Lo trivial

Lo trivial

Es un día cualquiera en esta ciudad sin orden. Mientras desciendo hacia la avenida principal, un autobús con gente colgando de sus puertas, se abalanza contra los autos que le impiden el paso. Alguien saldrá herido – pienso -; para mi sorpresa, las piezas se acomodan y el flujo de tráfico sigue su curso aglomerado.

Hay charcos y basura por doquier, los peatones corren para eludirlos y no empezar la mañana ensopados y maledicientes.

Un guardia mal encarado me cede el paso al tiempo que pasan zumbando dos camionetas, la segunda a escasos metros, custodios del atropello, sin duda. La fila de coches con luces intermitentes estorba el paso, pero asumimos la regla de tomar nuestro lugar en la procesión. No obstante, siempre acude un vivales que salta el acuerdo, a sabiendas de que está violando el derecho de los otros. En un país donde se pondera el revanchismo, ésa es la norma, no la excepción.

Con tales pensamientos, esquivo varios taxis y transeúntes que me salen al paso, sin advertencia, justificados y cegados por la prisa. Afortunadamente, las notas de la Kreisleriana de Schumann no se agolpan tanto en el caparazón que me traslada, y puedo reducir la velocidad para atestiguar cómo el mundo se tropieza en mi entorno.

Del otro lado del camino, los bocinazos preceden a una hilera de coches que sortean un accidente. Los conductores están al pie de sus autos, discutiendo incongruencias y atados a sus móviles, llamando entre gesticulaciones vanas al destino. Tardarán horas en resolver el litigio, ya se sabe. Entretanto, el cúmulo de coches se agolpa y el ruido va in crescendo.

Aquí entro al hospital, como un remanso. El estacionamiento ya está ocupado a medias; colegas tempraneros y familiares que pernoctan, enfermeras o personal que se despereza con el café obligado y el pan dulce.

Me acerco al ascensor y antes de acceder del todo me alcanza una pareja que corre como si éste fuese el último tren a la eternidad. Saludan con aliento entrecortado y suben sólo al primer piso, ansiosos y perseverantes en su descompostura. No deja de asombrarme esta zozobra por llegar al elevador que se escapa. ¿Hemos perdido el sentido del tiempo, la paciencia?

Vivimos en este universo apremiante, donde los celulares tienen que ser respondidos aunque se nos vaya en ello la vida. Chatear al volante, interrumpir las conversaciones, estar y no estar, todo al tiempo, por capricho.

Mi primer paciente llega tarde, enmarcado por el rumor incesante que aturde desde la calle vecina. Saluda inquieto, sin mirarme a los ojos, adoptando una curiosa sumisión. Deja su celular sobre el escritorio y extiende una carpeta con estudios antes de iniciar su relato.

Súbitamente todo sufre una transformación. Los motores se apagan, la puerta se torna infranqueable, mi teléfono se aleja hasta hacerse imperceptible y la pantalla que nos estorba, deja de titilar.

Escucho atentamente, entrecruzo los dedos sobre las piernas, giro la silla para ofrecerme y atiendo, sólo atiendo; desmenuzando cada inflexión de voz, cada expresión sintomática, cada gesto de malestar o de angustia.

No he olvidado que mis maestros me enseñaron el valor de la anamnesis, pero ha sido la experiencia, los fracasos, los errores por omisión y la certidumbre cuando la luz fue mía y pude desplegar sin ambages el arte de la cura, que me instruí en atender. Sondear las palabras, matizar los gestos, pintar el cuadro entero del padecimiento y entretejer la narrativa con mis conocimientos y enseñanzas. Urdir la trama del sujeto, observarlo frente al abismo de su cuerpo herido, tomar su aflicción y hacerla un maderamen coherente, incluso explicable, pieza a pieza, ésta y otra vez, como asistir a un ritual atávico. No interrumpo, apenas traduzco al lenguaje más discreto sus desaciertos, evito adjetivar y me abstengo de cualquier término grandilocuente, que sólo nos distanciaría.

