La miró largamente esa tarde nublada, delineados ambos bajo el marco de una luz opaca que ya no vería. Le había traído un ramo de flores – exuberante, pensó al comprarlas – pero el melanoma avanzaba tanto que había horadado sus sentidos. Una mujer tan vigorosa, que jugó de sol a sol con el ímpetu de ganar todo torneo por años. Su colección de raquetas, la falda blanquísima, los pies alados y el pujo audible al devolver cada volea. Una amazona, solían decirle; ahora refugiada en su habitación, marginada del mundo, al cuidado de una enfermera cuya cara oscila entre el asombro y el miedo. ¡Qué tristeza!
Al salir llovía y no supo cómo despedirse. La abrazó antes y dejó caer las lágrimas sobre su cabello tieso, consciente de que no podría tolerar su decrepitud, presa de tal sufrimiento cotidiano.
Le advirtió tantas veces que no fumara, que usara protector solar, que la soledad es mala compañera. Pero ella parecía gozar del vértigo y el precipicio.
Se subió al auto con pesadumbre y vagó por las calles mientras podía reconciliarse con la impotencia. Dedicado por varios lustros a cuidar a los enfermos, a convencer a sus familiares que es preferible una admonición a una caída, esta pérdida anticipada lo consumía. Se sentía inmensamente culpable. ¿Cómo pudo permitirlo? ¿Cómo no detuvo la mano del verdugo a tiempo?
En 1920, el Dr. Sigmund Freud, quien ya gozaba de una reputación como clínico en las sociedades europeas, hizo un salto dialéctico que marcaría su legado. Aquella reflexión, Jenseits des Lustprinzips (Más allá del principio de placer), una metáfora surgida del enfermo que se resiste al tratamiento psicoanalítico, despertó intensa polémica cuyos ecos reverberan casi un siglo después. Para los detractores de sus teorías, este ensayo es el epítome de conjeturas deshilvanadas y, dada su inconsistencia con los principios fisiológicos, refleja lo alejado que estaba de la realidad.
Por el contrario, para quienes pensamos que el ser humano, vgr. cada sujeto, está determinado por su historia neurótica y sus vínculos primigenios, las elucubraciones de Freud en esa segunda década del siglo XX, que culminaron con el trabajo referido, tienen un gran valor interpretativo.
Veamos.
Freud insiste en la primera parte de su texto que los impulsos inconscientes y el hilo de pensamiento de cualquier individuo están regulados por el principio de placer. Sin embargo, tenemos que reconocer que la vida afectiva también está atravesada por experiencias desagradables, que en buena medida rompen con tal inercia placentera.
Especuló que el deseo de goce fracasa en ciertos juegos de los niños, en la guerra y en la resistencia del paciente a modificar sendas conductas autodestructivas. Por cierto, escribió tales consideraciones  a escasos meses de detonarse la Primera Guerra Mundial (Marzo a Mayo de 1919), donde habría de perder dos hijos.
Además de conjeturar acerca de la entropía y la tendencia de los seres vivos a un estado de mínimo gasto energético – metáfora al fin – , propuso un ejemplo en apariencia trivial. Su nieto Ernst solía arrojar un carrete fuera de su camita mientras exclamaba la palabra Da! (“allá” en alemán). Cuando jalaba el hilo de vuelta hacia si, gritaba  O-o-o-o-o! (imitando el sonido Fort!, que significa “en” o “dentro” en alemán). Agudo observador, Freud dedujo que esta exclamación refrendaba el momento emocional que estaba elaborando el pequeño. A saber, que la ausencia de su madre por varias horas lo hacía sufrir y con este juego invitaba a la fantasía de su retorno. El carrete que iba y venía (Fort-Da! Fort-Da!) sugería el alejamiento y la eventual reaparición de su añorada madre.
El abuelo dedujo que, compelido a una posición pasiva, ante el quebranto que produce tal desamparo, el nieto adoptaba así una actitud activa, como un expectativa dolorosa para recuperar al objeto amado, que se pierde y lo abandona. Aún cuando el niño parece obtener un cierto deleite en la retracción del carrete, el recurso de tales ejercicios, que reparan y mitigan el sufrimiento, es testimonio de que se trata de la repetición de una pérdida, de una separación.
La hipótesis derivada de este forcejeo infantil, tanto como las idas y venidas de los pacientes en su narrativa, lo llevaron a fundamentar la idea de la compulsión a la repetición; mecanismo intrínseco de la pulsión de muerte. Dicho de una manera más actual, la tendencia de quien insiste en pulsar la misma tecla ansiando que la pantalla muestre alguna diferencia.
