Cada quien carga con sus muertos

Cada quien carga con sus muertos

Para MMB, por su entrañable
cariño y tenacidad

El quehacer médico no es nunca un jubileo o un baile de máscaras. Discreto y solícito, es un empeño que conlleva de suyo lo arcano, aunque también reviste lo más arduo y espinoso del menester humano. Puede ser (y con frecuencia lo es) muy gratificante, lleno de retos y satisfacciones. Ante todo por los enfermos difíciles, los diagnósticos que no encajan y las complicaciones inesperadas que al fin se resuelven favorablemente. También están las situaciones complejas que demandan toda nuestra atención y deparan desenlaces no siempre amables ni venturosos. Aún así, queda sin duda el placer de haberse esforzado, de entregar el cuerpo y de haber pulsado hasta lo imposible por vencer la enfermedad.
Hasta aquí todo son bendiciones. Pero la medicina es la ciencia que trata con el dolor y con la muerte, por encima de los empachos y los halagos. Es el arte de curar,  al filo de la navaja, porque la vulnerabilidad del ser humano, desde que nace hasta que agoniza, tiene como paradigma la finitud.
Así planteado, pareciera una empresa heroica, pero todo galeno sabe – y recuerda – en dónde quedaron sus muertos, producto o no de sus errores y carencias; los que vio morir o se enteró por terceros, aquellos que tocó con su destreza y que, a pesar de ello, gravitaron hacia el precipicio, o sucumbieron, ángeles caídos, bajo la estela de la iatrogenia.
Si bien las series televisivas (ER, Dr. House, Grey’s anatomy) han restado un poco la visión romántica que se tenía de los doctores, la mayoría de los legos aún asiste con ingenuidad a nuestras batallas diarias contra lo ominoso. Ver morir a un enfermo, más acá de las pantallas y las fantasías, es una pérdida irremediable. Por narcisismo – admitámoslo – y en buena medida por desgarramiento, cuando se  escapa una vida, nos culpamos inevitablemente y arrastramos al fantasma durante largas jornadas hasta que un nuevo éxito nos recuerda que la responsabilidad impide claudicar. El  susodicho se siente vulnerado, incluso señalado; se compara a su pesar en el espejo ambiguo de los otros, esconde la cara por un tiempo y ruega en silencio que el fracaso merme. Que cruce como un viento desolador, ése que todo lo arrastra a su paso, pero que cesa en fin tras la eventualidad y devuelve las cosas a su lugar; así, lastimosa empero apaciblemente.
Si el deceso es de un familiar o un amigo, al que cobijamos aunque no lo hayamos atendido personalmente, el duelo puede resultar más agudo, pero no más penoso que cuando perdemos a un enfermo al que hemos dedicado horas de estudio y trabajo clínico.
Esta mañana puedo recordar – con punzante detalle – a la paciente que murió de  arritmia en el marco de una neumonía indomable, exánime en mis brazos cuando aún no me graduaba; a esa otra mujer que me traía tortillas al Centro de Salud y fue la primera cirrótica que vi desangrarse tras una hematemesis. Por aquel entonces, atestigüé también a la enferma sacudida con encefalitis rábica que falleció un 20 de Noviembre en la soledad de un galpón aislado, cuyo cerebro disequé (mi única autopsia en descampado) y teñí para reportar diligentemente los cuerpos de Negri que la identificaban.

Después vinieron las pérdidas, dolorosas e intempestivas, de la Residencia. Los diabéticos amputados y los neumópatas diezmados poco a poco; alguien con leucemia aguda, presa de una infección que se resistía a todo cometido; el drama de los cirróticos suspendidos en poleas (infames balones de Sengstaken-Blakemore) o de aquellos choques sépticos rastreados con los primeros Swan-Ganz, cuando todo era manual y aleatorio.
Quienes decidieron incursionar en especialidades que – como el Macario de Bruno Traven – están al acecho de la agonía, tendrán mi reconocimiento irrestricto. La “Intensiva”, los paraderos de la Oncología y los meandros de la Neurocirugía, cada vez menos aciagos merced a técnicas de monitoreo y terapias biológicas selectivas, son aún el valle fatídico donde las victorias se precian por escasas.
Para aquellos que decidimos a cambio optar por atender los padecimientos crónicos, la muerte es un enemigo ocasional, que nos vence tras prolongadas escaramuzas y que, por fortuna, no atestiguamos salvo en la mirada opaca de nuestros enfermos más graves.
Fruto de años de experiencia, es una imagen inequívoca. No son los ojos hundidos de la cinematografía de ficción, tampoco el postrer aliento que fabulan los poetas; es un tono hueco, desprovisto por completo de luz o brillo, que anuncia que cualquier recurso es fútil y que el pasaje se cierra.
Lo he visto precederme en contadas ocasiones; se niega a eludir mi atención, se fija como un venablo ponzoñoso y me recorre la sangre con frialdad y alevosía.
– Este doliente es mío – me dice sin proferir voz alguna. – Puedes pelear hasta el agotamiento (y debes hacerlo), pero no tendrás más que su alma marchita y acaso la gratitud de otros. Déjalo ir, no sin luchar, no sin abatirte, pero te advierto que has perdido esta batalla inapelable.

Si alguien nos acusa de indiferencia o desafecto, podemos rebatir que ante el enfermo agónico aprendemos la humildad, el margen exacto de nuestras limitaciones y conocimientos. Que la muerte nos hace humanos, porque nos devuelve – carne y sueño a la vez – al rincón obligado donde todos somos para siempre un anhelo y un capricho.

 

Lecturas recomendadas.