Ser médico esta mañana es zarpar hacia el mar donde todos los miedos y las preguntas cobran vida, donde la ballena blanca embiste pero puede al fin ser derrotada, a expensas de uno mismo, de nuestras veleidades y exigencias. De ser por una vez y para siempre, quien puede mitigar el dolor y esperar sólo esa recompensa.

Cuando juramos primero no hacer daño, en la humildad de nuestra juventud recién condecorada, también aceptamos inconscientemente la convicción de hacer el bien, por encima de nosotros mismos, de recibir el pago justo; eso mismo, otorgar un servicio, lejos de la banalidad y el credo.

Como es obvio, tropezamos con frecuencia, somos falibles y acaso perfectibles, miramos a través de una ventana que se va nublando con los años y así perdemos tino, requisando la confianza y la resolución.

Veo a mis colegas viejos arrastrar los pies por los pasillos. Nos conocemos, aunque esquivemos el saludo. Ellos saben que se acerca el momento en que tendrán que ceder, recluirse y abandonar el barco.

Seguimos en turno. Ahora que las canas nos delatan y la energía cobra su cuota, reconocemos que somos solamente un recurso, efímero si bien necesario, para cobijar el dolor que nos compete.

El prestigio es vanidad, y se disuelve con el paso imperturbable del tiempo. Ser o no ser, aunque parezca panfletario, es el dilema simple de toda existencia.

Trastorno del deseo

Trastorno del deseo

Desde el balcón contiguo a la mesa donde desayunan, las observo discretamente sin perder detalle. Ella, una treintena de malos años quizá, emaciada, trata de ingerir una ensalada frente a los ojos irritantes de su madre. Cada bocado es una petición de clemencia. Cada trago va seguido de una reconvención en tono admonitorio, que hasta aquí no escucho, pero claramente puedo seguir por sus ademanes.

La hija está detenida en el tiempo. El rostro afilado, las ojeras violetas, el cabello desaliñado y las manos secas. No debe pesar más de cuarenta kilogramos y viste como una niña que se encontró las ropas de su hermano mayor. La escena es tan trágica como descriptiva, porque se respira lo funesto en cada gesticulación, en cada mirada suplicante.

En una lectura superficial, como las que se acostumbran en ciertos foros de Psicología, la anorexia es una alteración de la imagen corporal que busca acomodarse a una delgadez que se torna patológica. Se revierte el desarrollo sexual, se cohíbe la menstruación (la hipófisis ahorra energía) y todo el cuerpo entra en regresión, como si buscara el pasado, donde la amenaza de un mundo inexplicable podía contenerse tras las faldas de mamá.

De manera alternativa, la obesidad podría explicarse como ese yo-piel que se recubre de grasa y fealdad para no ser visto ni seducido, para mantenerse a la vera de la indefensión y la inocencia.

Niñas interrumpidas, parafraseando la película icónica de Angelina Jolie y Wynona Ryder.

Para sorpresa de quienes suponen que es un mal de nuestra época, la anorexia fue delineada por el médico de Suffolk, Richard Morton, en 1694 quien la designó “nervous consumption”. Casi dos siglos después, Sir William Gull hizo una descripción legendaria ante la Sociedad Clínica de Londres de la llamada apepsia histérica (1). Cito:

“Las características clínicas son de emaciación, sin enfermedad visceral alguna. Es llamativo cómo continúa por mucho tiempo y las funciones vitales se mantienen constantes a bajo nivel. Las pacientes, si bien sujetas a un marcado desgaste, se quejan poco de dolor o de malestar general, y están con frecuencia ansiosas y decaídas, si la postración no ha alcanzado puntos extremos. El deseo de apetito (want of appetite en el original) se debe a un estado mental mórbido…una perversión del ego que subyace y determina el curso del padecimiento”.

Gull redondeó sus impresiones diagnósticas un año más tarde (2), pero fue Charles Lasègue quien, retomando sus propios casos y las observaciones del británico, refrendó el concepto de an- orexia (del griego “falta de demanda”) e intuyó sus vertientes psicosociales. La argumentación (3), desglosada en diez páginas, es bastante naïve pero se corresponde con los conocimientos de la época, más cercanos a Charcot que a Freud.

