Para MMB, por su entrañable
cariño y tenacidad

El quehacer médico no es nunca un jubileo o un baile de máscaras. Discreto y solícito, es un empeño que conlleva de suyo lo arcano, aunque también reviste lo más arduo y espinoso del menester humano. Puede ser (y con frecuencia lo es) muy gratificante, lleno de retos y satisfacciones. Ante todo por los enfermos difíciles, los diagnósticos que no encajan y las complicaciones inesperadas que al fin se resuelven favorablemente. También están las situaciones complejas que demandan toda nuestra atención y deparan desenlaces no siempre amables ni venturosos. Aún así, queda sin duda el placer de haberse esforzado, de entregar el cuerpo y de haber pulsado hasta lo imposible por vencer la enfermedad.
Hasta aquí todo son bendiciones. Pero la medicina es la ciencia que trata con el dolor y con la muerte, por encima de los empachos y los halagos. Es el arte de curar,  al filo de la navaja, porque la vulnerabilidad del ser humano, desde que nace hasta que agoniza, tiene como paradigma la finitud.
Así planteado, pareciera una empresa heroica, pero todo galeno sabe – y recuerda – en dónde quedaron sus muertos, producto o no de sus errores y carencias; los que vio morir o se enteró por terceros, aquellos que tocó con su destreza y que, a pesar de ello, gravitaron hacia el precipicio, o sucumbieron, ángeles caídos, bajo la estela de la iatrogenia.
Si bien las series televisivas (ER, Dr. House, Grey’s anatomy) han restado un poco la visión romántica que se tenía de los doctores, la mayoría de los legos aún asiste con ingenuidad a nuestras batallas diarias contra lo ominoso. Ver morir a un enfermo, más acá de las pantallas y las fantasías, es una pérdida irremediable. Por narcisismo – admitámoslo – y en buena medida por desgarramiento, cuando se  escapa una vida, nos culpamos inevitablemente y arrastramos al fantasma durante largas jornadas hasta que un nuevo éxito nos recuerda que la responsabilidad impide claudicar. El  susodicho se siente vulnerado, incluso señalado; se compara a su pesar en el espejo ambiguo de los otros, esconde la cara por un tiempo y ruega en silencio que el fracaso merme. Que cruce como un viento desolador, ése que todo lo arrastra a su paso, pero que cesa en fin tras la eventualidad y devuelve las cosas a su lugar; así, lastimosa empero apaciblemente.
Si el deceso es de un familiar o un amigo, al que cobijamos aunque no lo hayamos atendido personalmente, el duelo puede resultar más agudo, pero no más penoso que cuando perdemos a un enfermo al que hemos dedicado horas de estudio y trabajo clínico.
Esta mañana puedo recordar – con punzante detalle – a la paciente que murió de  arritmia en el marco de una neumonía indomable, exánime en mis brazos cuando aún no me graduaba; a esa otra mujer que me traía tortillas al Centro de Salud y fue la primera cirrótica que vi desangrarse tras una hematemesis. Por aquel entonces, atestigüé también a la enferma sacudida con encefalitis rábica que falleció un 20 de Noviembre en la soledad de un galpón aislado, cuyo cerebro disequé (mi única autopsia en descampado) y teñí para reportar diligentemente los cuerpos de Negri que la identificaban.

Después vinieron las pérdidas, dolorosas e intempestivas, de la Residencia. Los diabéticos amputados y los neumópatas diezmados poco a poco; alguien con leucemia aguda, presa de una infección que se resistía a todo cometido; el drama de los cirróticos suspendidos en poleas (infames balones de Sengstaken-Blakemore) o de aquellos choques sépticos rastreados con los primeros Swan-Ganz, cuando todo era manual y aleatorio.
Quienes decidieron incursionar en especialidades que – como el Macario de Bruno Traven – están al acecho de la agonía, tendrán mi reconocimiento irrestricto. La “Intensiva”, los paraderos de la Oncología y los meandros de la Neurocirugía, cada vez menos aciagos merced a técnicas de monitoreo y terapias biológicas selectivas, son aún el valle fatídico donde las victorias se precian por escasas.
Para aquellos que decidimos a cambio optar por atender los padecimientos crónicos, la muerte es un enemigo ocasional, que nos vence tras prolongadas escaramuzas y que, por fortuna, no atestiguamos salvo en la mirada opaca de nuestros enfermos más graves.
Fruto de años de experiencia, es una imagen inequívoca. No son los ojos hundidos de la cinematografía de ficción, tampoco el postrer aliento que fabulan los poetas; es un tono hueco, desprovisto por completo de luz o brillo, que anuncia que cualquier recurso es fútil y que el pasaje se cierra.
Lo he visto precederme en contadas ocasiones; se niega a eludir mi atención, se fija como un venablo ponzoñoso y me recorre la sangre con frialdad y alevosía.
– Este doliente es mío – me dice sin proferir voz alguna. – Puedes pelear hasta el agotamiento (y debes hacerlo), pero no tendrás más que su alma marchita y acaso la gratitud de otros. Déjalo ir, no sin luchar, no sin abatirte, pero te advierto que has perdido esta batalla inapelable.

Si alguien nos acusa de indiferencia o desafecto, podemos rebatir que ante el enfermo agónico aprendemos la humildad, el margen exacto de nuestras limitaciones y conocimientos. Que la muerte nos hace humanos, porque nos devuelve – carne y sueño a la vez – al rincón obligado donde todos somos para siempre un anhelo y un capricho.

 

Lecturas recomendadas.

Nolasc Acarín. La muerte y el médico. Anuario de Psicología. Volumen 29, número 4. Páginas 19 – 33, 1998. Universidad de Barcelona (disponible en línea).

Atul Gawande. Being mortal. Medicine and what matters in the end. Metropolitan Books, New York, 2014.

Francisco González Crussi. Day of the dead and other mortal reflections. Harcourt, Chicago, 1993.

Paul Kalanithi. When breath becomes air. Random House, New York, 2016.

Sherwin B. Nuland.  How we die. Reflections on life’s final chapter. Vintage, New York, 1995.

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