Pocas semanas atrás, descubrí un libro que me trajo de lleno trescientas páginas de infancia.
Para quienes crecimos de este lado de la frontera más bulliciosa (y con frecuencia, la más asimétrica) del mundo, los gritos o refriegas del béisbol – traducción inútil – nos llenan de nostalgia.
Mi padre, fanático que oscilaba sin raíz entre las costas este y oeste, nos enseñó a anhelar esa atmósfera, siguiendo el box score, el olor del maní engullido con cerveza, lo trepidante de una derrota bajo el sol plomizo o la angustia de la pelota mala.

“Después de un error viene el hit” – solía repetir, y era para nosotros una sentencia fundacional, como abrir el mar en un ademán bíblico. Aprendimos con él a tolerar la impaciencia del cambio de lanzadores, la zozobra del robo de segunda, los movimientos tácticos de los jardineros y el chasco del “Texas leaguer”, tan inesperado como oportuno.

Guardadas las proporciones, nos educó en las gradas del Home Plate, siempre al margen de tercera, para apreciar el diamante en su esplendor y obviar las atrapadas de foul, que nuestros amigos codiciaban. Lo importante era el desafío, la estrategia, las señales enigmáticas desde los senderos o dictadas entre las piernas del catcher, poseedor de toda perspectiva.

Más avezado en conjuros, por mi parte descifré el significado del “7th inning stretch”, los variados desplantes que conducen a un “balk” y las pantomimas de los managers, tan necesarias para disputar una decisión como para sacar de ritmo al oponente.

Con ello deduje que batear la pelota es y será, como afirmara el gran Ted Williams, el acto reflejo más complicado, y el más exacto, de todos los deportes.

Lo cierto es que mi viejo allanó el terreno para prodigar una gustosa afición. Hoy pienso que su objetivo no fue despertar nuestra lealtad hacia uno u otro equipo, sino entender que existe un orden, una dinámica interna – desde el ajedrez hasta la serpentina – para dominar al rival con inteligencia y audacia.

Viajar en avión por ocio no fue asunto de su generación, así que nos conformábamos con el televisor en blanco y negro, objeto de aquellos partidos que se colaban los sábados antes del paradigma de Octubre.
En todo caso, las gorras con emblemas atravesaron nuestro incipiente fervor con algunas tarjetas – compradas, más que halladas – de algún compañero rico cuyos padres le traían “memorabilia” antes de volver a clases.
Ansiábamos por supuesto un retazo de Carl Yastrzemski, aunque costara tanto la inflexión de ese nombre, paladín que detonara cuarenta y cuatro HRs y 121 RBIs en la temporada previa. Tal vez la foto imperecedera de Bob Gibson, tomando impulso para vencer a Goliath; o de Willie Mays, arrancando polvo estelar al surcar la segunda base.

El libro en cuestión, “The summer game”, reúne una cadena de reportajes emanados de la pluma más perspicaz del New Yorker, justo en la época en que escuchábamos la cátedra informal de cada otoño. Pero fue tras el largo verano de 1963, que llovía a cántaros por las tardes y nos refugiamos en la programación deportiva, cuando la realidad se hizo fantasía y descubrimos al fin el sortilegio de la pelota caliente.

Durante una semana le rogamos a mis padres que nos permitieran faltar a la escuela ese miércoles de octubre. Una noche antes, ni madre accedió. El duelo en el Bronx no podía acarrear más revuelo: la elegancia elástica de Sandy Koufax – nuestro ídolo por mucho – contra el refinamiento y autoridad de Whitey Ford, invencible en las esquinas, amo y señor de su territorio. La historia del deporte es frugal en epopeyas.

Koufax empezó implacable al punto que en la tercera entrada había ponchado a Mantle, Maris y Pepitone, un trío de bombarderos que de suyo intimidaban. Se coreaba un juego complicado para los campeones, porque nueve jonroneros habían abanicado las curvas recurrentes  del zurdo al concluir la parte baja de la quinta.
El anunciador, entre destellos equívocos, sentenció que el récord de Ks en una Serie Mundial databa exactamente de diez años, cuando Carl Erskine de Brooklyn doblegó a catorce “mulos de Manhattan”, incluyendo el orden en la última entrada.
Para el octavo, Koufax había enviado de regreso al Dugout a trece bateadores y todo era expectación, nadie reparaba en la tragedia que se cernía sobre los anfitriones.
El segunda base Howard arrancó la parte baja de la novena con una línea sólida que controló Tracewski y, tras el sencillo de Pepitone, Clete Boyer, el tercera base de los yanquis, elevó sin suerte al jardín izquierdo para el segundo out. Quedaba sólo un bateador designado, Harry Bright. Nacido dos días antes que mi madre, ostentaba un promedio de .236 con siete imparables en su primera temporada desde su traspaso de Cincinnati.
Como admitió después de esa fatídica serie: “Esperé diecisiete años para llegar al Clásico de Otoño y, cuando por fin lo logro, me encuentro a 69 mil aficionados gritando, gritándome que abanique”.
La cuenta se colocó en dos y dos. Al siguiente lanzamiento, Bright golpeó brutalmente la pelota en terreno de foul mientras el mundo contenía el aliento. Koufax se recompuso en la loma, jaló el gatillo y lanzó una ráfaga a la esquina de adentro que el slugger vio pasar como un relámpago. El reloj se detuvo, aplaudíamos como si nos oyera nuestro pitcher, cincuenta días antes de que nuestro candor se derrumbara e impregnados de euforia hasta el futuro.

Esa tarde fuimos un puñado de profetas, detentamos los alaridos de millones que se conjugaron en aquel instante de gloria, levantamos a nuestro héroe en vilo y creímos sin reparo en la verdad del denuedo y de todo desafío.

No obstante, la falta de tercera dimensión siempre le quitó el lustre al juego, y perdimos – por falta de dinero o por distancia de sobra – la dilecta oportunidad de saborear cada lance, cada error, en la magnificencia de su estadio.

Bibliografia sugerida.

Roger Angell. The summer game. University of Nebraska Press, Lincoln 2004.    (De manera análoga a la devoción que relata el poeta Billy Collins cuando se agita imperceptiblemente con el ritmo de jazz, el autor aduce que el verdadero fan del béisbol sigue un compás exquisito, marcado por cada repliegue del pitcher que se prepara y tensado al máximo mediante ese medio paso que precede al lanzamiento.)

Roger Kahn. The boys of summer. Harper Perennial Modern Classics, New York 2006.

George F. Will. Men at work. Harper Collins Publishers, New York 2010.

 

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