Nolasc Acarín. La muerte y el médico. Anuario de Psicología. Volumen 29, número 4. Páginas 19 – 33, 1998. Universidad de Barcelona (disponible en línea).

Atul Gawande. Being mortal. Medicine and what matters in the end. Metropolitan Books, New York, 2014.

Francisco González Crussi. Day of the dead and other mortal reflections. Harcourt, Chicago, 1993.

Paul Kalanithi. When breath becomes air. Random House, New York, 2016.

Sherwin B. Nuland.  How we die. Reflections on life’s final chapter. Vintage, New York, 1995.

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Esclavitud

Esclavitud

Aurora oye apenas el despertador y automáticamente voltea a reconocer a Víctor, que aún ronca a su lado. Desliza la mano hacia el buró y enciende el teléfono móvil, eterno compañero. Tiene doce mensajes de los dos chats que más frecuenta y se apresta a responder cuanto antes. Ha verificado la hora (6:04) en el teléfono y ello le permite chatear unos minutos antes de despertar a los niños, para dirigir el desayuno y la puesta en marcha de la casa.

La recién llegada a la escuela, que incluyeron por decencia – por obligación, prefiere ella – ha convocado a un “desayuno de mamás” para incluir a su hijo Rodri, tal como ella suele presentarlo. Aurora decide en segundos crear un chat alterno que la excluya, para mofarse de tales desplantes de muchacha provinciana. La respuesta de las otras es inmediata: emojis al por mayor, bromas sarcásticas y consenso de asistir, pero siempre y cuando acuerden neutralizarla. Para entonces, Raúl e Íñigo se han desperezado y les muestra fotos de animalitos mientras se visten, así como un vídeo que le ha enviado su hermano desde Francia, donde la familia se regodea en las fiestas de la vendimia. Corre a la cocina y casi pierde pie por consultar el “Face”, que había olvidado por estar chateando. Parte tres huevos con la mano izquierda al tiempo que desliza el pulgar por la pantalla recorriendo su muro con agilidad. Aprovecha para tomar una foto de sus manos ocupadas en partir el jamón y tender la mesa, y subirlas cuanto antes, seguidas de un comentario chusco (“Hoy no me quiero levantar!”). Las imágenes de sonrisas, caritas felices y señales de aprobación no se hacen esperar. Ríe para sí y deja el teléfono momentáneamente para constatar si los chicos están vestidos. Íñigo se ha puesto el suéter al revés, pero antes de reconvenirlo, toma una foto con su Galaxy Tab 4 recién adquirida y se la muestra, divertida y burlona. El niño se arregla a regañadientes y le pide su iPad para acompañar el desayuno. Ella extrae del armario los dos gadgets, debidamente etiquetados, y los extiende a sus hijos antes de salir catapultada a la habitación para despertar a su marido.

Para su tranquilidad, Víctor está sentado en el retrete mirando su Huawei sin descanso. El ruido de la regadera contigua le impide escucharla. Ella se detiene a punto de tomarle una instantánea, pero imagina la burla que vendrá apareada si lo envía ahora mismo a las amigas. No obstante, lo hace y guarda la impresión digital en su archivo secreto; ya tendrá ocasión de utilizarla.

Cuando el marido se incorpora le pregunta si tiene un día complicado. Él le muestra dos de sus mensajes, uno de ellos cargado de insultos debido al retraso del cargamento que no llegó a la planta industrial el fin de semana. Para colmo, el coche está en el taller y ha calificado tan mal a los Uber que ya no le envían autos de inmediato. Ella lo reprende pero le extiende un vaso con jugo y le muestra otra aplicación para solicitar coches de alquiler.

– Es un poco más cara, tonto, pero tú tienes la culpa por estar jugando.

Se oye gritar a los niños y regresa frustrada porque le han interrumpido su conversación virtual en turno. Raúl le ha arrebatado al hermano su tableta porque estaba viendo “su película” sin consultarlo. Íñigo llora rabioso y apela a la mamá, que de golpe planta el móvil sobre la mesa y se apresta a reducir el drama. La frustración se duplica porque ha perdido el hilo del chat y ahora cuatro interlocutoras la han saltado sin que ella emita su opinión, más conocedora del chisme que se dirime entre todas. Peor aún, se despliega la alarma del Waze que anuncia la llegada del autobús escolar. Los niños no están listos por estar batallando con sus pantallas.

– Cuántas veces les he dicho que no desatiendan su desayuno – los impreca, conteniendo el grito. – Se van a ir con la barriga vacía.

Los muchachos salen disparados y vociferando reclamos. Recoge de mala gana los iPads, pero antes de cerrar las cubiertas, introduce la contraseña en cada uno para cerciorarse de que no estuviesen navegando en páginas prohibidas. En ese instante, irrumpe Víctor cargando su celular en ristre, con tanta violencia que Aurora deja caer uno de los gadgets cuya pantalla se estrella con el impacto. Ella se lanza a empellones contra su marido, chillando y manoteando con rabia desatada. El hombre pierde el equilibrio y va a dar contra la estufa, sin soltar el teléfono móvil y pidiéndole calma entre sus aullidos.

Aurora se desploma en la silla del desayunador, sosteniendo el aparato roto sobre el regazo. Llora desconsolada, como si hubiese perdido un hijo. Víctor se disculpa incansablemente, promete reponerlo cuanto antes y buscar la manera de rescatar la información sin que el pequeño sufra más contratiempos. Está a punto de abrazarla, pero justo entra el mensaje en ambos móviles de la llegada inminente del auto de alquiler. Se miran momentáneamente para volver enseguida a sus respectivas pantallas.