Hoy nos toca entender en profundidad qué atañe al deseo inconsecuente de comer.

Al observar a la pareja en el restaurante, puedo discernir una comunicación atávica que usa el alimento para permutar el afecto. Es evidente que la hija es un rehén del deseo – trastocado en rechazo – de la madre. Ha amado con notoria ambivalencia a esta hija que no le da lo que ella quiere, que no cumple sus aspiraciones, que se resiste a comer, a seguir sus pasos y sus exigencias. Se viste con descuido, se deja morir, se ha convertido gradualmente en un espectro de sí misma. Aunque le duela, odia su proceder y su padecer. Quisiera curarla desde luego, pero sólo sabe rogar o amenazar, como apuntara Lasègue.

Para la hija en cambio, la involución es un recurso (psicótico, en efecto) a fin de eludir el despertar sexual. Nada más escalofriante que menstruar, adosarse de voluptuosidades, atraer miradas o, peor aún, excitarse y anhelar la satisfacción del erotismo. Refugiarse en la madre, identificada de modo narcisista, asexuada y desnutrida, cumple la maldición equívoca de ser niña, de interrumpir el desarrollo y pervertir el tiempo.

Juntas, simbiotizadas. Odiándose y requiriéndose a la vez, como si respiraran el mismo aire denso y contaminado de apetencias.

La hija está a punto de llorar, cansada de ser exigida, de morder lo que no puede deglutir porque le asquea su persona, su imagen deforme e interiorizada en su masoquismo. La madre parece una actriz sádica, que gesticula y sermonea, que le impone un trato ruin para engordarla, para rescatarla en algo que ella misma no puede concebir. Algo o alguien que le disgusta de raíz y que repudia porque, si lo consigue, dejará de ser suya y se irá para siempre.

Como pueden intuir, la muerte ronda en forma de afán, de impulso motivador, peligrosamente urdiéndose en cada bocado incompleto, en cada vómito a escondidas, en cada gramo que se desprende de esas carnes prematuramente marchitas.

Es el infierno afectivo donde se ha subvertido toda ley. Donde el padre no figura ni se avizora el futuro. Aún más, el pasado se ha escindido en una historia en común, penumbra del sujeto que no se ha hecho cuerpo, sino que sigue atado a su oquedad, al terror inmenso de ahogarse en el vacío, donde no hay paz, ni hambre, ni saciedad.

Es cierto que la manifestación más obvia de la anorexia es una depresión con efervescencias de ansiedad, como señalaba Gull y han constatado todos quienes se aventuran a tratarla. Pero asusta. Las pacientes – en su mayoría mujeres – parecen zombis. Caminan sin voluntad; depositan los ojos de forma dispersa, no miran, no contienen ni contactan; ante todo, se les ve desprovistas de ánimo, como si arrastraran su inquietud como un cadalso. Carecen de lenguaje para explicar su tormento y aprenden a negar para imprimirle cierto sentido a esa locura depositada en su apariencia.

Cuando se dice – como si bastara – que tienen un “trastorno de la imagen corporal”, me parece una afirmación tan burda como decir que alguien con carcinoma de páncreas tiene alteraciones metabólicas.

La anorexia es desolación, sin metáforas, sin fondo. Es la expresión más amarga del propósito de arruinarse a expensas del deseo del otro (la otra, más precisamente). En ese sentido es histeria, solicitación somática que pende de un deseo (demanda de amor) pero que se niega a satisfacerlo como necesidad. La histérica interpreta el consentimiento de la feminidad como un sacrificio, como un don hecho a la voluntad de esa madre a la que se consagraría. Por eso se niega a ser mujer, aunque al reprimir su florecimiento sexual, queda a merced de la madre omnímoda que la engulle.

