Desde el balcón contiguo a la mesa donde desayunan, las observo discretamente sin perder detalle. Ella, una treintena de malos años quizá, emaciada, trata de ingerir una ensalada frente a los ojos irritantes de su madre. Cada bocado es una petición de clemencia. Cada trago va seguido de una reconvención en tono admonitorio, que hasta aquí no escucho, pero claramente puedo seguir por sus ademanes.

La hija está detenida en el tiempo. El rostro afilado, las ojeras violetas, el cabello desaliñado y las manos secas. No debe pesar más de cuarenta kilogramos y viste como una niña que se encontró las ropas de su hermano mayor. La escena es tan trágica como descriptiva, porque se respira lo funesto en cada gesticulación, en cada mirada suplicante.

En una lectura superficial, como las que se acostumbran en ciertos foros de Psicología, la anorexia es una alteración de la imagen corporal que busca acomodarse a una delgadez que se torna patológica. Se revierte el desarrollo sexual, se cohíbe la menstruación (la hipófisis ahorra energía) y todo el cuerpo entra en regresión, como si buscara el pasado, donde la amenaza de un mundo inexplicable podía contenerse tras las faldas de mamá.

De manera alternativa, la obesidad podría explicarse como ese yo-piel que se recubre de grasa y fealdad para no ser visto ni seducido, para mantenerse a la vera de la indefensión y la inocencia.

Niñas interrumpidas, parafraseando la película icónica de Angelina Jolie y Wynona Ryder.

Para sorpresa de quienes suponen que es un mal de nuestra época, la anorexia fue delineada por el médico de Suffolk, Richard Morton, en 1694 quien la designó “nervous consumption”. Casi dos siglos después, Sir William Gull hizo una descripción legendaria ante la Sociedad Clínica de Londres de la llamada apepsia histérica (1). Cito:

“Las características clínicas son de emaciación, sin enfermedad visceral alguna. Es llamativo cómo continúa por mucho tiempo y las funciones vitales se mantienen constantes a bajo nivel. Las pacientes, si bien sujetas a un marcado desgaste, se quejan poco de dolor o de malestar general, y están con frecuencia ansiosas y decaídas, si la postración no ha alcanzado puntos extremos. El deseo de apetito (want of appetite en el original) se debe a un estado mental mórbido…una perversión del ego que subyace y determina el curso del padecimiento”.

Gull redondeó sus impresiones diagnósticas un año más tarde (2), pero fue Charles Lasègue quien, retomando sus propios casos y las observaciones del británico, refrendó el concepto de an- orexia (del griego “falta de demanda”) e intuyó sus vertientes psicosociales. La argumentación (3), desglosada en diez páginas, es bastante naïve pero se corresponde con los conocimientos de la época, más cercanos a Charcot que a Freud.

Hoy nos toca entender en profundidad qué atañe al deseo inconsecuente de comer.

Al observar a la pareja en el restaurante, puedo discernir una comunicación atávica que usa el alimento para permutar el afecto. Es evidente que la hija es un rehén del deseo – trastocado en rechazo – de la madre. Ha amado con notoria ambivalencia a esta hija que no le da lo que ella quiere, que no cumple sus aspiraciones, que se resiste a comer, a seguir sus pasos y sus exigencias. Se viste con descuido, se deja morir, se ha convertido gradualmente en un espectro de sí misma. Aunque le duela, odia su proceder y su padecer. Quisiera curarla desde luego, pero sólo sabe rogar o amenazar, como apuntara Lasègue.

Para la hija en cambio, la involución es un recurso (psicótico, en efecto) a fin de eludir el despertar sexual. Nada más escalofriante que menstruar, adosarse de voluptuosidades, atraer miradas o, peor aún, excitarse y anhelar la satisfacción del erotismo. Refugiarse en la madre, identificada de modo narcisista, asexuada y desnutrida, cumple la maldición equívoca de ser niña, de interrumpir el desarrollo y pervertir el tiempo.