– Ya me hiciste perder mis chats – dice Aurora, enjugando las lágrimas. – Por lo menos sírvete un café para el taxi.

No bien se ha ido el esposo, la cara larga y abatida, Aurora regresa a su smartphone y expresa su tristeza a las contertulias. Siguen consuelos de todo género, precedidos de emojis ad hoc e invitaciones a tomar un café para “curar el enojo”. Ella accede gustosa y se congratula de tener tantas amigas, porque ha subido varios ángulos del iPad destrozado a Facebook e Instagram, y de vuelta ha recibido numerosas muestras de solidaridad y fiasco compartidos. – Con esto puede mejorar el día – se dice, sollozando -, sólo me falta llamar a mamá por Skype.

 

El fin del mundo

El fin del mundo

Tal vez producto de la edad o del desvelo, tendemos a leer novelas apocalípticas. Esos parajes a la sombra del tiempo que muestran aldeas desiertas, carbonizadas; restos inorgánicos y caminos fracturados; las huellas de la devastación y el viento seco que congela la respiración ante el desastre. Pienso en autores tales como Cormac McCarthy, Chris Dietzel, William Fortschen o Santiago Morata y en la ceguera premonitoria de Saramago.

Es un tema recurrente en la ficción anglosajona, menos apelativo – supongo – para quienes vivimos al día y advertimos el invierno nuclear como una invención distópica, que no nos concierne.

Para nuestras culturas, hasta cierto punto cándidas, la muerte es un suceso cotidiano y bastante singular. Nos afecta la violencia que asesina, la abominación de las guerras lejanas, y antes que nada, el deceso de los abuelos, de los amigos que cayeron prematuramente (por SIDA, por suicidio) y la creciente defunción de los contemporáneos, que anuncia la nuestra de forma perentoria.

Pero volvamos a la desolación. Por razones que se nos escapan, el cielo se oscurece. Es un gris plomizo, con ráfagas desconcertantes de naranja, como si el sol que se ahoga lanzara llamaradas de agonía. La imagen que nos precede es pavorosa; la tierra se ha secado, troncos marchitos – algunos quemados y otros sencillamente secos – sin hojas o corteza, emergen entre las rocas. Los vados de los ríos están inertes, con ceniza y basura, interminablemente yermos y sinuosos. Huele a carne podrida, pero no se detecta ningún cadáver en el espesor de la perspectiva, como si los restos del planeta pulularan con veneno. A la distancia, entre la niebla espesa, se adivinan muros caídos, una puerta que apenas se sostiene por un umbral partido y enseguida una casa sin techo que conserva tres ventanas desvencijadas y rotas. La carcaza de un auto de color indescifrable yace en todo el frente, al lado de dos tambos de gasolina abollados y enmohecidos. Caminar hacia allá produce terror, porque uno puede imaginar que tras esos vestigios saltará un ser hambriento y desalmado dispuesto a todo por un trozo de carne, sin distinción, incluso de carne humana. Pero al acercarnos, titubeantes, encontramos lodo teñido de petróleo, el cadáver de un perro mal digerido por los roedores y las moscas, sempiternas; desechos plásticos y papeles arrancados de un libro con prisa.

La penumbra rota, la tierra corrompida, la ruina. Sobre el peldaño crujiente de una entrada que no lo es más, te sientas a mirar el paisaje abandonado. Imaginas por un momento que alguien sembró tomates antaño en aquellos surcos maltrechos donde se conservan, aislados, unos cuantos postes con alambre retorcido. Una bomba de agua artesanal, ahora quebrada y oxidada, un balde perforado y sin asa, flanquean el terreno, que recorre con ligereza una rata, tan gris como el horizonte, husmeando y deteniéndose por momentos a espiar la distancia. Parece que advierte tu presencia y sois lo único que queda, percepción de muerte, coincidencia.

Piedras por doquier, ceniza, pastizales aislados y polvorientos, que nadie ha pisado en décadas. Hace muchas épocas que no se oyen trinar las aves, que el ruido del viento es uniforme en ausencia de hojas o maleza, que ruedan sin rumbo restos de basura, cartón desvencijado, bolsas de mercancía, envolturas…

Él se observa el pecho descubierto baja la camisa roída y advierte que ha encanecido. Los pechos péndulos, el vientre surcado de arrugas, bultos de grasa, pellejo y sarcopenia. No se mira en un espejo desde que era joven, antes de vagar por estas laderas y senderos desiertos, mucho antes de hurgar en los depósitos y los albañales, buscando algo que engullir, algo que evite la muerte inminente.

Justo ahora medita si basta una pequeña fogata para esterilizar la carroña, si ese pútrido alimento será suficiente para asfixiarlo y acabar con toda esta miseria. Pero lo detiene un anhelo extraño – diríase irracional – que lo aferra al futuro, a un lugar imaginario donde brota el césped y cae la lluvia, refrescante (y no esta gotera ácida que horada los caminos). Un sitio imposible donde el mar baña las orillas y el ganado pasta y las gaviotas surcan sobre las olas y los cangrejos brotan como destellos en el ocaso y las ranas croan entre los carrizos y se puede respirar el vapor de rocío desde temprano. Sueña con ese nuevo amanecer en que sus pasos se ven borrados en la arena, donde se intuyen bancos de peces a lo lejos o nubes que se desplazan suavemente acarreadas por suspiros y sombras que se alargan con nobleza para definir el día.

Súbitamente, el hedor de carne quemada lo devuelve al entorno. El aire frío le crispa las manos. Al frotarlas ante el fuego, se percata de la piel enjuta, sucia de años de rascar el fango y los vertederos en busca de inmundicias. De nada sirve llorar o lamentarse, eso ocurrió cuando perpetraron los primeros asesinatos, cuando había que huir despavoridos ante la amenaza de masacres y refriegas en cualquier latitud.

