El verano en esta ciudad es bastante grato. Con la suspensión de labores escolares, el tráfico se aligera y el cielo opaco de la jungla de asfalto se tiñe de humedad y de nubes torvas. Llueve por las tardes y verdean los jardines, yermos durante el resto del año.

Bajo esta égida, al calor del café vespertino, las lecturas dejan las repisas y los rincones olvidados, cobran vida y se amontonan. En ese tenor y gracias a un programa de radio, he adquirido el ensayo “La vida íntima de los encendedores”, cuya prosa es una delicia y que recomiendo a quien se atreva a explorar porqué sus objetos preciados lo miran de reojo o si el espíritu de la Tierra sufre por tantos excesos.

Con menos erudición, a mí me ha servido para ilustrar la inserción del pensamiento mágico en la salud y la enfermedad. Coincido en que tal forma de discurrir, tan atinente a nuestra subjetividad, no se limita a una mentalidad infantil ni es privativa del salvajismo “prelógico”. Precede al lenguaje y se sirve de él para nombrar las cosas u objetos a los que – por identificación – les atribuimos ánima, los creemos vivos.

Desde esta perspectiva, la neblina se aclara. Se trata de una creencia, una ilusión que satisface un deseo. Para decirlo de una manera llana, es un acto de fe, que se resiste a cualquier verificación material. Existe porque se cree en él, y ese arbitrio basta para darle vigencia.

Así como el niño considera que debe acariciar sus juguetes cuando caen, de forma análoga como su madre mitiga su dolor al golpearse, los antiguos habitantes del Neolítico veían en los truenos o las inundaciones la manifestación del enojo de la Naturaleza. Gradualmente, estos meteoros tuvieron que encararse con ciertos rituales, cuando la semejanza antropomórfica (por asociación totémica) hizo que se los adscribieran poderes selectivos o personalidades que permitían dar cuenta de sus caprichos. Saturno representa la furia y el temperamento explosivo del Olimpo. Prometeo es castigado por su soberbia al robar el fuego de los dioses, lo más arcano de la divinidad. Y así sucesivamente.

Se requirió por cierto de una sofisticación gradual en el lenguaje simbólico para que progresáramos desde los rituales cavernarios o el sacrificio de doncellas vírgenes hasta una elaboración tal como la detentan la mitología griega o romana, la escatología o las religiones monoteístas.

Pero se trata del mismo hilo conductor. El mundo debe explicarse, debe responder a ciertas pautas discernibles. Las deidades son hombres y mujeres etéreos, pero veleidosos como los mortales, que obran por encima de nuestros deseos y expectativas, que controlan azarosamente los destinos de todos los que sufrimos dolor o padecemos enfermedades. Nos guían sencillamente frente al asombro que nos producen, dada nuestra vulnerabilidad, las incertidumbres que acarrean la existencia y la muerte.

En este sentido es bastante comprensible que sean figuras míticas las portadoras o detentadores de lo inefable: ángeles, duendes, demonios, hadas o fantasmas. Finalmente son los espíritus de ancestros o desconocidos que adquieren albedrío y vida propia para insuflarnos de significado. Habitan alrededor de nuestras eventualidades, tiran cosas o abren puertas en casa para darse a conocer, nos hablan a través de espiritistas o médiums; son como delirios, siempre presentes aunque volátiles.

De estas ideas recurrentes y hasta obsesivas deriva la convicción de que existen remedios mágicos, antídotos suficientes para curar enfermedades con etiologías y fisiopatogenias totalmente divergentes; en una palabra, panaceas.

A lo largo de tres décadas de atender enfermos con padecimientos raros (predominantemente inflamatorios) he visto desfilar toda clase de supersticiones y atavismos. En buena medida se trata de pócimas o fármacos a los que se atribuyen efectos desproporcionados, sin conocimiento alguno de su farmacocinesia, pero imbuidos por quien los aporta de un pretendido poder absoluto (y misterioso) para ajustarse al trastorno en pugna.

Acaso lo más sorprendente es que se apliquen sin distinción al padecimiento de cada individuo que lo trae a cuenta, como si se desentendieran de mecanismos biológicos y bastara sólo el deseo o la buena voluntad de los emplazados para cumplir con su beneficio.

Lo que está en juego es una atribución, un fetichismo que irradia del temor de la enfermedad, de la creencia de que se puede resolver con un empeño a voluntad, que zanja todo mal y toda vacilación. En suma, se trata de retomar el control de lo ominoso, de lo inesperado (uncanny en inglés). Lo divino al alcance de la mano.

Me permito nombrar unos cuantos remedios ad hoc, sin una jerarquía precisa, para dar cuenta de lo que entrañan y la peculiar convicción que detentan para implementarlos. Lo dramático es que sin una investigación juiciosa, se pongan en uso en los consultorios y los hospitales para satisfacer una ilusión y no pocas veces, un propósito mezquino.

Los suplementos para “regenerar” el cartílago. Hace casi treinta años que surgió la noción de que la inmunoterapia oral podía alterar ciertos mecanismos destructivos en autoinmunidad por afinidad molecular. Los modelos experimentales en roedores sugerían que dar mielina per orem antes de producir encefalitis alérgica experimental tenía un efecto preventivo. Ello derivó en la creación de un modelo análogo en ratas con artritis experimental. Los hallazgos preliminares (dar de comer cólagena parecía evitar inflamación) fueron criticados y eventualmente descartados por falta de reproducibilidad, como sucede en muchísimas investigaciones que no trascienden. Eso no obstó para que algún vivales propusiera que si se da glucosamina y condroitina a pacientes con desgaste de cartílago articular (ambas substancias son componentes estructurales del mismo), se pueda detener y hasta regenerar su erosión. El elíxir de la eterna juventud en cápsulas, vale agregar. Hasta ahora ningún ensayo controlado, doble ciego, ha demostrado su utilidad para retrasar el desgaste del cartílago. Es decir, estamos ante una creencia, una suposición, que alimenta el efecto placebo y la codicia de sus mercaderes.

