Esta semana tuve la fortuna de acudir a la reunión del Comité de Archivo y Expediente Clínico tras la amable invitación de la Dra. Raquel Ocampo y el Dr. José Luis Ramírez Arias. Supongo que habrá colegas que al leerlo emitan un “¡Qué pereza!”

Voy a convencerlos de lo contrario con argumentos clínicos.

Ese documento que a veces consideramos lo menos relevante del cuidado de los pacientes, es el único testimonio legal de que en efecto los estamos cuidando. Lo subrayo porque con frecuencia parece que basta una nota, escrita de mala gana y sin mucho apego a la verdad (ojo!), simulando que se ha hecho el examen clínico y el interrogatorio que merece el enfermo. Y que merecen – de paso y desde luego – todos los demás colegas y enfermeras que tocarán, nutrirán, tomarán signos vitales y vigilarán de día y de noche a nuestros pacientes.

La práctica privada de la Medicina en México es una oportunidad meritoria, producto de años de entrenamiento y esfuerzo que se gratifican con prestigio y dividendos económicos. Es un privilegio formar parte de un grupo profesional que piensa diferente, que actúa con inteligencia y que, ante todo, es capaz de ayudarnos cuando nuestros conocimientos fallan o no alcanzan.

Puedo decir con gratitud y humildad que en estos años de trabajo en el Grupo Ángeles he conocido a los mejores especialistas, los más dedicados, los más humanos y los más competentes con quienes me ha tocado departir el quehacer médico. Aquí he recibido el apoyo de enfermeras y enfermeros de extraordinario sentido de responsabilidad, con una devoción a su trabajo y a los pacientes siempre laudable. Yo mismo he sido paciente y he gozado de su cariño y su competencia clínica.

Pero también he visto que se toman algunas acciones con cierto descuido y desorden, que inevitablemente afectan a los enfermos o la calidad de nuestro trabajo en equipo.

En tal orden de cosas, un interrogatorio hecho a la carrera o dejado en manos de un interno sin supervisión, es un acto fallido. Un examen médico practicado a la ligera porque tenemos que llegar a casa, porque nos recargamos en la disposición de los residentes o porque “ya lo sabemos todo, al fin y al cabo es mi paciente” dista mucho de ser un ejercicio verdadero y responsable.

Justo al volver de la reunión, donde se documentaron en detalle las omisiones, tropiezos y desatinos que sobrevuelan los expedientes de nuestra institución, me encontré con un artículo ad hoc recién publicado en JAMA. Se intitula “The quick physical exam” y su autor es un médico de Northwestern University que relata cómo – por las prisas – se omiten diagnósticos precisos que determinan iatrogenia y retrasos en el manejo oportuno de los enfermos (les incluyo aquí el vínculo electrónico       http://jama.jamanetwork.com/article.aspx?articleid=2565293).

Nadie está exento de incurrir en estos errores. Quizá porque vivimos en una época donde todo es inmediato; el teléfono celular nos arrebata el tiempo, el tráfico nos psicotiza y, por supuesto, las obligaciones profesionales y familiares nos exigen respuestas expeditas.

Pero un médico responsable, garante de la salud de su paciente, no puede permitirse tener prisa al recibirlo, interrogarlo o examinarlo. Como tampoco puede tomar con ligereza el testimonio que vierte de su intervención en un expediente, que permitirá a todos los que le siguen tomar decisiones consensadas y necesarias para restituir la salud a quien está sufriendo.

Con mucha asiduidad, recibo enfermos que por omisión o ignorancia (debo aclarar que la mayoría provienen de otros senderos del país o nuestra megalópolis) han sido revisados superficialmente, desconocen qué pasos debe cumplir una historia clínica – porque nunca se les aplicó adecuadamente – y acuden blandiendo recetas emitidas sin un diagnóstico claro y, como solemos decir en estos pagos, “al aventón o al ahí-se-va”.

Si existe un momento crítico en la valoración y determinación de acciones que modificarán la historia natural de una enfermedad es cuando entrevistamos y revisamos a un paciente.

Hacerlo con calma, precisión y detenimiento es practicar buena medicina, la única que debe gobernar nuestros actos y derroteros.

Esa tarde refrendé – con gusto y sin presiones – que un expediente clínico es el documento que garantiza la conducta legítima, honorable y profesionalmente calificada para atestiguar lo que presumo que hago desde que decidí ser médico. Es el reflejo de lo que soy, de lo que creo y de lo que he aprendido para procurar el bienestar de mis pacientes y para cambiar el rumbo de un México que de tanto en cuanto se desmorona.

 

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