Como tantas otras incidencias de la vida estadounidense, el histrionismo ha impreso su sello indeleble en la campaña presidencial.

No es irrelevante que los dos debates entre HRC y DT hayan sigo vistos por más de 84 millones de televidentes. Lo que pasa en la cima de ese país afecta a una inmensidad de seres humanos, sus negocios, sus territorios y sus destinos.

Es imposible sustraerse al hecho de que las políticas, los estándares y los vaivenes económicos de esa gran potencia nos incumben. La máxima “tan lejos de dios y tan cerca de Estados Unidos” que sugiriera el académico neoleonés José Nemesio García Naranjo hace poco más de un siglo, sigue igual de vigente.

Al margen de la animosidad que ha creado Trump con su amenaza de construir un muro de ignominia y expulsar a los millones de braceros que trabajan abnegadamente por su país, el duelo entre los dos aspirantes remanentes es una pelea de gatos que ensordece.

Ayer, el candidato republicano se paseaba ansioso por el escenario (otra de las características del “sueño americano”, la teatralización) y dejaba ver su irascibilidad y su poca tolerancia para ser confrontado. Repetidamente interrumpió a su oponente – quien a su vez esgrime una sonrisa sarcástica propia de líderes dictatoriales – para hacer valer su escaso criterio y su sobrada necedad.

En la otra esquina, Hillary pretendió asentarse como una estadista, si bien por momentos perdía piso ante las arengas de su contrincante, que ha sabido clavar la espina donde más le duele; vgr. en su pobre manejo de información clasificada y en la infidelidad de su marido.

Aún así, lo lamentable es que este intercambio de jabs y upper-cuts haya pasado por alto los temas centrales que conciernen al gobierno americano frente a un mundo convulso.

Se habló de ISIS como si se tratara de eliminar una plaga de cucarachas que asedia la cocina, de la política exterior como si lo relevante fuesen las alianzas con tiranos que han demostrado un total desinterés por sus pueblos. Se tocó apenas la importancia de la atención sanitaria en un país que ha sido la catapulta de los costos más desmesurados y que han disparado la avaricia de la industria farmacéutica y biotecnológica por encima del bienestar de la Humanidad.

En efecto, como señalaba un asistente, la situación de salud para los norteamericanos no ha mejorado pese al Affordable Act, de que tanto alardeó Hillary, porque la desigualdad social en Estados Unidos sigue siendo la más polarizada del mundo. Si bien la cobertura asistencial se amplió sustancialmente con el llamado Obamacare, el ciudadano promedio ha resentido que sus aportaciones aumentan en beneficio de los más necesitados. Hasta ahí el preconizado altruismo de nuestros vecinos; nadie quiere sacarse el pan de la boca por un negro, un latino y menos por un “homeless”.

Lo estridente del debate recayó en las múltiples acusaciones de incompetencia por ambos bandos. Nos dejan, como es obvio, con un mal pronóstico: si son tan incapaces de proyectar una imagen mesurada, inteligente e incluyente entre sus potenciales electores (y a los que nos toca el huracán de paso), poco podemos esperar cuando se sienten en la Sala Oval para vislumbrar desde ahí al planeta. Recuerdan más bien a la famosa canción “The fool on the hill” que observa y no sabe qué mira.

La candidata demócrata resultó más estructurada cuando habló de energías renovables y manejo de las diferencias sociales (afroamericanos, musulmanes) pero su actitud calculadora no ofrece confianza. Se le percibe distante, con esa mueca de burla cuando las opiniones de su adversario no conforman con su versión de sí misma. Es obvio que se trata de una puesta en escena, de un desafío de narcisismos, pero más que contundencia, esperaríamos una estrategia de políticas gubernamentales, de propuestas consensadas y atractivas para superar las dificultades que atraviesa esa nación y que repercuten en un mundo sumido en las guerras y la migración de desprotegidos.

Tengo la impresión de que vamos a extrañar mucho a Barack Obama.

Si bien su mandato estuvo plagado de indiferencia hacia la pobreza y la batalla perdida contra el narcotráfico que asola a nuestro México, su gesta humanitaria, su capacidad de arriesgar a favor de quienes más lo necesitan, su oposición a la proliferación de armas y al asesinato de víctimas inocentes o de hombres de color desarmados, traducen un aceptable legado. Su esposa Michelle, a diferencia de Hillary, tiene resonancia natural con las clases populares, los liberales y la gente joven. Es una abogada comprometida y discreta, cosa que la Clinton no lleva en la sangre.

Por supuesto, la carta bajo la manga (the trump card en inglés) de los republicanos es abominable. Resopla y escupe con desdén, no respeta a nadie más que a sí mismo (el beso ingrato que le dio a su tercera esposa al final del debate fue revelador) y gesticula como un merolico. Ha sido la propuesta más atropellada y más equívoca en la historia del partido conservador (Good Old Party, se atreven a llamarlo). Tras meses de jaloneos, diversos gobernadores, senadores y líderes oscuros del Partido se preguntan en qué estaban pensando cuando le hicieron caso al populismo de este magnate, tan alevoso y provocador, que se vanagloria de agarrarle los genitales a las mujeres o de evadir impuestos.

Solamente podemos confiar en que los trabajadores de ese país, las amas de casa, los estudiantes y las mentes inteligentes que ganan premios Nobel, que educan, que se distinguen por su tolerancia y sentido del deber, sepan por quien votan en menos de un mes.

A nosotros, desde aquí, habiendo perdido la mitad de nuestro poder adquisitivo en un año, secuestrados en nuestros hogares a expensas de la violencia y la corrupción, inconformes con cualquier partido (azul, amarillo o tricolor), preguntándonos a dónde se van los desaparecidos y los acribillados, nos queda acaso esperar que prevalezca la sensatez.

Si en efecto tenemos la fortuna de ver elegida a la primera mujer en 240 años de vida democrática desde George Washington, confiemos en que sabrá rodearse de gente mesurada, educada y confiable. Lo que venga después será para construir un proyecto de futuro para todos (propios y extranjeros) , así como para olvidar que hemos visto sólo una parodia del poder en pugna.

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