Then leaf subsides to leaf.                                      

So Eden sank in grief,

So dawn goes down to day,

Nothing gold can stay.

                Robert Frost

Se quedó solo. Los deudos y los amigos, mediante pésames y abrazos hasta el aturdimiento, se han ido. La casa es otra con el clamor de su ausencia.

Recoge los vasos y platos desechables al tiempo que cae la noche, la primera de muchas en que su lecho resultará excesivo.

La cocina en silencio es un hueco tumefacto al que resulta incómodo acceder. Cuelga inerte el delantal y junto al horno la receta del pastel que no la esperan. La fruta exacta, las alacenas en orden y un tufo de soledad que penetra y se queda.
A estas horas le gustaba asomarse al jardín y atender el trino de las aves sometiéndose al crepúsculo. Emitía algún comentario banal que marcaba el fin de la jornada.
– ¿Los oyes? Hoy parecen más alborotados.
Le parece verla aún requiriendo su sonrisa, en señal de aprobación.
– Sólo tú notas la diferencia, Carme. A mí no me hablan tanto.
Impelido por el recuerdo, se ve obligado a parpadear debido a la humedad que empaña sus ojos y descubre al fin su propio lamento ronco, que se ahoga. Ha sido bastante estoico para atender a las visitas, incluso al bajar el ataúd y contemplar los terrones secos que lo sepultaban. Aceptó a regañadientes el sermón cristiano, pese a que su mujer no dio instrucciones al respecto; aunque por su malentendida espiritualidad le debía un conducto y una contrición.
Suena el teléfono, ese extraño rumor estridente que lo sacude de su abstracción.
– Llorenç, ¿quieres que Toni pase la noche en tu casa? Así no te sentirás tan solo.
El gesto le resulta intruso, pero lo aprecia. Además, su sobrino es un chico bastante torpe y no sabría acompañarlo.
– No, Emma. Estaré bien, pero gracias por tu oferta.
La calle ha quedado muda. Sólo el ruido intermitente de los aviones nocturnos rompe la serenidad del duelo.
Observa las fotos sobre el estante de la sala. Ahí está ella, rodeada de niños, impecable en su alegría, rotunda en su sencillez. La imagen que la avergonzaba: una mirada sensual a medio giro, resuelta, en traje de baño durante aquel hermoso verano de Benidorm, cuando cumplieron las Bodas de Plata y rentaron el “pisito” sombrío para celebrarlo.
En el cajón del buró permanecen sus joyas. La argolla de matrimonio, gastada por la fibra de cocina, sus últimos aretes – los favoritos – con dos brillantes menos, y una pulsera que le dieron los hijos al cumplir sesenta, de la que fuese inseparable. Los tapones de oídos, la libreta de los encargos, dos entradas al teatro que tendrá que donar, y sus lentes “de noche”, como solía decir; fieles para tantas novelas y los Sonetos del Amor Oscuro.
Descorre la puerta del armario, y ahora sí, rompe en sollozos largos, lágrimas que no había derramado, que algo calman al enturbiar su cara y el sigilo. Ahí están sus vestidos: el que se rasgó con un zarzal en primavera, el traje sastre de las ceremonias, las faldas tableadas que intercambiaba para dar clase, una blusa de seda que “la hacía verse más gorda” y los suéteres vespertinos, para tomar el té o recibir a los nietos.
Heredará su coche a Montse, que acaba de aprobar el examen de manejo. Y la Universidad, su conferencia pendiente…mero trámite.
¿Quién suplantará el ritual del café y su voz plácida por las tardes, cuando compartían noticias y el día se trocaba en algo propio, irrepetible? Sin ella, ¿quién regará las flores y cortará los rastrojos, los helechos secos y las caléndulas?
Afuera se escuchan gemidos, intercalados con un ladrido opaco. Ha olvidado meter de vuelta al perro, que entra presuroso y se tumba diligentemente junto al sillón de Carme.
Llorenç se desploma y se tapa la cara con las manos viejas, que exudan lágrimas y gimoteos. Poco a poco encuentra recuerdos con que disipar los fantasmas y retomar su pena, más íntima, más evocativa. Mira al perro, que ronca desapercibido. Así lo mantenía a sus pies y sólo ella lo cepillaba o le profería encantos.
– ¡Pobre animal! – piensa. – ¿Qué sabe de la finitud y del destierro?
Regalará su ropa a la casa de ancianos del barrio, donde una vieja amiga languidece en su demencia. Los zapatos, más personales, los ofrecerá a las primas. Quizá ellas encuentren un buen uso, antes de que enmohezcan. Las joyas, no. Por ahora las conservará en la caja del banco. Al modificar el testamento – se dice – , hará una entrega equitativa, basado en el valor sentimental de cada pieza, como si Carme le susurrara al oído a cada quién según su voluntad y entrega.
No hay motivo para detenerse más, después de cualquier tediosa jornada, en el estanco para comprar chocolates de menta, o elegir con dedicación las rosas de los martes.
¿Qué le dirá a Manel, el militar retirado del puesto de periódicos, cuando pregunte si se lleva la revista de la Universidad o el suplemento? Además, tendrá que avecinarse con las vendedoras de pescado, queso y embutidos en La Boquería sin más explicación que su viudez y su vergüenza.
Las credenciales, su odiada tarjeta de crédito, las llaves del portón y sus guantes de jardinería. ¿En qué rincón se mantendrán para olvidarla?
Cansado de rumiar, cierra los pestillos, apaga la lámpara que solía iluminarla y se detiene frente a la escalera, inseguro de haber cumplido todas las tareas vespertinas. Regresa a verificar si el gas está apagado, cuando nadie ha horneado pan en doce días.
Una ráfaga de melancolía se cuela por los entresijos del tapanco. No hay ventana que cerrar; es otra vez su falta, que lastima. El viento – apenas audible – no enfría tanto.
Entre sombras, sube a la recámara. Un golpe lo estremece y se queda clavado en el rellano.
– No había reparado en el olfato – admite en voz alta, como si ella lo escuchara.
El aroma de sus perfumes y lavandas rezuma desde el baño, y está ahí, etérea y aspirada a la vez. Prefiere seguir de frente. Esta primera noche no se enfrentará a tal embrujo, sabe Dios si lo toleraría.
Tras sacudirse el viejo traje y enfundarse en el pijama de franela – sin voltear, sin ser visto -, se mete en la cama con recato, para no despertarla.
Lo único que añora es su ternura, que buscó toda la tarde, y que entre estos lienzos fríos, se ha quedado quieta.

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