Esta tarde (o noche, tampoco importa la hora) su desamparo es la única paz que reconoce y subsistir sin sentido es la puesta en escena de cada jornada. Arranca un pedazo de carnaza caliente y lo mastica sin gusto, observando con inquietud el horizonte asolado. Traga con asco, consciente de que la necesidad de proteínas lo mantiene alerta, apto para desplazarse, sin destino y sin origen.

Quizá porque más allá de las redes sociales, las ubicuas pantallas y las noticias evanescentes hay esperanza y hay vida que espera a ser descubierta, el apocalipsis no se antoja cercano. Un abrazo con sensualidad, una conversación que no se agota o un beso mojado con ternura – porque excitan los sentidos y abren los confines – son todo lo que late y que así nos mantiene expectantes y deseosos.

Existir en nombre de uno mismo es harto significativo, pero la trascendencia, la capacidad de subvertir la muerte, está en la sencillez curiosa del amor. Eso que nos permitió sobrevivir el hambre y la incertidumbre desde la primera infancia y que se replica con cada caricia, con cada sonrisa, hasta que se acabe el mundo.

 

Por los caminos del sur

Por los caminos del sur

Hacía calor y el pueblo rezumaba rabia y pobreza. Jamás injertó. Fue un extraño de entrada por salida, atractivo en su vanidad pero evanescente como los parias desbocados que lo precedieron. Trabajó incansablemente, sin reservas, hasta que una mañana, cuando menos lo esperaba, lo llamaron a la dirección.

Ahí estaban los superiores, enfermeras, burócratas y médicos, reunidos en torno a una enorme mesa cuadrada que ocupaba toda la oficina. Su impresión al abrir la puerta fue un tanto grotesca; constreñidos hacia las cuatro paredes le aguardaban  con solemnidad.

– Muchacho, nos hemos reunido…

En ese tiempo conoció la rabia humana, la ptisis y el mal del pinto, en su expresión más elemental. También el sexo a hurtadillas, saltar un muro o hacer el amor de pie, cuidándose de las miradas incisivas. La piel morena sudorosa en un turbio motel al borde del camino, donde pululan las serpientes y pernoctan los indigentes; donde no hay invierno y llueve al azar, entre las holgadas sequías y el hambre constante.

Descubrió cuerpos distintos, orondos, raquíticos, ajados y sedientos de placer. Oscuros, esquivos, tantos otros para olvidarse o añorarse.

Nadie sabrá sus nombres, por supuesto. Besó labios apenas o sin prisa, largamente o con temor de algún contagio. ¿Cómo olvidar esa voluptuosidad prístina que le miraba, el cabello revuelto en una cama ajena, una ducha donde miraba sus pies mientras las manos se perdían en el laberinto del deseo?

Uno no se hace hombre, me dijo, tras el primer amor carnal, sino a fuerza de descubrirse, frente a la seducción o el apuro, con los ojos bien abiertos.

Se sorprendió de si mismo tantas veces y a tal velocidad que no alcanzaba en repararlo. Ante un parto en la neblina, hábil pese a las aullidos de la primigesta. Olía a estiércol – afirma – mientras los vecinos se insinuaban por las rendijas, quizá porque habrían atestiguado tantas muertes de alumbramiento. Tomó la tijera recién esterilizada en alcohol ardiente y cercenó lo necesario: episiotomía, cordón y restos placentarios. Cada corte con precisión de cirujano, manos firmes y en silencio, sin reparar en el amanecer que despuntaba con el primer llanto del recién nacido.

En otra ocasión fue llamado de forma anónima a atender a una mujer intoxicada. La encontró en un galpón vacío, con hedor a semen y licor añejo. Arrojada al fondo –  al fin del mundo, pensó – semidesnuda. Mientras trataba de distinguir sus facciones y su integridad física en la penumbra, entendió sin más que el desamparo mata, a golpe de ignominia y de vergüenza.

Recorría en su pequeño VW los caminos rurales a demanda. Aquí un hombre empitonado por un cebú embravecido, allá una niña con Crup que no vería el futuro; trabajadores del campo con blenorragia, trabajadoras del sexo con Chlamydia, niños febriles y hambrientos, viejos macilentos y obesos…todo un mapa de las carencias económicas y el rezago educativo.

En las noches cálidas de primavera, cuando era imposible dormir por el sopor, leía una y otra vez los textos de Medicina, sin rumbo, aspirando todos los conocimientos fragmentarios para hacerse de una plaza en la especialidad. Goteaba sudor en las páginas cuando le ganaba el sueño, pero volvía – a fuerza de cafeína – a recitar los síndromes clínicos, la fisiopatología del infarto al miocardio, las tenazas del cáncer, el diagnóstico diferencial de las hepatitis o las encefalopatías.

No es que quisiera huir, se había encarnado en esos parajes agrestes, pero sabía de suyo que ahí pululaba la muerte; por los riachuelos, en los surcos mal arados, en las calles semidesiertas de las madrugadas, en los prostíbulos, en los juzgados y las escuelas.

Una revolución violenta se estaba gestando y ni con golpes de candidez podía obviarlo. La desigualdad, la tragedia y el odio parecían manar de la tierra sucia como creciente inmundicia. No pasarían muchos años antes de que esos pueblos se convirtieran en madrigueras de asesinos y narcotraficantes, en que el resentimiento social reptara como sangre vieja oscureciendo todos los caminos.

