otro ángulo de esta práctica perniciosa es el empleo de antimicrobianos en infecciones virales. Grosso modo, sabemos que el 70% de las infecciones respiratorias o intestinales en población abierta son causadas por virus, sobre todo en épocas de cambio climático (invierno – primavera, o verano en países tropicales). Prescribir antibióticos porque “la garganta está roja” o “tiene diarrea abundante” es una conducta caprichosa y que frecuentemente sólo complica la infección viral con disbiosis (desequilibrio de la flora autóctona). El resultado es que los síntomas se prolongan o sobreviene una colonización por bacterias que extienden la infección (2). En la jerga popular “el catarro es una infección que se resuelve en siete días, con ayuda, sin ayuda o a pesar del médico”.
  1. Tratamientos no convencionales en enfermedades reumáticas. Como se sabe, la osteoartrosis (mal llamada enfermedad articular degenerativa) es el padecimiento reumático más frecuente en la Humanidad. La razón es simple: envejecemos y con ello, perdemos la integridad del cartílago articular. En muchos casos, el proceso es sintomático; duelen los dedos o las rodillas, se entumen por la mañana o se deforman casi imperceptiblemente. Me sorprende ver que, compelidos para ofrecer “algo más” que ratificación y educación terapéutica, muchos colegas – incluso especialistas – están prescribiendo Leflunomida, Hidroxicloroquina o Methotrexate (drogas destinadas para la artritis reumatoide) en pacientes con osteoartrosis. El asunto es serio porque los efectos secundarios en personas mayores (con hipoalbuminemia o envejecimiento tisular) son más frecuentes y graves. Además, ningún tratamiento lo es por afinidad, sino por indicación precisa. Tomar arbitrariamente fármacos que sirven en una enfermedad para tratar otra con mecanismos fisiopatogénicos completamente distintos no sólo es hacer mala medicina, es dañar con flagrancia, algo que juramos nunca contemplar.
  1. El uso de corticoesteroides en infecciones respiratorias. Existe cierta evidencia marginal de que el uso de esteroides intranasales en adultos (Cochrane 2007, referencia 3) pueden acortar los cuadros de rinosinusitis, cosa que no se ha demostrado en niños. Los efectos secundarios de estos fármacos son bien conocidos. En adultos causan aumento de la presión arterial, hiperglucemia y en el mediano plazo inmunosupresión, resorción ósea y alteraciones en los tejidos de sostén. En niños, más obviamente, inducen retardo en el crecimiento y gordura, además de los signos mencionados en adultos. Se ha vuelto una práctica habitual emplear cortisona inhalada o por vía oral con la pretensión de acortar el cuadro respiratorio infeccioso, sea por analogía con ciertos procesos alérgicos (asma, bronquiolitis) o por comodidad, dado que el efecto euforizante de los esteroides favorece en apariencia la recuperación del niño. Lo cierto es que las guías más serias NO recomiendan estos medicamentos en infecciones respiratorias agudas (4). Peor aún, los esteroides causan atrofia de la mucosa, inmunosupresión local o sistémica y con frecuencia, sobreinfecciones por hongos (especialmente candidiasis) dado que suprimen la respuesta inmune innata y, junto con los antimicrobianos, alteran la flora natural de las mucosas.

La inercia es un fenómeno físico y cultural propio de los cuerpos o las sociedades en movimiento. Los principios que la regulan pueden ser medidos con fórmulas matemáticas o contemplados en ciertos rezagos de convencionalismos o actitudes que caracterizan a los grupos humanos. Pero dejar de estudiar, de repasar conceptos o de actualizar las guías y consensos que rigen la práctica de la Medicina es una necedad. Es precipitarse en el abismo de la persistencia, una conducta que se rebela contra todo el bienestar que persigue nuestra profesión.

Referencias.

  1. Wise, Richard, et al. “Antimicrobial resistance is a major threat to public health.” British Medical Journal 5 Sept. 1998: 609.
  1. Effects of intervention measures on irrational antibiotics/antibacterial drug use in developing countries: a systematic review. http://file.scirp.org/pdf/Health_2014012613145417.pdf
  1. http://reference.medscape.com/medline/abstract/17443574
  1. Clinical practice guideline for the diagnosis and management of acute bacterial sinusitis in children aged 1 to 18 years. http://pediatrics.aappublications.org/content/pediatrics/132/1/e262.full.pdf