El filósofo Baruch Spinoza solía argumentar que los cuerpos tienen estabilidad inherente, una cierta robustez. Se resisten al cambio o a la fragmentación con un modo distintivo de firmeza o cohesión, y tienden a persistir pese a las fuerzas que se oponen ante tal obstinación. Más aún, en su Ética, Spinoza reitera que los individuos seguimos esta misma tendencia: nos oponemos a modificar nuestros afectos, como “poderes de acción” que nos impulsan en un sentido o en otro.

Este preámbulo es necesario para discutir un dilema de la Medicina actual, pese a la supuesta adherencia de los doctores a los criterios por consenso o los metanálisis. A saber, la fuerza del acarreo, la falta de reflexión para instrumentar la terapia apropiada a cada caso y la consecuente aplicación de medidas terapéuticas que no sirven ningún propósito científicamente validado.

Me explico. Con el advenimiento de las tecnologías de comunicación, muchos libros de texto se han vuelto obsoletos, porque los conocimientos se transmiten mediante revistas (en papel o electrónicas) y la información basada en evidencias (que es decir, consensos estadísticos probados) están al alcance de cualquier lector.

Paralelamente, existe una abundancia de veredictos parciales, inconexos e incluso apócrifos, que circulan en las redes sociales como verdades a medias. El buen médico está obligado a reconocerlos, desacreditarlos con información científica y tras ello, educar con tenacidad a su paciente para que siga las mejores medidas tendientes a recuperar su salud.

La inercia en estos procesos clínicos es justamente lo contrario; es decir, dejarse arrastrar por nociones parciales, no documentadas o maltraídas por la fuerza de la costumbre o por la supuesta “sabiduría” de los maestros.

Durante décadas interminables, escuchamos en las aulas criterios personales que pasaban de boca en boca y se refrendaban como la palabra sagrada del Magister dixit. No cabía cuestionamiento alguno, esa era “la pura verdad”. Con esta información y lo medianamente aprendido en los libros de texto nos encaramábamos al barco de la especialidad, donde se ratificaba el fenómeno. Nuestros mentores eran ahora los residentes de mayor jerarquía, que filtraban a su vez las verdades y artificios que iban aprendiendo sobre la práctica. Desde luego, auxiliados por la información de las revistas periódicas que sorbíamos con avidez en las bibliotecas de nuestros hospitales y que era nuestra fuente de sentido crítico, bastante endeble por cierto, a la luz de aquel entrenamiento militarizado e incontestable.

Al cabo de este adoctrinamiento, quienes teníamos la fortuna de continuar una estancia clínica en el extranjero, sufríamos el síndrome de “allá en el rancho grande”. Así, regresábamos con otras nociones, acaso más novedosas, tal vez mejor articuladas, fruto de la experiencia y la confrontación con ideas originales, para reemplazar a nuestros maestros y erigirnos en los detentadores de la verdad reeditada.

Para ilustrarlo, me permito plantearles tres ejemplos que retomo de mis inquietudes diarias a fin de sustentar mi argumentación.