Juntas, simbiotizadas. Odiándose y requiriéndose a la vez, como si respiraran el mismo aire denso y contaminado de apetencias.

La hija está a punto de llorar, cansada de ser exigida, de morder lo que no puede deglutir porque le asquea su persona, su imagen deforme e interiorizada en su masoquismo. La madre parece una actriz sádica, que gesticula y sermonea, que le impone un trato ruin para engordarla, para rescatarla en algo que ella misma no puede concebir. Algo o alguien que le disgusta de raíz y que repudia porque, si lo consigue, dejará de ser suya y se irá para siempre.

Como pueden intuir, la muerte ronda en forma de afán, de impulso motivador, peligrosamente urdiéndose en cada bocado incompleto, en cada vómito a escondidas, en cada gramo que se desprende de esas carnes prematuramente marchitas.

Es el infierno afectivo donde se ha subvertido toda ley. Donde el padre no figura ni se avizora el futuro. Aún más, el pasado se ha escindido en una historia en común, penumbra del sujeto que no se ha hecho cuerpo, sino que sigue atado a su oquedad, al terror inmenso de ahogarse en el vacío, donde no hay paz, ni hambre, ni saciedad.

Es cierto que la manifestación más obvia de la anorexia es una depresión con efervescencias de ansiedad, como señalaba Gull y han constatado todos quienes se aventuran a tratarla. Pero asusta. Las pacientes – en su mayoría mujeres – parecen zombis. Caminan sin voluntad; depositan los ojos de forma dispersa, no miran, no contienen ni contactan; ante todo, se les ve desprovistas de ánimo, como si arrastraran su inquietud como un cadalso. Carecen de lenguaje para explicar su tormento y aprenden a negar para imprimirle cierto sentido a esa locura depositada en su apariencia.

Cuando se dice – como si bastara – que tienen un “trastorno de la imagen corporal”, me parece una afirmación tan burda como decir que alguien con carcinoma de páncreas tiene alteraciones metabólicas.

La anorexia es desolación, sin metáforas, sin fondo. Es la expresión más amarga del propósito de arruinarse a expensas del deseo del otro (la otra, más precisamente). En ese sentido es histeria, solicitación somática que pende de un deseo (demanda de amor) pero que se niega a satisfacerlo como necesidad. La histérica interpreta el consentimiento de la feminidad como un sacrificio, como un don hecho a la voluntad de esa madre a la que se consagraría. Por eso se niega a ser mujer, aunque al reprimir su florecimiento sexual, queda a merced de la madre omnímoda que la engulle.

Esta paradoja hace que todo tratamiento propositivo, cognitivo o relacional fracase una y otra vez. Hasta que no se restituye el lugar de otro que hace de interdicción, que separa y señala, la niña lastimada (no obstante su edad) estará provocando en su madre más sadismo, más rigor incumplido, más deuda de afecto…hasta la muerte.

Tratar la anorexia o la obesidad mórbida en mujeres jóvenes como depresión o simple ansiedad es igual que lanzarse al mar embravecido en un barquito de papel. Así como el cáncer es la destrucción ignominiosa de los órganos por una estirpe celular en desorden, los trastornos del deseo son heridas originarias que se tramitan en el cuerpo a falta de una voz que las contenga.

Referencias.

  1. W.W. Gull (1873). Apepsia hysterica. Medical Times and Gazette 2, 534 – 536.
  1. W.W. Gull (1874). Anorexia nervosa (apepsia hysterica, anorexia hysterica). Transactions of the Clinical Society of London 7, 25 – 26.
  1. Charles Lasègue (1884). De l’anorexie hystérique. Etudes médicales. Tome Premier. Paris: Asselin et cie, editeurs.
  1. Em Farrell (2001). Lost for words. The psychoanalysis of anorexia and bulimia. Other Press, New York.
  1. Gabriella Ripa de Meana (1999). Figures of lightness: anorexia, bulimia and psychoanalysis. Jessica Kingsley Publishers, Philadelphia.

 

 

 

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