Esta paradoja hace que todo tratamiento propositivo, cognitivo o relacional fracase una y otra vez. Hasta que no se restituye el lugar de otro que hace de interdicción, que separa y señala, la niña lastimada (no obstante su edad) estará provocando en su madre más sadismo, más rigor incumplido, más deuda de afecto…hasta la muerte.

Tratar la anorexia o la obesidad mórbida en mujeres jóvenes como depresión o simple ansiedad es igual que lanzarse al mar embravecido en un barquito de papel. Así como el cáncer es la destrucción ignominiosa de los órganos por una estirpe celular en desorden, los trastornos del deseo son heridas originarias que se tramitan en el cuerpo a falta de una voz que las contenga.

Referencias.

  1. W.W. Gull (1873). Apepsia hysterica. Medical Times and Gazette 2, 534 – 536.
  1. W.W. Gull (1874). Anorexia nervosa (apepsia hysterica, anorexia hysterica). Transactions of the Clinical Society of London 7, 25 – 26.
  1. Charles Lasègue (1884). De l’anorexie hystérique. Etudes médicales. Tome Premier. Paris: Asselin et cie, editeurs.
  1. Em Farrell (2001). Lost for words. The psychoanalysis of anorexia and bulimia. Other Press, New York.
  1. Gabriella Ripa de Meana (1999). Figures of lightness: anorexia, bulimia and psychoanalysis. Jessica Kingsley Publishers, Philadelphia.

 

 

 

Nada es esencial

Nada es esencial

Then leaf subsides to leaf.                                      

So Eden sank in grief,

So dawn goes down to day,

Nothing gold can stay.

                Robert Frost

Se quedó solo. Los deudos y los amigos, mediante pésames y abrazos hasta el aturdimiento, se han ido. La casa es otra con el clamor de su ausencia.

Recoge los vasos y platos desechables al tiempo que cae la noche, la primera de muchas en que su lecho resultará excesivo.

