Hacía calor y el pueblo rezumaba rabia y pobreza. Jamás injertó. Fue un extraño de entrada por salida, atractivo en su vanidad pero evanescente como los parias desbocados que lo precedieron. Trabajó incansablemente, sin reservas, hasta que una mañana, cuando menos lo esperaba, lo llamaron a la dirección.

Ahí estaban los superiores, enfermeras, burócratas y médicos, reunidos en torno a una enorme mesa cuadrada que ocupaba toda la oficina. Su impresión al abrir la puerta fue un tanto grotesca; constreñidos hacia las cuatro paredes le aguardaban  con solemnidad.

– Muchacho, nos hemos reunido…

En ese tiempo conoció la rabia humana, la ptisis y el mal del pinto, en su expresión más elemental. También el sexo a hurtadillas, saltar un muro o hacer el amor de pie, cuidándose de las miradas incisivas. La piel morena sudorosa en un turbio motel al borde del camino, donde pululan las serpientes y pernoctan los indigentes; donde no hay invierno y llueve al azar, entre las holgadas sequías y el hambre constante.

Descubrió cuerpos distintos, orondos, raquíticos, ajados y sedientos de placer. Oscuros, esquivos, tantos otros para olvidarse o añorarse.

Nadie sabrá sus nombres, por supuesto. Besó labios apenas o sin prisa, largamente o con temor de algún contagio. ¿Cómo olvidar esa voluptuosidad prístina que le miraba, el cabello revuelto en una cama ajena, una ducha donde miraba sus pies mientras las manos se perdían en el laberinto del deseo?

Uno no se hace hombre, me dijo, tras el primer amor carnal, sino a fuerza de descubrirse, frente a la seducción o el apuro, con los ojos bien abiertos.

Se sorprendió de si mismo tantas veces y a tal velocidad que no alcanzaba en repararlo. Ante un parto en la neblina, hábil pese a las aullidos de la primigesta. Olía a estiércol – afirma – mientras los vecinos se insinuaban por las rendijas, quizá porque habrían atestiguado tantas muertes de alumbramiento. Tomó la tijera recién esterilizada en alcohol ardiente y cercenó lo necesario: episiotomía, cordón y restos placentarios. Cada corte con precisión de cirujano, manos firmes y en silencio, sin reparar en el amanecer que despuntaba con el primer llanto del recién nacido.

En otra ocasión fue llamado de forma anónima a atender a una mujer intoxicada. La encontró en un galpón vacío, con hedor a semen y licor añejo. Arrojada al fondo –  al fin del mundo, pensó – semidesnuda. Mientras trataba de distinguir sus facciones y su integridad física en la penumbra, entendió sin más que el desamparo mata, a golpe de ignominia y de vergüenza.

Recorría en su pequeño VW los caminos rurales a demanda. Aquí un hombre empitonado por un cebú embravecido, allá una niña con Crup que no vería el futuro; trabajadores del campo con blenorragia, trabajadoras del sexo con Chlamydia, niños febriles y hambrientos, viejos macilentos y obesos…todo un mapa de las carencias económicas y el rezago educativo.

En las noches cálidas de primavera, cuando era imposible dormir por el sopor, leía una y otra vez los textos de Medicina, sin rumbo, aspirando todos los conocimientos fragmentarios para hacerse de una plaza en la especialidad. Goteaba sudor en las páginas cuando le ganaba el sueño, pero volvía – a fuerza de cafeína – a recitar los síndromes clínicos, la fisiopatología del infarto al miocardio, las tenazas del cáncer, el diagnóstico diferencial de las hepatitis o las encefalopatías.

No es que quisiera huir, se había encarnado en esos parajes agrestes, pero sabía de suyo que ahí pululaba la muerte; por los riachuelos, en los surcos mal arados, en las calles semidesiertas de las madrugadas, en los prostíbulos, en los juzgados y las escuelas.

Una revolución violenta se estaba gestando y ni con golpes de candidez podía obviarlo. La desigualdad, la tragedia y el odio parecían manar de la tierra sucia como creciente inmundicia. No pasarían muchos años antes de que esos pueblos se convirtieran en madrigueras de asesinos y narcotraficantes, en que el resentimiento social reptara como sangre vieja oscureciendo todos los caminos.

¡Cuántas veces sintió las miradas que lo acusaban en silencio de invadir su territorio! Aún las mujeres que atendían a los enfermos, viejas magulladas por el paso de amores no correspondidos, con hijas e hijos que sembrarían de nuevo sus pasos, inútilmente, hasta la esterilidad de su linaje. Aún ellas sabían que no tendríamos lealtad alguna, que nos iríamos al conocer la primera oferta, que el tiempo del servicio social – por más compromiso académico o antropológico – es perentorio, para nunca más volver atrás.

Otros habrían trazado su paso por esas comunidades depauperadas con más tino. Él se deslumbraba. En principio, por la patología de la pobreza. Cirrosis alcohólica, tuberculosis pulmonar y extrapulmonar, diabetes en todos los sabores, defectos congénitos que se enarbolaban como troncos torcidos, retrasos mentales que aún se esconden en buhardillas. Poco a poco, se encontró con la profusión de infecciones que desconocía: micetomas, blenorragia, encefalitis, escrófulas, meningitis rábica y bacteriana, leishmaniasis y triquinosis. Por suerte caía eventualmente la noche para revisar con avidez esos temas. Cada mañana era un reto y un descubrimiento.

Conoció también lo innombrable. La basura arrojada con total dejadez en los apantles, el deambular de los cerdos entre el lodo y las recámaras, los borrachos de los sábados y los beodos de los lunes, la falta de ley, la exigüidad de los empleos, la privación y la depravación en formas ostensibles.

La condecoración vino de sorpresa porque tuvo una idea que resultó más de su propia narrativa que de una genuina pesquisa científica. Decidió hacer un censo de salud del pueblo. ¿De qué se muere la gente aquí? – se preguntaba una y otra vez. El reporte de los fallecimientos en la alcaldía arrojó lo anticipado: accidentes, neumonías, causas desconocidas y causas naturales (sic). Con escasos recursos epidemiológicos hizo su propia indagación, misma que vería refrendada en lecturas posteriores (John Berger, Michel Houllebecq, Abraham Verghese), pero insuficientes para describir la miseria y el dolor acumulado por generaciones.

Lo que permanece de aquel mundo turbio si bien hospitalario, de sus hombres y mujeres de paja y fango, debe ser muy poco. El aire bucólico fue rápidamente suplantado por emisiones de gasolina, los rincones donde se abrazaban las parejas que no lo serían desaparecieron por abandono o insolvencia, y la ingenuidad fue tantas veces mancillada, que acabó por odiarse a sí misma.

En unas cuantas décadas las comunidades del tercer mundo han sido engullidas por la violencia. Los Zetas, la Mara Salvatrucha o los Kaibiles son meros ejemplos del pavor que invade nuestros campos y senderos. ¿Quién queda por curar, que árboles en pie, con tantas raíces podridas?

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