  1. El empleo de antibióticos en infecciones no complicadas. Una de las grandes lacras de la Medicina contemporánea son las resistencias bacterianas. El problema es exponencial y data de muchos años de utilizar antibióticos empíricos en pacientes que no están inmunocomprometidos o cuya infección no ha sido documentada por cultivos (1). Tal práctica ha dado lugar a los llamados “superbugs” que son gérmenes multirresistentes a diversos antimicrobianos y por ello causantes de infecciones que ponen en peligro la vida. El ejemplo típico son los MERSA (estafilococos resistentes a meticilina) o las enterobacterias ESBL (de espectro prolongado para beta-lactamasa). Estos agentes infecciosos son agresivos, difíciles de erradicar y con frecuencia promotores de septicemia. Pero lo inquietante es que son el resultado directo del uso indiscriminado de antibióticos por décadas. Otro ángulo de esta práctica perniciosa es el empleo de antimicrobianos en infecciones virales. Grosso modo, sabemos que el 70% de las infecciones respiratorias o intestinales en población abierta son causadas por virus, sobre todo en épocas de cambio climático (invierno – primavera, o verano en países tropicales). Prescribir antibióticos porque “la garganta está roja” o “tiene diarrea abundante” es una conducta caprichosa y que frecuentemente sólo complica la infección viral con disbiosis (desequilibrio de la flora autóctona). El resultado es que los síntomas se prolongan o sobreviene una colonización por bacterias que extienden la infección (2). En la jerga popular “el catarro es una infección que se resuelve en siete días, con ayuda, sin ayuda o a pesar del médico”.
  1. Tratamientos no convencionales en enfermedades reumáticas. Como se sabe, la osteoartrosis (mal llamada enfermedad articular degenerativa) es el padecimiento reumático más frecuente en la Humanidad. La razón es simple: envejecemos y con ello, perdemos la integridad del cartílago articular. En muchos casos, el proceso es sintomático; duelen los dedos o las rodillas, se entumen por la mañana o se deforman casi imperceptiblemente. Me sorprende ver que, compelidos para ofrecer “algo más” que ratificación y educación terapéutica, muchos colegas – incluso especialistas – están prescribiendo Leflunomida, Hidroxicloroquina o Methotrexate (drogas destinadas para la artritis reumatoide) en pacientes con osteoartrosis. El asunto es serio porque los efectos secundarios en personas mayores (con hipoalbuminemia o envejecimiento tisular) son más frecuentes y graves. Además, ningún tratamiento lo es por afinidad, sino por indicación precisa. Tomar arbitrariamente fármacos que sirven en una enfermedad para tratar otra con mecanismos fisiopatogénicos completamente distintos no sólo es hacer mala medicina, es dañar con flagrancia, algo que juramos nunca contemplar.
  1. El uso de corticoesteroides en infecciones respiratorias. Existe cierta evidencia marginal de que el uso de esteroides intranasales en adultos (Cochrane 2007, referencia 3) pueden acortar los cuadros de rinosinusitis, cosa que no se ha demostrado en niños. Los efectos secundarios de estos fármacos son bien conocidos. En adultos causan aumento de la presión arterial, hiperglucemia y en el mediano plazo inmunosupresión, resorción ósea y alteraciones en los tejidos de sostén. En niños, más obviamente, inducen retardo en el crecimiento y gordura, además de los signos mencionados en adultos. Se ha vuelto una práctica habitual emplear cortisona inhalada o por vía oral con la pretensión de acortar el cuadro respiratorio infeccioso, sea por analogía con ciertos procesos alérgicos (asma, bronquiolitis) o por comodidad, dado que el efecto euforizante de los esteroides favorece en apariencia la recuperación del niño. Lo cierto es que las guías más serias NO recomiendan estos medicamentos en infecciones respiratorias agudas (4). Peor aún, los esteroides causan atrofia de la mucosa, inmunosupresión local o sistémica y con frecuencia, sobreinfecciones por hongos (especialmente candidiasis) dado que suprimen la respuesta inmune innata y, junto con los antimicrobianos, alteran la flora natural de las mucosas.

La inercia es un fenómeno físico y cultural propio de los cuerpos o las sociedades en movimiento. Los principios que la regulan pueden ser medidos con fórmulas matemáticas o contemplados en ciertos rezagos de convencionalismos o actitudes que caracterizan a los grupos humanos. Pero dejar de estudiar, de repasar conceptos o de actualizar las guías y consensos que rigen la práctica de la Medicina es una necedad. Es precipitarse en el abismo de la persistencia, una conducta que se rebela contra todo el bienestar que persigue nuestra profesión.

Referencias.

  1. Wise, Richard, et al. “Antimicrobial resistance is a major threat to public health.” British Medical Journal 5 Sept. 1998: 609.
  1. Effects of intervention measures on irrational antibiotics/antibacterial drug use in developing countries: a systematic review. http://file.scirp.org/pdf/Health_2014012613145417.pdf
  1. http://reference.medscape.com/medline/abstract/17443574
  1. Clinical practice guideline for the diagnosis and management of acute bacterial sinusitis in children aged 1 to 18 years. http://pediatrics.aappublications.org/content/pediatrics/132/1/e262.full.pdf
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