La cocina en silencio es un hueco tumefacto al que resulta incómodo acceder. Cuelga inerte el delantal y junto al horno la receta del pastel que no la esperan. La fruta exacta, las alacenas en orden y un tufo de soledad que penetra y se queda.
A estas horas le gustaba asomarse al jardín y atender el trino de las aves sometiéndose al crepúsculo. Emitía algún comentario banal que marcaba el fin de la jornada.
– ¿Los oyes? Hoy parecen más alborotados.
Le parece verla aún requiriendo su sonrisa, en señal de aprobación.
– Sólo tú notas la diferencia, Carme. A mí no me hablan tanto.
Impelido por el recuerdo, se ve obligado a parpadear debido a la humedad que empaña sus ojos y descubre al fin su propio lamento ronco, que se ahoga. Ha sido bastante estoico para atender a las visitas, incluso al bajar el ataúd y contemplar los terrones secos que lo sepultaban. Aceptó a regañadientes el sermón cristiano, pese a que su mujer no dio instrucciones al respecto; aunque por su malentendida espiritualidad le debía un conducto y una contrición.
Suena el teléfono, ese extraño rumor estridente que lo sacude de su abstracción.
– Llorenç, ¿quieres que Toni pase la noche en tu casa? Así no te sentirás tan solo.
El gesto le resulta intruso, pero lo aprecia. Además, su sobrino es un chico bastante torpe y no sabría acompañarlo.
– No, Emma. Estaré bien, pero gracias por tu oferta.
La calle ha quedado muda. Sólo el ruido intermitente de los aviones nocturnos rompe la serenidad del duelo.
Observa las fotos sobre el estante de la sala. Ahí está ella, rodeada de niños, impecable en su alegría, rotunda en su sencillez. La imagen que la avergonzaba: una mirada sensual a medio giro, resuelta, en traje de baño durante aquel hermoso verano de Benidorm, cuando cumplieron las Bodas de Plata y rentaron el “pisito” sombrío para celebrarlo.
En el cajón del buró permanecen sus joyas. La argolla de matrimonio, gastada por la fibra de cocina, sus últimos aretes – los favoritos – con dos brillantes menos, y una pulsera que le dieron los hijos al cumplir sesenta, de la que fuese inseparable. Los tapones de oídos, la libreta de los encargos, dos entradas al teatro que tendrá que donar, y sus lentes “de noche”, como solía decir; fieles para tantas novelas y los Sonetos del Amor Oscuro.
Descorre la puerta del armario, y ahora sí, rompe en sollozos largos, lágrimas que no había derramado, que algo calman al enturbiar su cara y el sigilo. Ahí están sus vestidos: el que se rasgó con un zarzal en primavera, el traje sastre de las ceremonias, las faldas tableadas que intercambiaba para dar clase, una blusa de seda que “la hacía verse más gorda” y los suéteres vespertinos, para tomar el té o recibir a los nietos.
Heredará su coche a Montse, que acaba de aprobar el examen de manejo. Y la Universidad, su conferencia pendiente…mero trámite.
¿Quién suplantará el ritual del café y su voz plácida por las tardes, cuando compartían noticias y el día se trocaba en algo propio, irrepetible? Sin ella, ¿quién regará las flores y cortará los rastrojos, los helechos secos y las caléndulas?
Afuera se escuchan gemidos, intercalados con un ladrido opaco. Ha olvidado meter de vuelta al perro, que entra presuroso y se tumba diligentemente junto al sillón de Carme.
Llorenç se desploma y se tapa la cara con las manos viejas, que exudan lágrimas y gimoteos. Poco a poco encuentra recuerdos con que disipar los fantasmas y retomar su pena, más íntima, más evocativa. Mira al perro, que ronca desapercibido. Así lo mantenía a sus pies y sólo ella lo cepillaba o le profería encantos.
– ¡Pobre animal! – piensa. – ¿Qué sabe de la finitud y del destierro?
Regalará su ropa a la casa de ancianos del barrio, donde una vieja amiga languidece en su demencia. Los zapatos, más personales, los ofrecerá a las primas. Quizá ellas encuentren un buen uso, antes de que enmohezcan. Las joyas, no. Por ahora las conservará en la caja del banco. Al modificar el testamento – se dice – , hará una entrega equitativa, basado en el valor sentimental de cada pieza, como si Carme le susurrara al oído a cada quién según su voluntad y entrega.
No hay motivo para detenerse más, después de cualquier tediosa jornada, en el estanco para comprar chocolates de menta, o elegir con dedicación las rosas de los martes.
¿Qué le dirá a Manel, el militar retirado del puesto de periódicos, cuando pregunte si se lleva la revista de la Universidad o el suplemento? Además, tendrá que avecinarse con las vendedoras de pescado, queso y embutidos en La Boquería sin más explicación que su viudez y su vergüenza.
Las credenciales, su odiada tarjeta de crédito, las llaves del portón y sus guantes de jardinería. ¿En qué rincón se mantendrán para olvidarla?
Cansado de rumiar, cierra los pestillos, apaga la lámpara que solía iluminarla y se detiene frente a la escalera, inseguro de haber cumplido todas las tareas vespertinas. Regresa a verificar si el gas está apagado, cuando nadie ha horneado pan en doce días.
Una ráfaga de melancolía se cuela por los entresijos del tapanco. No hay ventana que cerrar; es otra vez su falta, que lastima. El viento – apenas audible – no enfría tanto.
Entre sombras, sube a la recámara. Un golpe lo estremece y se queda clavado en el rellano.
– No había reparado en el olfato – admite en voz alta, como si ella lo escuchara.
El aroma de sus perfumes y lavandas rezuma desde el baño, y está ahí, etérea y aspirada a la vez. Prefiere seguir de frente. Esta primera noche no se enfrentará a tal embrujo, sabe Dios si lo toleraría.
Tras sacudirse el viejo traje y enfundarse en el pijama de franela – sin voltear, sin ser visto -, se mete en la cama con recato, para no despertarla.
Lo único que añora es su ternura, que buscó toda la tarde, y que entre estos lienzos fríos, se ha quedado quieta.

