Tengo una paciente, Doña Juanita, que invariablemente me saluda y se despide con un beso sobre el dorso de mi mano. He tratado de esquivar sutilmente el gesto, dándole a mi vez un beso en la mejilla, pero ella sujeta la mano y recurre. Debo admitir que me apena un poco, pero es una muestra de patente gratitud que a la vez me conmueve. Padece una enfermedad rara, derivada de la destrucción de tejido glandular por tuberculosis. De origen humilde, nos conocimos cuando la refirió un alumno de antaño en estado crítico de deshidratación.

Tal vez esta última situación – haberle transmitido la confianza de que podíamos remontar juntos su proceso agudo – la inclina a tratarme con esa peculiar devoción que me avergüenza.

Ambos sabemos, desde perspectivas complementarias, que la práctica médica ha sufrido muchos tropiezos últimamente.

La profusión de conocimientos fragmentarios que vuela en las redes sociales y los sitios poco científicos, hacen que la máxima de “médico, poeta y loco…” cobre dimensiones inusitadas. Peor aún, la proletarización de la asistencia médica ha derivado en burocratismo, desinterés y falta de incentivos académicos para los doctores. La contraparte obligada es una motivación pecuniaria desmedida, que se ve de suyo obstaculizada por la oferta y la incompetencia, el embudo cada vez más estrecho de la especialización y el desinterés que acarrea todo este círculo vicioso.

El recién graduado de las cada vez más numerosas escuelas de medicina no tiene una bolsa de trabajo ni oportunidades de desarrollo profesional acordes a su esfuerzo. En el mejor de los casos, consigue una plaza en la especialidad de su preferencia, que le garantiza un salario exiguo por cuatro o cinco años, pero que sólo retrasa su inserción en el mercado – si bien mejor pertrechado – sin garantías ni seguridad a la vista de un futuro desahogado.

En algunos casos, los padres ofrecen la comodidad de una consulta establecida, lo que facilita el proceso, pero tendrán que pasar los años necesarios de bregar y acaudalar éxitos antes de que su seguridad profesional y familiar se vean recompensadas. Casarse a destiempo, tener hijos cuando todavía no se cuenta con un sustento estable y/o incurrir en gastos de equipamiento a los costos actuales de importación, son otros de los muchos obstáculos que enfrenta un joven médico que quiere asomar la cabeza al mundo.

Admito que la competencia y la rivalidad son más exigentes (y desleales) en el siglo XXI, que nadie tiene la certeza de ver pasar las horas huecas hasta que no “pertenece” o encuentra a cambio un nicho razonablemente vacío y, que hacerse de prestigio, hoy por hoy, no es tarea sencilla.

Hace unos días me invitaron a dictar una conferencia en un campo que se ha ido sembrando de prodigios. Un tanto trompicado por la ineficiencia del equipo audiovisual, les hablé de inmunoterapia en oncología. Los cambios en este brazo armado del tratamiento de los tumores malignos han sido exponenciales en el último lustro. Se descubrieron receptores específicos que el cáncer inactiva en nuestro sistema de defensas para mantenerse con vida, formando vasos sanguíneos suplementarios y mermando la integridad de los tejidos. Estos puntos de anclaje o de control (check-points en inglés) ubicados en los linfocitos T, responsables de orquestar la respuesta anti-tumoral, son fuente de profusa investigación. Gracias a tales descubrimientos, se han podido diseñar anticuerpos que bloquean la activación de esas moléculas inhibitorias; especialmente, contra PD1-PDL-1, CTLA-4 y sus ligandos y más recientemente, contra FOX-P3, TIM-3 y LAG-3.

Los resultados de la inmunoterapia son sorprendentes, porque debilitan al tumor y lo hacen susceptible de involucionar, ser atacado por diferentes flancos o, más apropiadamente, ceder ante los agentes quimioterapéuticos convencionales (la llamada terapia combinada).

Estamos accediendo a una era novedosa donde el cáncer – o los diferentes cánceres, para ser incluyente – resultarán menos trágicos a los oídos de nuestros pacientes y podremos hablar de enfermedades crónicas, tratables y no necesariamente mortales por necesidad. Por supuesto, habrá algunos que se escapen, usando recursos tales como receptores alternos o urdiendo las células cancerosas tronco (Cancer Stem Cells en inglés) que han demostrado ser resistentes a quimio o radioterapia, y un blanco terapéutico clave en muchos tumores de rápido crecimiento o marcada indiferenciación.

Pero la escena donde el médico tenía que acercarse con solemnidad, eligiendo cuidadosamente las palabras para derramar la noticia de la inminencia del deceso o la futilidad de todo esfuerzo, cambia día con día.

No obstante, seguiremos enfrentando la muerte como parte de nuestro quehacer cotidiano y más vale que nos preparemos para encontrar la forma de transmitir lo ominoso sin lastimar la integridad emocional de los enfermos. Los médicos estamos obligados a decir siempre la verdad, pero cuidando de no pisotear la esperanza. Es bien difícil encontrar el equilibrio entre optimismo y realismo.

Recordemos que las neoplasias observan malignidad variable, que no son siempre accesibles a la cirugía o sensibles al tratamiento oncológico y, como les comenté repetidamente a mis colegas, encuentran la manera de eludir al sistema inmune. Su tratamiento se ha vuelto más complejo y exageradamente más caro. No sólo eso: con el cáncer no hay milagros, únicamente excepciones estadísticas, que escapan de la media.

La cercanía de los pacientes es la razón de estudiar, investigar, actualizarse y encontrar senderos que abran nuevas alternativas para curar o, cuando eso no es posible, ofrecer mejoras en la calidad de vida y desde luego, evitar el sufrimiento.

Me ha tocado conocer la malignidad de cerca. He visto morir, imponente, a personas muy queridas. No obstante, cada lunes me levanto con la convicción de que tengo un cometido, que elegí luchar por la salud, que tengo además el privilegio de verme recompensado afectiva y económicamente por ello.

Nada es más edificante que ver a un enfermo recuperarse, la gratitud está implícita en el hecho. La medicina, pese a sus detractores, es el aire que todos aspiramos.

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