¡Cuántas veces sintió las miradas que lo acusaban en silencio de invadir su territorio! Aún las mujeres que atendían a los enfermos, viejas magulladas por el paso de amores no correspondidos, con hijas e hijos que sembrarían de nuevo sus pasos, inútilmente, hasta la esterilidad de su linaje. Aún ellas sabían que no tendríamos lealtad alguna, que nos iríamos al conocer la primera oferta, que el tiempo del servicio social – por más compromiso académico o antropológico – es perentorio, para nunca más volver atrás.

Otros habrían trazado su paso por esas comunidades depauperadas con más tino. Él se deslumbraba. En principio, por la patología de la pobreza. Cirrosis alcohólica, tuberculosis pulmonar y extrapulmonar, diabetes en todos los sabores, defectos congénitos que se enarbolaban como troncos torcidos, retrasos mentales que aún se esconden en buhardillas. Poco a poco, se encontró con la profusión de infecciones que desconocía: micetomas, blenorragia, encefalitis, escrófulas, meningitis rábica y bacteriana, leishmaniasis y triquinosis. Por suerte caía eventualmente la noche para revisar con avidez esos temas. Cada mañana era un reto y un descubrimiento.

Conoció también lo innombrable. La basura arrojada con total dejadez en los apantles, el deambular de los cerdos entre el lodo y las recámaras, los borrachos de los sábados y los beodos de los lunes, la falta de ley, la exigüidad de los empleos, la privación y la depravación en formas ostensibles.

La condecoración vino de sorpresa porque tuvo una idea que resultó más de su propia narrativa que de una genuina pesquisa científica. Decidió hacer un censo de salud del pueblo. ¿De qué se muere la gente aquí? – se preguntaba una y otra vez. El reporte de los fallecimientos en la alcaldía arrojó lo anticipado: accidentes, neumonías, causas desconocidas y causas naturales (sic). Con escasos recursos epidemiológicos hizo su propia indagación, misma que vería refrendada en lecturas posteriores (John Berger, Michel Houllebecq, Abraham Verghese), pero insuficientes para describir la miseria y el dolor acumulado por generaciones.

Lo que permanece de aquel mundo turbio si bien hospitalario, de sus hombres y mujeres de paja y fango, debe ser muy poco. El aire bucólico fue rápidamente suplantado por emisiones de gasolina, los rincones donde se abrazaban las parejas que no lo serían desaparecieron por abandono o insolvencia, y la ingenuidad fue tantas veces mancillada, que acabó por odiarse a sí misma.

En unas cuantas décadas las comunidades del tercer mundo han sido engullidas por la violencia. Los Zetas, la Mara Salvatrucha o los Kaibiles son meros ejemplos del pavor que invade nuestros campos y senderos. ¿Quién queda por curar, que árboles en pie, con tantas raíces podridas?

Lost in translation

Lost in translation

Como tantas otras incidencias de la vida estadounidense, el histrionismo ha impreso su sello indeleble en la campaña presidencial.

No es irrelevante que los dos debates entre HRC y DT hayan sigo vistos por más de 84 millones de televidentes. Lo que pasa en la cima de ese país afecta a una inmensidad de seres humanos, sus negocios, sus territorios y sus destinos.

Es imposible sustraerse al hecho de que las políticas, los estándares y los vaivenes económicos de esa gran potencia nos incumben. La máxima “tan lejos de dios y tan cerca de Estados Unidos” que sugiriera el académico neoleonés José Nemesio García Naranjo hace poco más de un siglo, sigue igual de vigente.

Al margen de la animosidad que ha creado Trump con su amenaza de construir un muro de ignominia y expulsar a los millones de braceros que trabajan abnegadamente por su país, el duelo entre los dos aspirantes remanentes es una pelea de gatos que ensordece.

Ayer, el candidato republicano se paseaba ansioso por el escenario (otra de las características del “sueño americano”, la teatralización) y dejaba ver su irascibilidad y su poca tolerancia para ser confrontado. Repetidamente interrumpió a su oponente – quien a su vez esgrime una sonrisa sarcástica propia de líderes dictatoriales – para hacer valer su escaso criterio y su sobrada necedad.

En la otra esquina, Hillary pretendió asentarse como una estadista, si bien por momentos perdía piso ante las arengas de su contrincante, que ha sabido clavar la espina donde más le duele; vgr. en su pobre manejo de información clasificada y en la infidelidad de su marido.

Aún así, lo lamentable es que este intercambio de jabs y upper-cuts haya pasado por alto los temas centrales que conciernen al gobierno americano frente a un mundo convulso.

Se habló de ISIS como si se tratara de eliminar una plaga de cucarachas que asedia la cocina, de la política exterior como si lo relevante fuesen las alianzas con tiranos que han demostrado un total desinterés por sus pueblos. Se tocó apenas la importancia de la atención sanitaria en un país que ha sido la catapulta de los costos más desmesurados y que han disparado la avaricia de la industria farmacéutica y biotecnológica por encima del bienestar de la Humanidad.

En efecto, como señalaba un asistente, la situación de salud para los norteamericanos no ha mejorado pese al Affordable Act, de que tanto alardeó Hillary, porque la desigualdad social en Estados Unidos sigue siendo la más polarizada del mundo. Si bien la cobertura asistencial se amplió sustancialmente con el llamado Obamacare, el ciudadano promedio ha resentido que sus aportaciones aumentan en beneficio de los más necesitados. Hasta ahí el preconizado altruismo de nuestros vecinos; nadie quiere sacarse el pan de la boca por un negro, un latino y menos por un “homeless”.

