Hace días, acudió a mi consultorio un personaje peculiar. Había hecho su cita con cierta premura, y llegó minutos antes de la hora asignada. Su actitud denotaba escepticismo, pero se dejó conducir exhibiendo obvias deformidades desde la silla de ruedas. Su relato comienza hace treinta y siete años, cuando los dolores articulares se hicieron evidentes y simétricos.

Visitó hace siete lustros al primer médico, quien prometió curar su enfermedad – a la que denominó “reumatismo” – con el empleo de un medicamento novedoso. A la segunda toma, se sintió tan aliviada que quería “ponerle un altar a ese doctor”. Se levantó de la cama y retomó sus actividades con sobrada energía, incluso eufórica. Los dolores desaparecieron por completo, salvo cuando olvidaba tomar la droga a tiempo. Sin embargo, algo notable le ocurrió. Tras seguir dicho tratamiento por un mes, advirtió la presencia de vello excesivo en la cara, las mejillas se le hincharon y la ropa le resultaba incómoda. Además, la piel se hizo marcadamente frágil, tanto que cualquier roce causaba un visible moretón.

Alarmada, regresó con el médico quien insistió en que se trataba de efectos transitorios ocasionados por la artritis, que “luchaba por retoñar”.

Las molestias se hicieron cada vez más prominentes. Acompañado al vello, que se extendía por pecho y espalda, aparecieron incontables lesiones de acné. La piel del abdomen se abrió en estrías violáceas y las extremidades se adelgazaron hasta conferirle un aspecto grotesco. No sólo la deformidad física la deprimía, sino que se encontraba cansada, irritable y con serios trastornos del sueño. Fue entonces cuando sus hermanos tomaron la decisión de consultar a un especialista. Éste, sin explicar las razones de este deterioro abrupto, propuso a cambio un fármaco inyectado y la mezcla de diferentes antinflamatorios que debía tomar en estricta secuencia.

Nuestra paciente se sintió liberada al contemplar la suspensión de la primera droga que parecía causarle tanto daño. Contrario a lo esperado, al suspenderla de golpe cayó en cama gravemente enferma. La asaltaban dolores insoportables en todo el cuerpo, fiebres intermitentes, vómitos por la mañana y una indescriptible fatiga. El empeoramiento se magnificó cuando notó que defecaba sangre.

Un tercer doctor lo atribuyó a gastritis, que confirmaba el ardor de vientre que venía notando semanas atrás. Así, suspendió todos los medicamentos y la confinó a una dieta de lácteos y vegetales, con la promesa de que lo natural habría de sanarla.

Pese a que dejó de evacuar sangre, su artritis empeoró. Ahora le molestaba el cuello, sentía las extremidades como fardos, y el cuerpo rígido, amortajado; cualquier movimiento la despertaba presa de dolor. Accedió entonces a ver a un acupunturista, quien la sometió a diversos baños, dietas, enemas y masajes, además de una sesión semanal de agujas en distintos meridianos o latitudes – agrega.

De este médico recuerda una empatía que adolecían los anteriores, y pese a que sus métodos eran ineficaces, le reconfortaba verlo cada semana.

Al descubrirla inmovilizada, una amiga de la infancia sugirió visitar a una “eminencia” de la ciudad cercana. Al llegar a la clínica, le sorprendió la multitud que esperaba consulta, muchos de ellos con muletas y bastones. Cuando por fin tocó su turno, la recibió un adusto individuo en túnica blanca que no la revisó y que dedicó menos tiempo en interrogarla que en prescribir una gotas milagrosas que debía ingerir de tres frascos de distinto color. Ante la insistencia de la familia, culpable por lo costosa que resultó esta breve entrevista, decidió acatar la prescripción. Efectivamente, las gotas empezaron a surtir efecto. Se sintió de nuevo aliviada y la inflamación parecía disminuir. Al cabo de dos semanas, podía pararse apenas y la embargaba el optimismo.

Una profunda decepción la asaltó cuando volvió a notar su cuerpo tumefacto, envuelto en esa piel quebradiza y violácea que ya había experimentado. Las famosas gotas contenían cortisona, disfrazada con más falsas promesas.

Más conocedora de sus efectos, fue suspendiéndola gradualmente para evitar que los dolores la crucificaran una vez más. Con la poca credibilidad que le quedaba, resolvió aceptar sólo remedios caseros. Durante meses interminables probó de todo: té de árnica, piquetes de abejas hasta la tumescencia, cápsulas de víbora de cascabel (que le causaron una infección de cadera por un bicho de Arizona – según le dijeron), baños de lodo y ajenjo, litros de agua extraídas de un pueblo mágico (Tlacote) y unas pastillas de cartílago de tiburón incosteables.

Ninguna de estas panaceas evitó que se deformara y que perdiera la prensión y el albedrío. La junta de vecinos, apiadada de su calvario, reunió unos dólares para comprarle un frasco de grageas confeccionadas de mejillón de labio verde de Nueva Zelanda, que garantizaban la salvación. Pero nada le trajo alivio.

Aún no sé que la hizo venir. Me sorprende que tuviera paciencia alguna para escuchar otra opinión. Su piel y sus articulaciones daban cuenta de las innumerables batallas libradas a lo largo del padecimiento. Pero ante todo, estaba su humanidad mil veces ultrajada, y su confianza, tan derruida como su integridad física: espejo distorsionado que ilustra la negligencia de quienes debieron atenderla y ofrecerle alivio, antes que timarla con una pretendida curación.

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