La dama ilustrada

La dama ilustrada

Hace días, acudió a mi consultorio un personaje peculiar. Había hecho su cita con cierta premura, y llegó minutos antes de la hora asignada. Su actitud denotaba escepticismo, pero se dejó conducir exhibiendo obvias deformidades desde la silla de ruedas. Su relato comienza hace treinta y siete años, cuando los dolores articulares se hicieron evidentes y simétricos.

Visitó hace siete lustros al primer médico, quien prometió curar su enfermedad – a la que denominó “reumatismo” – con el empleo de un medicamento novedoso. A la segunda toma, se sintió tan aliviada que quería “ponerle un altar a ese doctor”. Se levantó de la cama y retomó sus actividades con sobrada energía, incluso eufórica. Los dolores desaparecieron por completo, salvo cuando olvidaba tomar la droga a tiempo. Sin embargo, algo notable le ocurrió. Tras seguir dicho tratamiento por un mes, advirtió la presencia de vello excesivo en la cara, las mejillas se le hincharon y la ropa le resultaba incómoda. Además, la piel se hizo marcadamente frágil, tanto que cualquier roce causaba un visible moretón.

Alarmada, regresó con el médico quien insistió en que se trataba de efectos transitorios ocasionados por la artritis, que “luchaba por retoñar”.

Las molestias se hicieron cada vez más prominentes. Acompañado al vello, que se extendía por pecho y espalda, aparecieron incontables lesiones de acné. La piel del abdomen se abrió en estrías violáceas y las extremidades se adelgazaron hasta conferirle un aspecto grotesco. No sólo la deformidad física la deprimía, sino que se encontraba cansada, irritable y con serios trastornos del sueño. Fue entonces cuando sus hermanos tomaron la decisión de consultar a un especialista. Éste, sin explicar las razones de este deterioro abrupto, propuso a cambio un fármaco inyectado y la mezcla de diferentes antinflamatorios que debía tomar en estricta secuencia.

Nuestra paciente se sintió liberada al contemplar la suspensión de la primera droga que parecía causarle tanto daño. Contrario a lo esperado, al suspenderla de golpe cayó en cama gravemente enferma. La asaltaban dolores insoportables en todo el cuerpo, fiebres intermitentes, vómitos por la mañana y una indescriptible fatiga. El empeoramiento se magnificó cuando notó que defecaba sangre.

Un tercer doctor lo atribuyó a gastritis, que confirmaba el ardor de vientre que venía notando semanas atrás. Así, suspendió todos los medicamentos y la confinó a una dieta de lácteos y vegetales, con la promesa de que lo natural habría de sanarla.

Pese a que dejó de evacuar sangre, su artritis empeoró. Ahora le molestaba el cuello, sentía las extremidades como fardos, y el cuerpo rígido, amortajado; cualquier movimiento la despertaba presa de dolor. Accedió entonces a ver a un acupunturista, quien la sometió a diversos baños, dietas, enemas y masajes, además de una sesión semanal de agujas en distintos meridianos o latitudes – agrega.

De este médico recuerda una empatía que adolecían los anteriores, y pese a que sus métodos eran ineficaces, le reconfortaba verlo cada semana.

Al descubrirla inmovilizada, una amiga de la infancia sugirió visitar a una “eminencia” de la ciudad cercana. Al llegar a la clínica, le sorprendió la multitud que esperaba consulta, muchos de ellos con muletas y bastones. Cuando por fin tocó su turno, la recibió un adusto individuo en túnica blanca que no la revisó y que dedicó menos tiempo en interrogarla que en prescribir una gotas milagrosas que debía ingerir de tres frascos de distinto color. Ante la insistencia de la familia, culpable por lo costosa que resultó esta breve entrevista, decidió acatar la prescripción. Efectivamente, las gotas empezaron a surtir efecto. Se sintió de nuevo aliviada y la inflamación parecía disminuir. Al cabo de dos semanas, podía pararse apenas y la embargaba el optimismo.