Lo estridente del debate recayó en las múltiples acusaciones de incompetencia por ambos bandos. Nos dejan, como es obvio, con un mal pronóstico: si son tan incapaces de proyectar una imagen mesurada, inteligente e incluyente entre sus potenciales electores (y a los que nos toca el huracán de paso), poco podemos esperar cuando se sienten en la Sala Oval para vislumbrar desde ahí al planeta. Recuerdan más bien a la famosa canción “The fool on the hill” que observa y no sabe qué mira.

La candidata demócrata resultó más estructurada cuando habló de energías renovables y manejo de las diferencias sociales (afroamericanos, musulmanes) pero su actitud calculadora no ofrece confianza. Se le percibe distante, con esa mueca de burla cuando las opiniones de su adversario no conforman con su versión de sí misma. Es obvio que se trata de una puesta en escena, de un desafío de narcisismos, pero más que contundencia, esperaríamos una estrategia de políticas gubernamentales, de propuestas consensadas y atractivas para superar las dificultades que atraviesa esa nación y que repercuten en un mundo sumido en las guerras y la migración de desprotegidos.

Tengo la impresión de que vamos a extrañar mucho a Barack Obama.

Si bien su mandato estuvo plagado de indiferencia hacia la pobreza y la batalla perdida contra el narcotráfico que asola a nuestro México, su gesta humanitaria, su capacidad de arriesgar a favor de quienes más lo necesitan, su oposición a la proliferación de armas y al asesinato de víctimas inocentes o de hombres de color desarmados, traducen un aceptable legado. Su esposa Michelle, a diferencia de Hillary, tiene resonancia natural con las clases populares, los liberales y la gente joven. Es una abogada comprometida y discreta, cosa que la Clinton no lleva en la sangre.

Por supuesto, la carta bajo la manga (the trump card en inglés) de los republicanos es abominable. Resopla y escupe con desdén, no respeta a nadie más que a sí mismo (el beso ingrato que le dio a su tercera esposa al final del debate fue revelador) y gesticula como un merolico. Ha sido la propuesta más atropellada y más equívoca en la historia del partido conservador (Good Old Party, se atreven a llamarlo). Tras meses de jaloneos, diversos gobernadores, senadores y líderes oscuros del Partido se preguntan en qué estaban pensando cuando le hicieron caso al populismo de este magnate, tan alevoso y provocador, que se vanagloria de agarrarle los genitales a las mujeres o de evadir impuestos.

Solamente podemos confiar en que los trabajadores de ese país, las amas de casa, los estudiantes y las mentes inteligentes que ganan premios Nobel, que educan, que se distinguen por su tolerancia y sentido del deber, sepan por quien votan en menos de un mes.

A nosotros, desde aquí, habiendo perdido la mitad de nuestro poder adquisitivo en un año, secuestrados en nuestros hogares a expensas de la violencia y la corrupción, inconformes con cualquier partido (azul, amarillo o tricolor), preguntándonos a dónde se van los desaparecidos y los acribillados, nos queda acaso esperar que prevalezca la sensatez.

Si en efecto tenemos la fortuna de ver elegida a la primera mujer en 240 años de vida democrática desde George Washington, confiemos en que sabrá rodearse de gente mesurada, educada y confiable. Lo que venga después será para construir un proyecto de futuro para todos (propios y extranjeros) , así como para olvidar que hemos visto sólo una parodia del poder en pugna.

“No tengo tiempo, hazlo tú”

“No tengo tiempo, hazlo tú”

Esta semana tuve la fortuna de acudir a la reunión del Comité de Archivo y Expediente Clínico tras la amable invitación de la Dra. Raquel Ocampo y el Dr. José Luis Ramírez Arias. Supongo que habrá colegas que al leerlo emitan un “¡Qué pereza!”

Voy a convencerlos de lo contrario con argumentos clínicos.

Ese documento que a veces consideramos lo menos relevante del cuidado de los pacientes, es el único testimonio legal de que en efecto los estamos cuidando. Lo subrayo porque con frecuencia parece que basta una nota, escrita de mala gana y sin mucho apego a la verdad (ojo!), simulando que se ha hecho el examen clínico y el interrogatorio que merece el enfermo. Y que merecen – de paso y desde luego – todos los demás colegas y enfermeras que tocarán, nutrirán, tomarán signos vitales y vigilarán de día y de noche a nuestros pacientes.

La práctica privada de la Medicina en México es una oportunidad meritoria, producto de años de entrenamiento y esfuerzo que se gratifican con prestigio y dividendos económicos. Es un privilegio formar parte de un grupo profesional que piensa diferente, que actúa con inteligencia y que, ante todo, es capaz de ayudarnos cuando nuestros conocimientos fallan o no alcanzan.

Puedo decir con gratitud y humildad que en estos años de trabajo en el Grupo Ángeles he conocido a los mejores especialistas, los más dedicados, los más humanos y los más competentes con quienes me ha tocado departir el quehacer médico. Aquí he recibido el apoyo de enfermeras y enfermeros de extraordinario sentido de responsabilidad, con una devoción a su trabajo y a los pacientes siempre laudable. Yo mismo he sido paciente y he gozado de su cariño y su competencia clínica.

Pero también he visto que se toman algunas acciones con cierto descuido y desorden, que inevitablemente afectan a los enfermos o la calidad de nuestro trabajo en equipo.

En tal orden de cosas, un interrogatorio hecho a la carrera o dejado en manos de un interno sin supervisión, es un acto fallido. Un examen médico practicado a la ligera porque tenemos que llegar a casa, porque nos recargamos en la disposición de los residentes o porque “ya lo sabemos todo, al fin y al cabo es mi paciente” dista mucho de ser un ejercicio verdadero y responsable.

