Viajar es uno de los deleites de nuestra época. Con el pretexto de especializarse, visitar al pariente o acudir a un Congreso, el mundo se ha vuelto alcanzable y propicio.

Mis primeras aventuras se dieron cuando emprendí la licenciatura en la Universidad de Barcelona, huyendo del arrebato que ofrecía un México desgarrado por la masacre de Tlatelolco. Nos habíamos perdido entre el miedo y la protesta ahogada, y volteamos hacia la oscuridad de la psicodelia en busca de sentido. Nadie ofrecía respuestas y en aquel entorno de vértigo, el recurso de alunizar en la España franquista, al augurio de las letras y las artes legendarias, parecía un salida airosa.

Antes que eso, mis recorridos habían sido periplos limitados al horizonte que se consumía, o bien a otro extraño país entronizado por su limpieza y su poderío, donde nada era mío, salvo el accidente de haber sido parido a destiempo. Como prolegómeno del emigrante que yacía en mí, me encontré ante el encanto de Sudámerica, con su música triste, sus pasiones callejeras, sus lagos impolutos y ciudades amagadas por las dictaduras.

Tras aquel exordio, puedo decir que me trasladé a la par con mi ingenuidad y un pasaporte donde no cabían mis cabellos y mis ilusiones, movido por la ambición de la tierra prometida.

Europa era un sueño desde cualquier perspectiva, pero muy especialmente asomado a la arquitectura y el arte. Me deslumbré con Gaudí, Picasso y Dalí en Catalunya, cuando había que contener el idioma y el albedrío debido a la represión. En esos años, uno podía acercarse a la sonrisa de la Gioconda sin tener que eludir hordas de fotógrafos u obstáculos fijos. Las torres disímiles de la Catedral de Chartres o las gárgolas de Notre Dame podían tocarse entre la neblina, tanto que se quedaba el gótico impregnado en los pulpejos. El Sena, como el Rin y el Támesis regían imponentes surcando sus ciudades, espejo de la melancolía en invierno o del desparpajo y los amoríos furtivos apenas despuntaba la primavera. Aprendí a matizar las estaciones con el color de la naturaleza: la impecable blancura de los almendros, el resplandor verde arrobando el verano, la languidez de las hojas ocres y azafranadas que anuncian el reposo del campo. En fin, me hice habitante de las raíces y los cienos.

Uno acarrea consigo su paisaje, y una vez que deja un lugar tras aquella estancia – sin importar cuan larga o corta -, se desprende de ese otro panorama como de un pellejo de serpiente, que se arrastra y se seca hasta olvidarse.

Regresé sin saber que había incorporado entre la piel y el tiempo. Renuncié a los amores marchitos, a la perspectiva del mar, a la poesía como única voz y, sin poder evitarlo, a la adolescencia. Todavía remolqué por algunos meses la añoranza y escribí odas cada vez menos referentes; como las cartas, que se fueron haciendo exiguas y remotas.

Me introduje – redimido de mi postración y mis heridas – en el piélago del cuerpo y sus bulevares. La fisiopatología me cautivó con un estruendo que perdura. Abandoné todo devaneo y me concentré en los secretos de la percepción y la materia. La iniquidad que distingue a este país me tomó por asalto y me entregué al servicio social con tanta indignación como denuedo. Pero había encontrado mi razón y mi sendero, del que nunca más me apartaría.

– La compañera más celosa, la más posesiva – había dicho un maestro de Nosología. – No te dejará ni un respiro, y si quieres abandonarla, regresará para cautivarte, como una hechicera. Ésa es la Medicina.

Más de una década para domesticarla y hacerla mía. Toda una vida para satisfacer sus demandas y veleidades.

Ella me hizo prometer que volvería al Viejo Mundo, para atravesar los umbrales donde Hodgkin, Laennec o Virchow habían aireado sus pensamientos. Recorrí esas aulas con reverencia, y me senté a estudiar en los jardines que asistían a sus homenajes y lucubraciones. Como tantos otros que me precedieron, pasé hambre y frío, lo suficiente para apreciar el esfuerzo y el temple que otorga la lejanía. Noté como las noches se alargaban y  con ello la vida nocturna en esas latitudes refulge: todos los caprichos salen a deambular entre farolas.

Mario Benedetti escribió con razón en su “Primavera con una esquina rota” que no se adquiere la ciudadanía por el mero hecho de exiliarse o ser acogido en una patria alterna. Su himno es forastero, los colores de su bandera carecen de brillo y los recuerdos están anclados en otra parte. Se procura el idioma, la residencia; incluso se arrogan los lugares comunes, pero el alma sigue ajena, reticente, anhelando lo oriundo y el olor del terruño.

Es inevitable. Conocí hombres y mujeres que en la escena pública eran paisanos, pero en el silencio de sus cocinas o sus plegarias retomaban su origen para paladearlo. Los más honestos, como Célio o Bernard, nunca abdicaron de sus cepas, y en la intimidad hablaban portugués o francés para sí mismos y sus apegos.

Existe no obstante el hijo pródigo, que sigue sus instintos, que hace camino al andar. O el desterrado, el que se refugia de la ignominia atravesando fronteras, porque no tiene alternativa. Ambos viajan con su pasado oprimiéndoles el pecho, como una asfixia que dirige sus pasos, robándoles el aire. Los hemos visto en la penumbra de las aceras, en los cruces de caminos, varados en los puertos y las carreteras.

Esta mañana hay en Europa, buscando cobijo, desconsolados, remolcando a sus hijos atónitos y hambrientos, cerca de dos millones de refugiados. La mayoría procedentes del Mediterráneo oriental o los estrechos del norte de África.

Se han ahogado, muerto de inanición o abatido en su marcha incesante para quedar sepultados por el frío, en cifras descomunales, ajenos a toda estadística o ceremonia. Los países ricos, alegando insuficiencia, les han cerrado las fronteras o revocado sus solicitudes de asilo (un millón trescientas cincuenta mil de éstas hasta el invierno pasado).

En tanto, los expatriados viven a la intemperie, en tiendas hechas de cartón o tela, hacinados en su indigencia; tiritando o mancillados por el sol, a merced de los maleantes y los embaucadores. Sus hijos desconocen el futuro, muchos ya no recuerdan su hogar ni el aroma de sus estepas; aprenden a robar y a mentir para subsistir este verano; acaso librarán el invierno, si encuentran asilo.

Quienes por fortuna vivimos en lugares donde las amenazas son medibles, tenemos la obligación moral de escuchar esas voces, antes de que se ahoguen, antes de que sean acalladas para siempre. Piensen que al viajar, al derrochar, al voltear hacia otro lado, todos somos cómplices de negligencia.

 

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s