Cae una lluvia fina, arrebatada por el viento de tanto en cuanto. Ella lo mira bajar del auto con desgano, echar la bolsa a cuestas y acercarse al umbral. Sabe que abrirá en dos tiempos, con esa rutina que se ha vuelto intolerable. Frotará las botas contra el tapete y dirá algo – guturalmente- ininteligible, para hacerla saber que está en casa.
Meses ha que depende de una u otra cuidadora, que las piernas no son suyas y que, sin sentirlo, se descubre ensopada porque se alisa el vestido, por recato.
La vista tampoco ayuda, pueden ser sombras o destellos por igual; al grado que ha aprendido a confiar sólo en el olfato y la nitidez o versatilidad de los sonidos.
Anoche, con los audífonos nuevos, se concentró en distinguir el timbre del violonchelo detrás de las cuerdas que pretendían opacarlo. El preciosismo de Bocherini y después la magia de Schubert; exacto, destilando las notas para dictar los tiempos y la distancia.
Lo escucha ordenar cajones, picar las verduras, refunfuñar. Aún lo quiere, pese a que no es más que un extraño que le acomoda la miseria de esta vida.
– Soñé que viajábamos al mar – le dice, alzando la voz para hacerse oír entre paredes.
– Ah – replica él, sin asomarse, con marchito interés.
– Tú volvías a sonreír y yo a caminar, ligera, alada, indiferente al cuerpo.
Con sigilo, el hombre sale de la cocina e, inesperadamente, la abraza y gime. Esta mujer ha sido su canto, su horizonte. Es quien entendió sus carencias y supo respetar su conmiseración y su sentido del fracaso sin condenarlo. Sólo ella lo acunó durante aquel periodo y, apenas lo sintió repuesto, lo arrojó a la calle para obligarlo a toparse de bruces con su vergüenza.
Mediante un gesto suave y al tiempo terminante, se libera.
– Déjame, Horacio, o quiéreme bien.
Él la conoce de sobra, le besa la mejilla y descorre el hombro inerte con una caricia. Se aleja y, una vez en el cuarto contiguo, se traga las lágrimas de un golpe.
Afuera ha parado de llover y se anuncia una endeble luz matinal, que no calienta.
Ángela tira con fuerza de las dos ruedas al unísono y se desplaza hacia el balcón. De una sacudida brusca, descorre la puerta de vidrio. El olor fluctuante de hierba mojada la invade como un impulso, excitante y prístino.
Se deja arrastrar por el susurro de los árboles, los trinos aislados de los gorriones, el sopor del día.
Alguna vez abrieron juntos esas puertas y se arrojaron al mundo, resueltos, con aquella displicencia que los unió antes de casarse y tomar otros caminos. Horacio pintaba con un brío desmedido. Bebía en exceso, cierto, pero su pasión por el arte y su insolencia eran contagiosas, adictivas.
Por aquellos años, Ángela militaba en una organización troskysta y ansiaba entrar a la Facultad, donde “comenzaría la revolución” y se extendería pueblo tras pueblo por el ancho océano de su ingenuidad. Fueron  contertulios, apóstatas, críticos de cine y bailarines negados. Gozaban del cinismo y el regusto del vino barato cuando había que elegir entre cenar o emborracharse. Los amigos los conocían como la “procaz pareja” porque incitaban las discusiones más acaloradas para después mofarse de tanta solemnidad y desatino. Preparaban el café juntos, dormían volcados en abrazos,  compartían con la misma fruición las gripes y los amaneceres.
Hacer el amor era poesía en su estado más puro. “Ven, ven” la apuraba. Ella, señora de esa intimidad, se desnudaba lento, para azuzarlo. Entraba con el capricho de las bragas puestas, esquiva, sabedora de que toda voluntad era ya rehén y codicia. Cuando por fin simulaba someterse y lo recibía sin apuro, Horacio la tocaba cual descifrar un mapa y la penetraba despacio, mirándola mientras ella sacudía apenas la cabeza de gozo y jadeaba con los ojos apretados entre sonrisas. Nunca hablaron en la turbación de sus cuerpos entretejidos, no se permitían profanar ese lenguaje tan próximo y tan distinto. Ella humedad y recelo, él vigor y caída.
Entonces la encarcelaron, y sin más, se volvió loco de rencor y de angustia. Indagó en todas las gendarmerías, contrató abogados, desplegó alarmas en periódicos y foros de derechos humanos. Pero Ángela no regresó.
Años después, al disolverse las prisiones militares con ese barrunto de democracia, la buscó en las listas de desparecidos, acudió a los centros de acogida de los niños nacidos en la clandestinidad para identificar sus rasgos en algún pequeño, pero nada la rescató de las sombras.

Aprendió a reptar en esa soledad, a  borrarle el nombre a su desdicha cada mañana y a colgar el afán en las paredes que antes lucían adornos y libros de común acuerdo.  Abandonó los pinceles y un postrer esbozo sobre el caballete, donde se insinuaba su silueta al lado de un pegaso. Las tardes se sucedieron exentas de su risa; su inteligencia y su desenfado se agolparon en los rincones, bajo raudales de polvo, en la penumbra de lo que no se acepta y jamás cobra sentido.
Con el aire enmohecido tocándole la cara, ella se incorpora en un esfuerzo descomunal, apoya los puños, libra de un salto la baranda con toda su energía vertida en ese último deseo y se arroja al vacío, prefigurada; mientras el cabello se despliega y el vértigo es todo luz e incandescencia.

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