Justo al volver de la reunión, donde se documentaron en detalle las omisiones, tropiezos y desatinos que sobrevuelan los expedientes de nuestra institución, me encontré con un artículo ad hoc recién publicado en JAMA. Se intitula “The quick physical exam” y su autor es un médico de Northwestern University que relata cómo – por las prisas – se omiten diagnósticos precisos que determinan iatrogenia y retrasos en el manejo oportuno de los enfermos (les incluyo aquí el vínculo electrónico       http://jama.jamanetwork.com/article.aspx?articleid=2565293).

Nadie está exento de incurrir en estos errores. Quizá porque vivimos en una época donde todo es inmediato; el teléfono celular nos arrebata el tiempo, el tráfico nos psicotiza y, por supuesto, las obligaciones profesionales y familiares nos exigen respuestas expeditas.

Pero un médico responsable, garante de la salud de su paciente, no puede permitirse tener prisa al recibirlo, interrogarlo o examinarlo. Como tampoco puede tomar con ligereza el testimonio que vierte de su intervención en un expediente, que permitirá a todos los que le siguen tomar decisiones consensadas y necesarias para restituir la salud a quien está sufriendo.

Con mucha asiduidad, recibo enfermos que por omisión o ignorancia (debo aclarar que la mayoría provienen de otros senderos del país o nuestra megalópolis) han sido revisados superficialmente, desconocen qué pasos debe cumplir una historia clínica – porque nunca se les aplicó adecuadamente – y acuden blandiendo recetas emitidas sin un diagnóstico claro y, como solemos decir en estos pagos, “al aventón o al ahí-se-va”.

Si existe un momento crítico en la valoración y determinación de acciones que modificarán la historia natural de una enfermedad es cuando entrevistamos y revisamos a un paciente.

Hacerlo con calma, precisión y detenimiento es practicar buena medicina, la única que debe gobernar nuestros actos y derroteros.

Esa tarde refrendé – con gusto y sin presiones – que un expediente clínico es el documento que garantiza la conducta legítima, honorable y profesionalmente calificada para atestiguar lo que presumo que hago desde que decidí ser médico. Es el reflejo de lo que soy, de lo que creo y de lo que he aprendido para procurar el bienestar de mis pacientes y para cambiar el rumbo de un México que de tanto en cuanto se desmorona.

 