El factor de transferencia. A finales de los años setenta, cuando el serodiagnóstico (epitomizado por las “reacciones febriles”) dejó de ser útil dadas las técnicas de cultivo y la medición de componentes celulares distintivos de ciertas enfermedades, los llamados factores de crecimiento pasaron a ser moléculas con características bioquímicas y funciones definidas. Se sintetizaron en pocos años las primeras interleuquinas y se identificaron sus niveles normales o patológicos, así como sus respectivos blancos linfocitarios. Todo esto revolucionó la Medicina y muy particularmente, abrió la escotilla para que salieran a la luz los secretos de la Inmunología. Entretanto, los laboratorios buscaban conocer los efectos del crecimiento celular mediante los llamados “mitógenos” (en buena medida, proteínas derivadas de plantas con capacidad proliferativa). Era predecible suponer que las células mononucleares estimuladas por mitógenos, emiten al líquido sobrenadante multitud de proteínas (citocinas, factores de crecimiento, etc.) que tienen añaden a su vez un potencial estimulante. Tal es la premisa detrás del llamado “factor de transferencia”. Es decir, un estimulante por extensión, purificado de la efusión de células que proliferan y ultrafiltrado para conservar sus componentes ínfimos. Hasta aquí todos contentos. Lo que no es sostenible es que remedie por igual el herpes genital, la fibromialgia, el autismo, la infertilidad, las artritis juveniles, la esclerosis lateral amiotrófica, el síndrome de Wiskott-Aldrich o la fatiga crónica. Enfermedades cuya etiología y mecanismos patogénicos son totalmente desiguales, y así como en unos casos estimular el sistema inmune puede tener efectos benéficos, en otros puede resultar catastrófico (en Lupus o miastenia gravis, por ejemplo, donde también se ha preconizado su uso). Me sorprende que no se haya empleado en agammaglobulinemia de Bruton o en aplasias medulares, dadas sus proteicas virtudes. ¿La moderna panacea o por fin, el lapis philosophorum?

La medicina naturista. Por natural se entiende que no ha sido sintetizado o purificado mediante procedimientos químicos; que no ha sido manipulado, como los tubérculos, las flores o las semillas en su estado original. En respuesta a la medicina alopática, diversos exponentes de un retorno a lo bucólico han insistido en que nuestras enfermedades contemporáneas son producto de haber renunciado al estado natural. Si bien el reciente conocimiento de la microbiota autóctona ha alertado sobre la necesidad de cuidar nuestra alimentación y aún más, prescindir de antibióticos u otros fármacos innecesarios, no hay tal cosa como un complot para “enfermar a la humanidad”. La industria farmacéutica ha mostrado sin duda un carácter mercenario y avaro, pero eso no quiere decir que el avance científico, la vacunación masiva y el empleo racional de antimicrobianos hayan sido en medida alguna perjudiciales para el planeta. Percibo una tendencia animista en tal acusación, como si la explotación de los recursos naturales tuviera como único propósito la aniquilación de lo ingenuo y lo prístino. Por supuesto, existe la herbolaria, tekhné que deriva de la botánica con propósitos medicinales. Pero el uso de plantas y cocciones curativas tiene sus limites; no se puede suplantar la insulina con ginseng o eucalipto, ni revertir la psoriasis con tepezcohuite, o pretender que la equinácea evite la influenza. Los baños termales, las infusiones y las unturas tienen un lugar discreto en la mejoría de ciertos síntomas, pero están lejos de purificar el cuerpo, como se suele propugnar. No existe tal entelequia como la “pureza espiritual” y mucho menos del cuerpo, que está saturado y embebido de bacterias. Los gérmenes son con frecuencia nuestros mejores aliados y coexisten en nuestras cavidades para mantener el equilibrio microbiológico. Sin ese ecosistema de defensa, no subsistiríamos una sola invasión de patógenos. De modo que proponer una curación natural es insostenible. Ninguna esclerosis múltiple, cáncer de páncreas o peritonitis responde a remedios pretendidamente naturales (dado que muchas veces se trata de cápsulas extraídas y sintetizadas en laboratorios “naturistas”). Lo natural es la homeostasis, como lo es también la enfermedad, y habrá que distinguir si nuestras intervenciones alientan una o la otra.

La Medicina no es una ficción, es una iniciativa humana de muchos siglos, que ha costado éxitos y fracasos por igual, como todo lo que caracteriza a nuestra especie. Es la suma de los esfuerzos intelectuales y técnicos de millones de mujeres y hombres con el único propósito de aliviar y hacer más amable la existencia. Como el animismo o la religión, no se trata de creer en ella; sino de constatar sus efectos, su ejercicio ético en la clínica, el fruto de sus investigaciones y revelaciones para todos, sin distinción de credo o pensamiento mágico.

Referencias.

  1. Ignacio Padilla. La vida íntima de los encendedores. Animismo en la sociedad ultramoderna. Páginas de Espuma, Madrid 2009.
  2. Barker Bausel. Snake oil science. Oxford University Press, New York 2009.
  3. Eugene Subbotsky. Magic and the mind: mechanisms, functions, and the development of magical thinking and behavior. Oxford University Press, London 2010.
  4. David Abram. The spell of the sensuous: perception and language in a more-than- human world. Vintage, New York 1997.

 

 

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