Aurora oye apenas el despertador y automáticamente voltea a reconocer a Víctor, que aún ronca a su lado. Desliza la mano hacia el buró y enciende el teléfono móvil, eterno compañero. Tiene doce mensajes de los dos chats que más frecuenta y se apresta a responder cuanto antes. Ha verificado la hora (6:04) en el teléfono y ello le permite chatear unos minutos antes de despertar a los niños, para dirigir el desayuno y la puesta en marcha de la casa.

La recién llegada a la escuela, que incluyeron por decencia – por obligación, prefiere ella – ha convocado a un “desayuno de mamás” para incluir a su hijo Rodri, tal como ella suele presentarlo. Aurora decide en segundos crear un chat alterno que la excluya, para mofarse de tales desplantes de muchacha provinciana. La respuesta de las otras es inmediata: emojis al por mayor, bromas sarcásticas y consenso de asistir, pero siempre y cuando acuerden neutralizarla. Para entonces, Raúl e Íñigo se han desperezado y les muestra fotos de animalitos mientras se visten, así como un vídeo que le ha enviado su hermano desde Francia, donde la familia se regodea en las fiestas de la vendimia. Corre a la cocina y casi pierde pie por consultar el “Face”, que había olvidado por estar chateando. Parte tres huevos con la mano izquierda al tiempo que desliza el pulgar por la pantalla recorriendo su muro con agilidad. Aprovecha para tomar una foto de sus manos ocupadas en partir el jamón y tender la mesa, y subirlas cuanto antes, seguidas de un comentario chusco (“Hoy no me quiero levantar!”). Las imágenes de sonrisas, caritas felices y señales de aprobación no se hacen esperar. Ríe para sí y deja el teléfono momentáneamente para constatar si los chicos están vestidos. Íñigo se ha puesto el suéter al revés, pero antes de reconvenirlo, toma una foto con su Galaxy Tab 4 recién adquirida y se la muestra, divertida y burlona. El niño se arregla a regañadientes y le pide su iPad para acompañar el desayuno. Ella extrae del armario los dos gadgets, debidamente etiquetados, y los extiende a sus hijos antes de salir catapultada a la habitación para despertar a su marido.

Para su tranquilidad, Víctor está sentado en el retrete mirando su Huawei sin descanso. El ruido de la regadera contigua le impide escucharla. Ella se detiene a punto de tomarle una instantánea, pero imagina la burla que vendrá apareada si lo envía ahora mismo a las amigas. No obstante, lo hace y guarda la impresión digital en su archivo secreto; ya tendrá ocasión de utilizarla.

Cuando el marido se incorpora le pregunta si tiene un día complicado. Él le muestra dos de sus mensajes, uno de ellos cargado de insultos debido al retraso del cargamento que no llegó a la planta industrial el fin de semana. Para colmo, el coche está en el taller y ha calificado tan mal a los Uber que ya no le envían autos de inmediato. Ella lo reprende pero le extiende un vaso con jugo y le muestra otra aplicación para solicitar coches de alquiler.

– Es un poco más cara, tonto, pero tú tienes la culpa por estar jugando.

Se oye gritar a los niños y regresa frustrada porque le han interrumpido su conversación virtual en turno. Raúl le ha arrebatado al hermano su tableta porque estaba viendo “su película” sin consultarlo. Íñigo llora rabioso y apela a la mamá, que de golpe planta el móvil sobre la mesa y se apresta a reducir el drama. La frustración se duplica porque ha perdido el hilo del chat y ahora cuatro interlocutoras la han saltado sin que ella emita su opinión, más conocedora del chisme que se dirime entre todas. Peor aún, se despliega la alarma del Waze que anuncia la llegada del autobús escolar. Los niños no están listos por estar batallando con sus pantallas.

– Cuántas veces les he dicho que no desatiendan su desayuno – los impreca, conteniendo el grito. – Se van a ir con la barriga vacía.

Los muchachos salen disparados y vociferando reclamos. Recoge de mala gana los iPads, pero antes de cerrar las cubiertas, introduce la contraseña en cada uno para cerciorarse de que no estuviesen navegando en páginas prohibidas. En ese instante, irrumpe Víctor cargando su celular en ristre, con tanta violencia que Aurora deja caer uno de los gadgets cuya pantalla se estrella con el impacto. Ella se lanza a empellones contra su marido, chillando y manoteando con rabia desatada. El hombre pierde el equilibrio y va a dar contra la estufa, sin soltar el teléfono móvil y pidiéndole calma entre sus aullidos.

Aurora se desploma en la silla del desayunador, sosteniendo el aparato roto sobre el regazo. Llora desconsolada, como si hubiese perdido un hijo. Víctor se disculpa incansablemente, promete reponerlo cuanto antes y buscar la manera de rescatar la información sin que el pequeño sufra más contratiempos. Está a punto de abrazarla, pero justo entra el mensaje en ambos móviles de la llegada inminente del auto de alquiler. Se miran momentáneamente para volver enseguida a sus respectivas pantallas.

– Ya me hiciste perder mis chats – dice Aurora, enjugando las lágrimas. – Por lo menos sírvete un café para el taxi.

No bien se ha ido el esposo, la cara larga y abatida, Aurora regresa a su smartphone y expresa su tristeza a las contertulias. Siguen consuelos de todo género, precedidos de emojis ad hoc e invitaciones a tomar un café para “curar el enojo”. Ella accede gustosa y se congratula de tener tantas amigas, porque ha subido varios ángulos del iPad destrozado a Facebook e Instagram, y de vuelta ha recibido numerosas muestras de solidaridad y fiasco compartidos. – Con esto puede mejorar el día – se dice, sollozando -, sólo me falta llamar a mamá por Skype.

 

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