Todestrieb

Todestrieb

La miró largamente esa tarde nublada, delineados ambos bajo el marco de una luz opaca que ya no vería. Le había traído un ramo de flores – exuberante, pensó al comprarlas – pero el melanoma avanzaba tanto que había horadado sus sentidos. Una mujer tan vigorosa, que jugó de sol a sol con el ímpetu de ganar todo torneo por años. Su colección de raquetas, la falda blanquísima, los pies alados y el pujo audible al devolver cada volea. Una amazona, solían decirle; ahora refugiada en su habitación, marginada del mundo, al cuidado de una enfermera cuya cara oscila entre el asombro y el miedo. ¡Qué tristeza!
Al salir llovía y no supo cómo despedirse. La abrazó antes y dejó caer las lágrimas sobre su cabello tieso, consciente de que no podría tolerar su decrepitud, presa de tal sufrimiento cotidiano.
Le advirtió tantas veces que no fumara, que usara protector solar, que la soledad es mala compañera. Pero ella parecía gozar del vértigo y el precipicio.
Se subió al auto con pesadumbre y vagó por las calles mientras podía reconciliarse con la impotencia. Dedicado por varios lustros a cuidar a los enfermos, a convencer a sus familiares que es preferible una admonición a una caída, esta pérdida anticipada lo consumía. Se sentía inmensamente culpable. ¿Cómo pudo permitirlo? ¿Cómo no detuvo la mano del verdugo a tiempo?
En 1920, el Dr. Sigmund Freud, quien ya gozaba de una reputación como clínico en las sociedades europeas, hizo un salto dialéctico que marcaría su legado. Aquella reflexión, Jenseits des Lustprinzips (Más allá del principio de placer), una metáfora surgida del enfermo que se resiste al tratamiento psicoanalítico, despertó intensa polémica cuyos ecos reverberan casi un siglo después. Para los detractores de sus teorías, este ensayo es el epítome de conjeturas deshilvanadas y, dada su inconsistencia con los principios fisiológicos, refleja lo alejado que estaba de la realidad.
Por el contrario, para quienes pensamos que el ser humano, vgr. cada sujeto, está determinado por su historia neurótica y sus vínculos primigenios, las elucubraciones de Freud en esa segunda década del siglo XX, que culminaron con el trabajo referido, tienen un gran valor interpretativo.
Veamos.
Freud insiste en la primera parte de su texto que los impulsos inconscientes y el hilo de pensamiento de cualquier individuo están regulados por el principio de placer. Sin embargo, tenemos que reconocer que la vida afectiva también está atravesada por experiencias desagradables, que en buena medida rompen con tal inercia placentera.
Especuló que el deseo de goce fracasa en ciertos juegos de los niños, en la guerra y en la resistencia del paciente a modificar sendas conductas autodestructivas. Por cierto, escribió tales consideraciones  a escasos meses de detonarse la Primera Guerra Mundial (Marzo a Mayo de 1919), donde habría de perder dos hijos.
Además de conjeturar acerca de la entropía y la tendencia de los seres vivos a un estado de mínimo gasto energético – metáfora al fin – , propuso un ejemplo en apariencia trivial. Su nieto Ernst solía arrojar un carrete fuera de su camita mientras exclamaba la palabra Da! (“allá” en alemán). Cuando jalaba el hilo de vuelta hacia si, gritaba  O-o-o-o-o! (imitando el sonido Fort!, que significa “en” o “dentro” en alemán). Agudo observador, Freud dedujo que esta exclamación refrendaba el momento emocional que estaba elaborando el pequeño. A saber, que la ausencia de su madre por varias horas lo hacía sufrir y con este juego invitaba a la fantasía de su retorno. El carrete que iba y venía (Fort-Da! Fort-Da!) sugería el alejamiento y la eventual reaparición de su añorada madre.
El abuelo dedujo que, compelido a una posición pasiva, ante el quebranto que produce tal desamparo, el nieto adoptaba así una actitud activa, como un expectativa dolorosa para recuperar al objeto amado, que se pierde y lo abandona. Aún cuando el niño parece obtener un cierto deleite en la retracción del carrete, el recurso de tales ejercicios, que reparan y mitigan el sufrimiento, es testimonio de que se trata de la repetición de una pérdida, de una separación.
La hipótesis derivada de este forcejeo infantil, tanto como las idas y venidas de los pacientes en su narrativa, lo llevaron a fundamentar la idea de la compulsión a la repetición; mecanismo intrínseco de la pulsión de muerte. Dicho de una manera más actual, la tendencia de quien insiste en pulsar la misma tecla ansiando que la pantalla muestre alguna diferencia.
Los sueños recurrentes, las conductas fallidas por obstinación, la necedad en conservar una relación imposible, todas las adicciones y, desde luego, la melancolía que conduce al derrumbe interno, son manifestaciones de ese impulso inconsciente que reta a la muerte.
Todos lo arrastramos, de una forma u otra, porque al perder a nuestro primer amor (la madre o su sustituto, a quien considerábamos incondicional), hemos extraviado la inocencia y la convicción de que nada es imposible.
Se ha sugerido incluso que las manifestaciones psicosomáticas o las enfermedades que surgen por descuido; típicamente la diabetes, la cirrosis alcohólica, la hipertensión o algunos cánceres producto del tabaquismo, son resabios de ese instinto de destrucción.
Cuando atestiguamos en consulta al enfermo que sigue comiendo en exceso, pese a sus cifras crecientes de glucosa o reiterados ataques de gota, nos invade un sentimiento de frustración y no es extraño que la respuesta (llamada contratransferencia porque así proyectamos nuestra desazón) sea de indiferencia o de sadismo.
– Si usted no me hace caso se va a morir – escuché de muchos colegas, exasperados por la negligencia del gordo en turno.
Pero el asunto no es amenazar o recurrir a  lo obvio, sino indagar de dónde procede ese impulso autodestructivo que no ceja.
Les ofrezco un botón de muestra.
La razón por la que funcionan los grupos AA es porque están cifrados en el afecto y la dependencia. El “padrino” opera como una madre tolerante y omnipresente, que acompaña al infractor, lo conmina a repetir (ojo!), a adherirse a una doctrina y a espiritualizar su vacío. El mensaje bíblico, Dios todopoderoso con su poder de convocatoria y perdón, son temática recurrente.
– Escúchalo con humildad; Dios (es decir, el Padre, aquel, el ausente) te ama y te perdona – insiste el mentor en su prédica. – Una día a la vez, un paso tras otro. No te precipites, no bebas, no recaigas.
Es una conminación para no reincidir, para no ceder a la angustia, para volver a los brazos del cariño, con ternura; de vuelta a una postura depresiva, contraria a la impulsividad y al desvarío.
Así, el alcohólico pasa por la culpa, la confrontación y, si se adhiere suficientemente a la doctrina, pone en marcha la reconciliación. Por fin “ha tocado fondo” – que equivale a proponer que ha vuelto a un estado de indefensión –  y se redime gradualmente; bajo la tutoría del otro más experimentado, no necesariamente más fuerte, pero igual de dependiente, que lo guía.
Tal esquema se ha extendido con sus variantes al tratamiento de las neurosis y otras adicciones. Me parece que con menor fortuna, porque no se alcanza ese nivel de regresión que semeja el lazo materno, donde todo se daba por perdido y el desvalimiento había cobrado dimensiones de suicidio.
La relación terapéutica en buena medida, guardadas las proporciones, ofrece un escenario análogo. La frase “It’s the relationship that heals” (lo que cura es el vínculo) es muy cierta. Por atinado o prestigioso que sea el médico, si no es capaz de despertar la confianza (y con ello la transferencia de emociones) en el enfermo, su receta será de poco provecho.
¿Cuántas veces el paciente abandona el tratamiento porque el doctor no ha sabido transmitirle certidumbre y aplomo? Pero la pulsión de muerte prevalece y es recalcitrante. No entiende razones ni advertencias. Quiere llevarse todo entre las patas.

Como ella, que volvió a fumar aún después del primer diagnóstico. Tal parece que no había entendido nada. Cuando detectaron las metástasis pulmonares y cerebrales dejó de luchar. El divorcio se le apareció como un fantasma. Ese exilio que nunca superó, la sombra del amor no correspondido. Su extranjerismo de alas rotas y su orfandad, hechas tumor, células malignas.
Azuzado por el mal tiempo, se detuvo en una cafetería. Entró sin prisa en aquel ambiente lóbrego donde una sola pareja cuchicheaba. La música de rock enrarecida por una pobre sintonía. Ordenó un capuchino y lloró en silencio, sujetando la taza con furia y atento a ese hueco en el abdomen, cordón umbilical roto y marchito.
Caía la noche y se sintió avejentado, como quien ha emprendido un viaje sin retorno.