Con delicadeza, encuentro un lugar en la biblioteca para este libro que justo he terminado de leer. Me invade un placer íntimo y efímero, que se disuelve con la tarde. Lo he experimentado de una forma u otra desde que aprendí a descifrar los meandros de la literatura; es decir, adentrarme en los enigmas de la novela, delirar con los ensalmos de la poesía o enfrentarme a la contundencia irrefutable de la narrativa.

Resulta todo un descubrimiento. Recuerdo distintivamente cómo me deslumbré el día en que, habiendo visitado su casa próxima al Hampstead Heath, retomé la lectura de John Keats y me empalagué de su lirismo. Sentí que por fin entendía el idioma, que lo hacía mío, que había franqueado una frontera virtual que se me resistía.

My heart aches, and a drowsy numbness pains

My sense, as though of hemlock I had drunk, […]

Todo idioma tiene su núcleo arcano, que se desvela tras penetrarlo una y otra vez con el espíritu virgen, sin pretensiones, dejando atrás los prejuicios lingüísticos o culturales.

Sobre mi escritorio, espera Banville y después el Augustus de John Williams. Más allá, me mira con empeño, sin cejar, el “Journal d’un corps” de Daniel Pennac que he abandonado estas últimas semanas. Safranski también – obsequioso – esgrimiendo su Heidegger en la medianía del primer capítulo, que retrata al huérfano inquieto que denostaba de la imposición clerical.

Atravieso la pradera obligada de la actualización: consideraciones acerca del uso de anticoagulantes, prevención de cáncer cutáneo, fisiopatología de la esclerosis múltiple, nuevos agentes infecciosos, manejo del Alzheimer, la edición genómica mediada por CRISPR/Cas o las complicaciones de la cirugía bariátrica. En fin, el camino sinuoso de todos los días, para no quedarme atrás.

Pero otros libros me reclaman cualquier desatención. Sven Beckert ha escrito una extraordinaria panorámica acerca de cómo el cultivo y la urdimbre del algodón han trenzado la historia de la humanidad. Un par de textos a su lado me aguarda “La Torre” de Uwe Tellkamp, cuyas páginas desgarradoras relatan el ocaso del Berlín en penumbra tras el muro que dividió las ideologías del siglo XX.

En unas cuantas décadas hemos sido testigos de cambios geopolíticos que no cesan de asombrarnos. Todos los imperios han dejado un rastro de destrucción y codicia a su paso. Ahora, azorados y asustados a la vez, los europeos atestiguan cómo sus costas se inundan de parias hambrientos y ansiosos de asilo. Entre ellos, ocultos tras el éxodo, arriban o despiertan corazones amargados, dispuestos a inmolarse en nombre de doctrinas vindicativas. “El que a hierro mata…” – nos repiten.

En turno, los gobiernos vociferan y amenazan a nombre de las víctimas inocentes. Las imágenes de infantes ahogados o cuerpos mutilados recorren las redes sociales y se diluyen en los noticieros, con ese impacto transitorio que arrastra indignación o rabia, según el patriotismo o el fanatismo que lo recoge.

Nos estamos habituando a ver escenarios bélicos, actos vandálicos y arengas de retaliación en un mundo estrecho, donde no caben los argumentos y el humanismo. Parece que los medios justifican – por reiteración – que a todo suceso violento debe seguir una venganza o un castigo ejemplar. Los reporteros (y sus lectores) están a la caza de los muertos, los heridos, los culpables.

La institucionalización del odio y la vendetta.

Lo lamentable es que mientras más religiosos son los partícipes, más aborrecen a quienes detentan otros íconos u otros textos sagrados. Se trata del extranjero, el otro, el innombrable, el que habrá que destruir antes que nos amague.

No quiero insistir en que la violencia es connatural al ser humano. Se ha dicho que somos la única especie que no mata sólo por necesidad. Somos capaces de albergar todo género de inquinas en contra de quien no comulga con nuestros deseos o credos. Pero es alarmante que los facilidades de comunicación y la permeabilidad de las fronteras sirven actualmente para llevar los desquites a cualquier rincón del mundo, auxiliados además por drones o tecnología de observación que hacen precisos e “higiénicos” tales ataques.

Las guerras colonialistas en el siglo XXI no tienen campo de batalla. Se escenifican en las andadores de Niza, en los recovecos de Palestina, en las playas de Grecia o Libia, en las mesetas de Siria e Irak, en Timbuktú o Munich por igual.

Peor aún, todos somos soldados potenciales. Basta un incentivo de reclutamiento, un asesinato que nos toca de cerca, una llamarada de nacionalismo o un adoctrinamiento sostenido para hacerse de un fusil, una granada o una chaleco revestido de semtex para elegir el cruce de caminos idóneo y así detonar nuestro rencor destructivo.

Las sociedades que estamos heredando a nuestros hijos están gravemente enfermas. De envidia, de rabia, de abominación, de muerte.

Yo crecí con ingenuidad. En efecto, me sabía diferente; porque tuve acceso a una educación y a una filiación con ciertas ventajas. Pero aprendí desde niño que la discriminación es execrable, que uno está obligado por Ethos a perseguir la justicia y la equidad. Si se quiere, valores propios de la pequeña burguesía (mal llamada clase media), y no obstante contagiosos. Ese era mi evangelio y mi convicción. Bajo tales principios me hice médico y sostengo el caduceo cada mañana, consciente de que mi contribución social es mínima y que quizá se pierde entre el oleaje de la infamia.

Pero no desistiré, tengo colegas admirables que me acompañan por la misma senda. Tuve maestros a quienes debo veneración y continuidad. Ante todo, recibo pacientes que merecen lo mejor de mí y de la Medicina, simplemente por el hecho de sufrir o pedir consuelo.

Me niego a entender cómo un doctor puede cruzar los abismos del mal o afiliarse a un ideario destructor, como Radovan Karadžić, Josef Mengele, James Mitchell o Bruce Jessen (estos últimos recibieron ochenta millones de dólares para implementar un programa de tortura en Oriente Medio *).

Desde este pequeño rincón de conciencia moral, resisto. Como colofón, acabo de cerrar un magnífico libro post-apocalíptico (**), que me reitera que se puede luchar por la vida con cándida esperanza.

Referencias.

*. Steven Miles. Oath betrayed: America’s torture doctors. University of California Press. Berkeley, 2009.

**. Cormac McCarthy. The road. Vintage International. New York, 2006.

 

 

 

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