Fueron años de desconcierto, las drogas suplían la esperanza y el enojo. El festival Rock y Ruedas – burdo equivalente de pan y circo – fue implementado como émulo artesanal de Woodstock, avalado por un gobierno ante el patíbulo y por ello destinado al fracaso.

En los jardines del Parlamento en Berna, yo musitaba aquella tonada de Bob Marley sin saber que el barrio de Trenchtown era la cuna del reggae o bien a bien qué significaba Rastafari, omisiones propias de nuestra generación, tan crédula y tan maleable. Habían depuesto al emperador Selassie y nos preguntábamos qué enigmática relación cabía entre este personaje  y nuestros himnos de juventud.

Más acorde con mi destino, en el primer respiro que me dejaron la Bioquímica y la Fisiología, lo investigué. Pero no fue hasta hace pocos meses que lo puse todo en perspectiva (1).

En 1930, el regente de la provincia de Harar, aupado por el mensaje mítico de su madre (“de tu vientre nacerá un hijo único, descendiente de Salomón…”) se erigió en Emperador, Rey de Reyes, León Supremo del paupérrimo territorio de Etiopía.

Había nacido el verano de 1892, en una casa de lodo y zarzales, hijo legítimo del gobernador Ras Makkonen. Aliado del emperador Menelik II, catapultó a su vástago hacia la corte de Addis Abeba, donde éste desposó a la sobrina del heredero. Apto conspirador, el joven Lij Ras Tafari Makkonen denunció que su rival se había convertido al Islam y por ello no tenía derecho a ocupar el trono imperial. Con la cautela de un ratón pero las fauces de un león – como se decía de sus envites – encarceló al hijo de Menelik y se adjudicó el cetro, rebautizándose Haile Selassie, que significa “la fuerza de la Trinidad”. Fue el soberano absoluto de Etiopía hasta 1974, salvo por un breve lapso en que el ejército de Mussolini lo envió al exilio.

Proclamó su investidura en línea directa con Menelik I, quién la leyenda sitúa como el hijo del Rey Salomón y la Reina de Sheba, tal como lo asentara la irrefutable constitución de 1955. Día y noche protegido por una cohorte de guardaespaldas, además de leones y chitas domesticados por chambelanes, deambulaba en silencio ostentoso en medio de una multitud de adeptos que lo reverenciaban a cada paso.

En un país acostumbrado a la humildad y el servilismo, donde la autoridad era acatada sin chistar, su Graciosa Majestad abolió la esclavitud y desterró a los colonialistas. Proclamó  el primer estado independiente de África cuyo eco resonó tan estruendoso en Soweto como en las Indias Occidentales, y con la inercia que da la Historia, fundó la Organización de la Unidad Africana cuya sede aún hoy es Addis Abeba.

Durante su opulento reinado, decretó la “hora de las designaciones” (de 9 a 10 AM), periodo marcado por un intenso nerviosismo donde eran depuestos o ratificados sus dignatarios con mano despótica. A ella seguía,  en la Sala de Audiencias de 10 a 11, la “hora del cajero” durante la cual se repartían sobres con dinero (siempre menor al concedido) para todos aquellos que mediante ruegos e influencias accedían a su gracia.

Para los países pudientes, el dinero es un bien de cambio que permite acceder al mercado, comprar viandas o parcelas, invertir o consumir en distintas escalas. Pero en un país pobre, el dinero es un matorral magnífico, siempre floreciente, que te separa del resto. Uno deja de oler el hedor de la miseria, se distingue de los parias, adquiere nacionalidad y privilegio. El dinero otorga alas, para volar, para erguirse como ave del paraíso; un sujeto bendecido al que todos envidian y admiran. Tal era el favor que su Misericordiosa Alteza imponía en unos cuantos miserables.

Por último, a mediodía, antes de retirarse a comer y finalizar su atribulado día, el León de Judea pasaba a la “hora de Corte Suprema de Apelaciones” donde se investía con un manto negro e impartía justicia sin interdicción. Los veredictos emitidos en estos minutos eran inapelables y la sentencia de muerte ejecutada de inmediato.

Selassie fue un viajero incansable y derrochador, que sabía seducir a presidentes y ministros con su parafernalia y sus garantías. Tanto, que fue elegido “Persona del Año” por la revista Time en 1936, ambiguo honor que comparte con Hitler (1938), Stalin (1942) y el ayatollah Khomeini (1979).

Tras el intento de sedición orquestado por los hermanos Neway y la elite de la Guardia Imperial en 1960, mientras Selassie visitaba Brasil, la vida en Palacio nunca volvió más a su equilibrio y confianza. El monarca se encerró en sus aposentos, reticente de todos cuantos le rodeaban. Para garantizar su seguridad, atrajo una horda de paisanos voraces e iletrados, pero leales hasta la muerte, que le informaban de cualquier movimiento sospechoso. Con minucioso escrúpulo, Su Alteza Magnánima estableció “la hora de la policía y el ejército”, cuyas actividades represivas distinguieron el ocaso de su Imperio.

Cuando la gente se siente perseguida, inventa un lenguaje informal, sin diccionarios, con una gramática y sintaxis espontáneas, cuyas reglas obedecen al sigilo y a la paranoia. Además del idioma oficial, el Amhárico, el pueblo etíope aprendió a hurtadillas este idioma alterno, el de la intimidad, el que podía salvar sus vidas frente a los sicarios del emperador.

Pero todo árbol viejo cae por su propio peso. En 1974 Selassie fue derrocado por un golpe de Estado militar marxista. Para ello se conjugaron varios ingredientes: la disputa territorial con Somalia, teñida por la voracidad geopolítica de las grandes potencias; el debilitamiento político de la armada, desnutrida y sujeta a salarios de miseria; pero ante todo, la hambruna resultante de la sequía del invierno de 1973, donde murieron cerca de un cuarto de millón de ciudadanos.

La guerra y la muerte siguieron la estela del gobernante depuesto. Desde lejos, ondeando sus tres colores y las rastas impregnadas de mariguana, su culto se extendió por el Caribe. Sus discursos se hicieron canciones al ritmo de percusiones y guitarras eléctricas. Con el pretexto de la resistencia ante la invasión fascista, Selassie fue entronizado como dios verdadero y adalid contra “Babilonia” (el colonialismo europeo). El movimiento de liberación en Jamaica, encabezado por su apóstol Marcus Garvey, lo erigió como el “Cristo negro” al reconquistar su país (liberado por las fuerzas aliadas en la Segunda Guerra Mundial).

A los ojos de los Rastafaris – cuya estirpe deriva del nombre original de nuestro personaje -, Etiopía se convirtió en el legítimo Zion, atrayendo cerca de 2500 nativos de Jamaica y otras islas a fundar una villa de libertad cerca de Addis Abeba. La vista oficial de Selassie a Kingston en 1966 se recuerda como la llegada del Mesías ante su fervoroso pueblo.

Los derroteros humanos siguen vertientes insospechadas. No mujer, no llores: la miseria es un impulso creador y los dioses acuden de tanto en cuanto para enjugar tus lágrimas.

Referencias.

  1. Para los interesados en ahondar en el tema, recomiendo el libro “King of Kings: The triumph and tragedy of Emperor Haile Selassie I of Ethiopia” de Asfa-Wossen Asserate, publicado por Haus Publishing en Septiembre 2015.

 

 

 

 

 

 

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