Una profunda decepción la asaltó cuando volvió a notar su cuerpo tumefacto, envuelto en esa piel quebradiza y violácea que ya había experimentado. Las famosas gotas contenían cortisona, disfrazada con más falsas promesas.

Más conocedora de sus efectos, fue suspendiéndola gradualmente para evitar que los dolores la crucificaran una vez más. Con la poca credibilidad que le quedaba, resolvió aceptar sólo remedios caseros. Durante meses interminables probó de todo: té de árnica, piquetes de abejas hasta la tumescencia, cápsulas de víbora de cascabel (que le causaron una infección de cadera por un bicho de Arizona – según le dijeron), baños de lodo y ajenjo, litros de agua extraídas de un pueblo mágico (Tlacote) y unas pastillas de cartílago de tiburón incosteables.

Ninguna de estas panaceas evitó que se deformara y que perdiera la prensión y el albedrío. La junta de vecinos, apiadada de su calvario, reunió unos dólares para comprarle un frasco de grageas confeccionadas de mejillón de labio verde de Nueva Zelanda, que garantizaban la salvación. Pero nada le trajo alivio.

Aún no sé que la hizo venir. Me sorprende que tuviera paciencia alguna para escuchar otra opinión. Su piel y sus articulaciones daban cuenta de las innumerables batallas libradas a lo largo del padecimiento. Pero ante todo, estaba su humanidad mil veces ultrajada, y su confianza, tan derruida como su integridad física: espejo distorsionado que ilustra la negligencia de quienes debieron atenderla y ofrecerle alivio, antes que timarla con una pretendida curación.

Senderos

Senderos

Con delicadeza, encuentro un lugar en la biblioteca para este libro que justo he terminado de leer. Me invade un placer íntimo y efímero, que se disuelve con la tarde. Lo he experimentado de una forma u otra desde que aprendí a descifrar los meandros de la literatura; es decir, adentrarme en los enigmas de la novela, delirar con los ensalmos de la poesía o enfrentarme a la contundencia irrefutable de la narrativa.

Resulta todo un descubrimiento. Recuerdo distintivamente cómo me deslumbré el día en que, habiendo visitado su casa próxima al Hampstead Heath, retomé la lectura de John Keats y me empalagué de su lirismo. Sentí que por fin entendía el idioma, que lo hacía mío, que había franqueado una frontera virtual que se me resistía.

My heart aches, and a drowsy numbness pains

My sense, as though of hemlock I had drunk, […]

Todo idioma tiene su núcleo arcano, que se desvela tras penetrarlo una y otra vez con el espíritu virgen, sin pretensiones, dejando atrás los prejuicios lingüísticos o culturales.

Sobre mi escritorio, espera Banville y después el Augustus de John Williams. Más allá, me mira con empeño, sin cejar, el “Journal d’un corps” de Daniel Pennac que he abandonado estas últimas semanas. Safranski también – obsequioso – esgrimiendo su Heidegger en la medianía del primer capítulo, que retrata al huérfano inquieto que denostaba de la imposición clerical.

Atravieso la pradera obligada de la actualización: consideraciones acerca del uso de anticoagulantes, prevención de cáncer cutáneo, fisiopatología de la esclerosis múltiple, nuevos agentes infecciosos, manejo del Alzheimer, la edición genómica mediada por CRISPR/Cas o las complicaciones de la cirugía bariátrica. En fin, el camino sinuoso de todos los días, para no quedarme atrás.

Pero otros libros me reclaman cualquier desatención. Sven Beckert ha escrito una extraordinaria panorámica acerca de cómo el cultivo y la urdimbre del algodón han trenzado la historia de la humanidad. Un par de textos a su lado me aguarda “La Torre” de Uwe Tellkamp, cuyas páginas desgarradoras relatan el ocaso del Berlín en penumbra tras el muro que dividió las ideologías del siglo XX.