Los sueños recurrentes, las conductas fallidas por obstinación, la necedad en conservar una relación imposible, todas las adicciones y, desde luego, la melancolía que conduce al derrumbe interno, son manifestaciones de ese impulso inconsciente que reta a la muerte.
Todos lo arrastramos, de una forma u otra, porque al perder a nuestro primer amor (la madre o su sustituto, a quien considerábamos incondicional), hemos extraviado la inocencia y la convicción de que nada es imposible.
Se ha sugerido incluso que las manifestaciones psicosomáticas o las enfermedades que surgen por descuido; típicamente la diabetes, la cirrosis alcohólica, la hipertensión o algunos cánceres producto del tabaquismo, son resabios de ese instinto de destrucción.
Cuando atestiguamos en consulta al enfermo que sigue comiendo en exceso, pese a sus cifras crecientes de glucosa o reiterados ataques de gota, nos invade un sentimiento de frustración y no es extraño que la respuesta (llamada contratransferencia porque así proyectamos nuestra desazón) sea de indiferencia o de sadismo.
– Si usted no me hace caso se va a morir – escuché de muchos colegas, exasperados por la negligencia del gordo en turno.
Pero el asunto no es amenazar o recurrir a  lo obvio, sino indagar de dónde procede ese impulso autodestructivo que no ceja.
Les ofrezco un botón de muestra.
La razón por la que funcionan los grupos AA es porque están cifrados en el afecto y la dependencia. El “padrino” opera como una madre tolerante y omnipresente, que acompaña al infractor, lo conmina a repetir (ojo!), a adherirse a una doctrina y a espiritualizar su vacío. El mensaje bíblico, Dios todopoderoso con su poder de convocatoria y perdón, son temática recurrente.
– Escúchalo con humildad; Dios (es decir, el Padre, aquel, el ausente) te ama y te perdona – insiste el mentor en su prédica. – Una día a la vez, un paso tras otro. No te precipites, no bebas, no recaigas.
Es una conminación para no reincidir, para no ceder a la angustia, para volver a los brazos del cariño, con ternura; de vuelta a una postura depresiva, contraria a la impulsividad y al desvarío.
Así, el alcohólico pasa por la culpa, la confrontación y, si se adhiere suficientemente a la doctrina, pone en marcha la reconciliación. Por fin “ha tocado fondo” – que equivale a proponer que ha vuelto a un estado de indefensión –  y se redime gradualmente; bajo la tutoría del otro más experimentado, no necesariamente más fuerte, pero igual de dependiente, que lo guía.
Tal esquema se ha extendido con sus variantes al tratamiento de las neurosis y otras adicciones. Me parece que con menor fortuna, porque no se alcanza ese nivel de regresión que semeja el lazo materno, donde todo se daba por perdido y el desvalimiento había cobrado dimensiones de suicidio.
La relación terapéutica en buena medida, guardadas las proporciones, ofrece un escenario análogo. La frase “It’s the relationship that heals” (lo que cura es el vínculo) es muy cierta. Por atinado o prestigioso que sea el médico, si no es capaz de despertar la confianza (y con ello la transferencia de emociones) en el enfermo, su receta será de poco provecho.
¿Cuántas veces el paciente abandona el tratamiento porque el doctor no ha sabido transmitirle certidumbre y aplomo? Pero la pulsión de muerte prevalece y es recalcitrante. No entiende razones ni advertencias. Quiere llevarse todo entre las patas.

Como ella, que volvió a fumar aún después del primer diagnóstico. Tal parece que no había entendido nada. Cuando detectaron las metástasis pulmonares y cerebrales dejó de luchar. El divorcio se le apareció como un fantasma. Ese exilio que nunca superó, la sombra del amor no correspondido. Su extranjerismo de alas rotas y su orfandad, hechas tumor, células malignas.
Azuzado por el mal tiempo, se detuvo en una cafetería. Entró sin prisa en aquel ambiente lóbrego donde una sola pareja cuchicheaba. La música de rock enrarecida por una pobre sintonía. Ordenó un capuchino y lloró en silencio, sujetando la taza con furia y atento a ese hueco en el abdomen, cordón umbilical roto y marchito.
Caía la noche y se sintió avejentado, como quien ha emprendido un viaje sin retorno.

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