Tal vez producto de la edad o del desvelo, tendemos a leer novelas apocalípticas. Esos parajes a la sombra del tiempo que muestran aldeas desiertas, carbonizadas; restos inorgánicos y caminos fracturados; las huellas de la devastación y el viento seco que congela la respiración ante el desastre. Pienso en autores tales como Cormac McCarthy, Chris Dietzel, William Fortschen o Santiago Morata y en la ceguera premonitoria de Saramago.

Es un tema recurrente en la ficción anglosajona, menos apelativo – supongo – para quienes vivimos al día y advertimos el invierno nuclear como una invención distópica, que no nos concierne.

Para nuestras culturas, hasta cierto punto cándidas, la muerte es un suceso cotidiano y bastante singular. Nos afecta la violencia que asesina, la abominación de las guerras lejanas, y antes que nada, el deceso de los abuelos, de los amigos que cayeron prematuramente (por SIDA, por suicidio) y la creciente defunción de los contemporáneos, que anuncia la nuestra de forma perentoria.

Pero volvamos a la desolación. Por razones que se nos escapan, el cielo se oscurece. Es un gris plomizo, con ráfagas desconcertantes de naranja, como si el sol que se ahoga lanzara llamaradas de agonía. La imagen que nos precede es pavorosa; la tierra se ha secado, troncos marchitos – algunos quemados y otros sencillamente secos – sin hojas o corteza, emergen entre las rocas. Los vados de los ríos están inertes, con ceniza y basura, interminablemente yermos y sinuosos. Huele a carne podrida, pero no se detecta ningún cadáver en el espesor de la perspectiva, como si los restos del planeta pulularan con veneno. A la distancia, entre la niebla espesa, se adivinan muros caídos, una puerta que apenas se sostiene por un umbral partido y enseguida una casa sin techo que conserva tres ventanas desvencijadas y rotas. La carcaza de un auto de color indescifrable yace en todo el frente, al lado de dos tambos de gasolina abollados y enmohecidos. Caminar hacia allá produce terror, porque uno puede imaginar que tras esos vestigios saltará un ser hambriento y desalmado dispuesto a todo por un trozo de carne, sin distinción, incluso de carne humana. Pero al acercarnos, titubeantes, encontramos lodo teñido de petróleo, el cadáver de un perro mal digerido por los roedores y las moscas, sempiternas; desechos plásticos y papeles arrancados de un libro con prisa.

La penumbra rota, la tierra corrompida, la ruina. Sobre el peldaño crujiente de una entrada que no lo es más, te sientas a mirar el paisaje abandonado. Imaginas por un momento que alguien sembró tomates antaño en aquellos surcos maltrechos donde se conservan, aislados, unos cuantos postes con alambre retorcido. Una bomba de agua artesanal, ahora quebrada y oxidada, un balde perforado y sin asa, flanquean el terreno, que recorre con ligereza una rata, tan gris como el horizonte, husmeando y deteniéndose por momentos a espiar la distancia. Parece que advierte tu presencia y sois lo único que queda, percepción de muerte, coincidencia.

Piedras por doquier, ceniza, pastizales aislados y polvorientos, que nadie ha pisado en décadas. Hace muchas épocas que no se oyen trinar las aves, que el ruido del viento es uniforme en ausencia de hojas o maleza, que ruedan sin rumbo restos de basura, cartón desvencijado, bolsas de mercancía, envolturas…

Él se observa el pecho descubierto baja la camisa roída y advierte que ha encanecido. Los pechos péndulos, el vientre surcado de arrugas, bultos de grasa, pellejo y sarcopenia. No se mira en un espejo desde que era joven, antes de vagar por estas laderas y senderos desiertos, mucho antes de hurgar en los depósitos y los albañales, buscando algo que engullir, algo que evite la muerte inminente.

Justo ahora medita si basta una pequeña fogata para esterilizar la carroña, si ese pútrido alimento será suficiente para asfixiarlo y acabar con toda esta miseria. Pero lo detiene un anhelo extraño – diríase irracional – que lo aferra al futuro, a un lugar imaginario donde brota el césped y cae la lluvia, refrescante (y no esta gotera ácida que horada los caminos). Un sitio imposible donde el mar baña las orillas y el ganado pasta y las gaviotas surcan sobre las olas y los cangrejos brotan como destellos en el ocaso y las ranas croan entre los carrizos y se puede respirar el vapor de rocío desde temprano. Sueña con ese nuevo amanecer en que sus pasos se ven borrados en la arena, donde se intuyen bancos de peces a lo lejos o nubes que se desplazan suavemente acarreadas por suspiros y sombras que se alargan con nobleza para definir el día.

Súbitamente, el hedor de carne quemada lo devuelve al entorno. El aire frío le crispa las manos. Al frotarlas ante el fuego, se percata de la piel enjuta, sucia de años de rascar el fango y los vertederos en busca de inmundicias. De nada sirve llorar o lamentarse, eso ocurrió cuando perpetraron los primeros asesinatos, cuando había que huir despavoridos ante la amenaza de masacres y refriegas en cualquier latitud.

Esta tarde (o noche, tampoco importa la hora) su desamparo es la única paz que reconoce y subsistir sin sentido es la puesta en escena de cada jornada. Arranca un pedazo de carnaza caliente y lo mastica sin gusto, observando con inquietud el horizonte asolado. Traga con asco, consciente de que la necesidad de proteínas lo mantiene alerta, apto para desplazarse, sin destino y sin origen.

Quizá porque más allá de las redes sociales, las ubicuas pantallas y las noticias evanescentes hay esperanza y hay vida que espera a ser descubierta, el apocalipsis no se antoja cercano. Un abrazo con sensualidad, una conversación que no se agota o un beso mojado con ternura – porque excitan los sentidos y abren los confines – son todo lo que late y que así nos mantiene expectantes y deseosos.

Existir en nombre de uno mismo es harto significativo, pero la trascendencia, la capacidad de subvertir la muerte, está en la sencillez curiosa del amor. Eso que nos permitió sobrevivir el hambre y la incertidumbre desde la primera infancia y que se replica con cada caricia, con cada sonrisa, hasta que se acabe el mundo.

 

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