En unas cuantas décadas hemos sido testigos de cambios geopolíticos que no cesan de asombrarnos. Todos los imperios han dejado un rastro de destrucción y codicia a su paso. Ahora, azorados y asustados a la vez, los europeos atestiguan cómo sus costas se inundan de parias hambrientos y ansiosos de asilo. Entre ellos, ocultos tras el éxodo, arriban o despiertan corazones amargados, dispuestos a inmolarse en nombre de doctrinas vindicativas. “El que a hierro mata…” – nos repiten.

En turno, los gobiernos vociferan y amenazan a nombre de las víctimas inocentes. Las imágenes de infantes ahogados o cuerpos mutilados recorren las redes sociales y se diluyen en los noticieros, con ese impacto transitorio que arrastra indignación o rabia, según el patriotismo o el fanatismo que lo recoge.

Nos estamos habituando a ver escenarios bélicos, actos vandálicos y arengas de retaliación en un mundo estrecho, donde no caben los argumentos y el humanismo. Parece que los medios justifican – por reiteración – que a todo suceso violento debe seguir una venganza o un castigo ejemplar. Los reporteros (y sus lectores) están a la caza de los muertos, los heridos, los culpables.

La institucionalización del odio y la vendetta.

Lo lamentable es que mientras más religiosos son los partícipes, más aborrecen a quienes detentan otros íconos u otros textos sagrados. Se trata del extranjero, el otro, el innombrable, el que habrá que destruir antes que nos amague.

No quiero insistir en que la violencia es connatural al ser humano. Se ha dicho que somos la única especie que no mata sólo por necesidad. Somos capaces de albergar todo género de inquinas en contra de quien no comulga con nuestros deseos o credos. Pero es alarmante que los facilidades de comunicación y la permeabilidad de las fronteras sirven actualmente para llevar los desquites a cualquier rincón del mundo, auxiliados además por drones o tecnología de observación que hacen precisos e “higiénicos” tales ataques.

Las guerras colonialistas en el siglo XXI no tienen campo de batalla. Se escenifican en las andadores de Niza, en los recovecos de Palestina, en las playas de Grecia o Libia, en las mesetas de Siria e Irak, en Timbuktú o Munich por igual.

Peor aún, todos somos soldados potenciales. Basta un incentivo de reclutamiento, un asesinato que nos toca de cerca, una llamarada de nacionalismo o un adoctrinamiento sostenido para hacerse de un fusil, una granada o una chaleco revestido de semtex para elegir el cruce de caminos idóneo y así detonar nuestro rencor destructivo.

Las sociedades que estamos heredando a nuestros hijos están gravemente enfermas. De envidia, de rabia, de abominación, de muerte.

Yo crecí con ingenuidad. En efecto, me sabía diferente; porque tuve acceso a una educación y a una filiación con ciertas ventajas. Pero aprendí desde niño que la discriminación es execrable, que uno está obligado por Ethos a perseguir la justicia y la equidad. Si se quiere, valores propios de la pequeña burguesía (mal llamada clase media), y no obstante contagiosos. Ese era mi evangelio y mi convicción. Bajo tales principios me hice médico y sostengo el caduceo cada mañana, consciente de que mi contribución social es mínima y que quizá se pierde entre el oleaje de la infamia.

Pero no desistiré, tengo colegas admirables que me acompañan por la misma senda. Tuve maestros a quienes debo veneración y continuidad. Ante todo, recibo pacientes que merecen lo mejor de mí y de la Medicina, simplemente por el hecho de sufrir o pedir consuelo.

Me niego a entender cómo un doctor puede cruzar los abismos del mal o afiliarse a un ideario destructor, como Radovan Karadžić, Josef Mengele, James Mitchell o Bruce Jessen (estos últimos recibieron ochenta millones de dólares para implementar un programa de tortura en Oriente Medio *).

Desde este pequeño rincón de conciencia moral, resisto. Como colofón, acabo de cerrar un magnífico libro post-apocalíptico (**), que me reitera que se puede luchar por la vida con cándida esperanza.

Referencias.

*. Steven Miles. Oath betrayed: America’s torture doctors. University of California Press. Berkeley, 2009.

**. Cormac McCarthy. The road. Vintage International. New York, 2006.